Fiestas Del Jardín, Alonso del Castillo Solórzano

Con este título apareció en Valencia, en 1634, una colec­ción de obrillas de Alonso del Castillo Solórzano (1584-1648?). Se trata de cuatro no­velas cortas (La vuelta del ruiseñor, La injusta ley derogada, Los hermanos pareci­dos y La crianza bien lograda) y tres co­medias: Los encantos de Bretaña, La fan­tasma de Valencia (existe una novela con este mismo título, publicada en otra mis­celánea del propio Castillo Solórzano: Tar­des entretenidas, Madrid, 1625), y El mar­qués del cigarral. Las Fiestas del jardín es una obra situada en la trayectoria de los Cigarrales de Toledo (v.), de Tirso de Mo­lina, o el Para todos (v.), de Montalbán.

Las narraciones se desarrollan hábilmente en torno a una esquemática historia pa­sional. La espera de un barco que llega de Italia al puerto de Valencia, las gentes abi­garradas que lo están esperando, el desem­barco de un joven, que es recibido con un pistoletazo por una dama tapada, etc., etc., sirven de fondo sobre el que novelitas y comedias se van desenvolviendo. Las no­velas son excelentes páginas de observación de costumbres, escritas con soltura y no exentas de gracia literaria. Una novelística de tono menor, que tiene, en este caso, el gran valor de ser portadora de agudos aná­lisis de psicología femenina.

A. Zamora Vicente

Las Fiestas de la Vida, Adolf Dygasinski

[Gody zycia]. Obra maestra de la literatura polaca, de Adolf Dygasinski (1839-1902), publicada en 1901, como apéndice al «Kurjer Warszawski», con el título El rincón de las ratas o las fiestas de la vida. Es una grandiosa visión de la vida del bosque a través de las costumbres, sucesos y luchas de los más diversos animales que lo pueblan.

El héroe principal de la novela-poema es un mi­núsculo reyezuelo al que el autor sigue en su cotidiana existencia, en sus aventuras y desventuras. Episodio culminante es la fatal intromisión en el nido de dos reyezuelos de un cuclillo hembra, usurpador, el cual, siguiendo la inveterada costumbre de su es­pecie, se aprovecha de una momentánea au­sencia de sus legítimos habitantes para de­jar en el nido un huevo suyo. El cuclillo que la desprevenida hembra ha empollado como propio nace junto con los demás, y es un pajarraco pendenciero, que causa la ruina de aquella buena familia; un día arroja al suelo a los hijos legítimos de su nodriza, que son presa de una garza rapaz. En torno a este episodio central se ordena toda una serie de diversas escenas y tipos característicos del bosque que el autor reproduce con realismo y poesía. El relato de los amores de los más diversos animales, cuadrúpedos o alados, cada uno perfecta­mente caracterizado; el cuadro de la lucha por la existencia y por el botín entre una corneja hambrienta, un milano rapaz y una pobre liebre herida; la descripción del in­vierno y de la tempestad figuran junto a la trama principal, entre las páginas más rigurosas y sugestivas de la literatura po­laca y aun fuera de ella. [Trad. italiana de E. Damiani y R. Pollak (Milán, 1927)].

E. Damiani

La Fiesta de los Zapateros o La Alegre Comedia de las Nobles Artes, Thomas Dekker

[The Shoemakers’ Holiday or the Pleasant Comedy of the gentle Craft]. Comedia de Thomas Dekker (15729-1632), en prosa y ver­so, representada por primera vez la no­che de fin de año de 1599, en presencia de la reina Isabel. Es la primera de las obras compuestas por Dekker que ha llegado a nosotros, publicada en 1599. Fuente de la comedia fue The Gentle Craft de Thomas Deloney, publicada en 1597. El conde de Lincoln, sir Hug Lacy, para impedir que su nieto, Rowland Lacy, se case con Rosa, hija del Lord Mayor de Londres, inferior a él por nacimiento, logra que el rey le nombre coronel jefe de las tropas que ope­ran en Francia, donde arde la guerra. Pero Rowland envía en su lugar a su primo Askew, y con la esperanza de volver a ver a Rosa, se queda en Londres. Como sabe muy bien el holandés y en Wittemberg, en su aventurera juventud, aprendió el oficio de zapatero, con el nombre holandés de Hans entra de aprendiz en la tienda de Si­món Eyre, el alegre zapatero de Tower Street, que provee de calzado al Lord Ma­yor y a su familia. E

n la tienda trabajan también el divertido aunque vulgar Firk, el hábil Hodge y el buen Ralph. Este último debe ir a luchar en Francia y confía al cuidado de Simón y de su mujer, Margery, a su joven esposa Jane. Poco después de la partida de Ralph, Jane, disgustada de las observaciones de la caprichosa Margery, se establece como costurera en otro barrio de la ciudad sin dar a conocer su paradero. El Lord Mayor de Londres, Oateney, que ha­bía alejado de la ciudad a Rosa, trata en vano de dársela como mujer al joven Hammon. Éste, duramente rechazado por Rosa, corteja a la joven Jane, y haciéndole creer que Ralph ha muerto en la guerra, consigue arrancarle la promesa de que será su mu­jer. Entretanto, Hans, o sea, el joven Row­land Lacy, ha logrado adquirir un carga­mento completo de mercancías, procedente de Candía, a su jefe, que, enriquecido de improviso, es nombrado sherif y poco des­pués Lord Mayor de Londres, cediendo el negocio a sus fieles operarios. Ralph, que no ha muerto, sino que regresa mutilado de la guerra, llega a tiempo para impedir que su esposa contraiga nuevas nupcias. Hans, por su parte, se presenta a Rosa como zapatero, huye con ella, se casan, y el nue­vo Lord Mayor obtiene del rey el perdón por su deserción y la reconciliación entre el nieto y sir Hug Lacy y entre Oateney y su hija.

La comedia termina con una fiesta ofrecida por Eyre a sus viejos compañeros de trabajo, en cuyo banquete se digna, par­ticipar el propio rey. Vivaces diálogos, sa­lidas procaces, dos graciosos brindis y ale­gres peripecias, animan la acción, ofre­ciendo un cuadro lleno de color de la vida artesana en el Renacimiento, lo cual se debe, sin duda, a las experiencias persona­les de Dekker. La figura más interesante es la de Simón Eyre, personaje que realmente existió en el siglo XV, y la filosofía de la comedia se resume en su frase: «Con una libra de preocupaciones, no se paga ni si­quiera un céntimo de deudas. Estemos, pues, alegres mientras somos jóvenes. La vejez no se hará esperar.

E. Di C. Seregni

La Fiesta del Señor de la Nave, Luigi Pirandello

[La sagra del signore della nave]. Comedia en un acto de Luigi Pirandello (1867-1936), tomada de la novela del mismo nombre y representada en 1924. Con ella se inauguró el año siguiente, en la sala Odescalchi de Roma, el Teatro de Arte fundado por Pi­randello, que más tarde debía tener como primera actriz a Maria Abba. Las preocu­paciones corales y espectaculares de un Pi­randello ingeniosísimo son aquí evidentes en su esfuerzo de plantear y afrontar pro­blemas escénicos, en definitiva poco eleva­dos. Participación de la platea en la repre­sentación, la acción elevada al máximo gra­do, juego de masas, todo esto puede parecer una mala pasada que juega al autor la ex­cesiva deferencia para con el leviatán tea­tral: si no es el esfuerzo de intentar nue­vas soluciones corales después de que la crítica de la tradición teatral italiana había concluido con Seis personajes (v.) y con Enrique IV (y.).

En esta fiesta, vendedores, marineros, malandrines, aldeanos, van y vie­nen entre los gritos, el redoble de tambores, las más variadas reacciones de la multitud: un conjunto de colores casi milagroso y una extraña indecisión al dar cuenta de todo, acumulando los detalles. En este griterío de la muchedumbre, que puede recordar ciertas escenas de la Nave (v.) de D’Annunzio, una línea dramática ofrece la contradicción entre el grueso señor Lavaccara, y su joven pedagogo. El señor Lavacca­ra, arrepentido en el último momento de haber enviado su cerdo Nicola a la carni­cería, quisiera retirarlo; pero ya es demasiado tarde, y ya no le queda otro remedio que llorar la pérdida de una bestia tan in­teligente. El pedagogo surge afirmando que no son las bestias, sino los hombres, quie­nes han de tener inteligencia, e indica la dignidad, la sobriedad de quienes le rodean. Pero sus afirmaciones quedan sofocadas por el espectáculo de orgía, de embriaguez, de lujuria, a que la multitud se abandona por completo. Pero cuando avanza la procesión con el Cristo, la multitud cae de rodillas gritando aterrorizada el «mea culpa».

G. Guerrieri

Las Fierecilla Domada, William Shakespeare

[The Taming of the Shrew]. Comedia en cinco actos, en verso y prosa, de William Shakespeare (1564-1616), escrita en 1593-1594, represen­tada en 1594 y publicada en el infolio de 1623. Está basada en una comedia prece­dente de título ligeramente distinto: Una fierecilla domada [The Taming of a Shrew]; Shakespeare se sirvió de un colaborador, que para la intriga secundaria recurrió a la fuente de los Supuestos (v.) de Ludovico Ariosto y a su versión inglesa, Supposes (1566) de George Gascoigne (1525?- 1577). Se asignaron a Shakespeare el Pró­logo («Induction»); el acto II, esc. 1, vv. 1-38, 115-326; acto III, esc. 2, vv. 1-129, 151-254; acto IV, eses. 1, 3, 5; acto V, esc. 2, vv. 1-181; probablemente colaboró también a la esc. 2 del acto I, w. 1-116; en con­junto cerca de las tres quintas partes del drama, con todas las escenas relativas a Sly y a la trama Petruchio-Katharina. El cola­borador escribió la escena del cortejamiento de Bianca; es menos vigoroso que Sha­kespeare, aunque bastante capaz. No se le ha podido identificar con plausible aproxi­mación: se han citado los nombres de Thomas Lodge (1558?-1625), de Robert Greene (1558-1592), y de George Chapman (1559- 1634), pero sin fundamento seguro.

Pre­cede al drama un prólogo en el que un calderero, Cristóbal (Christopher) Sly, es recogido borracho por un señor que vuelve de una cacería, ante una hostería en pleno campo. Sly (v.) es llevado al castillo y le hacen la broma de tratarle, cuando despier­ta, como si fuese un caballero que, después de largo tiempo, ha recobrado el uso de la razón. Surge una situación extremadamente curiosa, que hubiese merecido un desarro­llo distinto del que recibió: Sly es obligado a escuchar un drama representado especial­mente para él, por una compañía de faran­duleros; este drama es precisamente La fie­recilla domada. A los pocos versos y hacia el final de la primera escena del primer acto, Sly y los personajes del prólogo des­aparecen. Gremio y Hortensio cortejan a Blanca (Bianca), hija menor de Bautista (Baptista) Minóla, rico señor de Padua; pero habiendo decidido éste que su hija segunda se case sólo cuando se haya en­contrado marido a la mayor, Catalina (Katharina, v.), muchacha intratable, los preten­dientes a la mano de Blanca se reúnen para encontrar a la persona adecuada. Ésta se descubre en Petruchio (v.) (grafía inglesa para dar la pronunciación italiana de Petruccio), noble de Verona, perspicaz e im­perturbable. Mientras él corteja a Catalina, Hortensio y Lucencio (Lucentio), hijo de Vicente (Vincentio), rico mercader de Pisa, uniéndose al grupo de los enamorados de Blanca, se introducen en casa de Bautista disfrazados de maestros de la doncella; en­tretanto, el papel de Lucencio, estudiante en Padua, está defendido por su astuto criado Tranio.

Petruccio hace el amor a la fierecilla fingiendo que la encuentra tanto más dulce y amable cuanto más ella le maltrata; con­sigue luego llevarla al altar, y tanto en la ceremonia nupcial, como en casa del suegro o en la suya, somete a Catalina a humilla­ciones y desaires, la priva de comida y de sueño, fingiendo que los alimentos no son dignos de ella y que la cama está mal he­cha, le impide que se vista elegantemente apaleando al sastre y al sombrerero y re­chazando sus exquisitos adornos, le obliga a aceptar y repetir sus más absurdas afir­maciones (por ejemplo, que el claro de luna es el brillo del sol, que es por la mañana cuando es por la tarde, etc.); por fin la vuelve a llevar completamente domada a casa de su padre. Blanca es conquistada por Lucencio, mientras el falso Lucencio, Tranio, vence a los demás aspirantes ante el padre de Blanca prometiendo las arras más ricas y haciéndolas garantizar por un pedante, al cual, con el pretexto de un ima­ginario peligro, le hacen poner las ropas de Vicente. Cuando llega el verdadero Vicente se produce una serie dramáticamente grotesca de equívocos, que al fin se resuel­ven felizmente. Hortensio se casa con una viuda. En el banquete final de las parejas (Petruccio-Catalina, Lucrecio-Blanca, Hor­tensio-viuda), los esposos apuestan cuál de sus mujeres será la más dócil, y Petruchio gana la apuesta.

La Fierecilla domada ter­mina con un discurso sobre la obediencia debida a los maridos. El drama, a los mo­tivos vulgares arrancados de la comedia italiana del siglo XVI y, a través de ella, del teatro latino, añade la fresca invención de la doma de la fierecilla donde la miso­ginia medieval (Jean de Meung, Eustache Deschamps, etc.)» se agudiza en caracteri­zación psicológica. La comedia, que en nin­gún punto adquiere la antidramática ver­borrea del teatro italiano del XVI, conserva aún hoy su lozanía y es una de las obras más frecuentemente representadas de Sha­kespeare. Farsa bien lograda, no es, sin em­bargo, más que una farsa, aunque tenga motivos que hubiesen podido llevarla a des­arrollos más complejos: como el de Sly, recogido en nuestro tiempo por Gerhard Hauptmann en Schluck und Jau (1900) y por Giovacchino Forzano (Sly); pero el te­ma central, la sumisión de la mujer a la voluntad masculina, es de los que diverti­rán siempre al público, eterno como los proverbios. La farsa ha inspirado un cua­dro de Eduard von Grützner (1846-1925).

M. Praz

*   La comedia de Shakespeare dió el tema al músico alemán Hermann Gótze (1840- 1876) para la ópera La fierecilla domada [Der Widerspenstigen Zahmung], conside­rada su mejor obra, y representada en Mannheim en 1874. Una inspiración más li­bre extrajo de la misma obra Johan Wagenaar (n. 1862) para la obertura del mismo título, estrenada en 1909.