El Juramento, Gerasimo Markorás

Poema narrativo, publicado en 1875 por el griego Gerasimo Markorás (1826-1911), discípulo y continuador de Solomos. El poema glorifica la insurrección cretense de 1866, por medio de la exaltación del brillante episodio de Arkadi «el heroico monasterio que luchó como una fortaleza y acabó como un vol­cán», según frase de Hugo.

En el monas­terio, alma de la resistencia, se habían re­fugiado mujeres y niños. La defensa se prolongó hasta el extremo límite humano. Cuando el fin parecía inevitable, y ya la marea de asaltantes turcos se había des­bordado por el claustro, el igúmeno Gabriel (el jefe) prendió fuego al polvorín. Ven­cidos y vencedores saltaron por el aire. Sobre este fondo heroico campea una his­toria de amor en la que el sentimiento humano aparece sacrificado a la Patria y sublimado por la inmolación. Al cesar la lucha, las mujeres y los niños vuelven a su tierra martirizada, después de tres años de ausencia. A bordo de la triste nave de los prófugos va una muchacha, Eudocia, huérfana después de la insurrección. No tiene a nadie, pero su corazón late con el pensamiento de encontrar a su joven ama­do, Manthos, quien al despedirse de ella le infundió con su juramento la certeza de que volvería a ella después de la lucha. El presentimiento resultó fallido: el joven Manthos ha caído como un valiente en la defensa del monasterio. La desventurada joven abandona la desierta casa paterna y desde las faldas del Ida trepa por las rui­nas de Arkadi para besar la tierra donde yacen los restos de su amado. Por la noche se le aparece la sombra de Manthos y en un largo discurso, que ocupa toda la se­gunda parte, evoca la valerosa defensa del monasterio, la inspirada figura del igúme­no y el glorioso final. Después toma el alma de su amada y la conduce hacia la luz del paraíso; ha cumplido su juramento.

El fi­nal del poema está inspirado en el tema del muerto que regresa para cumplir un juramento, popular en la famosa balada del Hermano muerto. La narración logra momentos de noble belleza al exaltar el sacrificio. Las figuras de Eudocia, de Man­thos y del monje Gabriel brillan con viví­sima luz ideal. El verso es ágil, variado y armonioso. La obra, tanto por su contenido como por sus valores estilísticos, es una de las más notables de la actual literatura griega. Trad. italiana de Elíseo Brighenti (Milán, 1903) y de Giovanni Canna («Rassegna Nazionale», 1899).

B. Lavagníni