Juanita Tenorio, Jacinto Octavio Picón

Jacinto Octavio Picón (1853-1924). Educado en Francia, luego estudió Derecho en la Universidad de Ma­drid y se distinguió muy pronto en el perio­dismo por sus artículos de crítica de Arte. Juanita Tenorio (1909-10) es la historia, na­rrada por ella misma, de una muchacha de clase media, con ribetes novelescos (su pa­dre era librero en Madrid), que por amor e inocencia se ve engañada por un tipo aprovechado. Sus pasos entre gente regular y buena son siempre intranquilos por cul­pa de la gran belleza de que está dotada; ser hermosa, para Juanita Tenorio, es verse acosada por los hombres sin más finalidad que el goce de esa belleza. Y de unos a otros, hasta llegar al que sabe despertar en su alma el verdadero y absorbente amor que será su corona de espinas y, al fin, su redención. Novela grata, amena, llena de observaciones femeninas de primera mano, no parece estar escrita por un varón. El autor demuestra que conoce a las mujeres, que las estima, que las respeta y que qui­siera que todas se salvaran por amor.

C. Conde

Juanita la Larga, Juan Valera

Novela del escri­tor español Juan Valera (1827-1905) , publi­cada en 1896. Don Paco López, secretario municipal de una ciudad andaluza y brazo derecho de don Andrés Rubio, diputado por la localidad, que tiene ya más de cincuenta años y es viudo, se enamora de Juanita la Larga, una preciosa muchacha que debe su apodo a ser la más alta y esbelta del lugar. La joven siente una gran simpatía hacia su maduro galán, pero responde negativa­mente a sus propuestas de matrimonio. Doña Inés, la hija de don Paco, que no ve con buenos ojos el matrimonio de su padre, inicia una campaña denigratoria contra su posible madrastra, pero Juanita es tan hábil y se muestra tan dúctil que al poco tiempo Inés se siente empujada a hacerse amiga suya, y para impedir el temido aconteci­miento escoge la vía menos peligrosa de la sugestión mística; en efecto, mientras trata de convencer a su padre de que se case con una viuda bastante madura, persuade a Juanita de que se haga monja. Pero cuan­do Juanita la Larga parece ya dispuesta a aceptar el consejo de su interesada protec­tora, su amistad por don Paco se transforma en su corazón en ardiente amor; superada una serie de dificultades, se celebra el ma­trimonio, que resulta feliz.

Valera se mues­tra en esta novela cuidadoso y malicioso pintor de las costumbres provincianas; co­rrecto y anodino en apariencia, sugiere al lector que no se aferre a la primera impre­sión, un hormigueo de escándalos que, pues­tos en claro, podrían dar vida a una novela despiadadamente naturalista. Cinco o seis figuras de la novela son personajes inolvi­dables, mientras que la figura de la prota­gonista no se puede decir que está lograda del todo. Valera ha querido crear en esta novela un personaje literario y escoge para ello un tipo de intrépida juventud, que debilita concentrando sobre él todo cuanto en la bellísima novela hay de convencional.

A. R. Ferrarin

Reputado como castizo, es, en el fondo, el escritor menos nacional posible. (E. D’Ors)

Juanito, Carlos Collodi

[Giannettino]. Libro para, mu­chachos de Carlos Collodi (Cario Lorenzini, 1803-1890) editado en 1886 con prólogo de G. Rigutini. Giannettino es un muchacho de buena familia, de diez o doce años, que promete convertirse en un díscolo ignoran­tísimo. Es hijo de la señora Sofía, madre de carácter demasiado débil y nieto del capitán Ferrante, hombre de larga carrera. El doctor Boccadoro es su mentor; con una lógica caprichosa, estrecha y afectuosa, saca de las premisas las deducciones y las conclusiones. Cada máxima moral va ilustrada, hasta la evidencia, por el simple orden ló­gico de los hechos. El libro está dividido en dos partes: la narrativo-educativa y la instructiva. El hilo de la narración, tratado con la viveza propia de Collodi, queda de­masiado delgado entre las masas poderosas y compactas de las diversas nociones edu­cativas. Aparte de una cierta arbitrariedad y desproporción entre las materias tratadas, el libro es uno de los más vivos, más fres­cos y más eficaces para la formación moral y asimilación de conocimientos útiles. «El saber escoger y el saber presentar las cosas escogidas de modo que resulten gratas a los jóvenes, este es el verdadero secreto de tal labor». Collodi ha encontrado este secreto. En el Juanito, delicioso por su frescura y eficacia, se vislumbra ya la obra maestra que será Pinocho (v.).

A. Bernard

Juan de Saintré, Antoine de La Salle

[Le petit Jehan de Saintré ]. Novela del escritor francés Antoine de La Salle (1388-hacia 1469), titulada pro­piamente La historia y la agradable crónica de Juan de Saintré y de la joven señora des Belles Cousines [L’histoire et plaisante cronique du petit Jehan de Saintré et de la jeune dame des Belles Cousines]. Com­puesta en 1456, se publicó por vez primera en 1517 y se reimprimió después numerosas veces de manera chapucera e inexacta.

Un pajecillo, Juan de Saintré sirve en la Corte de Juan II el Bueno (que fue rey de Francia desde 1350 a 1364) y una joven dama, la señora des Belles Cousines, le toma simpatía. Sabiendo que el jovencito no tiene ningún amor, si no el de una niña que todavía no tiene diez años, ella piensa edu­carle y hacer de él un verdadero caballero; le da muchos consejos y le incita a llevar a cabo grandes empresas. Le hace vestir ele­gantemente y le procura cuanto necesita; acaba consiguiendo sea nombrado escudero del rey y le incita a que vaya a tierras leja­nas, tras un sueño de grandeza. Pronto, de aventura en aventura y de torneo en tor­neo, Juan llega a ser célebre y después de numerosos duelos es honrado como un dig­no campeón. Las empresas del héroe se ha­cen cada vez más difíciles para agradar a la dama, y todas son llevadas a cabo con lealtad y firmeza. Nuevos honores y cargos son dados al valiente joven; pero, entretanto su dama se entrega a los amores de un rico abad, que piensa sólo en el placer y la buena vida. El brillante caballero, al regresar de sus hazañas, lamenta el nuevo estado de cosas y lucha para recobrar su prestigio en el corazón de la dama, hasta que consigue echar al descarado seductor, y mostrar la indigna conducta de la dama.

En el contraste entre la pintura realista de los amores del abad y el sueño caballeresco de Juan (que recuerda el tema del caballero y del clérigo de los medievales Carmina huraña, v.), la larga narración gana agili­dad gracias a las disertaciones, diálogos y descripciones, y muestra claramente las cua­lidades alegres de La Salle y su espíritu agradable a la manera de Boccaccio. Al mismo tiempo ilustra el ideal de un admi­rador de la perfecta sociedad nobiliaria y la armonía de un mundo inevitablemente destinado a la decadencia en comparación con los tiempos nuevos y más aventureros. El estilo es nítido, pero pone de manifiesto una dispersión narrativa que, más que con el primer Renacimiento, enlaza con los esquemas tradicionales del cuento cortesano.

C. Cordié

Juan Gabriel Borkman, Henrik Ibsen

[John Ga­briel Borkman]. Drama del escritor noruego Henrik Ibsen (1828-1906), publicado en 1896. Juan Gabriel Borkman acepta el poder para hacer felices a los hombres. Domi­nado por la pasión de sacar a la luz las fabulosas riquezas aprisionadas en las en­trañas de la tierra, él, director de un banco, derrocha el dinero propio y el ajeno en negocios ruinosos y acaba por ir a presidio. Cumplida la condena, ya ancia­no, vuelve a casa y vive encerrado en su habitación, «como un lobo enfermo en su jaula», convencido de que un día será lla­mado a poner en práctica sus antiguos pla­nes por los mismos hombres que se han creído engañados por él. En la misma casa viven, incubando en silencio su propio ren­cor, su esposa, Gunilda, que no ve en él más que el deshonor de la familia, y la hermana de Gunilda, Ella, a cuyo amor Borkman renunció un día con la ilusión de poner más fácilmente en práctica sus sue­ños dé poder. Las dos mujeres se disputan el afecto del hijo de Borkman, Erardo: la madre porque espera que con su trabajo pueda rehabilitar el nombre de la familia, la tía por el deseo de afirmar su maternidad espiritual sobre el hijo del único hombre que amó. Pero Erardo, incapaz de soportar deberes, anhela salir de aquella atmósfera opresiva y vivir libre y feliz con la mujer que ama.

Su decisión de partir trastorna todos los ánimos y arroja una violenta luz en aquella especie de sepulcro donde fer­mentan sueños imposibles y sentimientos amargos, infecundos. Y es Ella, la mujer sacrificada, la que se yergue ante Borkman para echarle en cara su mayor pecado: no aquél por el que los hombres le condenaron a presidio, sino otro, más antiguo, para el cual no hay absolución: «aquél que se co­mete al matar en una criatura la vida del amor». Él, abandonando a la mujer que amaba por ciertas ventajas de orden práctico, mató junto con el alma de ella, su propia alma: y por esto no tendrá jamás poder ni felicidad, ni entrará en el reino soñado. Para Borkman esto no es el desvanecimiento de una ilusión: es el derrumbamiento de toda la vida. Sale de su clausura y al no sentirse ya sostenido por energías dirigidas ilusoria­mente hacia una meta, el aire helado de la noche lo mata. Las dos hermanas enemigas se tienden finalmente la mano sobre su cuer­po exánime: «sombras sobre el muerto».

Juan Gabriel Borkman, uno de los dramas de Ibsen de estructura más recta y clara, es después de El constructor Solness (v.), la segunda estrofa del canto de la vejez humana del poeta. Si Solness, desaparecida toda ansia de conquista ética, se afirmaba en su loca tentativa de un imposible rena­cer, en Borkman no hay más que un tétrico replegarse sobre sí mismo, iluminado por aquella vaga luz de piedad que emanaba del amor que en la tercera y última estrofa del canto, Al despertar de nuestra muer­te (v.), servirá para sugerir el definitivo voto sobre el abismo fatal: «Pax vobiscum». (Trad. española de Luis Ruiz Contreras (Ma­drid, 1902), traducida del francés al igual que la de Luis Villalobos (Barcelona, 1907), mientras que la de Ricardo Baeza (Madrid, 1920) procede del inglés. La primera versión directa del noruego es la de C. Barrera (Mé­xico, 1920) y la de Pedro Pellicena Camacho en Teatro completo, tomo XIII (Ma­drid 1922).

G. Lanza