Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Federico García Lorca

Elegía del poeta español Federico García Lorca (1898-1936) con ocasión de la cogida y muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Apareció en Madrid en 1935.

Está dividida en cuatro partes. En la primera, titulada «La cogida y la muerte», evoca el poeta el trágico momento, insistiendo con­tinuamente en la hora en que ocurrió: «A las cinco de la tarde». La repetición de este verso, que aparece alternativamente, llega a crear un clima obsesionante, como si el tiempo y el universo todo se hubieran parado ante la expectación del suceso, que lo invade todo con una sombra de muerte: «Lo demás era muerte y sólo muerte». Aquel verso mantiene la tensión a lo largo de esta primera parte, y hace viva y cons­tante la sensación instantánea de la cogida, formando un trágico contrapunto con f la acción expresada en forma estilizada y me­tafórica: la embestida de la fiera («Ya lu­chan la paloma y el leopardo»… «Y un muslo con un asta desolada»); las afónicas campanas «del arsénico» y «el humo»; el silencio; la lenta invasión, la victoria de la muerte expresada en la progresión del toro sobre la víctima («¡Y el toro solo corazón arriba!» y después «El toro ya mugía por su frente»); el frío y el sudor de la agonía («Cuando el sudor de nieve fue llegando», «El cuarto se irisaba de agonía»); las llagas («Las heridas quemaban como soles»), etc. La presencia de la muerte gravita sobre los objetos y los ensombrece: «¡Eran las cinco en sombra de la tarde!».

La segunda parte tiene por título «Sangre derramada», y es un canto a la sangre vertida del to­rero, la sangre que hace mugir a los toros de Guisando. El poeta huye de ella, de su Clamor y grito («¡ Oh ruiseñor de sus ve­nas!»), porque la «quema» «el recuerdo», y manda avisar a la luna y a los «jazmines/ con su blancura pequeña». Por un momento evoca su valor ante la muerte, su prestancia personal, su donaire en la feria: «¡Qué blando con las espigas!/¡Qué duro con las espuelas!/;Qué tierno con el roclo!». Pero al evocarle, el héroe se ha convertido ya en mito, como es frecuente en la poesía de Lorca. Y asimismo su sangre — que viene «cantando por marismas y praderas» —, es ya la sangre resplandeciente, inmortal. En su lento fluir hasta formar «un charco de agonía/junto al Guadalquivir de las estre­llas», el poeta nos la describe atravesando fantásticos «cuernos ateridos» y «pezuñas», símbolos de la muerte y del toro. La exalta­ción de la sangre, su victoria, constituye toda ella la alegoría, el mito del héroe. El cuerpo de Ignacio ya «cubierto de pálidos azufres», sin alma, es objeto de la contem­plación y del lamento del poeta en su ter­cera parte, «Cuerpo presente». Al cadáver sobre la piedra, la muerte lo ha transfor­mado en la visión de Lorca, le ha puesto cabeza de «oscuro minotauro».

El planto en esta parte adquiere un tono más fantás­tico, un carácter abiertamente surrealista. Ante el «impasse» de la muerte, de la pre­sencia del cadáver, busca el poeta la sal­vación, pide «un llanto como un río» — «que tenga dulces nieblas y profundas orillas» — para que Ignacio se libre del toro — de la muerte — y salga a «la plaza redonda de la luna», y «se pierda en la noche sin canto de los peces». El espectro del toro, que parece pesar constantemente sobre el cuerpo del héroe, se confunde con la muerte misma, y pasa a ser símbolo de ella y de la nada. El grito final, «¡También se muere el mar!», es la suprema expresión de fatalidad. La última parte, «Alma ausen­te», con las mismas características que la anterior, se desarrolla sobre una idea- típica de la elegía: el inevitable olvido y el afán del poeta por inmortalizar al héroe con su canto. Insiste repetidamente en un verso «porque te has muerto para siempre», mientras todas las cosas, las más familia­res y contiguas — caballos, hormigas, el niño, la tarde — le van olvidando «como to­dos los muertos que se olvidan/en un mon­tón de perros apagados».

El canto del poeta se alza contra este olvido y exalta sencillamente el «perfil», «la gracia», su «madurez» de «conocimiento», su «apetencia de muerte», «la tristeza que tuvo su valiente alegría». Y el poema concluye llanamente, con un «anticlimax», como un auténtico final de llanto. El Llanto es una de las últimas obras de Federico García Lorca, y su hondo e intenso dramatismo, el extraordinario valor de sus imágenes, el juego de oposiciones y paralelismos, lo convierten en una de las obras más representativas de Lorca, y es a la vez una síntesis de su aspecto popularista y de su experiencia surrealista. El poema ha sido traducido al francés, in­glés, italiano y ruso.

A. Comas

En el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías Lorca convierte al hombre en mito y lo mitifica sobre la marcha, apenas caído el torero y cuando su sangre está casi caliente y el pulso acaba de pararse. (Ricardo Gullón)