El Marqués de Villemer, George Sand Aurore Dupin

[Le marquis de Villemer]. Novela de George Sand Aurore Dupin, 1804-1876), editada en Pa­rís en 1861. La anciana marquesa de Ville­mer tiene dos hijos: el primero, duque de Aleria, nacido de su primer y desgraciado matrimonio con un noble español, y el se­gundo, el marqués de Villemer, nacido de su segundo matrimonio, más afortunado. Aquél, mundano y elegante, es el ídolo de las mujeres y derrocha alegremente su for­tuna y la de su madre; el otro, en cambio, se dedica a los estudios históricos. Una jovencita hermosa, noble y pobre, Carolina de Saint-Genix, es tomada como dama de compañía por la marquesa y ambos herma­nos experimentan por igual la fascinación de aquella juventud que entra a formar parte de su vida. Sin embargo, el duque de Aleria, comprendiendo lo que la mu­chacha representa para su hermano, hace todo lo posible para procurarles la felici­dad.

Una falsa amiga de Carolina acusa a ésta ante la Marquesa madre de turbias relaciones con el duque, y la muchacha, enterada del hecho, huye refugiándose en el campo, donde después de muchas vici­situdes es hallada por el marqués; entre­tanto, la falsa amiga ha sido desenmasca­rada y Carolina, completamente rehabili­tada, es recibida con maternal ternura por la anciana señora. Es una de las novelas de George Sand que más éxito tuvieron, pero no de las mejores. Pertenece al último período de la escritora, caracterizado por un optimismo demasiado fácil. Es nota­ble, sin embargo, la viveza del relato y la galanura de muchos detalles. George Sánd la adaptó al teatro, y fue representada en 1864 en el Odeón de París; en su redac­ción parece ser que contribuyó notablemen­te Alexandre Dumas, hijo.

C. M. Castelnuovo

El Marqués de Priola, Henri Lavedan

[Le marquis de Priola]. Drama en tres actos y en prosa de Henri Lavedan (1859-1940), representado en París en 1902. Bajo el nombre de marqués de Priola, Lavedan quiso lle­var a la escena el tipo inmortal de Don Juan (v.), adaptando sus exigencias fun­damentales al mundo moderno que retra­tara con tanta alegría en su teatro del pri­mer estilo.

Aquí el eterno seductor, hombre violento y refinado, sin escrúpulos ni fe, no tiene ni el abandono sincero, aunque sea fugitivo, del amante, sino que calcula y efectúa sus conquistas, que casi son frías venganzas contra una época de hipocresía y corrupción. Tal es la imagen que da de sí mismo a su protegido, el joven Morain, que es educado magníficamente para que herede y ejercite su misión de destructor, mejor que el miserable Brabançon, que sigue admirado sus huellas con simiesca adulación. Y que la finalidad es para él más la conquista que el amor, nos lo de­muestra, con crudo realismo, la escena en que se divierte eludiendo la espera de la señora de Valleroy, a quien ha atraído a su casa con la sola excusa de mostrarle una colección de almanaques con ilustraciones libertinas, y que ya se dobla, víctima re­signada e impaciente, ante su conquista­dor. Pero ante la prueba de los hechos, su cinismo y su desprecio de los hombres asu­men proporciones bastante menos heroicas que las pavoneadas. Encaprichado por la que fue para él una mujer sin atractivos y que ahora, divorciada y vuelta a casarse, se ha convertido en la señora Le Chesne, emprende su conquista, tratando de seducir también a su discreta amiga, la señora Saviéres, una hermosa y rígida protestante.

Pero ambas mujeres se han aliado para sondear el alma del hombre y el marqués, desenmascarado, no puede dominar su do­loroso fracaso, agravado por los reproches de Morain, que ha descubierto ser su hijo y le pide cuentas por su propia madre, una de tantas ruinas con que ha sembrado su camino. La venganza, quizá más terrible, aunque menos poética que la del convidado de piedra, cae sobre él en forma de pará­lisis que le entierra vivo en el lecho. El drama, crudo e irónico, franca expresión del «fin de siglo» no carente de declama­ciones retóricas, desigual en la fuerza representativa de sus varias partes, si no al­canza los estratos profundos de la verdad humana, pudo, sin embargo, gracias a la habilidad, dar la ilusión de la misma y conseguir un notable éxito en la escena.

E. C. Valla

El Marqués de Roccaverdina, Luigi Capuana

[Il Márchese di Roccaverdina]. Compuesta en Roma, en 1900, esta novela de Luigi Ca­puana (1839-1915), naturalista en su asunto, en su desarrollo y en sus conclusiones, tie­ne en algunas páginas un sello patético que casi hace olvidar su fecha de composición una señal rápida, a veces, de situaciones líricas espontáneas, y a veces, un diá­logo brillante y vivo que deja presentir al autor de las fábulas.

El marqués de Roccaverdina (v.) vive en sus tierras de Sicilia, con el abuso, la rigidez y los malos arbitrios de sus bisabuelos, que fueron apodados los «Maluomini». En el pequeño palacio donde ahora vive solo con su vieja nodriza, «mamma Grazia», ha tenido con­sigo durante diez años a Agrippina Solmo, una campesina que le consagró su juventud, su belleza y su pureza, con ánimo de ena­morada y de esclava. Para no correr el riesgo de deshonrar su sangre si se casaba con ella, el marqués la da por esposa a un abnegado servidor, Rocco Criscione, pero exigiendo que ambos juren ante un cruci­fijo vivir como hermanos. Pero cuando poco tiempo después de las bodas le acomete la duda de que Rocco y Agrippina han vio­lado aquel juramento, el marqués se apos­ta de noche detrás de un seto, y al pasar Rocco Criscione montado en su muía, le mata de un tiro de escopeta; es acusado de este delito Neli Casaccio, que tiempo atrás había amenazado a Rocco, porque al parecer cortejaba a su esposa. En este pun­to comienza la novela, que es la historia de la lucha secreta y feroz del marqués con sus remordimientos.

Lo sucedido está vivo y presente en toda la situación, refle­jado como en un espejo embrujado en la conciencia del marqués, que primero in­tenta liberarse de él en la confesión, y, cuando se le niega la absolución, arranca de sí toda fe religiosa. Después de su cri­men, su amor por Agrippina, que lleva en la sangre, tiene a veces apariencia de odio, es un tormento más para él; con objeto de vencerlo, el marqués decide casarse con Zósima Mugnos, a quien ha amado en su adolescencia y que ahora, a los treinta y dos años, vive con su madre y su hermana en la miseria a que las ha reducido la prodigalidad de su padre. Después, mien­tras Agrippina Solmo se casa por segunda vez con un pastor de aquellas montañas, el marqués se entrega a una vida llena de actividades en contraste con el aisla­miento preferido por su manera de ser. Pero el recuerdo de su delito vuelve a él de continuo, en la imagen de un crucifijo abandonado en los desvanes de la casa, en las extravagancias espiritistas del abogado Aquilante y en los relatos de los campesi­nos que ven aparecerse a Rocco en el lu­gar del asesinato. Es escenario de esta lucha, un paisaje abrasado y empobrecido por seis meses de sequía que resquebraja la tierra, y diezma hombres y animales. Esta angus­tia va haciéndose de página en página cada vez más despiadada y acosadora, se con­funde con la espera de la lluvia que los fieles invocan en procesiones y penitencias.

Finalmente, las nubes comparecen en el cielo de Rábbato y estallan en lluvia; la tie­rra verdea y florece, Zósima se convierte en marquesa de Roccaverdina, el inocente Neli Casaccio muere en la cárcel; muere también don Silvio La Ciura, el santo sacer­dote que en confesión conoció el delito del marqués; pero éste, aunque libre de todo temor y de todo testimonio, no puede sus­traerse a su juez secreto, que lo asedia y lo arrastra a la locura. Zósima, que por la locura de su marido se entera de su de­lito, lo abandona. Para socorrerlo, compa­decida de toda aquella miseria humana, acude junto a él, toda amor y dolor, Agrip­pina Solmo, que está a su lado hasta que a la locura furiosa sucede el silencio de la idiotez y el presentimiento de la -muerte. Es evidente en esta novela, como en las demás de Capuana, una influencia del na­turalismo de Zola, que le impulsa a se­guir con espíritu verdaderamente científico la psicología del remordimiento, pero hay en toda la narración un perfume legenda­rio que transfigura la fórmula naturalista, animada por un profundo sentido de la tierra en que se desarrolla el drama y de los hombres que en ella nacen.

O. Nemi

El Marqués de Mantua, Lope de Vega

Comedia en tres actos del gran dramaturgo Lope de Vega (1562-1635), citada en la primera lis­ta de El Peregrino… (1604) e impresa en la Parte XII de sus comedias (1619). Se tra­ta de una «admirable dramatización — como dice Menéndez Pelayo — de los romances de Baldovinos y del marqués de Mantua», «historia ésta», según dice Cervantes en el capítulo V de la primera parte del Qui­jote, «sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y con todo esto no más verdadera que los milagros de Mahoma». El origen de estos temas debemos buscarlos en los can­tares de gesta franceses Chevalerie Ogier y Chanson des Saisnes.

El primero de estos cantares narra la historia de un héroe, Oger de Danemarche o «li Dañéis» (v. Ogier el danés), que no tiene ninguna relación con Dinamarca, y sí en cambio quizá con Ardennois, las Ardenas, o con el adjetivo «danés» equivalente a «fuerte», «luchador», y que antes de ser objeto de un cantar de gesta aparece como personaje secundario en la Chanson de Roland, Pelerinage de Charlemagne, Fierebras, Gui de Bourgogne, etcétera. Del primitivo cantar sobre este personaje se nos ha conservado una refundi­ción Chevalerie Ogier (escrita entre 1200 y 1220), cuya primera parte fue a su vez re­fundida en Enfances Ogier. En el primer poema se nos narra la historia de Ogier, re­belado contra Carlomagno porque el hijo de éste, Charlot, ha matado en una disputa durante una partida de ajedrez al hijo de Ogier, Baudouinet. Ogier jura matar a Char­lot, y huye a Italia. Allí es perseguido por las huestes de Carlos y se ve obligado a tra­bajar en los más duros menesteres. Por fin Ogier es apresado por el arzobispo Turpín, quien lo lleva a París y le salva de la muerte. La entrada de los sarracenos obli­ga a Ogier, a quien Carlos creía muerto, a aparecer de nuevo. Con su presencia sal­va al emperador.

Entonces quiere cumplir su venganza, matar a Charlot, pero un án­gel le detiene en su intento y le dice que dándole una bofetada queda cumplido su juramento. Sobre las circunstancias histó­ricas que dieron lugar a esta leyenda han discutido mucho los investigadores y crí­ticos. La leyenda tuvo gran difusión en España. En Cataluña dio origen al héroe Otger Cataló, personaje a quien se hace in­tervenir en la conquista de este país. Den­tro del romancero castellano encontramos una versión muy curiosa de esta leyenda: tenemos tres romances sobre el marqués de Mantua, Baldo vinos y Carloto, que suman en total más de mil versos octosílabos, que quizá remontan al primitivo cantar de ges­ta francés. En ellos Ogier, llamado Danés Urgel, es hermano del rey de Dacia y marqués de Mantua (quizás una corrup­ción de «Danemarche» o «de les Marches»); Baldovinos es sobrino paterno de Danés, hijo del rey de Dacia, y está casado con la infanta Sevilla, hija del rey de Sansueña, que se convirtió al cristianismo por amor a su esposo. Pero Carloto está ena­morado de Sevilla y mata a Baldovinos a traición para poderse casar con Sevilla, en una floresta a cien millas de Mantua y a veinte del ducado de Milán.

Así en el primer romance español, que empieza De Mantua salió el marqués / Danés Urgel el leal, explica como Danés oye en la es­pesura a un caballero que se está lamen­tando y se encomienda a la Virgen. Oye que invoca a su esposa: «¿Dónde estás, se­ñora mía, / que no te pena mi mal? / De mis pequeñas heridas / compasión solías tomar, / ¡agora de las mortales / no tienes ningún pesar!» Le oye como se despide de Montesinos, de Reinaldos, de Roldán, de Oliveros, de Durandarte, y como Car- loto le ha herido a traición. Luego siente que le invoca a él mismo, se le acerca y se da a conocer. Urgel Danés jura, ante un crucifijo, matar a Car loto. En el segundo romance, De Mantua salen apriesa, / sin tardanza ni vagar, el conde Dirlos y el duque don Sansón piden justicia a Carlo- magno en nombre de Danés Urgel. Carlomagno hace encarcelar a Carloto. Entre­tanto, Danés Urgel planta su ejército ante París con el ataúd de Baldovinos. En el tercer romance, En el nombre de Jesús, / que todo el mundo ha formado, Carloto es condenado a ser decapitado. Roldán quie­re impedir la ejecución, pero es desterrado durante un año por Carlomagno. De la Chanson des Saisnes, en que se narra la guerra entre Carlomagno y Guiteclin de Sessoigne, rey de los sajones (que son con­siderados como sarracenos) y los amores de Baudoin, hermano de Roldán, con Sebile, esposa de Guiteclin, cuyas entrevistas se efectúan atravesando Baudoin el campo enemigo, aparece en España una versión contenida en cuatro romances.

En la ver­sión española, Sajonia se transforma en Sansueña, el nombre de Sebile pasa a Se­villa, y ésta no es esposa del rey, sino hija. Los cuatro romances son: Suspiro de Baldovinos, Ñuño Vero, Baldovinos sor­prendido en la caza y Belardos y Baldovi­nos, en que se narran las aventuras de las entrevistas de Baldovinos con Sevilla. En algunas versiones del tercer romance, Bal­dovinos aparece con el nombre de Conde Olinos. La comedia de Lope está basada sobre estas fuentes, que supo interpretar intuyendo su contenido dramático como en tantas otras obras de este tipo. Lope lo­gra combinar maravillosamente las situa­ciones dramáticas, ya inventándolas, ya disponiéndolas con gran acierto teatral, so­bre la tenue línea argumental de los ro­mances. El primer acto, «bizarrísimamente escrito por cierto» — dice Menéndez Pela- yo —, se abre con las bodas de Baldovinos con la infanta Sevilla, festejada con la «encamisada» de los Doce Pares. Carloto se enamora instantáneamente de ella. Rodulfo, su consejero, intenta disuadirle, pero en cambio el traidor Ganelón asiente a sus deseos y le sugiere la idea de matar a Baldovinos a traición en una cacería. An­tes de que Carloto lleve a cabo su infa­mia, es ya desdeñado por Sevilla y es ob­jeto de recelo por parte de Baldovinos. En este primer acto, el marqués de Mantua sólo hace una breve aparición. En el se­gundo acto, al despedirse Baldovinos de Sevilla, le entran a ésta malos presagios, situación ésta de gran efecto dramático a la que fue dado Lope de Vega (v. El Ca­ballero de Olmedo y Los Comendadores de Córdoba).

En contraste con la tragedia que se avecina, Lope nos presenta una escena: la cacería del marqués de Mantua a orillas del Po. Desde allí oye el marqués unos lamentos: son los de Baldovinos, que va glosando al final de cada estrofa el roman­ce ¿Dónde estás, señora mía, / que no te pena mi mal?: despidiéndose de su esposa, de los héroes amigos, etc. El marqués en­cuentra a Baldovinos herido y éste le dice quién ha sido. Llegan entonces el escudero y el ermitaño que aquél fue a buscar. Al final de este acto hay el juramento del marqués: «Mas yo hago juramento / de no comer a la mesa / pan sobre manteles blancos, / dormir en cama desnudo, / ni entrar jamás en poblado / …hasta vengar, Baldovinos, / la muerte que lloro tanto». En el tercer acto aparece la embajada del marqués de Mantua ante Carlomagno. Lope en esta última parte de la obra insiste en la situación dramática de la negra tienda de Reinaldos de Montalbán — que se ha aliado al marqués —, con el ataúd de Baldovinos y el llanto de la esposa Sevilla.

*    La comedia de Lope fue parodiada por don Jerónimo de Cáncer y Velasco en la obra burlesca La muerte de Baldovinos (1651), obra irregular, llena de chistes gra­ciosos, pero también de disparates, que motivaron su condenación por el Santo Oficio. A. Comas

La Marquesa de O, Heinrich von Kleist

[Die Marquise von O.]. Después de Miguel Kohlhaas (v.) es la más importante y pintoresca de las Narraciones (v.) de Heinrich von Kleist (1777-1811).

El argumento, quizá sugerido por una anécdota de Montaigne en su en­sayo sobre la embriaguez, tiene un atrevi­miento inusitado para su época y suscitó grandes críticas, especialmente entre las damas intelectuales; pero está tratado con tal castidad de forma que confiere a la obra una indiscutible nobleza. La escena se desarrolla en Italia septentrional, pero los personajes, especialmente el padre de la protagonista, tipo de coronel prusiano, son típicamente alemanes. La marquesa, viuda virtuosa, madre e hija amorosa, es hallada desvanecida por un oficial ruso en la toma de la ciudadela mandada por el padre de ella, y la salva de manos de los asaltan­tes cosacos. Ella conserva de él, que más tarde es herido y se le cree muerto, un recuerdo agradecido. Cierto día, inespera­damente, el oficial reaparece y pide ca­sarse sin dilación con la marquesa; pero sus modales asombran a la familia, que rechaza cortésmente su solicitud. Al poco tiempo, la marquesa advierte que está en­cinta; sus mismos padres no quieren creer en su inocencia, su padre llega a repudiarla y ella, retirándose con su hijito en una quinta, decide publicar en un periódico su vergüenza, invitando al culpable a pre­sentarse para legitimar a su hijo. Entre­tanto, sus padres, convencidos de su ino­cencia, la recogen en su casa.

Cuando el culpable se presenta, la marquesa reconoce en él al oficial ruso, que confiesa haber abusado de ella mientras estaba desmayada. Indignada, ella le obliga a no dejarse ver, pasada la boda, pero en el bautizo del niño muestra tal generosidad, que la marquesa, que en el fondo le amaba, se reconcilia con él. Es notable el paralelismo con el problema tratado en Miguel Kohlhaas: allí, el reconocimiento de la inocencia se trans­forma . en una fuerza activa, que después sucumbe al recurrir a medios ilícitos; aquí la conciencia de la inocencia se transforma en fuerza pasiva, y sin embargo, victoriosa.

C. Baseggio-E. Rosenfeld