La Loca de la Casa, Benito Pérez Galdós

Comedia en cuatro actos del gran escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920), estrenada en Madrid durante el mes de octubre de 1892, en el Teatro de la Comedia.

Su argumento es como sigue: don Juan de Moneada, in­dustrial catalán de grandes negocios, se ve arruinado hasta el punto de perder incluso la fábrica que fue base de su fortuna. Tiene dos hijas, Victoria y Gabriela, y una hermana solterona y muy beata, doña Eula­lia. Victoria, que estaba prometida a Daniel, joven y acreditado abogado perteneciente a una noble familia con título marquesal, ha roto su compromiso para ingresar en un humilde convento; Gabriela, prometida a un hermano de Daniel, Jaime, está a punto de casarse cuando irrumpe en escena un antiguo criado de su niñez llamado Pepet Cruz. Cruz se fue a América e hizo una colosal fortuna; volvió a Barcelona y al solar de su infancia, porque soñaba casarse con una hija de su antiguo dueño. La riqueza adquirida a fuerza de brazos y de enormes fatigas se le quedaba sin sentido si no le servía para conquistar, ahora, a una de las niñas ricas que le tiranizaban en su infancia, convirtiéndola en su esposa. Pero Gabriela, a quien pide en matrimonio, escandalizada del atrevimiento (Cruz es ordinario, brutal y despiadado), le rechaza con terror.

Cruz, ofendido, amenaza con arrasar lo poco que Moneada creía poder salvar de su ruina gracias a la pretendida ayuda de Cruz. Y en este momento reapa­rece Victoria, que antes de tomar el hábito definitivamente tiene licencia para pasar con su padre unos días. Se entera del con­flicto, de lo bueno que sería que Cruz salvara a su padre arruinado, y decide sa­crificarse mucho más que viviendo como monja: casándose con el ricacho y obte­niendo, así, que la ruina de Moneada no se consume. Verificada la boda, los incidentes se suceden entre Cruz y los aristócratas, su cuñada, su suegro, la tía Eulalia y, por fin, la propia Victoria. Pero una vida ha pren­dido en el seno de la recién casada, y tam­bién el mutuo cariño entre el hombre rudo y la ex monjita. La solución es, pues, de acuerdo con lo previsto. La bondad, la ins­piración de la loca de la casa salvan a todos de su clima áspero y hasta del odio.

C. Conde

La Loca, Ivan Ivanovič Kozlov

[Besumnaja]. Poema de Ivan Ivanovič Kozlov (1779-1840), publicado en 1823. Kozlov, que se quedó ciego en 1821, empezó su actividad poética bajo la influencia de Byron; y a él pertenece, tal vez, el mérito de haber introducido el romanticis­mo en Rusia. Profundamente religioso, sus obras respiran una absoluta sumisión a la voluntad divina, a lo que contribuyó no poco su enfermedad. Amigo de Pushkin, Del’vig y Baratynskij, les dio a conocer, a través de algunas de sus obras, a Byron y el es­píritu byroniano, que tanto había de influir sobre los grandes poetas románticos rusos. La loca es un ejemplo típico del hecho romántico, en el que se narra el encuentro entre un caminante, que es el mismo poeta, con una muchacha casi loca. En su inter­mitente delirio cree reconocer en cada via­jero al enamorado que la abandonó no hace mucho. Entre el poeta y la joven nace una instintiva simpatía, y ella le cuenta su desventura. La poesía de Kozlov alcanza en esta pieza su mejor expresión, y raramente la armonía de sus versos será igualada ni siquiera por el mismo Pushkin. La ingenua narración de la perturbada es presentada con gran simplicidad de lenguaje, en una afortunada fusión de gracia y vigor. El poema termina con el regreso del poeta al pueblo donde’, un año antes, conoció a la po­bre loca, pero la muchacha yace ya en el pe­queño cementerio en lo alto de una colina.

G. Kraisky

Livietta e Tracollo, Giovan Battista Pergolesi

Breve ópera cómica de Giovan Battista Pergolesi (1710- 1736), en dos partes, que servían de intermedio al melodrama del mismo compositor Adriano in Siria, estrenada en Nápoles en 1734.

El libreto, de Tommaso Mariani, es un cúmulo de insulsas necedades, que testimo­nia el declinante gusto literario de aquella sociedad. Sin embargo, Pergolesi logró apor­tar allí abundantes y bellísimas imágenes musicales. Tracollo, vagabundo y ladrón, se dedica a cometer hurtos en la aldea, disfra­zado de mujer encinta y haciéndose llamar Baldracca. Digno compañero suyo es Faccenda (personaje mudo). Livietta se pro­pone capturar a los dos bellacos, y con vestido masculino espera su paso; la acompaña Fulvia (otro personaje mudo), con disfraz de aldeana. Las dos mujeres fingen estar dormidas. Aparece Tracollo implorando ca­ridad plañideramente y aprovecha la coyun­tura para acercarse furtivamente a Fulvia, logrando quitarle del cuello una cadenita de oro. Pero en el momento oportuno, Liviet­ta se incorpora, desenmascarando al ladrón. Desde este momento hasta la terminación del primer intermedio, se suceden una interminable serie de amenazas alternando con súplicas, entre los dos protagonistas, que han revelado su verdadera personalidad. No falta el elemento sentimental y Tracollo se declara enamorado de Livietta y desea casarse con ella. Pero ella no se deja con­mover, resuelta a que Tracollo pague sus delitos.

En el segundo intermedio continúa el juego escénico de la farsa: Tracollo, ves­tido de astrólogo, simula bondad para con­mover a Livietta; ésta, en un momento dado, se finge muerta, hasta que, enterne­cida por el dolor que él afecta, se incorpora y le pide que cambie de vida y oficio, prometiéndole en compensación su mano. Mu­chas son las arias de este intermedio en las que la melodía discurre alegre y optimista, llena de gracia y donaire; por ejemplo, aquella en que Livietta se complace de su disfraz masculino («Vi sto bene? Vi compa- risco?»); otra en que ella misma exclama: «Sarebbe bella questa, che avessimo a servirvi», etc. Afortunados efectos cómicos se encuentran en el papel de Tracollo, como en el quejumbroso pordiosear del bribón disfrazado y en la imitación realista del aleteo con que la orquesta acompaña sus palabras, cuando se siente «nelle man della giustizia, quel strozzato polastrello, sbatter tutto e palpitar».

Es muy estimable el re­citativo de Tracollo, comentado por la or­questa. Como en la Serva Padrona (v.), los recitativos originales se desarrollan en un dialogado que se entrega con frecuencia a las improvisaciones más geniales. Una de las joyas de la ópera es el aria de Livietta, que halla respuesta en breves proposiciones melódicas, que se cuentan entre las más intensamente líricas salidas de la pluma del gran maestro. Sin embargo, tantas bellezas musicales son apreciadas sucesivamente, no siendo posible deducir una unidad orgánica. Con estos intermedios, como con la Serva Padrona, Pergolesi abrió el camino a la tradición de la ópera cómica italiana de los siglos XVIII y XIX. De ahí su gran importancia histórica.

M. Bruní

Lixuri en 1836, Andrea Laskaratos

Pequeño poema burlesco en cuatro cantos, obra juvenil del satírico neogriego Andrea Laskaratos (1811-1901) publicado en Atenas en 1845. El argumento de la narra­ción es un modesto episodio de crónica que tiene lugar en la pequeña ciudad de Lixuri, patria del poeta, en la isla de Cefalonia. Los lixuriotas estaban divididos por la discordia que motivaba la elección del lugar en que debía establecerse el muelle. Cada uno lo quería en su propio barrio y, a ser posible, en la puerta de su casa. Fi­nalmente los habitantes del barrio en que habitaba Laskaratos comenzaron a llevar piedras por su cuenta y echaron los cimien­tos del muelle. Este es el dato que el autor tomó para desarrollarlo poéticamente, ins­pirándose, según el mismo viene a declarar, en El cubo robado (v.) del italiano Tassoni, que le sugiere episodios y motivos cómicos (embajadas, peroratas, ridículas disputas) y, sobre todo, el tono general de la narra­ción. Pero el poeta se desenvuelve con originalidad, y suya es, en particular (can­to IV), la sátira del clero. El poemita co­rresponde a la primera fase de la actividad de Laskaratos, que en 1856 le acarreó la excomunión y otras persecuciones, y mues­tra rasgos de vivo realismo. También en el metro (sextinas de endecasílabos) aparece evidente y clara la influencia de la tradi­ción literaria italiana, siempre viva y pre­sente en las islas jonias. Debe tenerse en cuenta que el autor tuvo maestros italia­nos en Cefalonia y en Corfú, y que en 1839 Laskaratos obtuvo, en Pisa, el doctorado de ciencias jurídicas.

B. Lavagnini

El Lobo, Guy de Maupassant

[Le loup]. Narración de Guy de Maupassant (1850-1893), lo más carac­terístico del volumen Claro de luna (v.).

Es una historia de caza, narrada por el anciano Marqués de Arville, en el campo, en una comida de San Humberto. Aunque magní­fico compañero, el Marqués no caza nunca; ha heredado el odio a la caza de sus ante­cesores, a consecuencia de un trágico episodio que ocurrió hace más de un siglo. El padre de su tatarabuelo, Juan de Arville, junto con su hermano menor Francisco, era el cazador más arriesgado de toda la región; ambos sólo vivían para cazar, y el hermano había quedado soltero para dedicarse con mayor libertad a su diversión favorita. Du­rante un gélido invierno habían perdido muchos días persiguiendo a un gigantesco lobo de pelo blanquecino que aterrorizaba los campos y tenía fama de animal demo­níaco. Persiguiendo la fiera, en furibunda cabalgata, el mayor de los hermanos, Juan, se rompió el cráneo chocando contra un árbol. Pero Francisco consiguió alcanzar el lobo: renunciando al fusil, lo destrozó con las manos y volvió al castillo con el ca­dáver del hermano y el de la alimaña car­gados sobre el mismo caballo.

El relato resulta una conseguida fusión de realismo y fantasía; en él Maupassant se complace en emplear un estilo más estudiado y ora­torio que de costumbre, que le sirve para crear una atmósfera de pesadilla, fértil de efectos impresionantes. El giro seguro de la narración, el ritmo al principio lento y luego cada vez más agitado, la rápida plas­ticidad de los detalles, concurren a ofrecer­nos en este escrito uno de los más vigoro­sos ejemplos del arte de narrador de Mau­passant. [Trad. española de Luis Ruiz Contreras, en el volumen Claros de luna (Ma­drid, 1907)].

M. Bonfantini