Leyes de Amor, Bernard de Panassac

[Leys d’amors]. En 1323 se constituyó en Tolosa de Languedoc la «Sobregaya Companhia deis VII Trobadors de Tolosa».

Estos siete fueron: Bernard de Panassac, noble; Guilhem de Lobra, burgués; Berenguier de Sant Planat y Peyre de Mejanasserra, banqueros; Guilhem de Gontaut y Pey Camo, mercaderes, y maese Bernard Oth, notario del tribunal del Vica­rio de Tolosa. Los siete cultivaban la poe­sía, aunque sólo de uno de ellos, Bernard de Panassac, nos han llegado dos compo­siciones. Los mencionados siete trovadores constituyeron el «Consistori de la Gaya Sciensa» o «Gay Saber», o sea una «Aca­demia de Poesía», ya que la expresión «gaya sciensa» designa precisamente la poe­sía la cual es, según la noción trovadoresca a que estos enamorados poetas del siglo XIV se mantienen estrictamente fieles, un arte difícil que requiere un largo aprendizaje. En el mismo acto de su constitución, la Academia tolosana convocó un «concurso de poesía» al que fueron invitados todos los «subtils trobadors», los cuales debían pre­sentarse el 1.° de mayo de 1324 a leer sus composiciones. Los siete fundadores del «Consistori» recitarían a su vez las suyas, y los concursantes tendrían el derecho de criticar libremente las obras de sus hués­pedes, mientras éstos, a su vez, se reserva­ban el derecho de defenderse discutiendo.

El día convenido acudieron de todas partes los trovadores con sus poemas y fueron honorablemente recibidos por los siete, a quienes se unió una multitud de señores y burgueses, doctores y licenciados. El primer día fueron presentadas las poesías; el se­gundo, los siete se reunieron a juzgarlas; el tercero, se concedió el premio — «una violeta de fin aur» — al trovador Arnaut Vidal, a quien se confirió también el título de «Doctor en Gaya Sciensa» por aquel año. De este modo quedaron constituidos los «Juegos Florales», que prosiguieron sin in­terrupción y todavía actualmente, después de seis siglos, siguen celebrándose en To­losa. Al canciller del «Consistori», Guilhem Molinier, se le confió el encargo de redac­tar el código según el cual se juzgarían los concursos anuales, el cual, por otra parte, había de constituir el manual para que los jóvenes pudieran perfeccionarse en la «gaya sciensa». De este modo se compusieron las Leys d’amors^ como un tratado completo de lengua y poética trovadoresca, el más im­portante que se escribió en la Edad Media. Antes de las Leys se habían compuesto dos tratados de gramática y poética: las Razos de trobar (escritas en Italia hacia 1240, para uso de dos nobles italianos cultiva­dores de la poesía trovadoresca) y el Donats provensals; las Razos habían sido refundi­das en la Doctrina de cort de Terramagnino de Pisa. Pero las Leys son sin disputa más amplias y más ricas.

Después de una introducción en que se narra la historia de la fundación de la Academia tolosana y del primer concurso poético, las Leys se desen­vuelven en cinco partes: ortología y foné­tica, métrica y prosodia (rimas, estrofas, definición de los distintos géneros líricos), morfología, retórica (enumeración de todas las figuras), preceptos y enseñanzas varias de orden técnico y moral. De las Leys, que son una obra muy voluminosa, el mismo compilador hizo un resumen en 7000 versos, que tituló Flors del Gay Saber (Flores del alegre saber), y uno de los primeros poetas de la escuela tolosana, Joan de Castelnou, hizo un Compendi.

A. Viscardi

Leucipo, Ermesianato de Colofón

Novela breve griega que bajo versiones dife­rentes aparece narrada en tres poemas de Ermesianato de Colofón (siglo III a. de C.), con su Leonzio (v.), de Nicandro (siglo III y II a. de C.) en las Metamorfosis (v.) y de un poeta incógnito que funde las aven­turas de Leucipo (hijo de Enomao) con la¿ de Dafne (v.). Cuenta Ermesianato que Leucipo, hijo de Xantías, se enamoró de su hermana hasta el punto de consumirse y de amenazar con matarse: por ello su madre amorosa y apiadada le ayudó en el nefando propósito. Pero el novio de la joven, cuan­do se entera, revela al padre de la mucha­cha que ésta tenía otra relación, si bien le oculta la vergüenza del incesto. Y así sobre­viene la solución trágica: sorprende el pa­dre a los incestuosos amantes y confun­diendo en la oscuridad a la hija con el joven, la mata.

Corre en su ayuda Leucipo, que, no reconocido ni reconociendo a su padre, mata a éste. El desgraciado joven debía castigarse necesariamente con el des­tierro y se retira cerca de Éfeso, donde funda Cretineo. La novela poética está in­fluida por la de Biblide, de la que adopta el tono sombrío recargado y agravado por la imitación. En un ambiente más sereno se mueve en cambio el arte de Nicandro, se­gún el cual, Leucipo, hijo de Lamprio Cre­tense, había nacido mujer, pero como el padre había dado orden de matar a los naci­dos de sexo femenino, la madre, movida por la compasión la salva presentándola como varón y educándola bajo atuendo vi­ril; pero no pudiendo ocultar por más tiem­po la extraordinaria belleza de sus formas, la diosa Latona, que ha sido invocada, rea­liza el milagro. Y todavía se celebra la fiesta Ecdysia en memoria del hecho extraordinario.

La novela tiene un fondo evo­cador y justifica una determinada ceremo­nia religiosa: como acostumbra Nicandro, la narración está coloreada según las tintas de novelas poéticas afines, como por ejemplo, las de Ceneo, Tiresia e Ifis, en las cuales el esfumado y las situaciones presentan valores más destacados.

I. Cazzaniga

Levadura, Charles Kingsley

[Yeasí]. Novela del escritor inglés Charles Kingsley (1819-1875), publi­cada en 1848. El título alude a la fermen­tación de ideas religiosas y sociales que agitaban por aquel entonces Inglaterra, de­bidas, las primeras, sobre todo al llamado «movimiento de Oxford» y las segundas al programa de Carlyle : el libro — impropia­mente llamado «novela» — es una violenta exposición de tales ideas. Las figuras domi­nantes son las de Lancelot Smith, joven de la alta burguesía, inteligente y apasionado buscador de la verdad; Tregarva, un guar­dabosques galés muy religioso y animado por un espíritu profético y revolucionario, que persuade a Smith para que se ocupe de la cuestión social, y Argemone Lavington, linda e inteligente muchacha, que pasa el tiempo escribiendo elegías a Safo y ro­deándose, material y espiritualmente, de cosas bellas. Ella enciende en Smith un amor puro y noble, dirigiendo su mente hacia un idealismo cada vez más alto.

A su alrededor se mueven: Luca, el primo de Smith, pastor protestante que se convierte al catolicismo; el coronel Bracebridge que, con su suicidio final, da un horrible ejem­plo de la triste suerte que aguarda al vivi­dor, de la misma manera que el pintor Claudio Mellot y su joven esposa son el ejemplo de la pagana vanidad de la vida mundana. Lancelot es víctima de una serie de desgracias, entre ellas la súbita muerte de Argemone, y estos golpes, «pruebas evi­dentes de que el Señor espera mucho de él», le convencen de la necesidad del tra­bajo activo, en nombre de Jesús, en favor de los pobres oprimidos, y encuentra, en Tregarva un amigo que no le abandonará nunca y le ayudará en el cumplimiento de su misión.

Para apresurar la conclusión el autor introduce inesperadamente un miste­rioso personaje: Barnakil, especie de «deus ex machina» que penetra de una manera estrambótica en la vida de casi todos los personajes para amonestarlos o socorrerlos, y con su elocuencia lleva a cabo en el cora­zón de Lancelot la obra iniciada por Tre­garva y por la difunta Argemone. El libro tiene todos los defectos y todos los méritos de la obra de Kingsley: es pesado y mal construido, psicológicamente superficial y demasiado parcial para convencer a los ad­versarios, pero rebosa de vigoroso entu­siasmo hacia un programa de reformas por el estilo de las que algunos años después fueron sostenidas por el «socialismo cris­tiano».

L. Krasnik

Letrillas, Luis de Góngora y Argote

Las «letrillas», junto con los Romances (v.) de don Luis de Góngora y Argote (1561-1627) constitu­yen el conjunto más importante de compo­siciones del que se ha dado en llamar estilo «primero», «sencillo» o «artístico-popular» del genial poeta y que, como demostró Dá­maso Alonso, no es sino su estilo de siem­pre, pero tratado con menor intensidad, «sin la acumulación y concentración» de los materiales característicos de la obra gongorina. En la edición de las Obras poéticas de don Luis de Góngora que publicó en 1921, en Nueva York, R. Foulché-Delbosc, siguiendo el manuscrito de Chacón, pueden leerse hasta cincuenta y ocho letrillas y se encuentran citadas otras treinta y siete, que se le atribuyeron con mayor o menor razón, pero de cuya autenticidad existe la duda. Dicho manuscrito agrupa 23 de tema sacro, 13 burlescas, 13 satíricas, 5 amorosas, 1 moral y 3 de tema variado.

Pero la rea­lidad es que esta pequeña colección ofrece un más amplio y. rico campo de temas y matices y que toda clasificación inicial está condenada a ser incompleta; tanto más cuanto que es precisamente en estas letri­llas, y también en los romances, donde pue­den descubrirse en su primer estado, los elementos esenciales de la poesía de Gón­gora, aquellos cuya intensificación daría como resultado el «gongorismo», y a la par, en querido juego de contrastes, los más dis­pares temas, desde el tradicional estribillo bebido en la fuente de lo popular «Pisaré yo el polvico/menudico;/Pisaré yo el pol­vo,/Y el prado no» hasta el juego elegante y complicado que extrema al límite la téc­nica verbal renacentista, creando así un ambiente desigual, no sostenido, en el que la frescura y la espontaneidad de una idea o la cantarina música de un estribillo se mezclan y entremezclan con otros elementos que hacen al lector detener su atención por un instante en apurado esfuerzo por com­prender el juego e intención del poeta. Y el juego del poeta no es otro que un cons­tante forcejeo con la realidad, buscando hacer de ella maravillosa sustancia trans­formada en materia poética, que aquí, a diferencia de lo que ocurre en las Soleda­des (v.), debe adquirir su peculiar belleza sin llegar a desarraigarse completamente de su condición concreta y externa, sin retor­cer la metáfora hasta el extremo, sin per­der contacto con lo físico y tangible.

El esfuerzo es aparentemente más sencillo y en realidad más complicado, porque para con­seguir esa sencillez el autor ha tenido que simplificar y estilizar el barroquismo inicial en que el tema fue concebido hasta darle la forma sencilla y elemental con que apa­rece: «No son todos ruiseñores/los que cantan entre flores,/sino campanitas de plata,/ que tocan al alba;/sino trompeticas de oro,/ que hacen la salva/a los soles que adoro». Las más populares y conocidas de estas letrillas son, posiblemente, las de tema burlesco y satírico; tal es el gracejo que Góngora supo imprimir a sus rimas y tan «pegadiza» su música, que es difícil no re­cordarlas después de una primera lectura; inolvidable es aquella de tema suavemente epicúreo «Ande yo caliente/y ríase la gen­te» y también «Dineros son calidad» y «Los dineros del sacristán». A veces una nota de profunda amargura cruza por estos versos: es una nota velada por la sonrisa o por la franca carcajada, pero honda en su inten­ción, ¿qué cabe pensar sino de la letrilla «Da bienes fortuna» con su conocido estri­billo «cuando pitos flautas,/cuando flautas pitos…»? Otra es una suave admonición, una fina meditación expresada en alta voz: «Aprended flores de mí/lo que va de ayer a hoy…», o la música dulce y suave de una canción religiosa, y entonces los temas del nacimiento de Cristo son sus preferi­dos: «Cuando toquen a maitines, toquen en Jerusalén…» y «¿A qué tangem em Castela?», o también los temas eucarísticos «¿Qué comes, hombre? ¿Qué como? Pan de ángeles…».

La nota amorosa se desliza en una melodía suave y contenida en algunas de estas letrillas; particularmente delicada es aquella que tiene por estribillo «Hágasme tantas mercedes,/ temerario pensamiento,/ que no te fíes del viento/ ni penetres las paredes». Pero junto a esta delicadeza no es difícil hallar el simple juego de pala­bras o la más procaz y descubierta expre­sión; ya que tampoco podía faltar aquí el contraste, el choque sorprendente que, desconcertando, armonizase el retablo gra­cioso de ese mundo único y esencial que Góngora supo crear en contrapunto, y a la vez en perfecto equilibrio, con las Sole­dades (v.).

A. Pacheco

Sobre las Letras, Sílabas Y Metros De Horacio, Terenciano Mauro

[De litteris, syllabis, et metris Horati]. Obra de Terenciano Mauro (siglo III). Es un tratado de prosodia y métrica, en verso, dividido en tres partes: en la primera trata de las letras o, mejor dicho* de las consonantes, excluyendo las vocales; en la segunda estudia las sílabas, que teniendo en cuenta su valor cuantita­tivo dan lugar a los pies métricos. Teren­ciano sigue la teoría de Varrón y de Cesio Basso respecto a la derivación de todos los metros, .del hexámetro y del trímetro yám­bico, constituidos ambos por seis pies. Ter­mina el tratado con un apéndice sobre la métrica horaciana, que por estar formada predominantemente por versos eólicos, no encaja por completo en la sistematización derivativa, tanto más cuanto Varrón, por obvias razones cronológicas, no había po­dido tratar de Horacio. Aunque escrito en verso el tratado de Terenciano, es poco sis­temático y científico; bastante mnemotécnico, alcanzó gran favor en el mundo clásico y fue, entre otras cosas, la fuente del Arte gramatical de Vittorino (v.).

F. Della Corte