Justicia, John Galsworthy

[Justice]. Drama en tres actos de John Galsworthy (1867-1933). Estrenado en Londres en 1910, suscitó discusiones y polémicas periodísticas por el problema social que plantea: abolir en Inglaterra aquella inicua forma de castigo que es el aislamiento en celdas, y aliviar las con­diciones de los que, saliendo de la cárcel, a menudo caen de nuevo en el vicio al ser rechazados por la sociedad que rehúsa darles trabajo.

El joven Falder, un humilde empleado de un despacho notarial, falsi­fica la firma de un talón para obtener el dinero necesario para salvar a Ruth, la mu­jer amada, víctima de un marido indigno; descubierto, es condenado a tres años de cárcel. Es un pobre ser cuyos nervios en­fermos no aguantan el suplicio del aisla­miento. Al cabo de dos años y medio de prisión, sale de la cárcel, físicamente arrui­nado, aunque confiando siempre en el amor de Ruth, que le espera. Por ella se siente capaz de rechazar la fortuna que le ofrece su antiguo jefe, que quiere readmi­tirlo en su despacho, a condición de que renuncie a la mujer amada. Con tal de encontrar trabajo de cualquier modo, Fal­der falsifica sus documentos, y, en el mo­mento en que está a punto de ser descu­bierto y nuevamente arrestado, se mata arrojándose por una escalera. Le empujan a este acto desesperado el horror que siente a la cárcel, al aislamiento, a los largos sufrimientos, y a la ruina moral de Ruth, de la que él es la causa involuntaria, ya que la mujer, durante el período de su cautiverio, se ha visto obligada a recu­rrir a lo más bajo para poder vivir. Ruth, al igual que Falder, es un ser humilde y débil: los dos viven durante años con la única esperanza de unirse algún día; pero el terrible engranaje creado por la socie­dad, la Ley, apresa de nuevo a Falder precisamente en el momento en que éste cree poderse escapar, y derriba así para siempre su sueño de amor.

La conclusión de Galsworthy, apiadado de la desgraciada humanidad, es que, a pesar de lo graves que pueden ser las culpas de Falder, no lo son nunca tanto como las de la sociedad respecto al hombre. El público y el mundo político y jurídico inglés quedaron profun­damente impresionados por este tema que el autor había tenido el atrevimiento de llevar con tanta fuerza de representación a la escena. En 1932 John Galsworthy fue galardonado con el Premio Nobel de Lite­ratura.

G. M. Mantegazza

Justicia, Herbert Spencer

[The Justice]. Obra de Herbert Spencer (1820-1903), publicada en 1891. Sobre la base de la idea de la evolu­ción, Spencer expresa el principio regulador de la justicia común a todos los seres vivien­tes; «Cada individuo, al efectuar los actos que aseguran su existencia y al recoger libremente los resultados buenos o malos, debe sujetarse a las restricciones que im­pone el cumplimiento de actos del mismo género por parte de otros individuos, que deben con él recoger sus resultados buenos o malos».

Estas restricciones, limitadas, para los animales que viven aisladamente, a la cría de su prole, aumentan gradualmente en la vida asociada, hasta el punto de llegar al sacrificio. En efecto, los intereses de la especie deben siempre prevalecer sobre los de los individuos; lo cual vale para legitimar los vínculos y los sacrificios. En este aspecto, mientras los adultos deben gozar de las ventajas de sus méritos, los niños deben ser ayudados en razón inversa a sus méritos. La justicia se manifiesta como sen­timiento y como idea: como sentimiento está sujeta a la ley de la evolución, por la cual el hombre, a través de varios grados de experiencia social, pasa del estado egoísta (sentimiento del derecho propio) al altruista (sentimiento del mismo derecho en los de­más). La idea de justicia ofrece un aspecto positivo (reconocimiento del derecho de los demás), y uno negativo (conciencia de los límites del derecho propio). Spencer se opone a la doctrina igualitaria y democrá­tica de Bentham (v. Deontología), por ser la que más repugna a la justicia. La justicia tiene precisamente por fundamento las di­ferencias y las variedades individuales, porque a la medida de éstas se eleva a criterio de ventajas o desventajas propor­cionales.

Según la manera de ver del autor, el mejor régimen de justicia es el que él llama industrial, en contraposición al mili­tar. Propugnó, por lo tanto, una forma de liberalismo antidemocrático, fundado en la cooperación libre y espontánea. Este ensayo, en que hallamos varias consideraciones ins­piradas en un elevado sentido de compren­sión humana, demuestra, por otra parte, la pobreza especulativa del evolucionismo con respecto a los problemas jurídicos. No puede menos dé verse en esta tentativa de Spencer el esfuerzo por conciliar antiguos lugares comunes con la evolución. Individualismo y colectivismo hallan amplia acogida en su sistema, pero sin constituir los términos de aquel problema filosófico previo, del que depende la solución de todos los demás problemas prácticos.

A. Repací

Justicia, Grazia Deledda

[Giustizia]. Novela de Grazia Deledda (1871-1936), publicada en 1899. En la hermosa casa de los Arca, en las cam­piñas de Nuoro, donde vive don Stefano Arca con su anciano padre don Piane, se cierne todavía la sombra del delito que truncó la vida de don Cario Arca, hermano de Stefano, tres semanas después de sus bodas.

La acusación del asesinato pesa sobre el pastor Agostino Chessa, pero se sospecha que el inductor haya sido Filippo Gonnesa, a quien don Piane había negado, por ser pobre, la mano de su hija Silvestra. Después de la muerte de su hermano y la pérdida de toda feliz esperanza, ella se ha hecho monja de «casa», y vive reclusa, sin ver ni hablar a nadie, en cuatro habitacio­nes, rodeadas de un pequeño patio anejo a la casa paterna, desde la cual, por medio de un torno, le pasan la comida. Stefano, a quien oprime el tedio de la casa mal go­bernada por las criadas y el malestar de una fiebre perniciosa, halla en la viuda de su hermano, María Althabella, un consuelo inesperado; se enamora de ella y se casan. Pero tampoco la presencia de ella consigue vigorizar su alma débil y dolorida. El ocio de los señores sardos, el tedio de una exis­tencia inútil que tiene por única distracción la música de Wagner y alguna vaga aspi­ración a la vida del continente, son a veces para él pesadillas sofocantes y otras cómo­dos pretextos para sus siestas prolongadas hasta el crepúsculo. Silvestra, en medio de su soledad, se cree librada de las pasiones terrenales, pero con la vuelta de la pri­mavera se siente de nuevo animada y ena­morada.

Una noche la reja puesta en el fondo del patio para la salida de las aguas de lluvia es arrancada sigilosamente, y se supone que Filippo Gonnesa, que vive ahora en el monte, ha encontrado manera de acer­carse a la reclusa. En tanto, el proceso es inminente; cierto Arcangelo Porri, siniestro pastor de los Arca, vende su falso testimo­nio a los Arca para condenar a Filippo Gonnesa; cosa mucho más fácil ahora, cuan­do Agostino Chessa ha muerto en la cárcel. Durante el proceso, Arcangelo Porri es de­tenido por falso testimonio, pero sin em­bargo Filippo Gonnesa es condenado en contumacia. Los Arca están vengados, la vieja casa, como liberada de una tétrica sombra, renace a vida nueva con el niño que María ha dado a luz el mismo día del proceso. Pero Bore, hijo de Arcangelo Porri, furioso contra sus amos por la encarcela­ción de su padre, para vengarse, revela a Stefano que Silvestra recibe, todas las noches, a Filippo Gonnesa. Stefano, trastor­nado por el odio, se aposta en el callejón, y cuando Filippo ha entrado en el pequeño patio de Silvestra corre a avisar a la policía, que le detiene al alba, al salir de su cita amorosa.

En Justicia todos los elementos que se combinarán con el tiempo en el firme diseño de las mejores novelas de Grazia Deledda están ya formados, aunque no se suceden con la necesidad rigurosa de Elias Portolu (v.); la exuberancia descrip­tiva de los primeros ensayos se ha miti­gado; el paisaje, que, con todo, aparece de­masiado a menudo en primer término, tiene un apropiado significado dramático que se funde con el drama de los personajes, con­siderados ahora en su implacable rigurosi­dad. En el centro de una opresora agitación de pasiones, la figura de Silvestra, viva y atormentada en la sombra y el silencio de su místico tedio, tiene una angustiada be­lleza. Deledda es Premio Nobel (1926).

O. Nemi

Jürg Jenatsch, Conrad Ferdinand Meyer

Novela histórica del poeta suizo Conrad Ferdinand Meyer (1825-1898), publicada en 1876. Su figura central es el complejo y contradictorio Jürg Jenatsch, párroco protestante y jefe de los protestantes en los Grisones.

Miembro del famoso tribunal de Thusis, que pronunció sangrientas condenas contra los católicos, se ve obligado, cuando los católicos, ayu­dados por los españoles, llevan ventaja, a abandonar su parroquia. Por haber to­mado parte con algunos otros en la muerte del jefe del partido católico Pompeius de Planta, padre de Lucrecia, su amiga de in­fancia, verá su casa devastada por los es­pañoles y su mujer asesinada por su pro­pio hermano; huye entonces a Mansfeld en alemania para tomar parte en la guerra. Cuando llega a ser jefe de la república ve­neciana en Dalmacia, ocultamente se pone de acuerdo con los franceses y luego de obtener la ayuda del duque Rohan, con su ejército, vuelve victorioso a su patria, pero cuando la independencia que Rohan había prometido a los suizos no es reconocida en París, Jenatsch, con la colaboración de Lu­crecia, que se encuentra en Milán y que a pesar de sus delitos le ama, entra en tra­tos con los españoles. El duque Rohan es hecho prisionero y su ejército se ve obli­gado a retirarse. Aunque Jenatsch se con­vierte al catolicismo, los secuaces de Planta no renuncian a la venganza; y durante un baile de máscaras en Coira, lo atacan para matarlo.

Lucrecia, que impulsada por su amor había ido a advertirlo, cuando ve que Jürg la considera sólo como un instru­mento, deja prevalecer en ella el espíritu de venganza, y lo mata. Meyer presenta en su héroe casi una encarnación del espíritu suizo y su devoción a la causa de la patria; y éste permanece como tema principal, aun­que se introduzca otro motivo más indivi­dual: el deseo de Jürg de vengar a su mu­jer. Igualmente compleja es la figura de Lucrecia, que ama a Jürg, y le salva de las manos de sus asesinos para matarle ella misma después. A pesar de algunas frac­turas y lagunas en el desenvolvimiento, esta obra constituye una de las novelas alemanas históricas más vitales del siglo pasado por la veracidad de su ambiente, a menudo evocado en escenas que tienen verdadera grandiosidad, y por el estudio de cada uno de los personajes, a pesar de que se pueda descubrir aquí y allá alguna reminiscencia de Víctor Hugo. Particular­mente, en la historia de la literatura de la Suiza alemana, esta novela, abundante en personajes y densa en acontecimientos, con­serva su importancia.

A. Feldstein

Jurij Miloslavskij, Michail Nikolaevič Zagoskin

Novela histórica rusa de Michail Nikolaevič Zagoskin (1789- 1852) publicada en 1829. Su gran éxito fue debido sobre todo a su elevado tono patrió­tico y a la poetización viva y pintoresca del pueblo ruso con que el escritor supo presen­tar las vicisitudes de sus héroes: Jurij, el heroico defensor de la patria y la bella Anas­tasia. Su historia de amor, y especialmente la conquista de la bella por parte de Inrij está ligada con los acontecimientos de su época. Éstos se hallan indicados por el sub­título Los rusos en 1612, año fatídico en la lucha entre rusos y polacos en el primer cuarto del siglo XVII, cuando los enemigos exteriores de Rusia habían ocupado casi toda la «tierra rusa», y en el interior se encarnizaba también la lucha entre los par­tidos políticos.

El mérito de Zagoskin con­sistió en haber sabido dar relieve, en la descripción de semejante situación, a figu­ras históricas o pseudohistóricas de verda­deros «hijos de la patria» y también haber pintado, aunque según los conceptos del romanticismo a lo Walter Scott, las condi­ciones sociales de su tiempo, cosa casi to­talmente nueva en la literatura novelesca de entonces. La derivación de Walter Scott es evidente, y no era, por lo demás, evi­table; lo importante fue que aquella imi­tación no perjudicó la aspiración del escri­tor de dar a sus compatriotas una obra de valor patriótico con sentido de arte, cosa que pareció conseguida, puesto que un juez tan severo como Puskin pudo dar de ella un juicio favorable. Jurij Miloslavskij fue inmediatamente traducida al alemán (1830), poco más tarde al francés (1831) y al in­glés (1833).

E. Lo Gatto