Mantiq Al-Tayr, Farīd al-dīn cAttār

[El lenguaje de los pájaros]. Poema místico persa, de unos 4.600 versos, del poeta Farīd al-dīn cAttār (siglos XII-XIII). Trata de una asamblea de pájaros que deciden partir en busca del mítico Simurgh, especie de misteriosa ave cantada en la épica iránica y que en esta alegoría simboliza la divinidad buscada por el alma humana. Los pájaros eligen como guía a la abubilla, a la que el Corán asigna el papel de mensajera en los amores de Sa­lomón y la reina de Saba. La abubilla in­cita a los pájaros para que comiencen el largo y difícil viaje, si bien por un motivo u otro, muchas aves procuran eludirlo con pretextos diversos (alusión a los» obstáculos y distracciones terrenas del alma, en la busca del sumo bien). Tras la defección de los débiles, inician el viaje los restantes y, atravesando siete valles (examen, amor, conocimiento, independencia, unión, estu­por y aniquilamiento) logran encontrar el ansiado Simurgh, en el que después reco­nocen la más profunda esencia de sí mis­mos. La transparente trama alegórica sirve al poeta para simbolizar las verdades mís­ticas, no sin que la risueña gracia, y a ve­ces maliciosa, del psicólogo y artista, haga florecer de las encantadoras anécdotas, disputas y descripciones, el esquema doctri­nal. La fantasía aristofanesca de Las aves (v.) aparece aquí con un ropaje exótico y esotérico, pero siempre con brillantez y profunda sugestión. Mantiq al-tā’ir fue la primera obra de cAttār conocida en Europa, gracias a la edición y traducción francesa de Garcin de Tassy (París, 1857-1863) y se considera como uno de los textos poéticos fundamentales del sufismo persa.

F. Gabrieli

Manual de Derecho de Gentes, Vifredo Pareto

[Manuale di Economía Política]. Esta obra de Vifredo Pareto (1848-1923), publicada en 1906, ha sido definida como un tratado de mecánica económica, cuyo centro físico es el hombre considerado como «Homo oeconomicus», sujeto abstracto guiado en su ac­tividad por el egoísmo individual (los gus­tos).

A esta acción del hombre dirigida a satisfacer sus necesidades, se oponen obs­táculos representados por la limitación de los bienes económicos; por los gustos de los demás, que ponen obstáculos a los pro­pios; por la necesidad de dar productos para obtener otros; por la misma combi­nación económica de los factores produc­tivos; por el hecho de que no siempre éstos están disponibles en el tiempo y en el es­pacio en que se tiene necesidad de ellos; por la ordenación jurídica y social, y así sucesivamente. La acción económica que va dirigida a la transformación de utilidad (ofelimidad) está determinada precisamente por el juicio que el individuo emite acerca de la satisfacción que le proporciona una cosa con respecto a otra. De aquí la con­secuencia de que nos encontramos continuamente en presencia de transformacio­nes que los economistas han llamado pro­ducción, circulación, consumo, distribución, considerándolas como problemas distintos, pero que en realidad están comprendidas en las condiciones generales del equilibrio económico, porque en la realidad de la vida económica todas aquellas fuerzas se com­ponen en cierto equilibrio hasta el punto de que cualquier variación de una deter­mina una variación de las demás. El error de la escuela clásica consiste en haber confundido el aspecto dinámico del equi­librio económico general con una manifes­tación contingente de la realidad econó­mica, mientras que su verdadero .aspecto es precisamente el dinamismo.

Para poder es­tudiar el juego de estas fuerzas, por una parte las que impulsan a la acción, y por otra las reacciones que se oponen a ella, o sea, las relaciones de interdependencia entre los diversos elementos del sistema económico, es menester proceder por gra­dos y simplificaciones, esto es, por vía de aproximación. Éste es el estudio de la es­tática económica a la cual precisamente pertenece la teoría del equilibrio económico general, que no es sino una primera apro­ximación al dinamismo de la realidad eco­nómica. Los fenómenos son, pues, conside­rados como aislados de toda posible influen­cia en cierto momento determinado. La di­ficultad y la complejidad de este sistema son evidentes, dada la interdependencia de los fenómenos, por lo cual, para poder de­terminar cuál será el equilibrio a que tien­de el mismo sistema, nos vemos obligados a considerar en la unidad de tiempo toda relación de interdependencia que une entre sí todos los elementos del mismo sistema económico (demanda, oferta, precio, coste, producción, consumo, etc.) respecto a to­dos los productos, análisis complicado que Pareto desarrolla recurriendo al cálculo analítico.

De este modo, Pareto, mientras, supera la posición de la economía clásica (dirigida a considerar el fenómeno econó­mico como una serie de relaciones ideal­mente fijas, a las que la práctica aporta variaciones contingentes) afirmando en el continuo dinamismo de las fuerzas externas e internas y en su continuo devenir la esen­cia propia del fenómeno, y, por otra parte, en este complicado juego de energías, con­sigue únicamente representar, recurriendo al cálculo matemático, característico de su mentalidad, las únicas fuerzas exteriores (los gustos y los obstáculos), pero escapan a las mallas de su sistema los impulsos interiores e incalculables que son historia, ética y política, y que dirigen el fenómeno económico en su viviente realidad.

M. Maffei

La Mano Izquierda,, Guy de Maupassant

[La main gau­che]. Volumen de cuentos de Guy de Maupassant (1850-1893), publicado en 1889 y uno de los más notables del autor, no sólo por el sabor de algunos relatos, sino también por el tono que predomina en muchos de ellos. No faltan como en los otros volúme­nes, las acostumbradas narraciones audaces y ligeras, cómicas y vivas: «La cita», notable por el sencillo retrato que hace de la adúl­tera «fin de siglo»; «Los alfileres», histo­rieta agridulce de un don Juan que recibe alternativamente en su piso a dos amigas distintas que adivinan la situación por los alfileres que cada una dé ja en el tocador, y acaban por ponerse de acuerdo y castigar al infiel con un doble abandono. Pero la mayoría de los relatos están dominados por un tono amargo y grave, que tiende clara­mente a la obsesión.

La idea de la irre­mediable simplicidad animal del amor que los hombres se esfuerzan vanamente en complicar con el sentimiento, de la innata frivolidad de las mujeres, de su inconcebi­ble facilidad para la traición, está desarro­llada con rara intensidad de efecto en «Allouma» (sencilla historia del amor de un colono francés por una árabe de Arge­lia) y con trágica insistencia en el cuento «Una noche» (en que un viejo amigo en­contrado en África refiere su triste aven­tura conyugal). Otros muchos cuentos in­sisten de un modo obsesionante en el tema de la muerte, del suicidio, de la locura. Es horrible la aventura de «La Señora Hermet», narrada por un médico: es la mujer bellísima que por temor al contagio se separa de su hijo enfermo de viruelas y lo deja morir sin volver a verle, pero luego enlo­quece y es acosada por la idea de tener el rostro desfigurado por haber atraído a sí la enfermedad para salvar a su hijo. Mu­cho más fúnebre todavía es la macabra fantasía de «La adormecedora» [«L’Endormeuse»], en que el autor imagina haber tenido la visión, en París, de un palacio nunca visto, con la inscripción «Obra de la muerte voluntaria» [«Œuvre de la mort volontaire»]; no es otra cosa que un ins­tituto para el suicidio, alegrado por un ele­gantísimo círculo, donde los cansados de la vida, por miserables que sean, encuentran un fácil y agradable medio de «aniquila­ción».

También figura en el libro un re­lato que es uno de los más discutidos y famosos de Maupassant y quizás el más atrevido y ambicioso, «El puerto» [«Le port» ] : un grupo de marineros normandos, que a consecuencia de diversas peripecias han pasado muchos años lejos de la patria, desembarcan en Marsella e inician la ritual visita a los barrios bajos, guiados por el más audaz y despreocupado de ellos, Celes­tino Duelos; después de varias horas de orgía, entre los vapores del alcohol, Celes­tino tiene la idea de preguntar a su im­provisada compañera, y se entera de que su padre, su madre y su hermano murie­ron de una epidemia hace años, y la mu­chacha es nada menos que su propia hermana menor. Pero, en realidad, a pesar del impresionante virtuosismo del narrador, pa­rece que no haya llegado a la altura de su tremendo asunto, y no haya logrado justi­ficar humanamente su demasiado esquemá­tica tragedia. Mucho más seguras son las narraciones del ambiente campesino, «Hauvetot padre e hijo» y «Boitelle». En la primera, un propietario, todavía joven y viu­do, muere en un accidente de caza, dejan­do a su hijo ya adulto el encargo de llevar la noticia de su muerte y una suma de dinero a una joven de la ciudad; a quien ama ya hace años sin haberse atrevido a casarse con ella por respeto a una pro­mesa que hizo a su difunta mujer. El hijo cumple su misión, y en medio del luto re­ciente surge entre los dos jóvenes un sen­timiento de profunda ternura. «Boitelle» es un pobre bracero, el barrendero del pue­blo, que relata el único gran dolor de su vida: a los veinte años, siendo soldado, se enamoró en El Havre de una sirvienta ne­gra, abandonada, sin nadie en el mundo, en quien creyó haber encontrado a la com­pañera ideal. Pero sus padres, después de una serie de conmovedoras y cómicas ten­tativas, no habían logrado habituarse a aquella idea, y ante su oposición él había inclinado la cabeza renunciando a su ama­da. La sencilla historia está referida con incomparable fineza, una sonriente compa­sión y una conmovedora humanidad, no in­digna del gran Flaubert. [Trad. de Luis Ruiz Contreras (Madrid, 1907)].

M. Bonfantini

Manolo, Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla

Sainete en versos endecasíla­bos de Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla (1731-1794) (v. un ensayo crítico y biblio­gráfico sobre el «sainete» en* la voz El Prado por la noche). Lleva por subtítulo «Tragedia para reír o sainete para llorar».

Manolo (el nombre propio coincide con el nombre genérico del célebre tipo popular madrile­ño, con sus costumbres características), tipo de granuja y fanfarrón, que vive en la madrileña calle del Avapiés, es muy cono­cido por la policía de la ciudad y vuelve a su barrio después de haber pasado diez años cumpliendo condena en Ceuta. Se pre­senta a su madre, la tía Chiripa, que se ha casado en segundas nupcias con el tío Matute, digno tabernero de aquel barrio malfamado. Éste, a la vuelta de su hijastro, trata de llevar a cabo el proyecto que ha­bía acariciado de unirle en matrimonio con la Remilgada, hija de sus primeras nupcias. Pero la joven hace tiempo que está en re­laciones amorosas con Mediodiente, mien­tras éste es cortejado por otra manola, la Potajera. De ahí surgen dos conflictos: el de Manolo con Mediodiente para conseguir la mano de la Remilgada, y el de ésta con la Potajera para conquistar a Mediodiente. Después de varios sucesos y peripecias, Me­iodiente se bate con su rival y le mata de una puñalada.

Este sainete pertenece al grupo de aquellos con los que don Ramón de la Cruz parodió las tragedias de gusto neoclásico francés que estaban de moda en aquella época. El estilo grave y la ver­sificación solemne contrastan con el conte­nido, que se reduce a un caso de sucesos criminales: lo mismo ocurre con los per­sonajes, verídicamente observados y dibu­jados. Este juego ambivalente y simultá­neo está bien dosificado y admirablemente conseguido. Resulta una farsa alegre y horripilante, al mismo tiempo cenagosa y tru­culenta, artificiosa y ágil, con un lozano ritmo de escena popular.

O. Macri

Manon Lescaut, Antoine-Francois Prévost

[Histoire du chevalier Des Grieux et de Manon Lescaut]. Novela del abate Antoine-Francois Prévost (1697-1763), publicada en 1731.

En Amiens, encuentra el joven Des Grieux (v.) a la hermosa Manon Lescaut, cuyos padres pretenden encerrarla en un convento porque muestra excesiva inclinación hacia el pla­cer. Se enamora y huye con ella; pero la joven, incapaz de soportar la pobreza, ob­tiene la protección de un rico banquero. El joven es detenido por sus padres, y de­vuelto al hogar no sin la complicidad de Manon. Profundamente decepcionado entra en el seminario de San Sulpicio; pero allí lo encuentra su antigua amante y lo arran­ca de aquella santa y estudiosa soledad. Nuevamente unidos, viven merced a las ganancias deshonestas de ella, así como del juego, que Des Grieux practica entre malas compañías; finalmente, ayudada por su desventurado hermano, Manon torna a encontrar otro rico protector. Los dos aman­tes huyen con el dinero que logran sacar­le, pero el viejo los descubre, haciéndolos arrestar. Des Grieux logra escapar y a su vez libera a Manon, volviendo a jugar para mantenerla.

Cuando descubren que el hijo del último protector se ha enamorado de Manon, ambos esperan arrancarle dinero para huir; pero fracasa el intento, por in­tervención del padre, quien para vengarse y vengar a su hijo, sorprende a. los dos amantes y los hace encerrar en el Chátelet. Queda él en libertad y Manon es condena­da a la expatriación, con otras mujeres de vida alegre. Fracasados todos los intentos para sustraerla a la condena, Des Grieux la sigue a América. En Nueva Orleáns el amor dulcifica, en cierto modo, aquella du­rísima vida; pero el hijo del gobernador se enamora también de Manon, y Des Grieux lo hiere en un desafío y creyéndolo muerto huye con ella, que muere agotada en medio de aquellas ásperas soledades. Destrozado, vuelve él a su patria. La historia está narrada por el propio héroe al marqués de **, protagonista de las Memorias y aventuras de un hombre de condición (v.), en el VII y último volu­men.

Reimpresa aparte, en 1733, reducida a la versión definitiva en 1753, fue leída ávidamente y con gran escándalo, en su tiempo, pero sólo con el romanticismo lo­gró alcanzar el altísimo lugar que se le asigna. No carece de los caracteres de la novela romántica y patética; es vistoso su barniz elegante, muy del siglo XVIII, que sentía remilgos por la vida licenciosa; pero el libro vive perenne por Manon, símbolo de la femineidad vana, sedienta de placer, de lujo e incluso de amor verdadero, que con absoluta inconsciencia moral quiere atarse a la vida deshonesta. Femineidad ins­tintiva, misteriosa, que cuando sólo le que­da el amor, se colma de él en la aventura y se eleva hasta una patética transfigura­ción. Todavía más trágica aparece el alma del libro en Des Grieux, el desgraciado héroe de la pasión invencible, arrastrado al deshonor, aunque siente la conciencia íntima de que su mal es demasiado pro­fundo por no nacer de una fuerza superior e ineludible. Se advierte en él un hálito de fatalidad jansenista, a la vez que una cierta inspiración raciniana. La honesta in­tegridad de su amigo Tiberge permite que resalte mejor su miseria; en cambio, el cinismo del hermano de Manon, hace pare­cer menos grave la inmoralidad de la mu­jer. La nueva sensibilidad del siglo XVIII, prerromántica, se manifiesta en el héroe y en el libro, con predominio del corazón, de la pasión y casi del deseo de dolor, expre­sado en una forma desnuda, lineal, que se intensifica cuando la pasión apremia, dan­do un valor clásico a esta popularísima obra. [Trad. española de Ángel Romeral (Barcelona, 1876) y de Jesús Navarro (Pa­rís, 1905)].

V. Lugli

El mérito del estilo de esta novela estriba en ser tan corriente y fácil que, en cierto modo, cabe decir que el estilo no existe. (Sainte-Beuve)

 Obra maestra de belleza de pensamiento y sentimiento, y de vulgaridad en la ex­presión. (Barbey D’Aurevilly)