Diego Barros Arana

Historiador chi­leno n. en Santiago en 1830, m. en 1907. Fracasado en sus intentos de terminar la carrera de Leyes, se dedicó a la investiga­ción histórica y al periodismo.

Fundó El Museo, de carácter literario, en 1853; El País, político, de oposición al Gobierno Montt (1857); El Correo del Domingo (1862), la Revista Chilena (1875-1880), en colabo­ración con Miguel Luis Amunátegui; estas dos últimas publicaciones, de orientación cultural.

Rector del Instituto Nacional (1863-1872) y de la Universidad de Chile (1893-1896), redactó buen número de tex­tos escolares e influyó poderosamente en la educación pública de su país. Su prestigio y sus conocimientos geográficos movieron al Gobierno chileno a encargarle la negociación de la cuestión de límites con Argen­tina (1876-1891).

Su obra fundamental es la Historia general de Chile (v.). Comple­mentan su personalidad de historiador los siguientes trabajos: Estudios históricos so­bre Vicente Benavides y las campañas del Sur (1850), El general Freire (1852), His­toria general de la independencia de Chile, en cuatro volúmenes (1854-1858); Las cam­pañas de Chiloé (1856), Vida y viajes de Hernando de Magallanes (1864), Compendio de Historia de América (1865), en dos volú­menes, Historia de la guerra del Pacífico (2 vols., 1880-1881), que le encargó el Go­bierno, y Un decenio de la historia de Chile (2 vols., 1905-1906). El índice de nombres de su monumental Historia general de Chile fue redactado por Carlos Vicuña Mackenna y publicado por la Revista chilena de His­toria y Geografía.

Sus aficiones literarias lo llevaron a escribir también estudios pre­ceptivos e históricos de literatura, así como unas curiosas Notas para una bibliografía de obras anónimas y seudónimas sobre la historia, la geografía y la literatura de Amé­rica (1882). La objetividad de su obra histórica se ve frecuentemente perjudicada por un apasionado sentido nacionalista.

J. Sapiña

Joáo de Barros

Nació probablemente en Viseu en 1496 y m. en la finca S. Lourengo, próxima a Ribeira de Litém, el 20 de octu­bre de 1570. Entró al servicio del príncipe don Juan, luego rey con el nombre de Juan III, y en 1525 fue nombrado por éste tesorero de la Casa de la India.

En 1530, y debido a la peste, se retiró a su propie­dad de S. Lourengo; pero tres años des­pués volvió a Lisboa, donde se le nombró apoderado de la antedicha institución. Salvo un triste paréntesis brasileño durante el cual perdió gran parte de su patrimonio, conservó el cargo citado hasta 1567, año en que de nuevo y definitivamente pasó a residir a S. Lourengo.

Ya la primera de sus obras, la novela caballeresca Crónica del emperador Clarimundo (1520, v.), permitió vislumbrar los propósitos épicos del futuro historiador: la exaltación y la consolida­ción del Imperio portugués mediante la pluma.

Moralista en los Rhopica Pneuma o Mercadoria espiritual (1532), y autor de una Cartinha para aprender a ler, especie de silabario publicado en 1539, y de la se­gunda gramática de la lengua portuguesa (1540), vinculó su nombre a las tres Déca­das asiáticas (v.), aparecidas en los años 1552, 1553 y 1563, valiosa fuente de infor­maciones sobre los descubrimientos de los portugueses y el mundo físico y humano dominado por éstos.

Sometido todavía a es­quemas medievales en su concepción providencialista de la historia, Barros siguió en la exposición el modelo clásico de Tito Livio, y procuró que su obra, tanto por la importancia de su planteamiento como por la dignidad del estilo, sobrio y vigoroso, resul­tara adecuada al elevado tema escogido.

Acudió a los autores latinos singularmente para la construcción de la frase; el léxico, en cambio, aun cuando enriquecido con tér­minos exóticos, mantiene un carácter popu­lar de tipo medieval. Más pomposa y ora­toria resulta la prosa de los Panegíricos de la infanta doña María y del monarca don Juan III.

Las tres Décadas asiáticas presen­tan, además, un notable interés como fuen­te de Os Lusiadas (v.) de Camoes y concre­tamente del viaje de Vasco de Gama, can­tado en este poema.

J. Prado Coelho

Antón Giulio Barrili

Nacido en Savona el 14 de diciembre de 1836 y m. en Carcace, cerca de aquella ciudad, el 15 de agosto de 1908. Luchó en 1859 en el Ejército regular, y en 1866-67 en las huestes de Garibaldi. Periodista y escritor muy fecundo, fue siem­pre un tenaz defensor de los ideales garibaldinos.

Todavía muy joven colaboró en La Nazione y en San Giorgio, y dirigió II Mo­vimiento, II Caffaro e II Colombo. Fue dipu­tado izquierdista, y catedrático de literatura italiana en la Universidad de Génova. Com­puso unas sesenta obras, muchas de ellas, como El capitán Dodéro (v.), publicadas en los folletines de los periódicos de los cua­les fue director.

Su fama, empero, se halla vinculada particularmente a los textos garibaldinos, entre los que destacan las me­morias Con Garibaldi a las puertas de Roma (1895).

G. Vugliano

James Matthew Barrie

Nació en Kirriemuir (Escocia) el 9 de mayo de 1860 y m. en Londres el 19 de junio de 1937. Fue amorosamente inclinado por su madre hacia la actividad literaria, y ya cuando estudiaba en la Universidad de Edimburgo componía novelas y destacaba por sus escritos en la famosa London Gazette.

Establecido en Londres en 1885, seis años después había alcanzado la fama gracias a sus novelas El pequeño ministro [The Little Minister, 1891]; Margaret Ogilvy (1896), Sentimental Tommy (1896) y Tommy and Grizel (1900), delicadas fusiones de sentimentalismo y rea­lismo irónico situadas en la tradición de Dickens, pero inspiradas en los textos de Meredith, Stevenson y los grandes autores rusos.

Al teatro, empero, dio Barrie, a partir de 1900, sus obras más auténticas (v. El admirable Qrichton; Calle del gran mundo). Con él aparecía manifestado en delicados matices uno de los tonos más constantes del espíritu inglés: la melancolía nostálgica en forma de «humour», quizás el único senti­miento original del teatro de Barrie, por lo de­más bastante ecléctico (procedía tanto de Gilbert y Wilde como de Shaw, Maeterlinck y los rusos).

El fabuloso Peter Pan (v.) marcó en 1904 el punto culminante de la carrera teatral del autor, facilitada por su provechosa asociación con la actriz Maud Adams y el empresario Charles Frohman.

En 1909 se disolvió el desgraciado matri­monio de Barrie con una actriz, y después de este divorcio se formó en torno al escritor la imprecisa leyenda que le presentó cual un Peter Pan envejecido y dulcemente desengañado, con algo de sabio y de gnomo, siempre con la taciturna pipa, llevado por la realidad a una paz modesta y gris. Barrie gozó de una ancianidad tranquila y abun­dante en amistades y honores; pero su mun­do de ensueño fue transformándose, hasta Querido Bruto [Dear Brutus, 1917] y Mary Rose (1920), en otro espectral y triste, po­blado de impotentes y dolorosos fantasmas, habitantes de una realidad árida, desange­lada y cruel.

N. D’Agostino

Elizabeth Barrett Browning

Nació el 6 de marzo de 1806 en las cercanías de Newcastle-on-Tyne, y m. en Florencia el 29 de junio de 1861. Hija de una familia numerosa y acaudalada (su padre tenía propiedades en Jamaica), la grácil muchacha vivió du­rante varios años en el campo, y luego en Londres, aislada cual una incurable y bajo la dulce y penosa tiranía paterna, dedicada al estudio y a la traducción de los clásicos y a la composición de poesías que, publi­cadas a partir de 1820, le procuraron la amistad de hombres como Wordsworth y Landor.

La muerte de un hermano, ocurrida antes de que su familia se estableciese en la casa londinense de Wimpole Street, agra­vó su dolencia nerviosa. La colección de sus poesías, Poems, aparecida en 1844, y algu­nos ensayos en prosa le dieron popularidad.

Notable impresión, debida a su vínculo con una cruda realidad social, causó particular­mente la poesía El lamento de los niños (v.). Barrett B. vivió todavía una existencia os­cura hasta 1845, año en que, tras una breve correspondencia originada en la admiración mutua, logra conocer a Robert Browning.

La escritora provocó en el pacífico poeta una crisis que, por única vez en su vida, llevó­le a desafiar los convencionalismos sociales y a proponer a la amiga la rebelión contra la voluntad paterna, el matrimonio secreto y la huida, todo lo cual suponía, en las con­diciones de Barrett, una terrible responsabilidad. El amor que ardió en el corazón de la poe­tisa luego de una primera y vacilante nega­tiva le inspiró los Sonetos del portugués (v.), posiblemente la única de sus obras nacida bajo el signo de la auténtica poesía.

Una vez consciente de su sentimiento, em­pero, fue precisamente ella quien apresuró, con ansia medrosa, la boda furtiva y la huida. En 1846 los esposos estableciéronse en Florencia, en la casa Guidi, y allí vivió Barrett en «suprema felicidad» el resto de su existencia, junto al marido y al hijo, na­cido en 1849, y escribiendo poesías inspi­radas en el «Risorgimento», la admiración por Napoleón III y los problemas sociales, morales y políticos de la época: Las ven­tanas de casa Guidi (1851, v.); Poesías ante el congreso [Poems before Congress, 1860], En 1855 publicó una extensa novela en verso: Aurora Leigh (v.).

N. D’Agostino