Liu Ho-Tung Chi,n Liu Tsung- yüan

[Colección de los es­critos de Liu Tsung-yüan]. Diversas son las colecciones de los escritos de Liu Tsung- yüan (773-819); la más antigua es la com­pilada por su amigo Liu Yü-shi (772-842), subdivida en seis libros y cuarenta y cin­co volúmenes, los primeros cuarenta y uno de los cuales comprenden las prosas, los tres siguientes las poesías del autor y el último un estudio crítico sobre la obra Kuo-Yü (v.). Liu Tsung-Yüan (o Liu Ho- tung) es uno de los ocho principales re­presentantes de la escuela clásica de la prosa y es en particular tenido por maestro incomparable de la prosa descriptiva, mien­tras que su poesía no sobresale, en su valor artístico, del nivel común, y es una deriva­ción de Wang Wei (701-761). La prosa, en cambio, tiene gran importancia por su ori­ginal tendencia hacia un naturalismo des­criptivo. Sobre todo los once escritos del volumen 29 tienen gran valor por lo aca­bado de su expresión y por la riqueza inventiva de sus imágenes; las delicadas descripciones de la naturaleza, las colinas, el pequeño lago y el río de Lin-Lin, en la provincia de Hu-nan, donde el autor vive relegado por motivos políticos, desde el año 815, como subprefecto, crean el am­biente poético en que Liu Tsun-Yüan halla los temas para sus mejores expresiones literarias.

S. Lokwang

Liturgias Íntimas, Paul Verlaine

[Liturgies intimes]. Colección de poemas de Paul Verlaine (1844-1896), publicada en 1892. El autor confiesa que se trata de un «tout petit livre», dirigido a una minoría. Parece ciertamente que haga un esfuerzo por complacer al público católico; Liturgias íntimas no es, como adelanta Verlaine, la «culminación» de ese acto de contrición, del que Sagesse es el primer testimonio.

Esta colección com­prende veintitrés fragmentos, no habiendo llegado el poeta nunca a continuar el plan que se había trazado de enriquecerla con una didicatoria al autor de Las flores del mal (v.). El primer poema es una renuncia singular, en la pluma de Verlaine, de todo aquello que en Baudelaire no es arrebato hacia el calvario. El resto de Liturgias ínti­mas está compuesto por una serie de varia­ciones sobre las fiestas de la Iglesia: Ad­viento, Navidad, Todos los Santos, Santos Inocentes, Circuncisión… o sobre los mo­mentos esenciales de la Santa Misa: «Asper­ges me», «Gloria in Excelsis», «Credo», etc. Verlaine, sin embargo, despierta la atención del amante de la prosodia cuando utiliza, en el «Sanctus» y en el «Agnus Dei», un tipo de estrofa compuesta por tres metros impares (9, 11 y 13 pies), cuya combinación produce un efecto sorprendente. Este proce­dimiento, completamente nuevo en la poesía francesa, y que no se encuentra en ningún otro lugar de la poesía de Verlaine, señala las conquistas del verso libre con tanto acierto como puedan hacerlo los éxitos de un Jammes o un Claudel.

En su prefacio, Verlaine define su «arte poética» del modo siguiente: «El autor procede como lo hace siempre, ingenuamente, no sin prudencia. Toda la libertad amable de la familiaridad, a veces del patois, algunas asonancias, las rimas respetadas o negativas, en muy pe­queño número, todo ello engastado en una lengua que se ha querido clara, pero lo más hermética posible en ciertos casos». Sin em­bargo es de lamentar que un verdadero fer­vor creador no haya podido vivificar el modo de expresión. ¿Es preciso acusar en Verlaine el declinar del genio, o de la fe? En resu­men, parece ciertamente que esta colección no sea más que «una viruta arrancada por la garlopa del carpintero de Sagesse». 

 

Los Litigantes, Jean Racine

[Les Plaideurs]. Co­media en tres actos de Jean Racine (1639- 1699) estrenada en París en noviembre de 1678. En una ciudad de la Baja Normandía, vive el juez Dandin, tan apasionado por su oficio que llega a perder la razón, por lo que su hijo lo recluye en casa, haciéndole guardar por los criados, a fin de que no es­cape al Tribunal. En la vecindad vive el burgués Chicanneau que tiene la manía de entablar pleitos; de su hija Isabel, que el padre guarda celosamente en el hogar, está enamorado Leandro, hijo de Dandin. Otra dama loca por los procesos, la mar­quesa de Pimbesche, se pelea con Chican­neau, que se burla de ella. Con una citación de la condesa y vestido de alguacil, acude el secretario de Dandin, seguido de Leandro disfrazado de comisario.

Chicanneau, en presencia de la hija, comienza por ultrajar al fingido alguacil, pero termina después por doblegarse ante la majestad de la ley; entonces tiene ocasión Leandro de declarar su amor a la joven. Dandin, entretanto, ha huido de su casa y, como juez, puede escuchar las quejas de Chicanneau, de la condesa y del falso alguacil; desde una sala baja, en el sótano, continúa juzgando por una ventanita. Consigue al fin huir y pre­tende formar el tribunal; pero el hijo le retiene, permitiéndole que ejerza a sus an­chas el oficio de juez en su propia casa, contra el perro Citrón, que robó y devoró un capón; se celebra un juicio en toda re­gla, con largos discursos de acusación y defensa, oyendo los cuales queda dormido el juez. Cuando despierta, se presenta Isa­bel, que le enternece, y con un último en­gaño da su consentimiento al matrimonio, mientras se absuelve al perro. Sugestionado por Las avispas (v.) de Aristófanes, Racine, que pensaba crear un simple juguete para los cómicos italianos, logró una comedia regular, más terenciana que aristofanesca; del griego mantiene sólo la burda farsa del proceso perruno. Algunas sugerencias de sus amigos Boileau y Furetiére, la ingrata expe­riencia de un proceso y la rica tradición de la literatura antiforense, en Francia, sir­vieron al autor trágico para escribir su única comedia, felizmente lograda y nota­ble por su verso ágil, desenvuelto y capri­choso.

V. Lugli

*      Imitación de Racine es la comedia Los litigantes o El juez loco de Girolamo Gigli (1660-1722), estrenada en 1704. La imitación se limita al motivo inicial, ya que los acon­tecimientos se desarrollan de distinta for­ma. La demencia del doctor Balanzone (v.) se agita más vivamente que la del Dandin raciniano, originándose no sólo el proceso contra un perro y un gato, sino la intervención con grandes efectos cómicos, en la disputa, del poeta Amaranto y el mesonero Lardello, culpable de haber utilizado el laurel de las musas para condimentar un plato de hígado y emplear las obras del poeta, que por otra parte es su deudor, para envolver tocino.

U. Déttore

#    El mismo título de Los litigantes tiene una comedia de Alberto Nota (1775-1847) basada en la tozudez del conde Polidio y la condesa Gertrudis, siempre en litigio por la total propiedad de un palacio que poseen a medias.

La Literatura Italiana del Siglo XIX, Francesco De Sanctis

[La letteratura italiana del seco- lo XIX]. Ensayos críticos de Francesco De Sanctis (1817-1883), sacados de las lecciones profesadas en la Universidad de Nápoles en 1872-73-74 y agrupados por los editores, por razones de comodidad, a base de la unidad genérica de los temas tratados. Aparte el grupo de ensayos dedicados a Manzoni, que pueden considerarse como una obra inde­pendiente, éstos se refieren a los principales autores italianos de la primera mitad del siglo XIX, agrupados por De Sanctis y exa­minados partiendo de una afinidad general de tendencias, caracteres y actitudes, deri­vados de su pertenencia a una de las dos grandes escuelas en que De Sanctis sub- divide el movimiento cultural y literario italiano: la escuela liberal (Grossi, Carcano, D’Azeglio, Gioberti, Rosmini, Tommaseo, Cantü, etc.) y la escuela democrática (Maz­zini, Rossetti, Niccolini, Berchet, Colletta).

La división es algo rígida y doctrinaria, pero corresponde a la tendencia, a la cons­trucción sintética propia de su crítica, ya que, sin desconocer la individualidad de cada autor, De Sanctis, agrupándolos a base de los caracteres generales y orgánicos de las dos escuelas, se proponía realizar críti­camente la unidad del desarrollo literario y cultural en la variedad de sus manifestaciones. Pero el criterio, en la práctica, no siempre se aplica con tanto rigor. Los aná­lisis son siempre profundos e incisivos, y las caracterizaciones vigorosas. Notables y útiles, aunque sean desproporcionadas res­pecto al conjunto, son las páginas dedicadas al examen del movimiento literario napo­litano, y de la obra del Parzanese y Nicola Solé.

D. Mattalía

De una Literatura Europea, Giuseppe Mazzini

[D’una letteratura europea]. Obra de Giuseppe Mazzini (1805-1872), publicada en la «Anto­logía de Florencia» en noviembre y diciem­bre de 1829.

Tiene por lema las palabras de Goethe «yo entreveo la aurora de una lite­ratura europea; ninguno de los pueblos po­drá llamarla propia: todos habrán contri­buido a fundarla». Es un error buscar los orígenes de las diferencias entre las diversas literaturas en los caracteres atribuidos a los diversos pueblos; estos orígenes se deben buscar ven las instituciones que crean las líneas fundamentales de cada literatura; las circunstancias civiles y políticas son las únicas que tienen poder para despertar o extinguir las inteligencias puesto que las leyes y la literatura de un pueblo caminan siempre según dos líneas paralelas. No hay, pues, una causa eterna e inmutable que establezca insuperables diferencias de pasio­nes y deseos entre pueblo y pueblo; basta que la civilización siga adelante, con la edu­cación y la instrucción y con el predominio de la opinión pública, para que los escritores se conviertan en intérpretes de las necesi­dades de los pueblos y revelen la aspiración secreta de las almas humanas.

Del examen del curso de toda la cultura europea podre­mos concluir que el siglo XIX no está toda­vía en una situación moral capaz de crear la literatura de los pueblos. Pero los mo­mentos fundamentales de toda la historia de las estirpes europeas desde el florecer y transformarse del mundo griego, el des­arrollo del poder romano, el advenimiento del Cristianismo, el caos de las invasiones bárbaras, hasta el descubrimiento de la im­prenta y la solemne afirmación de Bacon, de que el tesoro de la ciencia humana no se puede conseguir sino por la concordia entre todos los hombres, nos conducen a afirmar que existe en Europa un pensamiento co­mún que encamina a las naciones por sen­deros conformes a una meta única. Existe pues, una tendencia europea, en la cual de­berá naturalmente confluir también la lite­ratura. No sabemos todavía cuáles serán las formas y los principios de esta literatura; Mazzini afirma que «el verdadero escritor europeo será un filósofo, pero con la lira del poeta en las manos».

Los jóvenes que anhelan el progreso deben estudiar los li­bros de todas las gentes y ponerse en tácita comunión con los que, oprimidos por las mismas desgracias, aspiran al mismo fin. Aunque en el tono a veces algo precipitado y superficial de sus argumentaciones se des­cubra claramente aquí y allá la juventud de su autor, es mucha la importancia de esta obra, en la cual Mazzini extiende al problema de la creación literaria y de sus altas funciones, los principios de libertad, de progreso y de humanidad que son el alma de su pensamiento y de su fe.

B. Ceva