Brevísima fórmula sacramental que la tradición atribuye a Hipócrates (460/50-375/41 a. de C.). Las críticas comenzaron el siglo pasado a poner en duda su autenticidad, haciéndolo remontar a los predecesores del gran médico griego, esto es, los Asclepíades, que se lo transmitían como fórmula de iniciación. Sea como fuere, se le puede seguramente considerar como relacionado con la escuela hipocrática.
El Juramento es un documento precioso que nos revela cómo el arte médico, libre ya de la inspección sacerdotal, fue desde aquellos tiempos regulado por leyes que precisaban sus responsabilidades y deberes. Además, la circunstancia de que todas sus frases se inspiren en nobles preceptos, demuestra la alta consideración en que era tenida la profesión de médico, que Hipócrates, también en otras obras suyas, elogia y señala a la admiración de los hombres.
El Juramento comprende tres partes: la primera está constituida por la invocación a los dioses, la segunda contiene la exposición de los deberes del médico, y la tercera la imprecación. Reproducimos el Juramento íntegramente traducido: «Juro por Apolo médico, por Igea, por Panacea y por todos los dioses y las diosas, a quienes pongo por testigos, que mantendré escrupulosamente este juramento mío con todas mis fuerzas y con todo mi saber. Consideraré como a mi padre al que me ha enseñado el arte de la medicina, proveeré a su sustento y le proporcionaré todo lo que le haga falta. Cuidaré de sus hijos como si fuesen mis hermanos, les enseñaré, sin exigir compensación alguna y sin compromiso escrito, este arte cuyos principios fundamentales les inculcaré, instruyéndolos como es menester, así como instruiré a mis hijos y a los que se hayan inscrito regularmente en el curso y hayan prestado juramento según la ley médica, y a nadie más, sino a éstos. Guiado por mi experiencia y mi saber ordenaré un régimen alimenticio más idóneo para curar a los enfermos, salvaguardándolos de todo mal y todo daño. A todo el que me pida un veneno, se lo negaré, como me guardaré de aconsejárselo. No daré a ninguna mujer fármacos anticonceptivos ni abortivos. Procuraré conservar pura mi vida y sano mi arte, no operaré nunca al que tenga mal de piedra, operación para el especialista. Cada vez que entrare en una casa, será únicamente para favorecer a los enfermos y no cometeré injusticias, conservándome puro de lujuria para con mujeres y hombres, libres o esclavos. Todo lo que oiga y vea durante o fuera del desempeño de mi profesión y de lo cual no me sea lícito hablar, lo callaré, considerándolo como cosa secreta. Si mantengo fielmente mi juramento, sin faltar a ninguno de sus artículos, séame concedida larga vida, para que yo pueda tener buen éxito en mi profesión, y ser celebrado por los hombres en todos los tiempos. Pero si llego a violar el juramento, o hacerme perjuro, que me ocurra todo lo contrario».
G. Rignani

