[La main gauche]. Volumen de cuentos de Guy de Maupassant (1850-1893), publicado en 1889 y uno de los más notables del autor, no sólo por el sabor de algunos relatos, sino también por el tono que predomina en muchos de ellos. No faltan como en los otros volúmenes, las acostumbradas narraciones audaces y ligeras, cómicas y vivas: «La cita», notable por el sencillo retrato que hace de la adúltera «fin de siglo»; «Los alfileres», historieta agridulce de un don Juan que recibe alternativamente en su piso a dos amigas distintas que adivinan la situación por los alfileres que cada una dé ja en el tocador, y acaban por ponerse de acuerdo y castigar al infiel con un doble abandono. Pero la mayoría de los relatos están dominados por un tono amargo y grave, que tiende claramente a la obsesión.
La idea de la irremediable simplicidad animal del amor que los hombres se esfuerzan vanamente en complicar con el sentimiento, de la innata frivolidad de las mujeres, de su inconcebible facilidad para la traición, está desarrollada con rara intensidad de efecto en «Allouma» (sencilla historia del amor de un colono francés por una árabe de Argelia) y con trágica insistencia en el cuento «Una noche» (en que un viejo amigo encontrado en África refiere su triste aventura conyugal). Otros muchos cuentos insisten de un modo obsesionante en el tema de la muerte, del suicidio, de la locura. Es horrible la aventura de «La Señora Hermet», narrada por un médico: es la mujer bellísima que por temor al contagio se separa de su hijo enfermo de viruelas y lo deja morir sin volver a verle, pero luego enloquece y es acosada por la idea de tener el rostro desfigurado por haber atraído a sí la enfermedad para salvar a su hijo. Mucho más fúnebre todavía es la macabra fantasía de «La adormecedora» [«L’Endormeuse»], en que el autor imagina haber tenido la visión, en París, de un palacio nunca visto, con la inscripción «Obra de la muerte voluntaria» [«Œuvre de la mort volontaire»]; no es otra cosa que un instituto para el suicidio, alegrado por un elegantísimo círculo, donde los cansados de la vida, por miserables que sean, encuentran un fácil y agradable medio de «aniquilación».
También figura en el libro un relato que es uno de los más discutidos y famosos de Maupassant y quizás el más atrevido y ambicioso, «El puerto» [«Le port» ] : un grupo de marineros normandos, que a consecuencia de diversas peripecias han pasado muchos años lejos de la patria, desembarcan en Marsella e inician la ritual visita a los barrios bajos, guiados por el más audaz y despreocupado de ellos, Celestino Duelos; después de varias horas de orgía, entre los vapores del alcohol, Celestino tiene la idea de preguntar a su improvisada compañera, y se entera de que su padre, su madre y su hermano murieron de una epidemia hace años, y la muchacha es nada menos que su propia hermana menor. Pero, en realidad, a pesar del impresionante virtuosismo del narrador, parece que no haya llegado a la altura de su tremendo asunto, y no haya logrado justificar humanamente su demasiado esquemática tragedia. Mucho más seguras son las narraciones del ambiente campesino, «Hauvetot padre e hijo» y «Boitelle». En la primera, un propietario, todavía joven y viudo, muere en un accidente de caza, dejando a su hijo ya adulto el encargo de llevar la noticia de su muerte y una suma de dinero a una joven de la ciudad; a quien ama ya hace años sin haberse atrevido a casarse con ella por respeto a una promesa que hizo a su difunta mujer. El hijo cumple su misión, y en medio del luto reciente surge entre los dos jóvenes un sentimiento de profunda ternura. «Boitelle» es un pobre bracero, el barrendero del pueblo, que relata el único gran dolor de su vida: a los veinte años, siendo soldado, se enamoró en El Havre de una sirvienta negra, abandonada, sin nadie en el mundo, en quien creyó haber encontrado a la compañera ideal. Pero sus padres, después de una serie de conmovedoras y cómicas tentativas, no habían logrado habituarse a aquella idea, y ante su oposición él había inclinado la cabeza renunciando a su amada. La sencilla historia está referida con incomparable fineza, una sonriente compasión y una conmovedora humanidad, no indigna del gran Flaubert. [Trad. de Luis Ruiz Contreras (Madrid, 1907)].
M. Bonfantini

