La Letra Escarlata, Nathaniel Hawthorne

[The scarlet letter]. Es la más importante novela norte­americana del siglo pasado, escrita por Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y publicada en 1850. Según la intención del autor, que la meditó largamente y la escribió en el período más triste de su vida, la obra debía ser la más neta expresión del espíritu puri­tano de la época colonial de América.

En Boston, en el momento en que el purita­nismo se atiene todavía a la aplicación in­transigente de los más rígidos principios, el joven pastor Arturo Dimmesdale suscita con su palabra y el ejemplo de su vida ascé­tica el entusiasmo de los fieles. Nadie su­pone en aquel rígido puritano una volun­tad débil, mezclada con cierto egocentrismo, y una mal reprimida sensualidad en antí­tesis con una extraña exaltación mística. Enamorado de una joven y bella borda­dora, Ester Prynne, fascinada por él como todos sus feligreses, Dimmesdale sabe ocul­tar’ sus relaciones pecaminosas. Ester es la esposa del médico inglés Chillingworth, que la ha enviado a América, con el propósito de seguirla al cabo de breve tiempo. Pero nadie ha vuelto a saber nada del médico, y se cree que ha sido víctima de un nau­fragio. Mientras Dimmesdale está en Ingla­terra, adonde ha ido para una breve mi­sión, se descubre la culpa de la joven, que no puede ocultar el fruto de sus amores. Pero ni amenazas ni lisonjas pueden hacerla confesar quién es su amante, y, rechazada por todos, la joven es obligada a llevar siempre en el pecho la letra roja A, que la señala como adúltera al desprecio popular.

Cuando vuelve Dimmesdale, comprende que el amor y el deber le imponen una con­fesión pero Ester le ruega que desista de su propósito, porque no quiere que el hom­bre amado caiga del pedestal en que se halla; y Dimmesdale se deja llevar por el amor de sí mismo antes que por la voz de la conciencia. De este modo la situación de culpa y mentira sigue arrastrándose. Chillingworth, sin embargo, no ha muerto: lo­gra huir de los pieles rojas, de quienes había caído prisionero y, llegado a Boston, se entera de lo sucedido. Su ira es fría e implacable, hace jurar a su mujer que no dirá una palabra y pone en obra su ven­ganza. Sigue por todas partes al culpable, imponiéndole continuamente su presencia: ha intuido el carácter de Dimmesdale, dé­bil, exaltado, casi anormal, y durante años lo está atormentando con su sombra silen­ciosa, hasta llevarlo al borde de la locura. Al fin Ester, más fuerte, siente que una expiación incesante no es justa ni humana. Después de pasar varios años dedicada a obras de caridad, sabe que se ha redimido a sí misma, y propone a su indeciso amante huir hacia otros países para empezar una vida nueva.

Dimmesdale acepta, pero un día en el templo, asaltado por una crisis de conciencia y de exaltación, considera’ la fuga como una * tentación del demonio, y confiesa públicamente todo lo ocurrido. La emoción trunca las fibras de su organismo debilitado, y expira en los brazos de la mujer querida. Hawthorne ha tratado en .esta obra la psicología del pecado, exami­nando el efecto de la culpa sobre las distin­tas naturalezas humanas. Ester sufre abierta y públicamente, Dimmesdale se acongoja en secreto. Pero, para una y otro la justicia humana es, en el fondo, insuficiente; no puede ver la esencia de la culpa, no puede castigarla justamente, y, sobre todo, no puede llegar hasta el corazón del culpable. La expiación debe venir de nuestro inte­rior, debe purificarnos lentamente a través de un largo tormento. Así la culpa permite al alma humana alcanzar mayores alturas que si llevara una vida inocente de pasión y de pecado. En antagonismo con la fría e intransigente concepción de los «Pilgrim Fathers», el amor es considerado no ya a la luz del pecado original, sino como la fuerza creadora de la naturaleza. [Trad. de Fran­cisco Sellén (Nueva York, 1894) y de A. Ruste (Madrid, 1930, con el título La letra roja)].

G. Fornelli

Hawthorne invita demasiado a menudo a sus lectores a que visiten su laboratorio, y explica sus procedimientos ante ellos, como si el pastelero dijera a sus clientes: «vean ustedes: así hacemos las tartas». (Emerson)

Toda la obra de Hawthorne agrupada en tomo a La Letra escarlata tiene hoy, a ochenta años de distancia de la publicación de una sola obra maestra, esta calidad que se llama fácilmente clásica. (Lewisohn)