Genealogías, Abraham Zacut

[Séfer ha-Yuhasín]. Obra histórico literaria del judío español Abraham Zacut (hacia 1450-1510). El autor, célebre matemático y astrónomo, que fue profesor de la Universidad de Salamanca, la empezó en España, pero la terminó, en 1504, en Tú­nez, donde se había establecido. Se editó por vez primera en Constantinopla, en 1566; posteriormente ha sido reimpresa varias ve­ces, siendo la mejor edición la crítica de H. Filipowski (Londres, 1857). Se trata de una crónica de la historia judía desde la Creación hasta el año 1500, consagrada casi por entero a la historia de los doctos he­breos, ya que el fin que se propuso Zacut fue dar informes acerca de la transmisión de la tradición oral recogida en la Misná (v.). Relata las vicisitudes de los judíos en la Diáspora, sobre todo en España, aunque el último libro contiene una crónica uni­versal. Transcribe extensos pasajes del Li­bro de la Tradición (v.) de Abraham ben Daud, amén de utilizar otras fuentes, in­cluso cristianas y musulmanas. El valor del Séfer ha-Yuhasín es grande para la histo­ria de la literatura judía, a pesar de sus errores — por eso se ha dicho que esta cró­nica es más célebre que útil—, que obligan a manejarla con precaución.

D. Romano

Las Genealogías, Ferécides de Atenas

Son diez libros, hoy fragmentarios, compuestos por Ferécides de Atenas (siglo VI a. de C.), por sobrenombre el Geneálogo, primer pro­sista griego, que escribió en dialecto jónico la historia mítico legendaria de Grecia. Co­nocidas también con los nombres de Historias y Autóctonos, las Genealogías se enlazan con la Teogonía (v.) de Hesíodo; si éste había can­tado el nacimiento de los dioses y la lu­cha contra los gigantes, Ferécides traduce el canto en prosa y en su primer libro, ti­tulado precisamente «Teogonía» trata de estas míticas gestas, a las cuales siguen, en el segundo libro, las desventuras que hubo de sufrir Prometeo por haber creado al hombre, en el tercero los trabajos de Hércules, que liberó a la humanidad de los monstruos que la oprimían, y en los restantes las varias leyendas griegas, divi­didas y ordenadas según un criterio geo­gráfico desde Argos a Creta, y desde Eolia a Arcadia, a Laconia y hasta Ática, cuya capital, Atenas, era la ciudad natal del es­critor.

El método seguido en este relato, que quisiera ser histórico, pero que en rea­lidad es fabuloso y legendario, es el mismo método genealogista con que la cultura jó­nica contemporánea había ordenado sus propios conocimientos: el fundamento co­mún a todas las investigaciones era la gnoseología fisiológica, la cual, entre los jó­nicos, se atenía a la concepción puramente física del mundo como filiación de elemen­tos primigenios. Al modo de los filósofos naturalistas contemporáneos, jonios como él, Ferécides consideraba que todo el uni­verso, personificado por las distintas divi­nidades, tanto en su conjunto como en sus diversas partes, había nacido de la unión de dos elementos a los cuales atribuía sexo distinto y facultades procreadoras. Así na­cían los dioses, y así nacían los héroes; y de generación en generación el historiador llegaba hasta la época más reciente, la edad de las leyendas patrias. Para él todo se re­solvía en genealogías, parentelas y sucesivas filiaciones; por ejemplo, todos los poetas estaban ligados por lazos de sangre; hijos, nietos y biznietos todos de Apolo, aparecían entre ellos como padres, abuelos, tíos, her­manos o primos, Lino, Orfeo, Museo, Ho­mero y Hesíodo. Y aunque la verdad de estas relaciones de parentesco no estuviera demostrada o no fuera demostrable, que­daba para siempre afirmada la relación cro­nológica que había entre un poeta y otro.

La fortuna de Ferécides y más aún de su método genealógico, aplicado quizás enton­ces por primera vez a los estudios históricos en prosa, aparecía tanto más evidente cuan­do se piensa que al lado de Ferécides de Atenas surgieron otros dos escritores que, o por casualidad llevaron su mismo nombre o por deliberadas razones se lo pusieron, esto es, Ferécides de Siros y Ferécides de Leros, los cuales, en una época posterior, dedicados a estudios de arqueología, repi­tieron las investigaciones del gran atenien­se, aplicándolas, no ya al Ática, sino a sus respectivas patrias. La homonimia entre es­tos escritores dió pie a la confusión de sus personas.

F. Della Corte

Sobre la Genealogía de la Moral, Friedrich Nietzsche

[Zur Genealogie der Moral]. Obra filo­sófica del alemán Friedrich Nietzsche (1844- 1900), escrita y publicada en 1887. Escrita con la intención de insistir sobre el alcance de su obra anterior, Más allá del bien y del mal (v.), está compuesta de tres ensayos titulados: «Bondadoso y malvado, bueno y malo»; «Culpa, mala conciencia y afines»; «¿Qué significan los ideales ascéticos?» En el primero, Nietzsche trata de la esencia y del origen del Cristianismo, que, según él, nace del espíritu de resentimiento y no del «Espíritu», y consiste en una reacción e insurrección contra el predominio de los valores aristocráticos. En el segundo, la «conciencia» es reconocida por Nietzsche no como la voz de Dios en el hombre, sino como el instinto de crueldad que se re­pliega sobre sí mismo cuando no ha podido desahogarse exteriormente: de ahí la tesis de que la crueldad es un elemento imposible de suprimir en la civilización. En el ter­cero, Nietzsche encuentra la explicación de la potencia (que él considera maléfica) del ideal ascético-religioso en el hecho de que aquella forma de disciplina era «hasta Zarathustra» la única que fue propuesta a los hombres. Nietzsche consideró esta obra co­mo preparación de la inacabada Transmutación de todos los valores (v.), y como afirmación de los conceptos expuestos en la precedente Más allá del bien y del mal, a la cual se hermana por su valor filo­sófico.

G. Alliney

Gema Purpúrea, Guido Fava

Obra estilística latina del «dictador» Guido Fava (Faba), boloñés (n. antes de 1190-m. poco después de 1243), constituida por las páginas así designadas en los códices y que formaron parte origi­nariamente de su Doctrina ad inveniendas, incipiendas et formandas materias, aprox. de 1237, publicada en Munich por Rockinger, en 1863.

La Gema purpúrea, que editó Monaci en Roma, en 1901, es la exposición práctica de la doctrina estilística enunciada en la Summa dictaminis (v.): tanto para las cartas como para los discursos, se examinan diversos formularios y principios, con el fin de poder alcanzar con la lengua vulgar boloñesa la grandilocuencia y solemnidad de los antiguos. La obra se propone ennoble­cer, siguiendo las mismas disciplinas clási­cas, todo lo que pertenece a la actividad co­munal, con un procedimiento estilístico regular y armónico que sólo había poseído la Curia romana por su estilo cancilleresco. La Gema interesa también por el hecho de que el «dictador» vierte al boloñés algunos exor­dios latinos, que ya aparecen en otras obras suyas; es, por consiguiente, un importante documento de la prosa italiana de carácter retorizante y, en consecuencia, una tenta­tiva áulica constituida por cláusulas rítmi­cas y, esporádicamente, por versos, rimados o no, y de diversos «colores retóricos», ade­cuados para hacer agradables y elegantes los razonamiento curiales y prácticos. Estos ejemplos estilísticos son, asimismo, impor­tantes desde el punto de vista histórico, tan­to para la cultura latina de la Edad Media como para la lengua italiana y la cultura comunal.

C. Cordié

Gempei Seisuiki, Genkei

[Historia de la lucha entre Minamoto y Taira]. Relato histórico japonés, en 48 volúmenes, de las guerras civiles feudales de la época de Kamakura. La paternidad de la obra es dudosa: algu­nos la atribuyen al sacerdote Genkei que, según ellos, desarrolló una parte de la fa­mosa obra Heike Monogatari (v.); otros la atribuyen a Doi Tsunehira, que debió de escribirla entre 1248 y 1250. Cierto es que esta obra reúne materia tratada en textos anteriores, algunos de los cuales han lle­gado hasta nosotros, como el Kurokawa, el Matsui y el Naikaku Bunko.

El Gempei Seisuiki narra la historia de la familia Tai­ra, partiendo de Taira-no-Tadamori (1096- 1153), que fue su primer miembro admitido en la Corte. Su hijo Kiyomori (1118-1181), aprovechándose de la confianza que goza junto al emperador, monopoliza para su propia familia los puestos más importantes del gobierno. Pero la familia Fujiwara, ya muy influyente, uniéndose a los sacerdotes de Kyoto, urde una conjura para destruir el poder de los Taira. Kiyomori descubre a tiempo este propósito y, después de haber dispersado a los jefes de la facción adver­saria, depone al emperador Tukakura (1169- 1180) y pone en su lugar a Antoku (1181- 1183), haciéndose nombrar primer ministro. Mientras tanto, en Uji, otra familia de feu­datarios, los Minamoto, se rebela contra los Taira, guiada por el famoso Yorimoto y por su hermano Yoshitsune, los cuales, después de reunir grandes fuerzas en la provincia de Izu, avanzan hacia Kyoto; si­multáneamente, otra rama de la misma fa­milia, capitaneada por Yoshinaka, se rebela contra el poder de los Taira, derrota sus tropas y llega hasta Kyóto. Pero abusando de su victoria, los vencedores pierden el favor del trono y del pueblo, y cuando Yorimoto y Yoshitsune se acercan a la ca­pital, Yoshinaka es derrotado y halla la muerte. Los dos hermanos atacan a los miembros de la familia Taira y los empujan hacia la costa: ellos, al verse acosados de aquel modo, antes que caer prisioneros de sus adversarios o morir en sus manos, se arrojan al mar. En este momento surgen desavenencias entre los dos hermanos vic­toriosos, que degeneran en enemistad: el menor, Yoshitsune, al sentirse en peligro, huye a Oshü (norte del Japón), y aquí ter­mina el relato.

El estilo de esta obra es muy adornado, y su narración minuciosa; pero la falta de unidad y los defectos de cons­trucción lo hacen literariamente inferior al Heike Monogatari. Con todo, el Gempei Seisuiki ejerció gran influencia en la lite­ratura japonesa, que sacó de él materia para varias obras: algunas partes del Mai-no-hon (libro de danzas de carácter religioso); del teatro (Nó); de los Kyógen (teatro cómico clásico) y del Jóruri (parte literaria del tea­tro clásico) así como muchísimas novelas y cuentos clásicos y modernos.

S. Nogami