Leoncio,Hermesianacte de Colofón

Elegías en tres libros de Hermesianacte de Colofón, poeta griego ale­jandrino, amigo y discípulo de Filitas de Cos, que vivió en la primera mitad del si­glo II a. de C. Deben su título al nombre de la mujer amada por el poeta, a imita­ción de la Lidia (v.) de Antímaco de Co­lofón, poeta predilecto de los alejandrinos. Se han perdido todas las elegías, excepto un largo fragmento del libro III — 98 ver­sos — y varios fragmentos menores. Rela­taban, en forma refinada pero en un tono algo uniforme, frío; y monótono, los amo­res famosos y desgraciados: en el fragmento más largo que ha llegado a nosotros se enumeran los poetas y filósofos, desde Or­feo a Filitas, que han cedido a la violencia del amor. Se trata a menudo de invenciones fantásticas de gusto alejandrino, como, por ejemplo, cuando se habla de amores entre Homero y Penélope, entre Anacreonte y Safo, etc. Entre los fragmentos menores, los más notables son los que narran los amores entre Polifemo y Galatea, Arceofonte de Chipre y Arsinoe, Menalcas y Enipe de Eubea, Leucipo y su hermana. Las elegías de Hermesianacte eran expresión característica de la poesía, más refinada que profunda, propia de la época alejandrina; históricamente tienen cierta importancia porque, junto con las de Filitas, represen­tan el paso de la antigua elegía griega a aquella forma que los romanos llevaron a mayor altura, sirviéndose de ella para ex­presar los más delicados e íntimos impulsos del alma.

C. Schick

Leonardo da Vinci o La Resurrección de los Dioses, Demetrio Marejkovski

[Voskresšie Bogi, literalmente Los dioses resucitados]. Novela del escritor ruso Demetrio Marejkovski (Dmitrij Sergeevic Merežkovski, 1865-1941), publicada en 1902, como segunda parte de la trilogía Cristo y el Anticristo (v. Juliano el após­tata y Pedro y Alexis).

En Leonardo da Vinci se insiste en la tesis, que se halla ya en el fondo de Juliano el apóstata, de la necesidad de una síntesis de paganismo y cristianismo, como una especie de re­conciliación del Bien y el Mal. Como con­ciliadora entre estos extremos aparece la figura de Leonardo en medio de los antiguos dioses que van siendo desterrados y feste­jan su resurrección. Como antes en Juliano el apóstata, la ión poética se funda en elementos históricos bastante fieles. El cuadro de la época del Renacimiento y de la vida de Leonardo en toda su multi­plicidad de formas y colores figura entre las cosas mejor logradas de Merejkovski, a pesar de que a veces el color sobrepase las líneas del dibujo. El Leonardo que espía con curiosidad los últimos estremecimientos del ajusticiado no es menos interesante para Merejkovski, que el Leonardo pintor de la Cena; el Leonardo que trabaja en la cons­trucción de una máquina para volar no lo es menos que el Leonardo que concibe templos y palacios.

No obstante, en la gran­deza de la época que vuelve los ojos hacia la antigüedad, el renacimiento no es más que aparente, porque los tesoros antiguos acaban sobre la pira encendida por insigni­ficantes inquisidores, y perecen asimismo las mejores creaciones de Leonardo, conce­bidas en el espíritu de la antigüedad. El problema de la unificación de los dos ele­mentos fracasa definitivamente en el mundo latino. El autor insistirá en este mismo tema en su estudio de la figura de Pedro el Grande (v. Pedro y Alexis). Trad. ita­liana de N. Romanovsky (Milán, 1901).

E. Lo Gatto

Las Leyes Civiles en su Orden Natural, Jean Domat o Daumat

[Les lois civiles ‘dans leur ordre naturel]. Obra francesa de Jean Domat o Daumat (1625-1696), publicada en 1690-97. Estudia todas las materias del Derecho civil, o sea las cosas, las personas, las obligacio­nes y las sucesiones dentro del ámbito de una sistematización del Derecho justinianeo (v. Corpus Juris Civilis). El cap. I trata de los «primeros principios de todas las leyes», y explica asimismo la idea central de la obra, tal como la enuncia el título. Los pri­meros principios de las leyes, necesarios para conocer, interpretar y aplicar las leyes mismas, emanan de la religión cristiana, la cual enseña que, en orden a la natura­leza del hombre, la primera ley que éste se impone es el amor al prójimo y la busca del sumo bien. De esta primera ley, en cuanto es común a todos los hombres, deriva una segunda: la de que todos los hombres deben unirse y amarse entre sí. En estas dos leyes reposa el fundamento de la socie­dad humana. Puesto que el hombre no puede realizar prácticamente el amor hacia to­dos, se le imponen obligaciones particula­res que, observadas por todos, concurren a realizar este amor.

Tales obligaciones son de dos clases: la primera de orden natural es la del matrimonio, que da lugar a la so­ciedad familiar a través de los nacimientos, el parentesco, etc., y la segunda comprende todas las demás relaciones, voluntarias o no, de las que surge la sociedad civil. Las leyes pueden reducirse todas a dos grandes categorías: inmutables o naturales, que son las necesarias e inderogables, porque fue­ron establecidas por Dios; y arbitrarias, que son las emanadas de una autoridad legítima, en ocasiones contingentes, y que pueden ser derogadas. El autor se propone estudiar las leyes civiles de la primera categoría, las cuales, teniendo un orden na­tural, constituyen un «corpus» orgánico y definido. La obra de Jean Domat tiene una importancia fundamental en la historia del Derecho. En ella se encierra el esfuerzo más grandioso por realizar aquella unidad legislativa, cuya necesidad se hacía sentir cada vez más viva en Francia después de la unificación nacional. Se trataba de supe­rar los varios particularismos de las fuentes más diversas en un principio unitario que Domat cree ver en las disposiciones del Derecho romano, como las que mejor res­pondían a un principio unitario de racio­nalidad. La obra fue preciosa para la codi­ficación francesa de Napoleón.

A. Répaci

Leonardo y Gertrudis, Heinrich Pestalozzi

[Lienhard und Gertrud]. Novela del escritor alemán Heinrich Pestalozzi (1746-1827), publicada en 1781 anónima, a instancias de Lavater. Pestalozzi salía entonces de la quiebra no sólo económica, sino moral, de su segunda tentativa socialpedagógica de una escuela en que los muchachos aprendiesen, además de leer y escribir, y hacer cálculos, tam­bién a hilar y tejer; embrión de escuela profesional. Esta tentativa le proporcionó primero el argumento para un cuento, que después Pestalozzi transformó en novela.

El éxito de la primera parte de Leonardo y Gertrudis que alcanzó una cuantiosa tirada, animó al autor a continuarla; así, en 1783 salió la segunda parte; en 1785, la tercera, y en 1787, la cuarta parte. Las dos prime­ras, destinadas «al pueblo», se distinguen netamente de las últimas, destinadas a la clase más «culta». En la carta a su amigo Battier, que sirve de introducción a la cuarta parte, el autor explica cómo en la primera quiso pintar la vida de aldea tal como es; después le pareció que debía mostrar tam­bién por qué las cosas estaban así, y final­mente, en las dos últimas partes, qué se podía hacer para que fuesen de otra ma­nera.

En la primera parte nos presenta la aldea de Bonnal regida por un sistema casi feudal por el barón («Junker») Amer, de quien depende un Corregidor («Vogt») de nombre Hummel, quien a su vez ejerce la administración y justicia con los ancia­nos de la aldea. El barón y su pequeño estado dependen del Duque, que representa uno de tantos príncipes soberanos alemanes. Con todo, el carácter de los personajes y su manera de vivir manifiestan el origen suizo del autor. En Bonnal vive Leonardo, albañil, con su mujer Gertrudis y muchos hijos; el corregidor Hummel, que es pro­pietario de una taberna, le atrae a beber más o menos al fiado, junto con los otros obreros y campesinos, a los cuales man­tiene de este modo sometidos, reducién­dolos a la miseria. La valiente Gertrudis (v.) va a ver al barón y a exponerle su caso, el cual es, además, el de toda la aldea. El barón, poco a poco, ayudado por el párroco, consigue que se haga justicia, y el corre­gidor es encarcelado y obligado a restituir lo mal ganado. Hasta aquí Pestalozzi es todavía optimista a lo Rousseau, o sea que piensa que el hombre no está corrompido por naturaleza y que basta quitarle el vicio y la miseria para que se vuelva bueno. En las otras dos partes el autor mitiga su opti­mismo, dándose cuenta de la importancia de una educación metódica, sin la cual el hombre vuelve a caer en la culpa.

Gertru­dis, que en las otras partes de la obra ha­bía sido iniciadora y realizadora de toda reforma, ahora no es ya la protagonista, sino sólo símbolo de la sana vida familiar, primer núcleo de todo gobierno prudente. Son protagonistas aquí el teniente Glüphi, maestro de escuela, que consigue formar la nueva juventud con un método particu­lar suyo, que es, en realidad, el de Pesta­lozzi (v. Cómo educa Gertrudis a sus hijos) y Mareile, quien con su hermano dirige la hilandería de las muchachas. En la con­ciencia del trabajo y del ahorro se va de este modo buscando la regeneración del pueblo. No faltan amarguras al barón re­formador, el cual, a pesar de las intrigas de corte urdidas por una clase de personas arrogantes y encerradas en su propio egoís­mo, consigue por fin interesar al Duque por su aldea y persuadirlo a extender la reforma por todo el estado.

Este Duque fue en la vida real de Pestalozzi el Gran Duque de Toscana Leopoldo, quien, según parece, quedó efectivamente impresionado por el libro y se adhirió a las ideas en él expuestas; pero cuando la Toscana pasó al Imperio, todo se desvaneció.  Leonardo y Gertudis encendió en el campo social uno de los grandes luminares de las reformas que llamearon a fines del siglo XVIII, exaltó el ideal de una religión cristiana universal aconfesional o. mejor dicho, superconfesional; despertó, además del sentido de la filantropía, el de la vida ordenada y ho­nesta y virtuosa que caracterizó el «Biedermeyer», y creó aquella mentalidad del buen sentido práctico que los románticos combatieron con tanto encarnizamiento cuando degeneró en «filisteísmo». En el campo pedagógico obtuvo influencia más directa, así como en el de la narración mo­ralista suiza (v. Uli el criado).

G. F. Ajroldi

Las Leyes, Jorge Gemistos Plethón

Es la obra más importante de Jorge Gemistos Plethón (13559-1450), conocida del Occidente europeo, fuera del círculo de los iniciados, cuando el autor, de más de ochenta años, fue a Ita­lia formando parte del séquito del emperador Juan Paleólogo, para asistir al concilio de Ferrara y Florencia (1438-39), íntimamente nutrido de la ciencia antigua, compenetrado de las doctrinas platónicas y neoplatónicas, y convencido además de que la admirable fecundidad ética por la que el Cristianismo logró vencer al antiguo formalismo de los cultos paganos estaba a punto de agotarse, Jorge Gemistos ideó, con fragmentos de la antigua dogmática del sincretismo neoplatónico, un laborioso «Pleroma» donde las sustancias divinas, desde la Idea eterna del Bien (Poseidón) hasta el alma inmortal del hombre, se distinguían en tres grandes ór­denes, imagen eterna del mundo terreno.

En éste la pacífica convivencia y la armo­niosa colaboración entre los hombres había de quedar asegurada por un Estado monár­quico, dotado de armas propias, donde legis­lación, defensa armada y actividad econó­mica debían ser misión específica de tres clases, que aun reconociéndose distintas, debían estar ligadas íntimamente en un único nexo por el íntimo fervor de la nueva religón. En vista de las ruinas de la vie­ja Esparta, hacia cuya antigua constitu­ción Gemistio mostraba la predilección que ya tuvo su insigne maestro Platón, en Misitra, una pequeña comunidad de iniciados, semejante a la de los antiguos pitagóricos, bajo la dirección del venerado maestro, vi­vía confiada en el triunfo de la nueva doc­trina que debía regenerar a Grecia y había de darle la fuerza de rechazar victoriosa­mente a los ejércitos turcos. El patriarca de Constantinopla, Gennadio, ordenó que la obra de Gemistio fuera destruida, pero se han conservado muchos fragmentos, que fueron recogidos por Migne en su Patrología grieqa y más tarde fueron objeto de una edición más correcta por obra de A. Alexandre, con traducción francesa de A. Pellissier, en Pa­rís, en 1858.

G. Franceschini