Juan Halifax; Caballero, Dinah Maria Graik Mulok

[John Halifax, Gentleman]. Novela inglesa de Dinah Maria Graik Mulok (1824-1887), publi­cada en 1856. La narración, inspirada en altos principios y profundos sentimientos morales, se pone en boca de uno de los per­sonajes, Phineas Fletcher; lo que confiere a la simplicidad de la narración un particularísimo acento de emoción y delicadeza que son los mayores valores del libro.

John Halifax, un pobre muchacho hambriento, llega a los quince años a Norton Bury, donde en­cuentra a Phineas, dos años mayor que él, lisiado y enfermizo. A primera vista nace entre los dos una mutua simpatía que pronto se convierte en amor fraternal: John entra como trabajador en la tenería de Abel Flet­cher, padre de Phineas, un rígido cuáquero, y muy pronto revela la rectitud y la noble­za de su carácter. A los veintiún años se enamora de Úrsula March, una muchacha aristocrática, la cual, a pesar de la obsti­nada oposición de sus padres, se casa con él: su unión durará, sólida y completa, hasta la muerte. Trabajador honrado y activo, John llega a ser rico e influyente. Pero no todos sus días son igualmente serenos para él: la primera hija, Muriel, nace ciega: la breve existencia y precoz muerte de esta criatura son narradas por la autora con vi­brante sensibilidad. John y Úrsula buscan entonces consuelo en los otros hijos: pero cuando éstos son ya mayores, otra tragedia estalla en la familia. Los dos hermanos ma­yores, Guy y Edwin se enamoran los dos de Silver, institutriz de su hermana Maud; la muchacha ama a Edwin. Un alto sentido de justicia y de sacrificio pesa sobre los acontecimientos. Edwin se casa y Guy parte primero hacia Francia, luego a América.

En Norton Bury el padre y la madre espe­ran su regreso mientras la pequeña Maud, que el padre no ha querido dar en matri­monio a Lord Ravenel, porque pertenecía a una familia aristocrática que aborrecía, ve marchitar su juventud. Solamente des­pués de ocho años de dolorosas experiencias Lord Ravenel y Guy vuelven: Lord Rave­nel para encontrar que Maud aún le espera, Guy para dar la última alegría a los padres ya viejos y verles morir serenos y unidos como habían vivido. La escritora, que vivió los tiempos de la rebelión de los obreros ingleses contra los patronos, ensalza con calor y claridad psicológica a un hijo del pueblo, oponiendo su sana y fuerte vita­lidad a la nobleza viciosa y putrefacto Y si Úrsula se casa con John y Lord Ravenel con Maud es porque se separan de lo? vie­jos troncos y adoptan nuevas costumbres y nuevas ideas.

L. S Filippi

Juan de Prócida, Giovanni Battista Niccolini

[Giovanni da Procida]. Tragedia en cinco actos, en verso, de Giovanni Battista Niccolini (1782-1861), re­presentada por primera vez en 1830. Deriva­da de un pasaje de la Crónica (v.) de Giovanni Villani y de otro de las Desventuras de los hombres ilustres (v.) de Boccaccio.

Esta tragedia se propone, según las palabras del autor, ligar un hecho privado a una gran acción pública. Imelda, hija de Giovanni da Prócida, se ha casado secretamente con Tancredi, que le confiesa ser hijo del fran­cés Eriberto, el hombre que mató a un hermano de Imelda y le arrebató la madre. Regresa en tanto, después de larga ausencia, Prócida, sediento de venganza e, ignorante de aquellas bodas; con su amigo Gualterio prepara la revuelta y la muerte de Eriberto y de los suyos, prometiendo a Imelda por esposa a Gualterio. Cuando Imelda revela a su padre que es ya esposa y madre, la desesperación de Prócida es tanto mayor cuanto que, en el mismo instante, recibe una carta interceptada y dirigida a Tancredi por Eriberto, en la cual éste confiesa a su hijo que él e Imelda son hijos de la misma madre, la esposa de Prócida, raptada por él. Al saber esto, Imelda, consternada, decide retirarse a un convento; estalla mientras tanto la revuelta de las Vísperas, y Tancredi, herido de muerte, expira en los brazos de su amada, de quien recibe el beso fraternal.

La verdadera protagonista de la tragedia es Imelda, con la cual la tendencia lacrimosa rompe ya la tradición trágica de Alfieri, y el verdadero drama de Giovanni da Prócida consiste en su ven­ganza más que en su patriotismo. El teatro de Niccolini, aun aspirando a ser nacional, oscila en realidad entre grandes ideologías genéricas y reacciones individuales que buscan en ellas más que su expresión un fondo lírico y, en esto, es representativo de aquella tendencia, típica del romanticismo italiano, que se propone ennoblecer al in­dividuo proyectándolo a la luz de valores abstractos que lo exaltan, aunque sin con­seguir fundirse y vivir en él. Es un drama de la retórica que intenta de buena fe con­vertirse en forma de vida.

U. Déttore

Juan de Mairena, Antonio Machado

Bajo este título, el poeta y comediógrafo andaluz Antonio Machado (1875-1939) publicó, en 1936, una serie de reflexiones y comentarios sobre temas, sugestiones y motivos muy diversos. Algunos de estos comentarios son meros esbozos de un estudio que no llegó a con­cretarse, otros poseen ya la enjundia de un artículo breve o no pasan de ser un simple pensamiento. El subtítulo de la obra resume significativamente el contenido del libro: «Sentencias, donaires, apuntes y re­cuerdos de un profesor apócrifo».

Juan de Mairena es un personaje ya conocido en la obra de Antonio Machado. Aparece como discípulo de Abel Martín en las páginas tituladas «De un cancionero apócrifo», pues­tas a continuación de Nuevas canciones. Ambos personajes son imaginarios y cul­tivan tanto la filosofía como la poesía. A ellos atribuye Antonio Machado algunos poemas y una serie de teorías metafísicas o artísticas. Después del Juan de Mairena se ha editado un volumen aparte con el título. Sigue hablando Juan de Mairena, una amplia colección de notas, algunas análogas a las que forman nuestro libro, otras con forma de auténtico ensayo, por ejemplo «Algunas ideas de Juan, de Mai­rena sobre la guerra y la paz». Es muy difícil calibrar con acierto los puntos de vista machadianos, generalmente agudos, pero sin ilación entre sí, ni siquiera para construir un sistema de ideas, ni de prin­cipios literarios, ni de doctrina estética. Un poco como en el Glosario de Eugenio d’Ors, aquí lo importante es la pura acti­vidad intelectual, el contraste de ideas y la chispa que las encienda y que, segura­mente, sorprenderá a los bien pensantes. No quiere esto decir que Machado sea aquí muy nuevo o revolucionario. El poeta tuvo necesidad de opinar sobre literatura y, especialmente, sobre poesía.

No olvidemos sus ensayos Arte poética de Abel Martín y unas Reflexiones sobre la lírica, apareci­das estas últimas en la «Revista de Occi­dente». Así en el Juan de Mairena escribe, por ejemplo: «Cada día, señores, la literatu­ra es más escrita y menos hablada. La con­secuencia es que cada día se escribe peor, en una prosa fría, sin gracia, aunque no exenta de corrección, y que la oratoria sea un refrito de la palabra escrita, donde antes se había enterrado la palabra hablada. En todo orador de nuestros días hay siempre un periodista chapucero. Lo importante es hablar bien: con viveza, lógica y gracia. Lo demás se os dará por añadidura». Ma­chado a menudo gusta de las definiciones un poco axiomáticas, como aprehendidas en una visión: «El orador nace; el poeta se hace con el auxilio de los dioses». «Poesía es diálogo del hombre con el tiempo». Esta definición enlaza con un intento de arte poética, atribuida a Abel Martín, y que se fundamenta en la expresión famosa de «la palabra en el tiempo», es decir: que la pa­labra se despliega, se explica en la su­cesión temporal y en el diálogo, y quema su fuerza energética en la expresión.

Ma­chado defiende la poesía objetiva frente al «yo» romántico. En su opinión, el poeta debe «sentir con todos», y así la poesía es patrimonio común, más que coto egoísta del poeta. Machado insiste a cada paso, a riesgo de suscitar enérgicas contradiccio­nes, en definiciones sobre temas estéticos. «Lo clásico es el empleo de un sustantivo, acompañado de un adjetivo definido». Por medio de diálogos con sus alumnos, Mairena saca a la palestra los temas más dispares, que a menudo chocan, porque no se relacionan entre sí o por la vivacidad sorpren­dente de 1^ imagen. «En una república cristiana, democrática y liberal — escribe — conviene otorgar al Demonio carta de na­turaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley». «El Greco es la explosión de Miguel Ángel», «Los grandes poetas son metafísicos fracasados». Y así define, ironiza o zahiere a la burguesía, a Platón, a Espronceda, al pragmatismo, el barroco, la senectud, los dramaturgos, Demócrito y sus átomos, etc. El conjunto de la obra es abi­garrado y disperso, pero incisivo y, muy a menudo, sutil. Junto al chascarrillo ha­llaremos la sentencia precisa y profunda. Junto a la boutade, la intuición genial. Jun­to a la paradoja poco afortunada, la ob­servación irónica y definitiva. «Su misma claridad le embosca; y aún más, su infinita ironía, en la prosa a veces elevada al cubo, cuando el apócrifo Mairena endosa a su doblemente apócrifo maestro, Abel Martín, la responsabilidad de ideas de que tampoco se dice que éste estuviera muy seguro». En estas palabras de José María Valverde podría hallarse la clave’ de este libro de Antonio Machado, pseudofilosófico, inteli­gente, asistemático y valioso en muchos sen­tidos.

A. Manent

Juan de Mañara, Manuel y Antonio Machado

Drama en tres actos y en verso de Manuel (1874-1947) y Antonio Machado (1875-1939). La acción gira en torno a Juan de Mañara y Montiel, versión legendaria de la figura de don Juan (v.), el cual se define en estos términos: «Hacia el mar / mis horas ociosas llevo / de señorito andaluz/ rico, galán y torero,/alegre, porque lo dicen,/cazador que tira al vuelo/o al paso, no mal jinete,/buen bebedor y maestro/en el arte de pasar/la vida y matar el tiempo,/mimado de la fortuna/como estos campos me hicieron./No me duele ser quien soy/ni hay en mí remordimientos…».

Junto a Juan de Mañara, descreído y fácil a la aventura, se mueven dos mujeres: Elvira, hermosa y fría, puesta en la vida, de la que ha triunfado social y económicamente, por Mañara, y la prima de éste, Beatriz de Montiel, cuya vocación la lleva al claustro. El drama surge cuando los tres personajes, distantes entre sí, entran en contacto. Beatriz se enamora de su primo. Elvira, que acaba de asesinar a su esposo, solicita la protec­ción de Mañara, el cual la salva llevándo­sela consigo a París. Beatriz huye también a París (Acto I). El drama se agudiza: Ma­ñara pretende, inútilmente, salvar a Elvira de sí misma, de su impasible crueldad. El­vira se entrega a la policía. Beatriz, deses­perada, hiere a su primo para evitar que éste se declare cómplice del asesinato (Acto II). El acto tercero ha cambiado, por completo, de dirección: Mañara se ha ca­sado con Beatriz y se ha entregado, fervo­rosamente, a una vida de caridad, la cual ejerce, principalmente, entre el hampa de Sevilla. La leyenda le atribuye el entor­chado de santo. Elvira ha sido absuelta de su crimen, ya que, en el hecho concurrían ciertas circunstancias eximentes. Vive en «lejanas tierras/…honrada, respetada/y ad­mirada». De vez en cuando «pasa por Sevilla y deja/un rastro de beneficios/y caridades».

Beatriz se ha entregado, desesperadamente, al culto de su esposo. Elvira, impelida por el presentimiento de la próxima muerte de Mañara, aparece de nuevo en escena. La herida que Beatriz había hecho a su esposo, en París, y que nunca había llegado a cica­trizarse, acaba por matarlo. Las dos mujeres, en el mismo escenario del primer acto, aparecen completamente transformadas: la vida de Elvira se nos muestra solicitada por principios trascendentes y la de Beatriz por motivos específicamente humanos. Personajes secundarios de la obra son: Esteban Larios, pintor enamorado de Beatriz, a quien «le sobra la tierra./Mas no es el claus­tro, es la luna/quien lo llama»; don Gon­zalo de Montiel, padre de Beatriz; su her­mana doña Casilda y el sacerdote, don Gil, ambos personajes muy típicos de nuestra sociedad tradicional.

Juan Cristóbal, Romain Rolland

[Jean-Christophe]. Extensa novela cíclica en diez volúmenes, de Romain Rolland (1868-1943), publicada entre 1904 y 1912. Su trama fundamental es la vida de un músico, Jean-Christophe (v.).

Hijo de músicos, nace en una pequeña y tranquila ciudad a orillas del Rin; el mundo maravilloso que el niño va descubriendo poco a poco a su alrededor, sus primeras impresiones confusas, las figuras familiares que le circundan (el abuelo, la madre, el buen tío Gottfried) y, más tarde, la revela­ción de los sonidos y el aprendizaje musi­cal, hasta llegar a su adolescencia, con los primeros amores y la gradual iniciación en el dolor y la injusticia, todo ello constituye el argumento de los tres primeros libros, «El alba» [«L’aube»], «La mañana» [«Le matin»], «La adolescencia» [L’adolescence»]. En el cuarto, «La rebelión» [«La révolte»], encontramos la rebelión iconoclasta contra todos los ídolos y modelos consagrados por la tradición, en la aspiración de sinceridad absoluta del joven compositor; éste se ahoga en el pequeño ambiente alemán, que no le comprende; anhela una libertad más amplia; sueña con Francia y, al verse com­plicado en una reyerta entre campesinos y soldados en la que mata a un oficial, se refugia en París. Siguen los años parisinos, en otros tres libros: «La feria en la plaza» [«La foiré sur la place»], «Antonieta» [«Antoinette»], «En la casa», «Dans la maison»]; asistimos en ellos a la dura lucha de Jean- Christophe hasta abrirse paso en los am­bientes artísticos e intelectuales, que acaban disgustándole. Encuentra un amigo, Olivier Jeannin, con el que está en íntima comu­nión espiritual, y ambos viven entrañable­mente unidos hasta el matrimonio de Oli­vier, matrimonio desgraciado que conduce pocos años después a la separación de los esposos: «Las amigas» [«Les amies»]. Este libro, con «La zarza ardiente» [«Le buisson ardent»] y «El nuevo día» [«La nouvelle faurnée»], pertenecen a la última parte del ciclo, que lleva el título general de «La fin du voyage».

Olivier muere en un motín obrero, y Christophe, que no ha participado en él, se ve obligado a huir a Suiza, donde, casi enloquecido por el dolor, atraviesa un período de profundo trastorno interior. Un turbio amor sensual (el episo­dio de Anna Braun) lo lleva a las puertas del suicidio; pero la sana moral de Chris­tophe se rebela, y huye a las ásperas mon­tañas en busca de soledad. Allí encuentra, por fin, el equilibrio y la inspiración: ha pasado a través de la zarza en llamas y ha oído la voz de Dios; su alma está en calma después de tantas tempestades, y con una última y sublime amistad amorosa con una mujer a la que conoció en su juventud, Gracia, y con el descubrimiento de la ar­monía y de la luz mediterránea, puede , pro­digar hasta el fin el amor a cuantos le rodean y elevar un Hosanna a la Vida y a la Muerte. En su afán por incluir en las experiencias de la vida de su protagonista una completa visión lírico-crítica del mun­do intelectual francés y europeo de fines del siglo XIX y primeros años del actual, pasando revista a pasiones, ideas, hechos y sentimientos, la obra resulta más bien difusa e informe. Algunas partes parecen ya pasadas de moda; en casi todo el quinto libro, esencialmente polémico, y en tantas otras páginas de disertaciones y juicios sobre una infinidad de cuestiones artísticas, sociales y morales, habla, por boca de su héroe, el Rolland crítico y moralista. Pero al lado de estos defectos evidentes, el ciclo entero se impone por el cálido soplo espi­ritual que informa muchas páginas; resal­tan en ellas con ardiente elocuencia los temas más caros a Rolland: el amor a la sinceridad más absoluta, el odio a cualquier clase de bajeza e hipocresía, la exaltación de la acción heroica y, sobre todo, el amor a la música, divina expresión del alma.

Jean-Christophe es el símbolo del genio que lucha contra todos los aspectos de la mediocridad humana en la vida y en el arte, que crea y que, por la creación, acepta todo sufrimiento, toda renuncia, y pasa a través de todas las experiencias de dolor, y de amor, y de gozo, porque todas ellas son vida, y ante todo desea vivir. Su hu­manidad y su vitalidad artística son inne­gables, tanto cuando lo vemos de niño y de adolescente (son bellísimos y sugestivos los cuadros de ambiente germánico del primer libro), como más tarde, en las fatigosas etapas de su ascensión. Del mismo modo, el estilo, que en muchos fragmentos resulta prolijo, florece en páginas literariamente bellísimas, animadas por un ancho soplo lírico en el pasaje de la resurrección del artista en el Buisson. Muy leído y apreciado en sus días en Francia, en el extranjero y especialmente en alemania, Jean-Chris­tophe está hoy olvidado en parte por cierto descrédito en que ha caído toda la obra de Rolland, ligada a generosas pero un tanto nebulosas ideologías, y en parte porque otras novelas cíclicas, más afortunadas y felices (entre ellas la de Proust, En busca del tiempo perdido, v.) han oscurecido esta primera obra que, en cierto modo, inauguró el «género».

M. Zini