La Figura de Nieve y otros Cuentos Contados dos Veces, Nathaniel Hawthorne

[The Snow Image, and other twicetold tales]. Colección de breves cuentos, fábulas y moralidades del norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804-1864), algunos publicados previamente en diarios y revistas americanos antes del oto­ño de 1851, en que aparecieron en un vo­lumen, dedicado por el autor a su amigo Horatio Bridge, que había contribuido a di­fundir su fama literaria, hasta entonces bas­tante escasa.

En el relato que abre el vo­lumen, dos muchachos, jugando con la nie­ve en el jardincillo frente a su casa, forman con ella la figura de una niña, convencidos de que cobrará vida y tomará parte en sus juegos. Así sucede, en efecto; la niña de nieve se mueve por el jardín con pasos de hada, el frío viento del Nordeste parece darle vida, y los pajaritos se reúnen a su alrededor como para festejarla. Pero llega a casa el padre de los dos muchachos, hom­bre excelente pero absolutamente cerrado al juego de la fantasía y de sus milagros, el cual queda convencido de que el hada es una niña de la vecindad, y que, por su tra­je cándido y ligero, va a coger una terrible enfermedad; por lo cual, sin escuchar a sus chicos, que quieren seguir jugando por la nieve con ella, los obliga a los tres a entrar en casa y a calentarse ante la estufa. Allí la figura se derrite, dejando un charco de agua en el piso.

Componen el volumen otros escritos de fantasía, o vagamente autobio­gráficos, así como reconstrucciones de es­cenas y aventuras de la vida en Nueva In­glaterra en el período anterior a la guerra de Secesión. En todo el libro resaltan las cualidades de Hawthorne, quien parece so­bresalir sobre todo en la evocación y repre­sentación de atmósferas espirituales y esta­dos de ánimo, a pesar de que no es en este volumen donde hay que buscar la más alta prueba de sus capacidades inventivas y narrativas.

C. Pellizzi

Figuras de la Pasión del Señor, Gabriel Miró

Es una de las obras más maduras y ca­racterísticas del escritor español Gabriel Miró (1879-1930), publicada en 1916. El au­tor, con ayuda de su memoria poética, trata un tema que forma parte de su vida inte­lectual desde sus primeros años. El libro es una serie de estampas de Jerusalén en los días de la Crucifixión del Redentor; obra sutil, rica en simbolismos, lírica y du­ramente realista. La divinidad humanizada del Señor se desprende claramente del pai­saje. Páginas ricas en contrastes, tumultuo­sas, con oleadas de gentes que soportan la esclavitud y se agitan bajo las pasiones; el arte de Miró encuentra en el tema motivo para exaltar sus cualidades evocativas. El li­bro está dividido en quince capítulos, quin­ce auténticos cuadros dedicados ya a una figura (Judas, Barrabás, Caifás, Anás, Herodes, Pilatos, Simón, María de Cleofás y la Samaritana), ya a varias figuras, enfren­tadas de manera que se manifiesten más libremente sus caracteres (Pilatos y Cristo, Mujeres de Jerusalén). Se advierte en la obra una profunda emoción; este raro es­critor está plenamente compenetrado con el tema de este libro. Quizás el resultado hu­biese sido más puro y limpio si el autor, se hubiera preocupado de aplicar al esque­ma de las conmociones espirituales la in­finita riqueza de su arte y el esplendor re­buscado de su lenguaje. De todas formas hay un punto de coincidencia entre dos ge­mimos momentos del escritor, entre el tiem­po recobrado en Niño y Grande (el libro dedicado a la madre «que tantas veces le contó la Pasión del Señor») y la contem­plación artística de sus inefables Estampas.

C. Boselli

El Figón de la Reina Patoja, Anatole France

[La rótisserie de la Reine Pédauque]. Esta no­vela del 1893 es, con el Lirio Rojo (v.), la más conocida entre las de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924). El protagonista, Jacques Ménétriers, hijo de un charcutero que le puso a su estableci­miento el nombre de «Reina Patoja», y que posteriormente fue librero, narra las aven­turas de su juventud.

Estamos hacia me­diados del siglo XVIII, en un popular ba­rrio de París, donde el pequeño Jacques va creciendo dando vueltas al asador en la tienda de su padre. Un prestigioso persona­je, el abate Jéróme Coignard (v.), doctor en teología, humanista, de vida desordena­da y aventurera, llega una noche a la charcutería y se interesa por el vivaz ingenio del muchacho, que pronto se convierte en su discípulo con el complacido consenti­miento del buen charcutero y de la santa mujer que es su esposa. Cuando Jacques lle­ga a los diecinueve años, él y su maestro pasan al servicio de un gran señor, el cual los ocupa en traducir del griego textos má­gicos en una casa suya escondida en los alrededores de la ciudad. El señor D’Astarac es, en efecto, mago y alquimista, busca la piedra filosofal, y está convencido de que vive en un mundo lleno de genios del aire, de elfos y de sílfides. Molesto por el irónico escepticismo del abate Coignard, intenta hacer de Jacques su discípulo. El joven, en aquella extraña casa, para seguir la voluntad de su amo, habrá de ser el amante de una sílfide que se le ofrecerá apareciéndosele después de una serie de exorcismos. En su lugar se le presenta una encantadora muchacha de carne y hueso, que él no tarda en conquistar: se trata de la bella Jael, sobrina de un terrible judío, Mosaide, a quien el señor D’Astarac tiene por mago y hospeda en un pabellón de su jardín. Una extravagante aventura arranca súbitamente al abate Coignard y a su dis­cípulo de aquella plácida vicia: Catherine, una muchacha ligera, amante de un ban­quero, la cual se ha enamorado de Jacques, le enreda en una orgía nocturna que acaba en violenta reyerta.

Jacques, su maes­tro y un amigo de Catherine (el joven li­bertino señor D’Anquetil), después de haberse refugiado momentáneamente en casa de Astarac, huyen en coche a Lyon, acom­pañados de la bella Jael, a la que el señor D’Anquetil ha encontrado manera de rap­tar. Pero una noche, a campo raso, el te­rrible Mosaide los alcanza y apuñala al abate Coignard. Así muere el maestro de Jacques, como buen filósofo y buen cris­tiano, arrepintiéndose de sus pecados y de­jando a su discípulo predilecto el ejemplo de una vida no privada de pintorescos des­órdenes, pero toda penetrada por el amor al estudio, e iluminada por una sana filoso­fía. France se ha inspirado esta vez en la tradición de las novelas picarescas, dibu­jando una serie de estampas vivas y colo­ridas que ilustran un pintoresco siglo XVIII, de fantasía, aventurero y libertino. Predo­mina en el libro la poderosa figura del aba­te Coignard, humanista y borrachín, estoico en sus máximas y epicúreo en la práctica, moralista indulgente, tanto para los demás como para consigo mismo, que halla mane­ra de pasar por una vida no privada de desórdenes, conservando un corazón puro y un alma rebelde a todo pensamiento que no sea noble. El amor al pormenor pinto­resco, el gusto por una maliciosa filosofía dispuesta a acoger las más audaces parado­jas, triunfan en este libro de France, con un estilo de un vigor incomparable, en el cual parece que aquel refinado escritor ha­ya querido agotar los recursos de su agu­dísima y rica fantasía. También él pareció tan satisfecho de aquel personaje que quiso resucitarlo en otro libro, Las opiniones de Jerónimo Coignard (v.).

M. Bonfantini

Fiestas Galantes, Paul-Marie Verlaine

[Fétes galantes]. Colección de poesías del poeta francés Paul-Marie Verlaine (1844-1896), publicada en 1869; es, sin duda, su obra maestra por la musicalidad de su verso y la efusión de una añoranza lánguida y vaporosa. Los acentos descaradamente rebeldes de los Poe­mas saturnianos (v.) ya matizados aquí y allá de un vago sentimentalismo, hallan en esta obra una nueva afirmación de juven­tud; el artista, prescindiendo de inútiles contiendas con la sociedad, imagina un mundo propio, todo ensueños y gentilezas y en él aplaca su sed de amor como en una dulcísima visión de antiguas épocas. El tono de esta colección es exquisitamente «muy siglo XVIII»; con su admiración por la pintura de Watteau, de Fragonard, de Chardin, de Boucher, etc., suscitada por la pu­blicación reciente del libro de los Goncourt sobre El arte del siglo XVIII (v.) y por diversas visitas al Louvre, el poeta evoca las galanterías de un mundo lejano, la deli­cadeza sonriente de los afectos, los movi­mientos de los bailes de Corte, las palabras dulces y susurradas.

Junto con un tono ju­guetón que oculta la lágrima bajo la más­cara de Pierrot y el gracioso gesto de Co­lombina («Pantomime», «Mandoline»), Verlaine canta el éxtasis de un paisaje («Clair de lune», «Colloque sentimental») y une la adoración por la persona amada con una visión enternecida de las cosas: porque to­das vibran con una vida sutil y se abren a la luz como una ofrenda. Con esta actitud ya sutilmente simbolista, aunque expresada con ingenuidad, el poeta evoca en una serie de decorativos cuadros los esplendores y las ilusiones de una sociedad de abates y damitas, de máscaras sentimentales y de faunos burlones en la libre naturaleza. Las costumbres de un ambiente galante y frí­volo son observadas con finura verdadera­mente elegiaca: «Sur l’herbe», «Á la promenade», «Dans la grotte», y acariciadas con abandono que sabe unir el anhelo del amor con el homenaje a la belleza antigua. Estrofitas sutiles y melodiosas, pinturas lím­pidamente evocadoras ofrecen de este modo en un magistral entrelazamiento de motivos la fantasía de un nuevo «Embarco para Citerea», en que la magia de Watteau es trans­figurada en el imposible sueño de un re­torno a la felicidad. [Trad. de E. Puche en Obras completas (Madrid, 1922)].

C. Cordié

Aquí por primera vez libre de toda orna­mentación retórica sentimos palpitar nues­tra alma de hoy. (St. George)

*   De las Fétes galantes de Verlaine, Claude Debussy (1862-1918) sacó seis canciones para canto y piano publicadas en dos fas­cículos: en 1892 («En sourdine», «Fanto­ches», «Clair de lune») y en 1904 («Les ingénus», «Le faune», «Colloque sentimental»). Aun habiendo sido escritos a doce años de distancia, estos dos grupos de canciones ofrecen notable unidad de inspiración: la poesía de Verlaine, proyectada en un ima­ginario siglo XVIII enmascarado y empol­vado, que el espíritu parisiense del poeta envuelve en persuasiva y a veces aguda sen­sualidad, halla en Debussy una forma so­nora sutil y delicada que, en la evocación galante del siglo anterior, se matiza de una imperceptible vibración de ironía. Junto a aquella efusión íntima que roza con la con­fesión autobiográfica de las Arietas olvida­das (v.), de los Cinco poemas de Baudelaire (v.), de las Prosas líricas (v.), las Fiestas galantes revelan principalmente los matices ironizantes del alma de Debussy, que él se complacía en expresar para ate­nuar los impulsos del sentimiento que su extremado pudor creía demasiado declara­dos y visibles.

Esta actitud espiritual con­duce a una escritura un poco nerviosa y sentida, con un gusto que tiende a hacer que emerjan del tejido armónico envol­vente figuraciones melódicas como arabes­cos que destacan en su linealidad; y si esto es apenas perceptible en las tres primeras canciones del 1892, resalta, en cambio, de modo evidente en las de 1904. En estas úl­timas se da la atmósfera fúnebre e invernal «vieux pare solitaire et glacé» dominante sobre todo en el «Colloque sentimental», en que los espectros evocan su pasado de amor. ¿Es lícito relacionar estas páginas con el drama matrimonial del cual, en aquel año de 1904, se hizo voluntario protagonista? Abandono de su esposa Lily Texier y ten­tativa de suicidio de ésta; huida al lado de Mme. Bardac que, después de un doble y escandaloso divorcio, parece haber sido su segunda esposa. Las canciones del pri­mer fascículo son francas y cordiales, a pe­sar de su matización irónica, mientras que las más maduras del segundo respiran una amargura lacerante, una no escondida pena en que se estremecen reflejos fríos y a ve­ces siniestros que hacen de ellas las pági­nas más trágicas del gran músico.

A. Mantelli

Fifina en la Feria, Robert Browning

[Fifine at the Fair]. Poema de Robert Browning (1812- 1889), publicado en 1872. El argumento es el de la fidelidad conyugal, y el poema es el mejor de todos los que siguieron a El anillo y el libro (v.), por su potencia inte­lectual y por su fuerza imaginativa. El protagonista narra su encuentro en la feria con la equilibrista Fifina, y cómo se ha ena­morado de ella. Alaba sus méritos, discute sus faltas, la compara a las grandes muje­res del pasado y tranquiliza a su esposa, Elvira, que, dice él, es superior a todas las mujeres. Y se marcha, se encuentra con Fi­fina y, castigado por su infidelidad, muere. Pero el poema acaba con las palabras: «El amor lo es todo; la muerte, nada». El pro­tagonista, más que amante, parece un bus­cador de la verdad, a la manera típica de Browning. El poema es de difícil lectura; algunos opinaron que más que un poema es un acertijo. Muchas son sus bellezas, en­trelazadas con psicológicas complejidades y divagaciones, típicas de Browning. El autor mismo definió su poema como «el más osa­do y metafísico» que escribió después de Sordello (v.). El protagonista es un verda­dero casuista que discute y proclama en vez de narrar. No sin razón dijo Swinburne, después de haber afirmado que Fifina en la feria era lo mejor de Browning, que el au­tor no se preocupó de «eliminar aquella confusión que él mismo habría creído im­posible que se le hubiera podido ocurrir».

A. Camerino