El Marqués de Priola, Henri Lavedan

[Le marquis de Priola]. Drama en tres actos y en prosa de Henri Lavedan (1859-1940), representado en París en 1902. Bajo el nombre de marqués de Priola, Lavedan quiso lle­var a la escena el tipo inmortal de Don Juan (v.), adaptando sus exigencias fun­damentales al mundo moderno que retra­tara con tanta alegría en su teatro del pri­mer estilo.

Aquí el eterno seductor, hombre violento y refinado, sin escrúpulos ni fe, no tiene ni el abandono sincero, aunque sea fugitivo, del amante, sino que calcula y efectúa sus conquistas, que casi son frías venganzas contra una época de hipocresía y corrupción. Tal es la imagen que da de sí mismo a su protegido, el joven Morain, que es educado magníficamente para que herede y ejercite su misión de destructor, mejor que el miserable Brabançon, que sigue admirado sus huellas con simiesca adulación. Y que la finalidad es para él más la conquista que el amor, nos lo de­muestra, con crudo realismo, la escena en que se divierte eludiendo la espera de la señora de Valleroy, a quien ha atraído a su casa con la sola excusa de mostrarle una colección de almanaques con ilustraciones libertinas, y que ya se dobla, víctima re­signada e impaciente, ante su conquista­dor. Pero ante la prueba de los hechos, su cinismo y su desprecio de los hombres asu­men proporciones bastante menos heroicas que las pavoneadas. Encaprichado por la que fue para él una mujer sin atractivos y que ahora, divorciada y vuelta a casarse, se ha convertido en la señora Le Chesne, emprende su conquista, tratando de seducir también a su discreta amiga, la señora Saviéres, una hermosa y rígida protestante.

Pero ambas mujeres se han aliado para sondear el alma del hombre y el marqués, desenmascarado, no puede dominar su do­loroso fracaso, agravado por los reproches de Morain, que ha descubierto ser su hijo y le pide cuentas por su propia madre, una de tantas ruinas con que ha sembrado su camino. La venganza, quizá más terrible, aunque menos poética que la del convidado de piedra, cae sobre él en forma de pará­lisis que le entierra vivo en el lecho. El drama, crudo e irónico, franca expresión del «fin de siglo» no carente de declama­ciones retóricas, desigual en la fuerza representativa de sus varias partes, si no al­canza los estratos profundos de la verdad humana, pudo, sin embargo, gracias a la habilidad, dar la ilusión de la misma y conseguir un notable éxito en la escena.

E. C. Valla