Filosofía Botánica, Carlos Linneo

[Philosophia Bo­tánica]. Obra en la que el naturalista sueco Carlos Linneo (1707-1778) hace un comentario a su obra anterior, Fundamenta Bota- nica (1735). Linneo dictó la Filosofía a su discípulo P. Lófling, mientras guardaba ca­ma inmovilizado por un ataque de gota. También esta obra de Linneo lleva el sello de su clasificación sexual de las plantas, la cual — si bien tiene el defecto de no ser una clasificación natural que trate de uni­ficar y distinguir las plantas atendiendo a sus afinidades biológicas — tuvo el mérito de poner orden donde antes todo estaba desordenado, constituyendo una especie de índice al gran libro de los vegetales, o una especie de mapa de aquel mundo, según las propias palabras de Linneo: «Plantae ommes utrique affinitatem monstrant, uti territorium in mappa geographica». Según ya es sabido, la clasificación de Linneo — que no era un fisiólogo y menos aún un embriogenista — se funda en la aguda ob­servación de los caracteres externos, y en particular sobre la disposición y la estructura de los estambres y de los pistilos; es, por tanto, una clasificación fundamental­mente morfológica. La Filosofía es históri­camente notable, porque en ella el autor expone por primera vez el método de la «nomenclatura binomia» para indicar las plantas, en tanto que en las obras anterio­res se había valido aún — para designar la «especie» — de breves definiciones que se­guían el nombre del «género», según el uso adoptado por sus predecesores (Ray, Jung, Tournefort, etc.).

U. Forti

De la Filosofia, Aristóteles

Obra de Aristóteles (384-322 a. de C.), des­tinada al gran público, compuesta segu­ramente poco después de la muerte de su maestro Platón (347) y conservada frag­mentariamente. Debía tener forma dialo­gada, y estar constituida por un prólogo y tres libros. Empezaba con un bosquejo del proceso histórico del pensamiento filosó­fico y religioso desde Zoroastro y los an­tiguos magos persas hasta la Academia: primer ejemplo de una historia de la filo­sofía concebida críticamente con intento de establecer con precisión su cronología. La historia del pensamiento que Aristóteles intenta en esta’ obra, parte de la idea de que, en el tiempo, renacen periódicamente, en ciclos, los mismos motivos centrales: cada ciclo tiene su inicio en una inspiración del dios Apolo, que ha iluminado a los antiguos magos, a los fundadores de la religión órfica y a Sócrates, fundador del platonismo. Por otra parte, la religión astral de Zoroastro es comparada al dualismo platónico, espe­cialmente al desarrollado en las Leyes (v.). Aunque el autor se halla todavía, en esta obra, bajo la influencia de Platón y de la Academia, se manifiestan ya señales evi­dentes de separación entre el pensamien­to aristotélico y el platónico académico.

Efectivamente, a juzgar por el modo cómo se establecen las fechas, no parece que Zo­roastro y Platón sean considerados como estadios finales o culminantes de sus res­pectivos Ciclos históricos; y el segundo li­bro de la obra contenía ya un esbozo de crítica del dualismo de la teoría platónica de las ideas. El tercer libro, en realidad, desarrolla los conceptos de una teología astral de inspiración netamente platónica, en la que, sin embargo, los astros no son ya «divinos» e «imágenes» de lo divino, sino «dioses visibles» propiamente dichos. El cielo es divino, increado e imperecedero, contra lo que dice Platón en el Timeo (v.); el éter, y no el aire o el fuego, es el ele­mento celeste: y como en los demás ele­mentos — tierra, agua, aire y fuego — viven animales, también deben vivir en el éter; estos animales, viviendo en el elemento más sutil, rarefacto y puro, deben ser velocísi­mos, inteligentísimos y purísimos; esto es, dioses; así los cuerpos astrales — o sea, los astros — son seres vivientes, que se mueven eternamente y con perfecta regularidad, no por causas mecánicas, sino por obra de sus almas, las cuales obedecen espontáneamente a su ley interior, derivada del Dios tras­cendente a cuya perfección se esfuerzan en adecuarse. En cuanto llega al «templo del Cosmos», al indagar los astros y su natu­raleza, el alma debe estar llena de un sentimiento de devoción y debe recogerse com­pletamente en sí misma.

La obra culmina con la demostración de la existencia de un Dios perfectísimo, motor inmóvil del Uni­verso, trascendente, causa final y suprema de todo el devenir natural. Tal demostra­ción se funda en la concepción, que Aris­tóteles seguirá sosteniendo, aun en su ma­durez, de que en la naturaleza todo está dispuesto por grados, de modo que las rea­lidades situadas en grados inferiores tienden a las realidades de los superiores. Debe, pues, haber en la naturaleza un Ser situado en un grado supremo, perfectísimo, al cual tiende todo el Ser: éste «podría» ser Dios. Que realmente lo es, nos lo dice una cer­teza interior, subjetiva, que nace de aquel sentido de admiración y arrebato extático que el alma experimenta contemplando el cielo estrellado y de la experiencia del po­der adivinatorio del alma, la cual alcanza su verdadera naturaleza en los momentos en que se separa del cuerpo, como en el sueño y en la proximidad de la muerte. La obra refleja una concepción metafísica todavía próxima a la platónica, aunque ya en des­acuerdo con ella: por lo tanto, no la que más tarde su autor adoptará definitivamente y en la cual hará todos los esfuerzos para superar toda forma de trascendencia. Sin embargo, la orientación teleológica es ya aristotélica, como, bajo el barniz inmanentista, seguirá viviendo en Aristóteles la vena teológica y edificatoria que informaba este escrito. Es notable, sobre todo, para la his­toria posterior de la ciencia helénica, la teologización de la astronomía, que antes de Platón y Aristóteles se consideraba, por el contrario, la más atea de todas las cien­cias; aquí nacen esos presupuestos teológi­cos de los que tanto le costará librarse a la astronomía del Renacimiento, para lle­var la ciencia de la naturaleza a su fase positiva.

G. Preti

Filosofía Antigua Poética, Alonso López Pinciano

Arte poética del médico, poeta y humanista va­llisoletano Alonso López Pinciano (1547- 1628?), publicada en Madrid en 1596, la más importante de las poéticas aristotélicas españolas de los siglos XVI y XVII. Divi­dida en trece epístolas dialogadas, seguidas de un breve comentario en forma de carta en donde el fingido corresponsal del Pin­ciano resume y comenta las doctrinas ex­puestas en el diálogo precedente, la Filo­sofía Antigua Poética no es ya la obra de un gramático, de un tratadista de retórica ni de un preceptista métrico. Desde sus comienzos aspira a elaborar un sistema com­pleto de ideas estéticas en un vasto retablo de pensamientos y doctrinas que constitu­yen una verdadera teoría filosófica de los géneros literarios. Y aun cuando el funda­mento de este sistema es, naturalmente, el Arte Poética de Aristóteles, la riquísima profusión de ideas que el Pinciano expone en sus comentarios a la doctrina aristo­télica se estructura en un sistema original y profundo. Surgida en el ápice de una riquísima tradición crítica iniciada por los comentaristas aristotélicos italianos y es­pañoles, es una obra de síntesis y de plena madurez cultural. Al igual que el ideario estético de Herrera, el pensamiento del Pin­ciano procede de fuentes más profundas que las de una mera anotación de los preceptos horacianos o de una imperfecta asimilación de las ideas aristotélicas aprendidas en las páginas de Scalígero.

Un conocimiento di­recto de la Poética de Aristóteles, una vas­ta erudición humanística y una copiosa lectura de los comentaristas latinos e ita­lianos sitúan su pensamiento estético a un nivel no alcanzado hasta entonces por nin­guno de nuestros preceptistas. Es evidente que el Pinciano da el paso gigantesco que va de la preceptiva métrica de Sánchez de Lima o Díaz Rengifo a la crítica literaria y a la filosofía del arte, merced a su pro­funda erudición poética y a sus vastos co­nocimientos de la obra de los preceptistas aristotélicos. Además de Robortelli y Castelvetro, conoce las poéticas de Minturno y Fracastoro y sigue con especial preferencia los Discor si sul Poema Eroico de, Torquato Tasso, la más original y profunda de las poéticas italianas del siglo XVI. El influjo del Tasso en la Filosofía Antigua Poética del Pinciano explica buena parte de sus teorías sobre la novela y el poema épico. Ello no menoscaba en un ápice la origina­lidad de nuestro gran preceptista que, como afirmó Menéndez Pelayo, «es el único de los humanistas del siglo XVI que presenta lo- que podemos llamar un sistema litera­rio completo, cuyas líneas generales pue­den restaurarse, aun independientemente del texto de Aristóteles». Y, en efecto, embebido en la lectura directa de la obra aristotélica y en la exégesis de los comen­taristas, el Pinciano desarrolla un sistema original de una amplitud muy superior a la de sus modelos, que le convierte en uno de los primeros teorizadores de la estética literaria en la Europa del Renacimiento.

Su identificación del arte poética con la filo­sofía de la creación artística, su búsqueda denodada de los principios en que se basa la poesía y su interés exclusivo por la esencia metafísica del arte le convierten en el creador de la filosofía literaria en la España del siglo XVI. Al abarcar en una síntesis armoniosa el estudio de la esencia y causas de la poesía, de las diferencias de poemas, de la fábula, del lenguaje poético, del metro, de la tragedia y sus diferencias, de la comedia, de la ditirámbica, de la poe­sía heroica, de las seis especies menores de la poética, e incluso de los actores y re­presentantes, el Pinciano nos ofrece uno de los corpus más vastos de doctrinas literarias y estéticas que haya escrito ningún preceptista del Renacimiento. Sólo la poética de Scalígero se basa en un propósito tan ambi­cioso, y es evidente que la obra del Pin­ciano la supera en penetración crítica, en pensamiento estético y en exacta compren­sión de las doctrinas aristotélicas. Él es el primero, en efecto, que haciendo suyas las doctrinas de Huarte de San Juan en el Exa­men de Ingenios, intenta determinar las condiciones psicológicas que rigen la facul­tad poética. Él es el primero que elabora una completa filosofía del arte y que se eleva desde la determinación fisiológica del temperamento artístico hasta la misma esen­cia de la creación poética, y que al desen­trañar los principios y razones de la poesía como creación espiritual, sienta las bases en España de la filosofía de la ciencia lite­raria.

Por su exclusión rigurosa del puro artificio métrico de la versificación como verdadero fin del arte poético, y por su in­terés exclusivo en los valores esenciales de la poesía, crea la moderna estética literaria. La ortodoxia aristotélica del Pinciano, ma­tizada por una profunda comprensión de los verdaderos fines del arte, se limita a la esencia de la creación artística, sin des­cender a los dogmas formales de la retórica. De ahí que su estética del orden surja en el fondo de las más osadas creaciones del aparente desorden barroco y que a pesar de su profunda inspiración clásica haya ejercido un decisivo influjo en las letras españolas de los siglos XVI y XVII.

A. Vilanova

Filosofía Anatómica, Étienne-Geoffroy Saint-Hilaire

[Philosophie anatomique]. Obra de Étienne-Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844), aparecida en dos volúmenes entre los años 18JL8-1822, en la que se exponen los conceptos de una nueva interpretación de la anatomía formal y fun­cional, como resultado del examen compa­rativo de las formas de los seres vivientes. Frente a las numerosas especies ya conoci­das por la zoología de su tiempo, el autor adopta la actitud de un hombre de ciencia audaz y sistemático, concentrando especial­mente sus investigaciones sobre las relacio­nes existentes entre todos los órganos de un ser viviente dado, y entre las de organismos más o menos afines. Reveló así un sinfín de diferencias y analogías, sirviéndose de un método puramente descriptivo, pero recu­rriendo también al estudio de los embriones y fetos. Saint-Hilaire llegó así a resumir los resultados de sus investigaciones, for­mulando verdaderas «leyes», algunas de las cuales son muy conocidas y de capital im­portancia: «Un órgano particularmente des­arrollado en una especie, perturba el des­envolvimiento de los demás» (principio del equilibrio de los órganos, según el cual, por ejemplo, en una especie en la que las alas se desarrollen de un modo particular, es­tarán menos desarrolladas las patas). O bien: «Las especies pueden transformarse, y la clasificación debe atender todo lo po­sible al parentesco entre las especies».

La última afirmación nos hace comprender por qué Saint-Hilaire ha sido merecidamente considerado como uno de los antecesores del evolucionismo. A decir verdad, se pue­de observar en él una facilidad excesiva para descubrir entre los órganos analogías que, a menudo, no se apoyan en razones convincentes. Por eso su «transformismo» de la especie queda como una teoría un tanto vaga y sumaria, porque las causas de la transformación quedan desconocidas. Y, por fin, el propio título de Filosofía anatómica promete mucha más filosofía que la que en la obra se expone. Sin embargo, la obra tuvo decisiva importancia en el desenvolvi­miento del pensamiento científico moderno. El propio Saint-Hilaire amplió más tarde sus investigaciones, tratando de profundizar su alcance teórico, sobre todo en otra obra, Principios de filosofía zoológica. Pero su fama continúa basada en la Filosofía ana­tómica, que tuvo el mérito de la novedad y alcanzó además gran resonancia en el campo de la cultura literaria, hasta el pun­to de despertar vivísimo interés en Goethe y la entusiasta y significativa admiración de Balzac. Éste declaró que su propósi­to al escribir la Comedia Humana (v.) era hacer una obra análoga a la de Saint- Hilaire en el campo de la psicología indi­vidual y social, y lo califica, junto con Cuvier y con Napoleón, como uno de los genios más originales y eficaces del nuevo siglo.

C. Barigozzi

La Filósofa Italiana o Las Aventuras de la Marquesa N. N., Pietro Chiari

[La filosofessa italiana, ossia Avventure della Marchesa N. N.]. Novela del abate Pietro Chiari (1711- 1785), publicada en Venecia en 1753. Es la primera de las novelas originales de Chia­ri. Como todas las que le siguen, tiene for­ma autobiográfica; en el curso de la na­rración, que ocupa casi mil páginas, la protagonista cuenta su propia vida, cre­yendo que podrá ser instructiva para los demás. Educada en un convento de Avignon, sin conocer su nacimiento, se enamora del joven conde de Termes, hermano de una compañera de colegio. Cuando éste par­te para Italia, ella decide seguirle, y huye del convento como una nueva Manon (v.). Vestida de hombre, con el nombre de conde de Ricciard, se hace escudero de una du­quesa de Fontainebleau, mujer de un viejo duque celoso, la cual está en relación amo­rosa con un príncipe. Tras de una serie de intrigas, deja a su señora y llega a Milán después de mil aventuras; aquí no halla al conde de Termes, pero en cambio termina por ser nombrada jefe del ejército francés de Italia, durante la guerra de sucesión polaca.

Vuelta a París, libera a su amado, que allí estaba prisionero y se casa con él, después de haber descubierto que sus pa­dres son la duquesa a cuyo servicio había estado y el príncipe. Queda viuda con dos hijos, en Nápoles la corteja el marqués de Rivoli, con el que termina casándose, des­pués de innumerables aventuras y viajes a Francia, a Amsterdam, a Londres. Escrita por Chiari nada menos que con la intención de arrebatar a Francia y a Inglaterra la palma de la novela, esta obra posee todos los defectos característicos del autor: pro­lijidad, superficialidad, improvisación, des­cuido del lenguaje y del estilo. Sin embar­go, tuvo un éxito enorme, reflejado en diez ediciones, por la facilidad y vivacidad del estilo y la ininterrumpida sucesión de aventuras. Hay algunos tipos y personajes bien caracterizados y tratados con notable sentido cómico; en cuanto a la filosofía, sólo se encuentra en el título, con el que el autor quiso halagar al gusto del tiempo, y que sin duda le fue sugerido por el Filó­sofo Inglés (v. Historia del señor Cleveland, del abate Prévost).

A. Salvatorelli