Las Llaves del Reino de los Cielos, John Cotton

[The Keys of the Kingdom of Heaven and Power there of according to the Word of God). Tratado religioso del escritor inglés John Cotton (1585-1652), publicado en 1644.

En este libro el prolífico autor, que desde 1633 se había establecido en Bos­ton, donde ejerció gran influencia tanto en el campo religioso como en el político, expone sus ideas de aspecto claramente presbiteriano sobre la organización de la Iglesia, tratando de conciliar las opuestas tendencias referentes a la disciplina ecle­siástica, pero inclinándose por la que tendía a centralizar el poder de la colonia en manos de unos pocos. Sostiene que la Iglesia está formada por los ancianos y los hermanos; que a los ancianos está con­fiado el gobierno hasta el punto de poder regular la admisión y las excomuniones, pero que nada de interés común puede ser impuesto sin el libre consentimiento de los hermanos. – Polemizando contra Roger Wil­liams (1606-1684), sostiene el derecho de intervención por parte del poder civil en materia religiosa y en defensa de la ver­dad, para bien de la Iglesia y del pueblo, eliminando a aquellos que después de re­petidas amonestaciones se nieguen a aceptar los principios esenciales de la doctrina y del culto.

La polémica con Williams, apóstol de la tolerancia, de la libertad de concien­cia y de la separación entre el Estado y la Iglesia, continuó durante los años sucesivos. Contra Cotton, Williams escribió: Mr. Cotton’s Letter, lately printed examined and answered. The Bloody Tenet of Persecution for Cause of Conscience discussed in a Conference betweenTruth and Peace, libro publicado el mismo año 1644. Cotton respondió con The Bloody Tenet Washed and Made White in the Blood of the Lamb, que apareció en 1647, y Williams replicó con The Bloody Tenet yet more Bloody by Mr. Cotton’s Endeaver to wast in white in the Blood of the Lamb, que vio la luz en 1652.

B. Cellini

Las Llaves en el Pozo, Lorenzo Viani

[Le chiavi nel pozzo]. Colección de bocetos de Lorenzo Viani (1882-1936), publicada en 1935.

La obra se inspira en la estancia del autor en una casa de salud de Nozzano, a orillas del Serchio, a causa del asma que pocos años más tarde debía llevarle a la tumba. Para él, el trabajo era un verdadero descanso. Aún en el asilo psiquiátrico supo encon­trar nuevas fuentes para sus apasionadas investigaciones de artista del pueblo y para el pueblo. La misma muchedumbre de seres abandonados y rechazados por la sociedad, cantada en Los borrachos, así como en Los navegantes (v.), y en ge­neral en toda su obra, le sugerieron, en un primer momento, rápidos y mordaces boce­tos a la pluma, de una humanidad doliente y profunda. Tales bosquejos ornan el libro y constituyen una como secreta armazón. Rápidos esbozos narrativos muestran la varia y terrible (y aún podría decirse idí­lica) psicología de los dementes, de toda clase y condición. Sin duda, las llaves de la cordura las echaron al pozo.

Pero con un dolor que se muestra en sus más crudos y veraces aspectos, la descripción de sus compañeros de desgracia se hace arte y canto. Incluso cuando el examen de una realidad, desconocida para los demás, forma casi un ovillo en la palabra del evocador, es siempre notable la fuerza de Viani en los motivos documentales de amplios estra­tos de gentes elementales. El subconsciente, el instinto, la razón misma de la existen­cia son puestas al desnudo con un vigor que llama la atención. Igualmente las popularescas retahilas, en versos libres y en can­tilenas que a veces adornan la dicción, dan a esta continua presentación de temas un valor orquestal que, como es frecuente en el autor, parece tender al poema.

C. Cordié

La Llave de la Bodega,k Pierre Capelle

La clef du caveau]. Curioso y raro libro, puesto bajo el nombre de su recopilador Pierre Capelle (1772/5-1851) pero, en realidad, considerado anónimo. Sin fecha ni lugar (pero reproducido por lo menos en tres edi­ciones parisienses a lo largo del siglo XIX), contiene exactamente 2.350 «timbres» o sea melodías anotadas por entero, pero sin acompañamiento ni palabras. Están sacadas de óperas, operetas, «vaudevilles», «lieder», «chansons», «bonnettes», etc., y pasaron luego, en distintas ocasiones, a otras óperas, a las revistas y a los vaudevilles, con letras diversísimas. Nadie podría recordar ni una sola de ellas de memoria ni tras una larga investigación; pero La clef du caveau re­suelve el asombroso trabajo, respecto a cuantas surgieron entre 1733 y 1826 apro­ximadamente, mediante dos ingeniosos «registros», y con la recopilación de las poe­sías, divididas según cierto método; todo ello antecede a esta especie de «diccionario de los plagios».

Puede saberse, por ejem­plo, cuándo y dónde fue utilizado el «tim­bre» de la Marsellesa o el de «Agnès la jouvencelle» del Fra Diavolo (v.) de Auber; por el contrario, para saber de dónde ha sido tomado tal aire de revista, de vaude­ville o de opereta basta, en cualquier caso, con recordar el primer verso. Es un libro que ofrece sorpresas a los investigadores de curiosidades. Pero su importancia tiene motivos más serios. El «Caveau», fonda frecuentada por los artistas desde 1733 (en los tiempos de Philidor, o sea en los albores de la verdadera «opéra comique»), se con­virtió, con la Revolución y el Imperio, en empresa y título de un club libre a donde los socios, algunas veces músicos famosos, llevaban y ponderaban las canciones de cualquier género que adquirían popularidad (era una manera de hacer la crónica del arte popular) y las registraban. Hasta hace poco tiempo el libro era el precioso y se­creto auxiliar de los compositores de revis­tas y de operetas. Ahora, -que las danzas de nuevo ritmo han hecho envejecer y pasar de moda todo aquel material, La clef du caveau queda todavía como el más perfecto «Quellen-Lexikon» de todo un siglo de música ligera.

E. M. Dufflocq

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Federico García Lorca

Elegía del poeta español Federico García Lorca (1898-1936) con ocasión de la cogida y muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Apareció en Madrid en 1935.

Está dividida en cuatro partes. En la primera, titulada «La cogida y la muerte», evoca el poeta el trágico momento, insistiendo con­tinuamente en la hora en que ocurrió: «A las cinco de la tarde». La repetición de este verso, que aparece alternativamente, llega a crear un clima obsesionante, como si el tiempo y el universo todo se hubieran parado ante la expectación del suceso, que lo invade todo con una sombra de muerte: «Lo demás era muerte y sólo muerte». Aquel verso mantiene la tensión a lo largo de esta primera parte, y hace viva y cons­tante la sensación instantánea de la cogida, formando un trágico contrapunto con f la acción expresada en forma estilizada y me­tafórica: la embestida de la fiera («Ya lu­chan la paloma y el leopardo»… «Y un muslo con un asta desolada»); las afónicas campanas «del arsénico» y «el humo»; el silencio; la lenta invasión, la victoria de la muerte expresada en la progresión del toro sobre la víctima («¡Y el toro solo corazón arriba!» y después «El toro ya mugía por su frente»); el frío y el sudor de la agonía («Cuando el sudor de nieve fue llegando», «El cuarto se irisaba de agonía»); las llagas («Las heridas quemaban como soles»), etc. La presencia de la muerte gravita sobre los objetos y los ensombrece: «¡Eran las cinco en sombra de la tarde!».

La segunda parte tiene por título «Sangre derramada», y es un canto a la sangre vertida del to­rero, la sangre que hace mugir a los toros de Guisando. El poeta huye de ella, de su Clamor y grito («¡ Oh ruiseñor de sus ve­nas!»), porque la «quema» «el recuerdo», y manda avisar a la luna y a los «jazmines/ con su blancura pequeña». Por un momento evoca su valor ante la muerte, su prestancia personal, su donaire en la feria: «¡Qué blando con las espigas!/¡Qué duro con las espuelas!/;Qué tierno con el roclo!». Pero al evocarle, el héroe se ha convertido ya en mito, como es frecuente en la poesía de Lorca. Y asimismo su sangre — que viene «cantando por marismas y praderas» —, es ya la sangre resplandeciente, inmortal. En su lento fluir hasta formar «un charco de agonía/junto al Guadalquivir de las estre­llas», el poeta nos la describe atravesando fantásticos «cuernos ateridos» y «pezuñas», símbolos de la muerte y del toro. La exalta­ción de la sangre, su victoria, constituye toda ella la alegoría, el mito del héroe. El cuerpo de Ignacio ya «cubierto de pálidos azufres», sin alma, es objeto de la contem­plación y del lamento del poeta en su ter­cera parte, «Cuerpo presente». Al cadáver sobre la piedra, la muerte lo ha transfor­mado en la visión de Lorca, le ha puesto cabeza de «oscuro minotauro».

El planto en esta parte adquiere un tono más fantás­tico, un carácter abiertamente surrealista. Ante el «impasse» de la muerte, de la pre­sencia del cadáver, busca el poeta la sal­vación, pide «un llanto como un río» — «que tenga dulces nieblas y profundas orillas» — para que Ignacio se libre del toro — de la muerte — y salga a «la plaza redonda de la luna», y «se pierda en la noche sin canto de los peces». El espectro del toro, que parece pesar constantemente sobre el cuerpo del héroe, se confunde con la muerte misma, y pasa a ser símbolo de ella y de la nada. El grito final, «¡También se muere el mar!», es la suprema expresión de fatalidad. La última parte, «Alma ausen­te», con las mismas características que la anterior, se desarrolla sobre una idea- típica de la elegía: el inevitable olvido y el afán del poeta por inmortalizar al héroe con su canto. Insiste repetidamente en un verso «porque te has muerto para siempre», mientras todas las cosas, las más familia­res y contiguas — caballos, hormigas, el niño, la tarde — le van olvidando «como to­dos los muertos que se olvidan/en un mon­tón de perros apagados».

El canto del poeta se alza contra este olvido y exalta sencillamente el «perfil», «la gracia», su «madurez» de «conocimiento», su «apetencia de muerte», «la tristeza que tuvo su valiente alegría». Y el poema concluye llanamente, con un «anticlimax», como un auténtico final de llanto. El Llanto es una de las últimas obras de Federico García Lorca, y su hondo e intenso dramatismo, el extraordinario valor de sus imágenes, el juego de oposiciones y paralelismos, lo convierten en una de las obras más representativas de Lorca, y es a la vez una síntesis de su aspecto popularista y de su experiencia surrealista. El poema ha sido traducido al francés, in­glés, italiano y ruso.

A. Comas

En el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías Lorca convierte al hombre en mito y lo mitifica sobre la marcha, apenas caído el torero y cuando su sangre está casi caliente y el pulso acaba de pararse. (Ricardo Gullón)

El Llanto de la Virgen, Jacopone da Todi

[Il planto della Madonna]. Loa de Jacopone da Todi (m. 1306), quizás escrita en edad avanzada, y su obra maestra. También es conocida bajo el nombre Donna del Paradiso. En esta ruda y esquemática, aunque viva y trágica contemplación, encuentra orden y libera­ción el ímpetu del sentimiento religioso de Jacopone. Toda la poesía está concentrada en la figura de la Virgen, que, como una madre mortal y doliente, sigue esperando y se entrega por fin al fúnebre llanto; sobre la figura de Cristo, que humanamente se aflige del dolor materno; sobre la del Nun­cio, en cuyas palabras resuena el tumulto de la Pasión. En la primera parte de la Loa está la concitación de los acontecimien­tos que, en la descripción duramente ri­mada del Nuncio, se repiten con terrible evidencia. En la segunda parte, la Virgen abandona toda tentativa y esperanza y co­mienza «el duelo», su llanto y el coloquio con el Hijo con evocación tan insistente («Figlio de mamma scura… Figlio bianco e vermiglio,/figlio senza simiglio… Figlio bianco e biondo,/figlio, volto iocondo… Figlio, dolce e piacente,/figlio de la dolente…») que parece una canción de cuna de piadosa locura. La loa termina vigorosa­mente con el grito de María a Juan, «figlio no vello»: «morto é lo tuo fratello,/sentito aggio ’l coltello/che fo profetizzato». Toda la rimg. de las loas, pobre, tosca, descarnada, aunque a menudo coloreada por ras­gos ingenuamente afectuosos, es salvada por la ruda originalidad de este canto em­briagado de pasión y piedad.

C. Pastonchi