Kham Dinh Viet-Su Thong Giam Cuong Muc, Phan-Thanh-Gian

[El espejo de los Anales del Viet-Nam, compuesto por orden de Su Ma­jestad]. Publicación emprendida por la Oficina de los Anales del reino de Tu-Duc (1847-1883), bajo la dirección general de Phan-Thanh-Gian. Los trabajos de recopi­lación y redacción duraron desde 1856 a 1850: fueron sometidos a la censura impe­rial entre 1871 y 1884, y no fueron editados hasta este último año. Escrita en chino, la lengua oficial de la época, la obra se com­pone de un prefacio y de cincuenta y dos tomos, divididos en dos partes; el pei’íodo llamado anterior (cinco tomos), que va desde la legendaria dinastía de los Hong- Bang hasta el fin de La primera dominación, china (2879? a. de C. a 967 d. de C.); el período de independencia nacional, que va de la primera dinastía de los Dinh hasta el final de la dinastía de los Lé (cuarenta y siete tomos), o sea, desde 968 a 1789.

La obra menciona los hechos año por año, y cada suceso relatado se acompaña de los hechos con él relacionados y de los detalles que lo completan. Siguen a continuación los comentarios y anotaciones de la Oficina de los Anales. Finalmente, los comentarios reales se consignan en la cabecera de las páginas. Toda la obra trata de la historia del Viet-Nam; tanto los historiadores de las dinastías anteriores como los cronistas chi­nos y vietnamitas han sido aprovechados. Este vasto repertorio tiene el mérito de reunir numerosos materiales dispersos en varias colecciones y tratados más o menos conocidos. No siempre está libre de graves imperfecciones. Ciertos comentarios ten­denciosos o demasiado exclusivistas alteran la verdad histórica ofrecida por las obras antiguas y la sustituyen por puntos de vista excesivamente subjetivos. Además, el método de presentar los hechos año por año, estudia naturalmente los sucesos de modo fragmentario, sin un encadenamiento lógico y sin una posibilidad de coordina­ción, de tal modo que el lector no puede hacerse una idea de conjunto de un deter­minado período.

No obstante, tal y como está la obra, constituye una fuente preciosa de información. Esta historia ha sido tra­ducida al francés por Abel des Michels. Ediciones Ernest Leroux (París. 1892); solamente han sido traducidos los cinco primeros tomos, referentes al período conocido con el nombre de anterior. Recientemente, la Escuela francesa del Extremo Oriente en Hanoi ha emprendido la reedición de esta gran obra, con traducción francesa. Se halla actualmente en curso de publica­ción.

Kebra Nagast, Isaac

[La gloria de los reyes]. Es una de las obras literarias más notable que nos ha legado Etiopía. Es muy proba­ble que se escribiera originariamente en árabe y más tarde fuera traducida al etió­pico. Se remonta seguramente a los comien­zos del reinado del rey Amda Sion (1314- 1344) y su autor, Isaac, debió ser cabeza de la clerecía de Axum. El propósito de la obra era demostrar la legitimidad de la dinastía salomónica y las pretensiones de los mejores eclesiásticos que habían soste­nido la nueva dinastía.

Remontándose hasta Adán y Set. que debieron ser los primeros reyes salomónicos, esta obra no tiene casi ningún valor como fuente histórica. Hay en ella varías leyendas e historias sacados de diversas fuentes. Durante el transcurso del Concilio de Nicea, Gregorio Taumaturgo (que los abisinios confunden con Gregorio el Iluminador) declara haber meditado so­bre la historia de la humanidad, que narra partiendo desde sus orígenes, es decir, desde el rey Adán hasta el rey Sem, a quien Dios había honrado con el arco iris y prometido para el futuro el Arca de la Alianza, lla­mada Sión. Los padres aprueban las pala­bras de Gregorio, sobre todo en lo que se refiere a: Arca, que sería, igual que sucede con la Virgen María, una imagen de la Jerusalén celeste. Viene a continuación la historia del «Antiguo Testamento» hasta el rey David, y concluye con una representa­ción terrena de Sión.

Entonces el patriarca de Constantinopla, Domicio, cuenta que ha descubierto un libro en el que se dice que los reyes de Roma y de Etiopía des­cienden de Sem y de Salomón; de este modo resultaría que el mundo entero per­tenecería a estos dos reyes. Domicio evoca la historia de los reyes de Etiopía y afirma que la Reina del Mediodía, de quien habla el Evangelio de San Mateo (v.), XII, 42, es la Reina de Etiopía. Esta reina se ha­bía decidido a visitar al rey en Jerusalén (a causa del relato de un comerciante etío­pe. Tamarín), donde fue recibida con todos los honores. Durante la noche que precedió a la de su partida (la obra se extiende largamente sobre estos incidentes), Salo­món tuvo un sueño en el que veia brillar un sol sobre Israel, pero el sol fue ofendido por los judíos y comenzó a lanzar sus des­tellos sobre Roma y Etiopía. Finalmente, Mákedá partió, después de haber recibido del rey un anillo como regalo, por el cual siempre podría ser reconocida. Durante el viaje dio a luz un niño, al que puso por nombre Bayna-lehkem o Bin al-hakim, «hijo de Sabio», nombre del que deriva el de Ménilek. Al llegar a la mayoría de edad, el muchacho marchó a Jerusalén, llevando consigo el anillo; allí se le consagró rey, con el nombre de David. Luego partió de nuevo hacia Etiopía, acompañado de los hijos mayores de los grandes de Israel, de quienes descienden algunas familias etíopes.

Los hijos de los sacerdotes que les acompa­ñaban robaron el Arca. Al llegar al Mar Rojo es gracias a ellos que pudieron pasar sin obstáculos; Salomón intentó en vano darles alcance. Sigue luego la historia de los últimos años del reinado de Salomón, en la que se da la genealogía de María y de José y en la que se demuestra que todos los reyes del mundo son semitas, puesto que el mundo pertenece a los des­cendientes de Sem. Tras el relato de la ele­vación de Ménilek al trono de Etiopía, Domicio concluye su declaración haciendo alusión a la magnificencia de los reyes de Etiopía y a la obra de Cristo. Gregorio Tau­maturgo vuelve de nuevo a escena y de­muestra que las profecías mes iónicas se han realizado en la persona de Cristo: los romanos se apartaron de la ortodoxia, pero los etíopes permanecieron siempre fieles. Citando Cristo vuelva sobre la colina de Sión, se encontrará el Arca, y Dios castiga­rá a Israel. Justino, rey de Roma, y Káléb, rey de Etiopía, marcharán juntamente con­tra Jerusalén. restablecerán la ortodoxia y matarán a los judíos. El rey de Etiopía dejará a su hijo como rey de Israel, y de regreso a su patria hará entrega del trono a su segundo hijo, Masqal. En la lucha que se entablará entre los dos hermanos para poseer Sión. Irsael escogerá el Carro de Sión, mientras que Masqal preferirá tomar la misma Sión, y de este modo el rey de Etiopia será el mayor de los reyes de la tierra. El Kebra Nagast goza de gran autoridad en Abisinia y ha ejercido consi­derable influencia sobre la literatura pos­terior. El texto etiópico fue publicado por C. Bezold en 1903>, en las «Actas de Ja Acade­mia de Ciencias de Munich, vol. XXIII. F. A. W. Budge hizo una traducción al inglés en The Queen of Sheba (Londres. 1922).

G. Furlani

Kean o Desorden y Genio, Alexandre Dumas

[Kean ou Désordre et génie] Drama en. cinco actos de Alexandre Dumas padre (1803-1870), estrenado en 1836. Pretende ofrecer en una rápida síntesis y acogiendo muchos elemen­tos novelescos, la vida de Edmund Kean, actor trágico inglés (1787-1833). famoso tanto por sus interpretaciones shakespearianas como por su vida aventurera y desorde­nada.

La acción empieza en el tiempo más feliz para el actor, cuando tres mujeres la humilde Betty, la riquísima Ana Damby y la condesa Kaefeld, esposa del embajador de Dinamarca — esperaban conseguir un amor. Kean ama, o cree amar, a la condesa; quizás la rivalidad con el príncipe de Gales, amigo y protector suyo, le hace confundir la satisfacción de su vanidad con el amor. Mientras Kean. antes de la hora de la re­presentación, espera en una taberna a la condesa, va a su encuentro Ana, que im­plora su ayuda contra las insistencias de Lord Melvil, pero éste se niega a batirse con un «histrión»; el insulto provoca un alboroto, una tumultuosa contienda entre los amigos de Melvil y los hombres del pueblo, que acuden en defensa de Kean.

El actor llega al teatro trastornado, y, al hallar en su camerino al príncipe de Gales, tiene con él una discusión que poco falta para degenerar en riña: ambos alegan sus bue­nos derechos al amor de la condesa. Kean es llamado a escena, y en cuanto acaba de pronunciar las primeras dulces palabras de Romeo ve a la condesa en un palco, junto al príncipe. Su ira, a duras penas reprimida, estalla, y en un impetuoso monólogo, Kean insulta al príncipe, a vida, el universo, y se desmaya. Condenado al destierro, parte- para América con Ana, que será su mujer. Kean es el más afortunado y vigoroso de los dramas de Dumas, gracias especialmente a sus efectos escénicos (es célebre el de 3a invectiva); sin embargo, es todo él grandi­locuente y convencional y sin gran valor artístico.

C. Alloisio

Kenilworth, Walter Scott

Novela de Walter Scott (1771-1832), publicada en 1821. En ella Scott, a instigación de sus editores, se pro­pone hacer para la época de la reina Isabel lo que había hecho para la de María Estuardo en El Abad (v.), y se toma ciertas libertades con la cronología, con tal de pre­sentar un cuadro pintoresco, aunque evita enfrentarse con los acontecimientos histó­ricos más conocidos (le habían sugerido dar a su libro el título La Armada [The Ar­mada]).

El argumento de la novela se basa en \in hecho legendario: el trágico destino, durante el reinado de Isabel, de la linda Amy Robsart, hija del sir Hugo (Hugh) Robsart de Devon. Un picaro, Ricardo (Richard) Varney, la ha convencido de que se casó con el conde de Leicesler, el favorito de Isabel, cue debe mantener secreta su unión, para no caer en desgracia cotí la celosa reina, para lo cual encierra a su mujer en una villa cerca de Oxford, Cumnor Place. El perfecto caballero de Cornualles Edmund Tressihar, partidario del rival de Leicester, el conde de Sussex, cree que Amy, a la que vanamente había cortejad, vive en Cumnor Place como amante de Varney, y, después de haberla instado inútilmente para que regresara a su casa, denuncia a Varney como seductor ante la reina, y Varney, para salvar a su patrono Leicester, declara que Amy es su esposa. Isabel ordena a Amy que se presente ante ella en Kenilworth, donde ella es huésped de Leicester. Varney persuade a Leicester para que ordene a Amy que diga ser la esposa de Varney; ésta, furiosa, llega secretamente a Kenilworth, ayudada por Tressilian para pedir su reconocimiento oficial como condesa de Leicester.

En Kenilworth consigue de Leicester que la reconozca públicamente como mujer suya, por lo cual él se atrae el furor de la reina. Pero Varney insinúa a Leicester la existencia de relaciones ilícitas entre Amy y Tressilian, por lo cual el conde ordena se lleve a su mujer a Cumnor Place y se le dé muerte. Demasiado tarde se conoce la verdad, y cuando Tressilian llega a la villa, Amy acaba de morir en una trampa. La descripción de las fiestas de Kenilworth es uno de los pasajes más notables de la novela; bien perfilado el carácter de la rei­na Isabel, especialmente en la escena de la audiencia en el palacio de Greemvich, en la que los levantiscos Sussex y Leicester son obligados a someterse. Kenilicorlh dio a Gaetano Donizetti (1797-1848) el argu­mento para su ópera musical Isabel en el castillo de Kenilworth [Elisabetta al’castéllo di Kenilworth a Gaetano Gioa (1768- 1826), para su ballet Kenilworth, y a Fran­cesco Beltrame de Conegliano le sugerió unos muy mediocres versos sobre la Muerte de Amy lílíorte di Amy I y la tragedia Amalia de Leicester. [Trad. española por D. P. H. B., bajo el título El castillo de Kenil­worth o los privados rivales en el reinad.o de Isabel de Inglaterra (Valencia, 1831) y de Vicente Pagasartundua (Madrid. 1832)].

M. Praz

Kavanagh, Henry Wadsworth Longfellow

Narración en prosa del poe­ta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882). publicada en 1849.

Es una especie de crónica de Fairmeadow, un imaginario pueblo de la Nueva Inglaterra, que el autor nos describe en su desesperada melancolía, con las oscuras vicisitudes de sus moradores, sus esperanzas, sus mise­rias. Está Mr. Churchill. que la naturaleza ha hecho poeta y el destino maestro de es­cuela, que quiere escribir una novela, aun­que le falte la inspiración y algo más ur­gente venga a distraerle cada vez que toma la pluma. Está Alicia Archer, muchacha de temperamento sensible, de lágrima fácil, perdida en sus ensueños, afligida por una incipiente ceguera. Su compañera de infan­cia y gran amiga es Cecilia Vaughan. Ceci­lia es rica, Alicia pobre; Cecilia, guapa e inteligente, es cortejada por todos los jó­venes del pueblo; a Alicia nadie le hace caso. Al marcharse el anciano pastor evan­gélico. llega para sustituirle el joven Ar­turo Kavanagh, que. de antigua y rica fa­milia católica, se ha convertido al protes­tantismo. Alicia se enamora de Kavanagh; pero, en una excursión.

Kavanagh se ena­mora de Cecilia, y ésta de él. El desengaño duele mucho a Alicia. Sin embargo, se re­procha a sí misma por su debilidad y su egoísmo, y quiere gozar de la felicidad de su amiga. Cecilia y Kavanagh se prometen. En invierno Alicia muere y el secreto de su amor y de su dolor es enterrado con ella. La novela que Mr. Churchill deseaba encontrar y narrar había ocurrido en su misma aldea, ante sus ojos. Sin embar­go. él miraba y buscaba lo raro y lo lejano, y los acontecimientos que latían cerca de él se le escapaban. Kavanagh y Cecilia se casan y emprenden un largo viaje por Euro­pa, viaje no solamente de boda para Kava­nagh, sino también de sagrada misión, ya que espera difundir en los corazones bue­nos el deseo de la unión de todas las igle­sias en una única iglesia universal. Al cabo de tres años Kavanagh y Cecilia regresan a Fairmeadow. La aldea se ha transformado: el ferrocarril ha provocado grandes cam­bios. Los amigos han envejecido. Mr. Chur­chill sigue pensando en escribir una novela, pero todavía no ha conseguido escribir una línea. Kavanagh fue la segunda y última novela en prosa escrita por Longfellow. Aunque compuesta con más esmero que la primera. Hiperion (v.), y aunque la ala­baron Emerson y Hawthorne. no alcanzó mucha popularidad.

N. di Piétro