Filópatris, Luciano

Lleva este tí­tulo un diálogo de evidente imitación de Luciano, y que nos ha llegado precisamente junto con las demás obras del samosatense, pero que pertenece, sin duda alguna, a una época más tardía. Los personajes son Triefón y Cricias, actores principales del diá­logo; hacia el final interviene Cleolao. El desarrollo de la acción es imaginado en los primeros tiempos del Cristianismo. La pri­mera parte contiene una discusión de los dos personajes, bastante ingeniosa aunque prolija, acerca del paganismo y de la nueva doctrina. Triefón, un neófito en realidad no muy entusiasta, después de haber inten­tado degradar a los ojos de Cricias a los antiguos por falsos y embusteros, anuncia que un Galileo (¿Pablo?) le ha convertido a la doctrina del Dios uno y trino. A los argumentos de Triefón, Cricias responde con pullas en defensa del paganismo. Toda la discusión tiene de este modo el aspecto de una escaramuza sofístico literaria, y no se llega a ninguna clara conclusión.

La se­gunda parte, que está ligada a la primera por hilos algo tenues, contiene un largo discurso de Cricias, en el que se hallan claras alusiones a una situación política que debía de ser actual para el desconocido autor del diálogo: se alude a un sordo fer­mento, determinado por el descontento ha­cia el régimen, y se manifiesta la esperan­za en la caída del emperador. El diálo­go se cierra con el deseo expresado por Triefón de que sus hijos puedan ver Ba­bilonia destruida, Egipto sometido, los per­sas esclavos, y terminadas las incursiones de los escitas. La cronología del diálogo es discutida; la alusión a una matanza de muchachas, efectuada en la isla de Creta por Nicéforo Focas (Capítulo 9), y el cua­dro general de las condiciones políticas in­ternas y externas, han inducido a Krumbacher a situar su fecha de redacción hacia 969. Permanecen todavía oscuras las finali­dades perseguidas por el autor. Muy proba­blemente este diálogo no es más que un sencillo ejercicio retórico sin ningún con­tenido práctico.

S. Impellizzeri

La Filomena, Lope de Vega

En Madrid, en 1621, pu­blicó Lope de Vega (1562-1635) la obra ti­tulada La Filomena, con otras diversas ri­mas, prosas y versos, dedicada a doña Leo­nor Pimentel. La obra consta de diversos elementos. El poema que da título al libro, La Filomena, se divide en dos partes, una de las cuales tiene una gran importancia para la biografía de Lope. En la primera parte (tres cantos en octavas) narra el poe­ta la conocida fábula de Progne, Filomena y Tereo, en versos que más de una vez se acercan al gongorismo, con imágenes y me­táforas que no hubiera desdeñado el cordo­bés, como cuando llama a los cisnes «naves de pluma», «y el cisne, que compite con la espuma, / con alta presunción, nave de pluma».  Nada de nuevo añade al conocido argumento, aunque las barrocas descripcio­nes de flores, frutas y animales merecen un recuerdo especial. El interés del poema re­side en la segunda parte. Lope se presenta en forma de Ruiseñor para rechazar los ata­ques de Torres Rámila, el Tordo.

Como es lógico, defiende «lo que ha cantado»: El Isidro, La Arcadia, La Jerusalén, etc., añadiendo: «Mas haced reflexión en la memo­ria / de novecientas fábulas oídas / por toda España…».  Lope cuenta, con una esti­lización sorprendente, toda su vida: cómo hizo versos desde su niñez, cómo se ena­moró de Elisa (Elena Osorio) y ésta le des­deñó por la Oropéndola lustrosa (don Fran­cisco Perrenot), y cómo sintiéndose recha­zada, porque el poeta prefirió después a Nise (Isabel de Urbina), le mandó prender y fue condenado al destierro. Refiere luego su aventura en la Armada Invencible, y có­mo más tarde escribió La Dragontea, La Arcadia, etc. Pero no deja de ser notable que en ese poema, publicado en 1621, dejen sin aludirse dos mujeres que tuvieron tan gran importancia en la vida y obras del Fénix: Micaela de Luján, la «Camila Lucinda» de sus versos, y Marta de Nevares, su «Amarilis». El volumen contiene además una novela, Las Fortunas de Diana, dirigida a la señora Marcia Leonarda (Marta de Ne­vares); el poema Descripción de la Tapada, en 91 octavas en las que describe la quinta del duque de Braganza; un poema muy be­llo y también muy gongorino a ratos, con el mito de Andrómeda, y, por último, di­versas Epístolas. (Cfr. los poemas en la «Bi­blioteca de Autores Españoles». XXXVIII).

J. M. Blecua

Filología del Porvenir, Ulrich von Wilamowitz-Mollendorff

[Zukunftsphilologie!]. Crítica de los Orígenes de la tragedia (v.) de Nietzsche, por Ulrich von Wilamowitz-Mollendorff (1848-1931), publi­cada en Berlín en 1872. Wilamowitz, con la ironía procedente de un temperamento opuesto, llama la atención de Nietzsche, en este opúsculo, sobre el rigor de la investi­gación científica y sobre el respeto hacia las conquistas de la filología. El arte grie­go no ha de ser explicado con presupues­tos dogmáticos inspirados en la filosofía de Schopenhauer y en la música de Wagner, sino en su misma necesidad histórica. La admiración hacia Winckelmann, dice, re­sulta algo convencional si uno carece de comprensión para la variedad de las épocas y de los estilos, si se equivoca en las refe­rencias arqueológicas y especialmente si des­cubre, en el espíritu griego, el goce de la disonancia y la disolución. Apolo no puede redimir, como divinidad del sueño, de tal supuesto pesimismo griego, pues es el con­creto dios de la luz, surgido de la venera­ción prehelénica por los fenómenos natura­les; ni Homero, coronado por una tradición rapsódica secular, puede ser el artista inge­nuo y solitario, absorto en su propia visión consoladora; ni el personalísimo Arquílóco puede ser el padre del anónimo canto po­pular.

Y de la misma manera que es pueril comparar Dionisos con Apolo, como un Pitágoras y un Nerón, así es arbitrario hablar de una incontrolable tragedia lírica antes de Tespis, de un primer actor como «avatar» de Dionisos y del coro como de una masa vil. Los orígenes de la tragedia no remontan al Dionisos iniciado misteriosófico, sino al popular y campestre, ni tienen nada que ver con la música, que se desarro­lla solamente más tarde, y no por mérito de la tragedia. Por lo que se refiere al fi­nal de ésta, hay que señalar que el drama de Eurípides nace de sentimientos opuestos a los preceptos de Sócrates, y que la amis­tad entre ambos es una evidente leyenda. Otro error es el interpretar el Prometeo de Esquilo al modo de Goethe, como hombre potenciado a titán, y atribuirle hasta una justificación dialéctica de los opuestos (más allá del bien y del mal). En resumen: que el nuevo apóstol tome el tirso y predique su evangelio, pidiendo ante todo un ascéti­co amor por lo verdadero. Esta réplica de Wilamowitz, a sus veintitrés años, a su ex compañero de colegio, que le llevaba cua­tro años, es la rebelión del filólogo y sabio contra el filósofo y poeta, constructor de mitos. El opúsculo confirmó a Nietzsche en su desprecio por la mezquindad de la cien­cia; no quiso contestar, aunque incitó a la lucha a su amigo Rodhe; con su contesta­ción, escrita en forma de carta a Wagner, y la «carta abierta» del mismo Wagner, ofendido por el título que parodiaba su proclamada «música del porvenir», se cerró esta polémica, que sirvió para precisar las recíprocas posiciones espirituales.

L. Vertova

El Filo de la Navaja, W. Somerset Maugham

[Razor’s Edge]. Novela del escritor inglés W. Somerset Maugham (n. 1874), publicada en 1944. Lawrence Darrel, Larry, el héroe de la novela, es un joven poseedor de una mo­desta renta que le basta para satisfacer sus necesidades: intelectual por encima de todo, hambriento de lo absoluto, busca, antes de vivir, la respuesta a los grandes problemas, al problema del origen y del fin de la vida. Sus aspiraciones no tienen nada que pueda complacer a su novia, Isabel, sobrina de Eliott Templeton, hábil aventurero, corre­dor de cuadros, provisto además de un só­lido barniz mundano. Isabel desea el lujo, sueña en una situación más confortable en su matrimonio, se burla no poco de la metafísica y querría que su prometido aban­donara sus bibliotecas y sus museos para dedicarse con provecho a los negocios; pe­ro Larry rehúsa todas las plazas que se le proponen. Marcha a Francia para prose­guir sus estudios en la Biblioteca Nacional de París. Isabel se le une después de dos años para intentar arrancarlo de sus aficio­nes y le somete al chantaje de la ruptura; ante el estupor de la joven, Larry acepta la separación. Obligada por su propia astucia, Isabel cede finalmente a las instancias de Gray Maturin, un millonario de Chicago que estaba enamorado de ella desde hacía mucho tiempo.

Se celebra el matrimonio. Larry, como medida de higiene cerebral, va a trabajar a una mina de carbón. Con un polaco de temperamento místico, que ha encontrado en la mina, viaja a continuación por Bélgica y alemania. En Bonn, Larry pasa un año en un convento benedictino. Más tarde, como la religión no ha sabido responder mejor que la metafísica a la in­quietud de su alma, parte hacia España, cree que acaso el arte pueda allí revelarle un camino. Poco después emprende un lar­go viaje hacia la India, Birmania y China: entre los brahmanes, que le enseñan el arte de hipnotizar y de curar, encuentra por fin una cierta paz interior. Regresa a París diez años después del matrimonio de Isabel, donde encuentra a la joven junto a su ma­rido. El millonario se ha arruinado a causa del «krak» de 1929. Isabel ama a su marido sin duda alguna, pero no se ha apagado en su corazón la ternura de juventud que sen­tía por Larry. Así, cuando Larry encuentra a Sofía, una de sus antiguas camaradas de Chicago, Isabel no puede contener su cóle­ra, tanto más cuanto que se habla de ma­trimonio entre Larry y Sofía. Ésta, después de la muerte de su primer marido y de su hijo en un accidente de coche, se había entregado a la bebida y las drogas. Larry la ha cuidado y ha logrado curarla. La víspera del matrimonio, Isabel, que había ofrecido a Sofía su vestido de ceremonia, invita a la muchacha a su casa para una última prueba. Antes de la llegada de So­fía, Isabel se va dejando a la vista sobre la mesa una botella de vodka. Sofía bebe y se emborracha, huyendo para siempre a Tolón, y precipitándose en el vicio, se la en­cuentra un día con la cabeza cortada. Larry, hastiado, apaciguada, ya que no satisfecha, su fiebre intelectual, acaba por distribuir su dinero y se enrola en la tripulación de un buque que parte a América, donde espera encontrar una plaza de chófer.

Antes de partir ha escrito un libro con el resultado de sus investigaciones, pero no le inquieta demasiado el saber si el libro tendrá éxito o no; cree que de ahora en adelante sólo podrá encontrar la felicidad y la alegría en la existencia más ordinaria posible, lejos de las riquezas y de los snobs. Cada uno es recompensado según sus deseos: el tío Templeton ha llegado a ser una de las ce­lebridades del snobismo parisién. El viejo aventurero muere en el seno de la Iglesia y deja una fortuna a su sobrina. Isabel vuelve por tanto a ser aquello que toda la vida ha soñado: rica. Incluso ni con ella se muestra severo Maugham. Se diría que se ha propuesto, a despecho del carácter a menudo convencional de sus personajes, y a pesar de sus errores, el hacerlos igual­mente interesantes al lector. Pero la idea principal del autor fue sin duda la de es­cribir la «novela del aprendizaje» de un joven intelectual moderno.

Filodemo, Luis de Camóes

Comedia del gran poeta por­tugués Luis de Camóes (1524-1580), repre­sentada en 1555, en Goa, y publicada en 1587, después de su muerte, para celebrar el nombramiento de Francisco Barreta como gobernador de Goa. Es una típica comedia de ambiente fantástico basada en un doble reconocimiento. Filodemo y Florimena, huér­fanos de padre y de madre, después de ser criados por un pastor, van a servir a la casa de su tío Lusidardo y se enamoran respec­tivamente de su prima y de su primo. La revelación lleva la trama, que se desarrolla en cuadros netamente cortados, a una feliz solución. Es una comedia de escaso valor teatral y literario, dedicada más a motivos decorativos y a lentos procesos del senti­miento que a captar y representar la vida.

A. R. Ferrarin