De las Letras, Černorizec Hrabăr

[O pismen’h] Uno de los más antiguos monumentos de la litera­tura antiguo-búlgara, del monje Černorizec Hrabăr, escrito probablemente en la pri­mera mitad del siglo X. Es importante por la pasión con que, en aquel tiempo de do­minio bizantino de la cultura, el autor logra hacer un apología de las letras eslavas, con acentos de verdadera indignación contra la cultura bizantina, con pathos y originalidad de concepto. Trad. italiana en Saggi di letteratura búlgara antica, por Arturo Cronia (Roma, 1936).

E. Damiani

La Letra Escarlata, Nathaniel Hawthorne

[The scarlet letter]. Es la más importante novela norte­americana del siglo pasado, escrita por Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y publicada en 1850. Según la intención del autor, que la meditó largamente y la escribió en el período más triste de su vida, la obra debía ser la más neta expresión del espíritu puri­tano de la época colonial de América.

En Boston, en el momento en que el purita­nismo se atiene todavía a la aplicación in­transigente de los más rígidos principios, el joven pastor Arturo Dimmesdale suscita con su palabra y el ejemplo de su vida ascé­tica el entusiasmo de los fieles. Nadie su­pone en aquel rígido puritano una volun­tad débil, mezclada con cierto egocentrismo, y una mal reprimida sensualidad en antí­tesis con una extraña exaltación mística. Enamorado de una joven y bella borda­dora, Ester Prynne, fascinada por él como todos sus feligreses, Dimmesdale sabe ocul­tar’ sus relaciones pecaminosas. Ester es la esposa del médico inglés Chillingworth, que la ha enviado a América, con el propósito de seguirla al cabo de breve tiempo. Pero nadie ha vuelto a saber nada del médico, y se cree que ha sido víctima de un nau­fragio. Mientras Dimmesdale está en Ingla­terra, adonde ha ido para una breve mi­sión, se descubre la culpa de la joven, que no puede ocultar el fruto de sus amores. Pero ni amenazas ni lisonjas pueden hacerla confesar quién es su amante, y, rechazada por todos, la joven es obligada a llevar siempre en el pecho la letra roja A, que la señala como adúltera al desprecio popular.

Cuando vuelve Dimmesdale, comprende que el amor y el deber le imponen una con­fesión pero Ester le ruega que desista de su propósito, porque no quiere que el hom­bre amado caiga del pedestal en que se halla; y Dimmesdale se deja llevar por el amor de sí mismo antes que por la voz de la conciencia. De este modo la situación de culpa y mentira sigue arrastrándose. Chillingworth, sin embargo, no ha muerto: lo­gra huir de los pieles rojas, de quienes había caído prisionero y, llegado a Boston, se entera de lo sucedido. Su ira es fría e implacable, hace jurar a su mujer que no dirá una palabra y pone en obra su ven­ganza. Sigue por todas partes al culpable, imponiéndole continuamente su presencia: ha intuido el carácter de Dimmesdale, dé­bil, exaltado, casi anormal, y durante años lo está atormentando con su sombra silen­ciosa, hasta llevarlo al borde de la locura. Al fin Ester, más fuerte, siente que una expiación incesante no es justa ni humana. Después de pasar varios años dedicada a obras de caridad, sabe que se ha redimido a sí misma, y propone a su indeciso amante huir hacia otros países para empezar una vida nueva.

Dimmesdale acepta, pero un día en el templo, asaltado por una crisis de conciencia y de exaltación, considera’ la fuga como una * tentación del demonio, y confiesa públicamente todo lo ocurrido. La emoción trunca las fibras de su organismo debilitado, y expira en los brazos de la mujer querida. Hawthorne ha tratado en .esta obra la psicología del pecado, exami­nando el efecto de la culpa sobre las distin­tas naturalezas humanas. Ester sufre abierta y públicamente, Dimmesdale se acongoja en secreto. Pero, para una y otro la justicia humana es, en el fondo, insuficiente; no puede ver la esencia de la culpa, no puede castigarla justamente, y, sobre todo, no puede llegar hasta el corazón del culpable. La expiación debe venir de nuestro inte­rior, debe purificarnos lentamente a través de un largo tormento. Así la culpa permite al alma humana alcanzar mayores alturas que si llevara una vida inocente de pasión y de pecado. En antagonismo con la fría e intransigente concepción de los «Pilgrim Fathers», el amor es considerado no ya a la luz del pecado original, sino como la fuerza creadora de la naturaleza. [Trad. de Fran­cisco Sellén (Nueva York, 1894) y de A. Ruste (Madrid, 1930, con el título La letra roja)].

G. Fornelli

Hawthorne invita demasiado a menudo a sus lectores a que visiten su laboratorio, y explica sus procedimientos ante ellos, como si el pastelero dijera a sus clientes: «vean ustedes: así hacemos las tartas». (Emerson)

Toda la obra de Hawthorne agrupada en tomo a La Letra escarlata tiene hoy, a ochenta años de distancia de la publicación de una sola obra maestra, esta calidad que se llama fácilmente clásica. (Lewisohn)

Letellier, Stendhal

Comedia inacabada en prosa de Stendhal (Henry Beyle, 1783-1842), la obra que más apasionó al escritor entre 1804 y 1830. Llamada primero El buen par­tido, ¡qué horror! [Le bon parti, quelle horreur!], tuvo sucesivamente diversos tí­tulos. Cuanto queda de orgánico — o sea las cuatro primeras escenas del acto primero — fue publicado en 1931, por Henri Martiríeau. Como el autor afirma en un primer esbozo de diario, el propósito de la obra es. satirizar a los aliados del despotismo, a la gente sin ideales y particularmente a la prensa sobornada. Quiso escribir una come­dia sagaz y briosa, pero veraz: el efecto de las escenas debía nacer de la concate­nación del relato, además de la importancia de las afirmaciones polémicas. Cuanto que­da es demasiado escaso para indicar una importancia literaria: pero es sintomático que durante tantos años el escritor estuviera elaborando a su personaje como signo de rebelión contra el conformismo de la buena sociedad de su época.

Letellier es un periodista que, saliendo de la representa­ción de Zaira (v.) del aborrecido Voltaire, no quiere pagar el precio debido al co­chero que ha ido a buscarle a la salida del teatro, y entabla con él una discusión en que muestra su desprecio por la soberbia del pueblo arruinado por las afirmaciones de la Revolución y por los escritores enci­clopedistas que han divulgado teorías dañinas para la humanidad. Una vez en casa, disputa con su mujer, que le incita a vivir con sencillez y tranquilidad, mientras él, como publicista de fama, combate por el ideal de una especie de restauración de valores. Sus artículos, leídos ávidamente por el público, deben destruir el efecto de la propaganda espiritual de tantos filósofos deletéreos, como Voltaire, Rousseau y Hel­vétius. Aparece en escena Fougeard, espe­cie de mecenas enriquecido y necio, que protege a Letellier, pero quiere hacer al mismo tiempo su propio negocio. Y el frag­mento termina con una discusión entre es­tos dos personajes.

C. Cordié

El Leproso de la Ciudad de Aosta, Xavier de Maistre

[Le lépreux de la cité d’Aoste]. Narra­ción del escritor francés Xavier de Maistre (1765-1852), publicada en San Peters- burgo en 1811.

El autor describe sus colo­quios con un leproso (Pier Bernardo Guas­eo, personaje real) que se encontraba ais­lado en la Torre del horror [Tour de la frayeur] junto a Aosta, llamada así a causa de una supersticiosa creencia en espíritus. El enfermo se encontraba allí aislado de la sociedad, y su dura vida y el sentirse lejos de sus semejantes le inspiraban, natural­mente, el más angustioso sentido de la exis­tencia. De Maistre simula que, disfrazado de militar, durante la guerra de los Alpes en 1797, pasa accidentalmente junto a la torre, entra, y nos describe sus impresio­nes: un hombre vestido de una manera muy descuidada está en el jardín apoyado a un árbol, sumido en una profunda medi­tación. Advierte a gritos a su fortuito visi­tante que no se acerque; pero el militar, generosamente, le pide permiso para que­darse. El horrible espectáculo del rostro y los miembros desfigurados del leproso lle­nan de piedad al visitante, y entre los dos hombres se entabla un patético diálogo. El leproso habla de su vida, de sus medita­ciones, de sus ideas sobre el mundo y la civilización: simples y graves son sus afec­tos y su sencilla plegaria al Creador es como un bálsamo, por el recuerdo de Cristo, cuya imitación es alivio y redención. Do­lores, crueles delirios, sufrimientos inaudi­tos están compensados por la concepción de una ley ineludible, por una contempla­ción de la verdad. Superada la envidia hacia los seres felices y el encono y los tormentos interiores, el leproso ha conseguido pensar en la eternidad como su último refugio. Conmovido por semejante cordura, el mili­tar se despide lleno de serenidad; y el soli­tario, expresando su certeza de volverle a ver en un mundo superior, se encierra en su oscura torre.

La narración, famosa por el tema y por la atmósfera romántica que la rodea, está impregnada de espíritu hu­manitario y al mismo tiempo está construida con una claridad de expresión y de sentimientos típicos del siglo XIX. Se nota que un nuevo aliento penetra en la composición del autor del Viaje alrededor de mi habi­tación (v.). [Trad. de Carmen Palencia y Tubau (Madrid, 1921)].

C. Cordié

Leporeambos, Ludovico Leporeo

[Leporeambi]. Deben su nombre al de su autor Ludovico Leporeo (n. en Cormons y establecido en Roma en la primera mitad del siglo XVII) y repre­sentan la última degeneración del’ gusto de aquella época, que confundió el éxtasis pro­pio de la poesía con el asombro. Leporeo fue partidario de esta poética y la llevó a sus últimas consecuencias.

Dos son las com­pilaciones que conocemos de estas composi­ciones tan extrañas como frías de inspira­ción: la de los Leporeambos alfabéticos [Leporeambi alfabetici] que vieron la luz en Bracciano en 1639, y la de los Lepoream­bos nominales |Leporeambi nominali], pu­blicados como obra póstuma en Roma, en 1682. La ingeniosidad y la extravagancia dieron a los primeros un efímero éxito, de tal modo que se hizo una segunda edición, también en Roma, en 1641 y una tercera en Bolonia, debida a C. Zenero, en 1652. También la segunda serie fue reeditada en Roma en 1683; pero, publicada cuando el gusto por lo extraño tendía a declinar,»« pronto se hizo el silencio a su alrededor, y desde entonces estos mediocres y pedan­tescos ejercicios no han vuelto a ser reim­presos. Como notable entre todos merece ser citado el «leporeambo alfabético a ejem­plo trisono, transponible e irrepetido», de­dicado por el poeta a su amada. Se inicia con el verso «Amata, m’ardi, con tuoi sguar- di vaghi» y, según el poeta, es alfabético porque deriva del orden de las cinco voca­les; trisono, porque «da tres sonidos en cada uno de los catorce versos: dos intermedios y el tercero final»; transponible, «ya que cada uno de los tres versos se pue­de trasponer o mudar de lugar, del prin­cipio al medio, de mil distintos modos»; e irrepetido «porque resulta del sonido nunca repetido de la misma sílaba, unívoca o equívoca, intermedia o desinencial, en el mismo leporeambo».

A veces acontece en estos leporeambos que la extrañeza está puesta al servicio de intentos realistas y burlescos, y entonces el autor logra efectos no despreciables, que pueden hacer recor­dar, sino al Burchiello, a alguno de sus ulteriores imitadores.

G. Franceschini