La Justa, Luigi Pulci

[La Giostra]. Pequeño poe­ma en octavas de Luigi Pulci (1432-1484), compuesto en ocasión del torneo sostenido por Lorenzo el Magnífico en la plaza de Santa Cruz de Florencia el 7 de febrero de 1468. Mientras espera el espectáculo el pueblo bromea y pregunta de qué se trata; luego, iniciado el torneo, un personaje có­mico, Ciño, derribado del caballo por Lo­renzo, no se aflige en lo más mínimo por la derrota sino que no piensa más que en vaciar un jarro de vino. En la persona de otra figura, el caballero Salvestro Benci, Pulci satiriza a los amantes plató­nicos; mientras la bella Lucrecia Donati, la dama de Lorenzo, es cantada magnífica­mente, puesta bajo la protección de Venus, y a Lorenzo mismo le predice una justa recompensa tanto por su valor de comba­tiente como por su corazón de poeta.

De­bido a esta presentación mitológica y des­criptiva, Pulci precede a las Estancias (v.) de Angelo Poliziano y da forma literaria a una materia que primitivos y anónimos cantores populares ya habían tratado en sus efímeras composiciones sobre otros tor­neos florentinos. Para no disgustar a la sociedad de su tiempo, Pulci procura dar un tono solemne a su pequeño poema, lo rodea de elegancias clásicas, de alusiones mitológicas, quitando el freno luego a su espíritu poco común en las comparaciones bufas, en los episodios cómicos. Las mis­mas alabanzas a Lorenzo están rodeadas de conceptos abstrusos e incluso la historia romana, en las numerosas citas del autor, se vuelve ridícula y amanerada. Lenta en su desarrollo y de escaso valor artístico, esta obra, durante algún tiempo atribuida a Luca, hermano de Luigi, adquiere cierta vivacidad en las partes que describen la vida florentina, inspiradas por una espon­tánea y fresca vena, en modo alguno indig­nas del autor del Morgante (v.).

C. Cordié

El Juramento, Gerasimo Markorás

Poema narrativo, publicado en 1875 por el griego Gerasimo Markorás (1826-1911), discípulo y continuador de Solomos. El poema glorifica la insurrección cretense de 1866, por medio de la exaltación del brillante episodio de Arkadi «el heroico monasterio que luchó como una fortaleza y acabó como un vol­cán», según frase de Hugo.

En el monas­terio, alma de la resistencia, se habían re­fugiado mujeres y niños. La defensa se prolongó hasta el extremo límite humano. Cuando el fin parecía inevitable, y ya la marea de asaltantes turcos se había des­bordado por el claustro, el igúmeno Gabriel (el jefe) prendió fuego al polvorín. Ven­cidos y vencedores saltaron por el aire. Sobre este fondo heroico campea una his­toria de amor en la que el sentimiento humano aparece sacrificado a la Patria y sublimado por la inmolación. Al cesar la lucha, las mujeres y los niños vuelven a su tierra martirizada, después de tres años de ausencia. A bordo de la triste nave de los prófugos va una muchacha, Eudocia, huérfana después de la insurrección. No tiene a nadie, pero su corazón late con el pensamiento de encontrar a su joven ama­do, Manthos, quien al despedirse de ella le infundió con su juramento la certeza de que volvería a ella después de la lucha. El presentimiento resultó fallido: el joven Manthos ha caído como un valiente en la defensa del monasterio. La desventurada joven abandona la desierta casa paterna y desde las faldas del Ida trepa por las rui­nas de Arkadi para besar la tierra donde yacen los restos de su amado. Por la noche se le aparece la sombra de Manthos y en un largo discurso, que ocupa toda la se­gunda parte, evoca la valerosa defensa del monasterio, la inspirada figura del igúme­no y el glorioso final. Después toma el alma de su amada y la conduce hacia la luz del paraíso; ha cumplido su juramento.

El fi­nal del poema está inspirado en el tema del muerto que regresa para cumplir un juramento, popular en la famosa balada del Hermano muerto. La narración logra momentos de noble belleza al exaltar el sacrificio. Las figuras de Eudocia, de Man­thos y del monje Gabriel brillan con viví­sima luz ideal. El verso es ágil, variado y armonioso. La obra, tanto por su contenido como por sus valores estilísticos, es una de las más notables de la actual literatura griega. Trad. italiana de Elíseo Brighenti (Milán, 1903) y de Giovanni Canna («Rassegna Nazionale», 1899).

B. Lavagníni

Juramento de Hipócrates

Breví­sima fórmula sacramental que la tradición atribuye a Hipócrates (460/50-375/41 a. de C.). Las críticas comenzaron el siglo pa­sado a poner en duda su autenticidad, ha­ciéndolo remontar a los predecesores del gran médico griego, esto es, los Asclepíades, que se lo transmitían como fórmula de iniciación. Sea como fuere, se le puede se­guramente considerar como relacionado con la escuela hipocrática.

El Juramento es un documento precioso que nos revela cómo el arte médico, libre ya de la inspección sacer­dotal, fue desde aquellos tiempos regulado por leyes que precisaban sus responsa­bilidades y deberes. Además, la circuns­tancia de que todas sus frases se inspiren en nobles preceptos, demuestra la alta con­sideración en que era tenida la profesión de médico, que Hipócrates, también en otras obras suyas, elogia y señala a la ad­miración de los hombres.

El Juramento comprende tres partes: la primera está cons­tituida por la invocación a los dioses, la segunda contiene la exposición de los de­beres del médico, y la tercera la impreca­ción. Reproducimos el Juramento íntegra­mente traducido: «Juro por Apolo médico, por Igea, por Panacea y por todos los dio­ses y las diosas, a quienes pongo por tes­tigos, que mantendré escrupulosamente este juramento mío con todas mis fuerzas y con todo mi saber. Consideraré como a mi padre al que me ha enseñado el arte de la medi­cina, proveeré a su sustento y le propor­cionaré todo lo que le haga falta. Cuidaré de sus hijos como si fuesen mis hermanos, les enseñaré, sin exigir compensación al­guna y sin compromiso escrito, este arte cuyos principios fundamentales les incul­caré, instruyéndolos como es menester, así como instruiré a mis hijos y a los que se hayan inscrito regularmente en el curso y hayan prestado juramento según la ley médica, y a nadie más, sino a éstos. Guiado por mi experiencia y mi saber ordenaré un régimen alimenticio más idóneo para curar a los enfermos, salvaguardándolos de todo mal y todo daño. A todo el que me pida un veneno, se lo negaré, como me guardaré de aconsejárselo. No daré a nin­guna mujer fármacos anticonceptivos ni abortivos. Procuraré conservar pura mi vida y sano mi arte, no operaré nunca al que tenga mal de piedra, operación para el es­pecialista. Cada vez que entrare en una casa, será únicamente para favorecer a los enfermos y no cometeré injusticias, conser­vándome puro de lujuria para con mujeres y hombres, libres o esclavos. Todo lo que oiga y vea durante o fuera del desempeño de mi profesión y de lo cual no me sea lícito hablar, lo callaré, considerándolo como cosa secreta. Si mantengo fielmente mi juramento, sin faltar a ninguno de sus artículos, séame concedida larga vida, para que yo pueda tener buen éxito en mi pro­fesión, y ser celebrado por los hombres en todos los tiempos. Pero si llego a violar el juramento, o hacerme perjuro, que me ocurra todo lo contrario».

G. Rignani

Juramentos de Estrasburgo

Son las dos fórmulas de juramento, en distintas lenguas (transmitidas por el historiador Nitardo en los Historiarum libri IV) con las que los dos hermanos Ludovico el Ger­mánico y Carlos el Calvo se comprometie­ron el 14 de febrero del 842 en Estrasburgo a mantenerse unidos en la lucha común contra su hermano Lotario. Carlos el Calvo pronunció la fórmula en la «romana len­gua» de la Franconia occidental, mientras que Ludovico el Germánico la pronunció en la «tudesca lengua» de la Franconia oriental. Los vasallos de cada uno de ellos pronunciaron, en su respectiva lengua, una fórmula por la que se comprometían a no seguir a su rey si éste violaba su jura­mento. La lengua empleada por los con­jurados germanos fue, en cambio, el anti­guo alemán, con notables características locales franco-renanas.

M. Pensa

Julio de Tarento, Johann Anton Leisewitz

[Julius von Ta­rentJ. Drama en cinco actos del escritor alemán Johann Anton Leisewitz (1752-1806), representado por primera vez en Berlín en 1776.

La acción se desarrolla en el siglo XV: Julio y Guido, hijos del príncipe de Tarento, aman a Blanca, a la que el prín­cipe, para cortar toda fuente de^ discordia entre los dos hermanos, ha recluido en un convento. Julio, primogénito y heredero del trono, es un sentimental apasionado que ama a Blanca con un amor auténtico y está dispuesto a sacrificar por ella trono y pa­tria, mientras que Guido considera su con­quista como un punto de honor; el uno es un hombre culto y tranquilo, el otro es fogoso, ambicioso y batallador. Cuando Ju­lio decide huir raptando a Blanca, que está enamorada de él, es sorprendido y muerto por su hermano. Blanca enloquece sobre el cadáver de su amado; el anciano padre perdona patéticamente a Guido, arrepen­tido de su delito y deseoso de expiación; pero debe hacer justicia: lo apuñala y se hace cartujo.

Este drama concurrió al pre­mio establecido para el teatro de Hamburgo por Schröder que lo juzgó así: «den­so de acción y bien dialogado, lleno de nervio y de gracia; revelador de un gran conocimiento de las pasiones, de una mente bien organizada, de una gran experiencia del corazón humano, en resumen, de un poeta de talento». Sin embargo no le con­cedió el premio. El público en cambio aco­gió la obra con entusiasmo mucho mayor que la premiada, Los gemelos, de Klinger. Julio de Tarento se resiente más de la in­fluencia de Lessing que de la de Shakes­peare; por su sustrato rousseauniano perte­nece al «Sturm und Drang» (v.) pero se deja sentir el influjo de la escuela de Gottinga en su tono sentimental y, sobre todo, en la forma delicada de describir la psicología de las monjas. La crítica de su tiempo le fue favorable, pero advirtiendo justamente el anacronismo de los caracte­res, como hizo Haller, y el excesivo liris­mo, como advierte Wieland.

G. F. Ajroldi