Juan Moreira, Eduardo Gutiérrez

Novela del escritor po­pular argentino Eduardo Gutiérrez (1853-1890) publicada sin fecha en Montevideo y primera de un serie de novelas en que en­salza al «gaucho» (v.).

Juan Moreira, gaucho fiero y generoso, reclama un antiguo cré­dito al «pulpero» Sardetti, el cual niega su deuda y se burla del gaucho. Éste acude entonces al alcalde don Francesco, quien en vez de concederle justicia manda apalearlo y meterlo en la cárcel. Puesto que se le ha negado la justicia de los hombres, Moreira apela a la de Dios. Consigue huir y, obli­gando a Sardetti a reñir con él, le mata; la misma suerte hace sufrir a don Fran­cesco, y va señalando las etapas de su fuga por la pampa con los cadáveres de sus ene­migos. Cercado, se bate heroicamente, hasta que cae bajo el plomo de la policía fede­ral, vencido pero no domado.

Esta novela no tiene ningún valor artístico y repite una materia ya convertida en lugar común en tiempo del autor: la del «gaucho malo», en lucha con la sociedad y con las autoridades. A pesar de ello no le falta cierto valor documental, puesto que refleja la vida y el estado de ánimo del gaucho en el último tercio del siglo XIX, acentuando su aspecto épico y aventurero con un ingenuo drama­tismo que hizo fortuna. Su protagonista originó, en efecto, una larga descendencia (uno de sus últimos vástagos, pero ya en clave de ironía, es la novela Divertidas aventuras del nieto de J. Moreira (v.) de Roberto Payró) y además pasando a la es­cena señaló también el comienzo del teatro nacional argentino. El maestro Arturo Berutti (1862), sacó de esta novela una ópera, Pompa, estrenada en 1897.

C. Capasso

Juan que Llora y Juan que Ríe, Sophie Rostopchine-Ségur

[Jean qui grogne et Jean qui rit]. Publi­cado en 1865, es uno de los más conocidos cuentos para niños de la condesa de Ségur (Sophie Rostopchine-Ségur, 1799-1874). Jean y Jeannot son dos primos: el primero ale­gre, afectuoso, complaciente, activo y listo, un corazón de oro; el segundo exactamente lo contrario, siempre descontento, perezoso, envidioso, embustero y ladronzuelo si se le presenta la ocasión. Marchan los dos a París en busca de trabajo, y Jean se labra un buen camino, apoyado por un joven bien­hechor, el señor Abel, entusiasmado por su buen carácter: al principio camarero en un café, entra como criado en una excelente casa y más tarde sigue viviendo feliz y con­tento en calidad de servidor del señor Abel, que ha llegado a ser un conocido y rico pintor, y que ayuda ampliamente también a la familia de Jean. Jeannot en cambio, el llorón insoportable, celoso de la buena suerte de su primo, no sabe hacerse amar, no trabaja bien con ningún amo, y des­pués de haber robado en casa de unos ricos señores de acuerdo con el administrador, delito tras delito, acaba condenado a tra­bajos forzados. La narración, conducida casi completamente en forma dialogada como en los otros cuentos de la condesa de Ségur, es agradable y, aunque adolece de un moralismo demasiado programático, conserva cierta gracia y vivacidad.

M. Zini

Juanito sin Miedo, Lorenzo Viani

[Giovannin senza paura]. Obra narrativa de Lorenzo Viani (1882-1936), publicada en 1924. En estilo sencillo y austero (y ello porque se dirige, a lo menos en su propósito editorial, a los niños) cuenta la vida de Juanito (Giovan­nin). Su padre, Giando il Mastino, marinero, muere, en un acto de generosidad, arras­trado por los remolinos. En la pobre casa desolada el muchacho crece rebelde y da numerosos disgustos a su madre; abandona la escuela y con otros chiquillos lleva las cosas que roba a un encubridor. Hasta que los guardias le prenden. Salvado de la cár­cel, su santa madre, que había hecho todos los sacrificios para proporcionarle un oficio y alejarle de los peligros del mar, antes que verle en la cárcel otra vez, prefiere con­fiarle a un capitán, Argante: éste lo acoge, por amor a su difunto padre, en su «Cassandra».

Pero el buque va a estrellarse en una noche infernal, contra una escollera; la noticia de la nueva desgracia llega al pue­blo. Lloran la muerte del niño; la maestra manda hacer una lápida en que es recordado Giovannino Bianchi de ocho años «el cual navegando hacia su ensueño desapa­reció en las aguas de Córcega la noche del 15 de marzo de 1856». Pero el chiquillo, que estaba en la estiba encerrado por el capitán, es encontrado moribundo por un pastor, Sisizio. Giovannino crece en la isla de Pianosa en medio de una vida salvaje. Muere un santo ermitaño en la cima del monte; muere también el pastor dejando cien escu­dos; si dentro de un tiempo dado no viene a recogerlos el capitán de un buque calabrés serán del atrevido Giovannino. Éste consigue por fin volver a su patria; sus seres queridos todos han muerto; su madre, su abuela, su hermanito, y nadie de aquel pueblo lo reconoce: una misma lápida in­dica la desventura atroz de toda una fami­lia. Giovannino comprende el amor de su madre y la oscura tragedia que le llevó vagabundo por las riberas.

Esta obra, no privada de elementos inspirados, tiene un tono propio para los niños, con vivaces es-corzos en su narración; por su agilidad de toques (que hacen más significativa toda­vía los dibujos del autor) debe considerarse sin duda como una de las mejores obras de la literatura infantil contemporánea en Italia.

C. Cordié

Juan Lorenzo, Antonio García Gutiérrez

Drama en cuatro actos en verso de Antonio García Gutiérrez (1813- 1884), estrenado en 1865 y publicado en Ma­drid en 1866 entre las Obras escogidas del autor. La acción, que se desarrolla en Valencia en 1519, gira alrededor de la figura de Juan Lorenzo, curtidor: éste siente la necesidad de levantar al pueblo contra los privilegios de los poderosos, y al mismo tiempo de educarlo para una nueva vida de civismo y trabajo. En este sueño, Juan Lo­renzo, que en su juventud había sido le­trado y aprendido el valor de la cultura, es favorecido primero por sus compañeros de trabajo y en general por el pueblo; pero poco a poco cae en desgracia bajo la acu­sación de haberse unido a los nobles.

La trama de la obra, que es a menudo fatigosa, hace resaltar en el protagonista otro aspecto de su figura, el de enamorado. Protege a Bernarda, a quien su madre había querido mucho, y siente afecto por ella. El conde de ***, que en virtud de sus privilegios se tiene per dueño de la ciudad, ha intentado raptar a la joven. Los valencianos, excita­dos por los trabajadores (entre los cuales está Guillén Sorolla, tejedor y aspirante a la mano de Bernarda) quieren hacer rápida justicia por el intentado ultraje a la joven. Contra ellos se declara primero la marquesa de Biar, hermana del conde, orgullosa de su noble origen. Pero Juan Lorenzo quiere reivindicar los derechos del «pueblo» y de­jar sentir la voz de la justicia (acto I). El tribunal de Valencia, que por derecho real hubiera debido decidir acerca de aquel rap­to, establece una multa en dinero por un delito que hubiera sido castigado con la muerte si se hubiese tratado de un raptor plebeyo: el pueblo se pone furioso y pide venganza, pero Juan Lorenzo sólo quiere justicia y muestra en sus palabras y actos que trata de justificar a nobles y a traba­jadores. ,Hasta la marquesa, antes altanera, pide ayuda a Bernarda, porque conoce su alma noble y pura. Entre tanto estalla un verdadero motín y los afiliados secretos se reúnen aclamando al curtidor por jefe de ellos. El conde se indigna por aquella rebe­lión.

Juan Lorenzo propone que vaya un delegado a hablar enérgicamente al rey Car­los I (el futuro emperador Carlos V) en Barcelona (acto II). Se muestra más franca la hostilidad entre Juan Lorenzo, místico soñador de una nueva era para el pueblo, y Guillén Sorolla, que sabe que Bernarda no lo ama, y se entera de la próxima boda de la joven con el curtidor. Por ello hace cuanto puede para desacreditar al revolucionario a los ojos del pueblo, y lo pinta como aliado del conde. Muchos plebeyos creen ver en el tejedor un mejor jefe, pero el rey opone la majestad de la ley a las reivindicaciones populares. Entonces los afi­liados piensan en revisar el proceso de ma­nera que se condene a muerte al conde. El noble, que a pesar de su orgullo ha obrado por amor hacia la hermosa joven, pide per­dón a Bernarda y le ofrece casarse con ella, pero el pueblo en el tribunal lo con­dena a la horca por raptor; y únicamente Bernarda, aduciendo compasivamente que había consentido el rapto, intenta salvar al conde de la muerte. Juan Lorenzo está orgulloso del acto efectuado por la joven que no ha vacilado en mancillar su honor (acto III). La acción, por lo demás, llega a su término. El conde, que ocultamente había buscado refugio en casa del curtidor, se aleja disfrazado, con su escudero. Éste es muerto, en vez del conde, por la muche­dumbre enfurecida, que incitada por Gui­llén Sorolla quiere matar a Juan Lorenzo; pero éste, lleno de dolor por su inútil lucha en defensa de los derechos de los humil­des, y de su purísimo afecto hacia Bernar­da, ha muerto poco antes en un arrebato místico. Todos deploran en su pérdida la tragedia de una vida y de un pueblo (acto IV).

Este drama, no siempre bien conducido de escena en escena, por el enredo de dis­cursos y acciones, muestra típicamente sus motivos románticos con su idealización de los personajes y sus luchas sociales.

C. Cordié

Juan José, Joaquín Dicenta

Drama en cuatro actos del dramaturgo español Joaquín Dicenta (1862-1917), estrenado con gran éxito en 1895. El obrero Juan José, hijo de padres desco­nocidos, es el amante de Rosa, muchacha hermosa y amable, pero coqueta. Paco, maestro de la obra donde trabaja el prota­gonista, ronda en torno a la joven, no per­diendo ocasión de dirigirle requiebros, aun en presencia de Juan José. Éste, que vive solo en el mundo y que ha puesto en Rosa todo su amor, está celoso. Frecuenta la casa la vieja Isidra, que haca cuanto puede para separar a Rosa de Juan José, dándole a entender a la muchacha, que aceptando el amor de Paco, pasaría de la pobreza a la riqueza. Un día, con sus malas artes, con­sigue la bruja combinar una cita en la ta­berna entre Paco y Rosa. Juan José los sor­prende y la emprende contra Paco.

Después de recíprocas amenazas los dos rivales están a punto de llegar a las manos, pero son contenidos por sus amigos. Al día siguiente Juan José es despedido; y como no consigue hallar trabajo en otra parte, la miseria no tarda en apoderarse de su casa. Isidra se aprovecha de ello para llevar a Rosa alguna comida y leña para calentarse y para ha­blarle de Paco, pero Juan José, adivinando que algo se oculta en aquellos hipócritas e interesados favores, la echa de su casa, y se decide a robar por su Rosa; pero es dete­nido y condenado. En la cárcel se entera por un amigo que le escribe que Rosa se ha convertido en la amiga de Paco, y que lleva con él una vida de lujo. Juan José consigue escapar de la cárcel, se presenta en casa de Paco, y lo mata, y cuando Rosa, fuera de sí, confiesa que amaba a Paco y lo amará siempre, Juan la estrangula; des­pués se arroja llorando sobre el cadáver.

Se funden en este famoso drama realista, el espíritu tradicional del teatro español y la observación de tipos contemporáneos. Juan José ha sido considerado como típico modelo de aquel romanticismo socialista que tanto cundió en los países latinos, y en rea­lidad, el sentimentalismo humanitario de Dicenta resalta en relación con los proble­mas de la justicia colectiva más que con los de la conciencia individual. Obra popular por su emoción fácil y comunicativa, que brota de las fuentes profundas de la sensi­bilidad, este drama ofrece la factura lím­pida y sencilla de las obras realizadas por el ímpetu de la inspiración genial. Fue tra­ducida al italiano, portugués, catalán, fran­cés, inglés, alemán, holandés danés y no­ruego.

C. Boselli