Jean-Jacques Barthélemy

Nació en Cassis (Provenza) el 20 de enero de 1716 y m. en París el 30 del mismo mes de 1795. Tuvo una juventud retirada y reflexiva, dividida entre el estudio de las lenguas orientales y de la historia eclesiástica y la composi­ción de poesías en latín y francés.

Tras al­gunos sermones en árabe dirigidos a los maronitas de Marsella, salió del seminario con una reputación de ilustre orientalista; pero no recibió órdenes, y fue a vivir a Aubagne con su familia. En 1744 acogióle en París Groz de Boze, quien le hizo cono­cer a Réaumur, Caylus, Duelos y Louis Rá­eme, y llevóle consigo al «Cabinet des médailles», del que era director; a su muerte le dejó el puesto. En 1755, Choiseul-Stainville, embajador en Roma, facilitóle un viaje a Italia y la ocasión de estudiar las ruinas de Pestum, Herculano y Pompeya; luego, ministro de Negocios Extranjeros, le colmó de tantos favores que llegó a poseer una pequeña fortuna.

Entre 1757 y 1788 Barthélemy tra­bajó en su obra más importante, Viaje del joven Anacarsis a Grecia (v.), enriqueció la colección real de monedas y publicó va­rias memorias de arqueología. En 1789 in­gresó en la Academia. La Revolución le des­tituyó y encarceló en las «Madelonnettes», de donde salió en octubre de 1793 para rein­tegrarse a su cargo y vivir todavía quince meses en paz entre las antigüedades que tanto apreciaba.

.S. Morando

Jean Bart

Seudónimo de Eugeniu P. Botez, que n. en Burdujeni (Botoşani) el 28de noviembre de 1874 y m. en 1933. Hijo de una familia de militares, ingresó en la Marina luego de haber estudiado en la Escuela Militar de Iaşi.

Recorrió en toda su extensión el Mediterráneo, atravesó el At­lántico y llegó hasta Singapur; habló de sus viajes en Diario de a bordo (1901) y en sus numerosos cuentos, los más logrados de los cuales se hallan reunidos en el volumen bosquejos marineros (v.). En los últimos años de su vida fue comisario marítimo de Sulina, en el delta del Danubio; de allí sacó el fondo y el agitado y pintoresco am­biente de la novela Europolis.

Secretario general de la Liga Naval y fundador de la Revista marítima, nadie como él ha cono­cido los problemas referentes a la navega­ción por el Danubio; fue el primero que se ocupó en Rumania de la asistencia social a los «trabajadores del mar».

Entre sus obras figuran Sǎrmanul Dionis (1909), Datorii uitate (1916), In cuşca leului, Prințesa Bibița (1923), In delta (1925), Peste ocean (1926 y 1929), Insemnǎri şi amintiri (1928), Alcoolismul (1929), Asistenta socialǎ (1930), Cartea Dunǎrii (1933), O corabie romǎneascá, Pe drumuri de apǎ, Proza, etc.

R. Del Conté

Karl Barth

Nació el 10 de mayo de 1886 en Basilea. Estudió en Berna, Berlín, Tubinga y, finalmente, en Marburgo, donde experimentó la influencia de la escuela neokantiana y se entusiasmó por la nueva concepción racio­nalista del cristianismo, cuyo defensor más ilustre era entonces Adolf von Harnack.

En 1908 figuraba entre los mejores discípulos de Wilhelm Hermann. Contaba entonces veinti­dós años, y Martin Rade le llevó a colabo­rar en la redacción de la revista Christliche Welt, órgano de difusión del protestantismo liberal alemán.

En 1909 empezó a actuar en Ginebra como pastor sufragáneo, y en 1911 pasó a dirigir la parroquia de Safenwil. Un breve texto de 1909 (Modeme Theologie und Reichgottesarbeit, en Zeitschrift für Theo­logie und Kirche, XIX, pp. 317-321) le re­vela todavía liberal, pero con un marcado interés por la experiencia religiosa indi­vidual. En 1919 apareció en Berna el co­mentario a la Epístola a los Romanos [Rómerbrief].

Llevaba ya Barth diversos años de silencio, y en su ideología había tenido efecto una revolución completa La obra en cuestión era un texto raro y de ideas muy revueltas — una mezcla de gnosticismo, pla­tonismo, kantismo, calvinismo y raciona­lismo — que suscitó inmediatamente protestas por doquier y, también, apasionadas po­lémicas.

Sin embargo, Barth no estaba satis­fecho: no se reconocía exactamente en aquel filosofismo, por cuanto en realidad había pretendido hacer teología pura. Overbeck, Nietzsche, Dostoievski y Kierkegaard le ayu­daron a poseer una conciencia mejor de sus problemas, y así, en 1922, al cabo de un año de haber dejado la parroquia para de­dicarse a la enseñanza en la Universidad de Gotinga, pudo publicar en Munich una segunda edición revisada y corregida a fon­do de Rómerbrief, cuyo método dialéctico tendía eficazmente a la trascendencia abso­luta.

Esta obra era una bandera de guerra y un violento desafío al racionalismo bíblico y al liberalismo, y el mismo Harnack y muchos otros lo juzgaron una retirada a posiciones oscurantistas. No obstante, la ma­yoría de conciencias llevadas por el existencialismo a una visión más realista de la situación humana, hallaron en la – obra un aliento nuevo y la revelación de un drama que vivían, pero cuya consideración no les había sido hasta entonces permitida.

El tex­to en cuestión llegó a ser uno de los fun­damentales del existencialismo alemán. Con él nacía una verdadera corriente de pensa­miento: la teología dialéctica, con hombres cual Brunner, Gogarten, Thurneysen y Marcus Barth, y una revista como Zwischen den Zeiten.

En 1925 Barth ingresó en la Uni­versidad de Münster como profesor hono­rario de teología, y empezó una revisión completa de sus ideas orientada hacia el establecimiento de un verdadero sistema teo­lógico netamente cristiano. En 1927 apa­reció en Munich La doctrina de la palabra de Dios. Prolegómenos a la dogmática cris­tiana.

Sin embargo, su autor no quedó toda­vía satisfecho: no había encontrado aún la orientación definitiva de su teología. Y así, pasado a la Universidad de Bonn en 1930, preparó una amplia revisión, que vio la luz en un volumen de 1932, seguido en 1939 por otro acerca del mismo tema; ello constituía el principio de la Dogmática eclesiástica [Kirchliche Dogmatik].

Mientras tanto, la situación de los cristianos alemanes iba ha­ciéndose muy grave; el nazismo había fun­dado indirectamente, con los «Deutsche Christen», una iglesia estatal y desencade­naba la lucha contra el catolicismo y los protestantes, que no querían someterse a una organización eclesiástica evidentemente so­juzgada por el Estado.

Barth fue el más va­liente defensor de la libertad religiosa en el campo del protestantismo; pero perdió su puesto de profesor en la Universidad de Bonn, y el propio Hitler intervino personal­mente en la anulación de su título de teo­logía. En 1934 salió de alemania y se diri­gió a Suiza, Francia, Inglaterra y América; doquiera que fuese provocó entusiasmo y simpatía.

Con el hundimiento del nazismo, Barth recobró la cátedra universitaria de Bonn, que, no obstante, dejó al cabo de algunos años para enseñar en la Universidad de Basilea. Allí vive ahora una tranquila pero activa ancianidad, ocupado en el último tomo (el XI) de la monumental Dogmática eclesiástica, una de las síntesis más vigo­rosas del pensamiento teológico de todos los tiempos.

Dicha obra está caracterizada por un cristocentrismo extremadamente origi­nal, donde el tiempo y la eternidad, Dios y el hombre, el ser y el fenómeno se en­frentan, inciden y se transfiguran con una eficacia sorprendente y una gran riqueza de motivos; su bibliografía comprende más de 360 citas. Las obras de Barth han sido tradu­cidas a muchísimas lenguas.

E.  Riverso

John Barrow

Nació el 19 de junio de 1764 en Dragley Beck y m. en Londres el 23 de noviembre de 1848. Empezó a trabajar en un modesto empleo, y durante algún tiem­po dedicóse también a la enseñanza de las matemáticas.

Protegido por sir George Staunton, tuvo la suerte de ser enviado a la China con el séquito del primer emba­jador inglés en aquel país. Aprendió perfec­tamente el chino, y en pocos años llegó a ser un apreciado experto en cuestiones orientales. En 1797 dirigióse a la colonia del Cabo de Buena Esperanza para estudiar las condiciones de su población, y en 1805 fue nombrado segundo secretario del Almi­rantazgo, cargo de desempeñó durante cua­renta años. Obtuvo también el título de baronet. Barrow escribió diversos libros de via­jes, entre ellos Viajes a China [Travels in China, 1804], y compuso varias biografías de personajes contemporáneos.

Se le debe asimismo el famoso texto El motín y la pirática captura del navio «Bounty» de Su Majestad (1831, v.), en el que narra con es­tilo animado y gran fidelidad histórica un episodio célebre en la vida de la Marina británica.

M. Colombi Guidotti

Eduardo Barrios

Novelista chileno n. en Valparaíso en 1884, hijo de padre chileno y madre peruana de ascendencia germánica (Hudtwalcker).

De juventud agitada y errante, estudió en la Escuela Militar, don­de no quiso terminar la carrera de las armas, fue agente vendedor, oficinista de salitreras y saltimbanqui; acabó en direc­tor general del Servicio de Bibliotecas y Archivos.

Ministro de Educación Pública en 1927. Obtuvo el Premio Nacional de Lite­ratura en 1946, es miembro de la Acade­mia Chilena de la Lengua y correspondien­te de la Española. Sus intentos teatrales tie­nen poco interés, pese a su reiteración: Mer­caderes en el templo (1910), Lo que niega la vida y Por el decoro (1913), Vivir (1916).

Es fundamentalmente un novelista, y como tal, sus obras más importantes son El her­mano asno (v.) y Gran señor y rajadiablos (v.). Analista psicológico, siempre con más ternura y simpatía humana que dureza, escribe una prosa limpia y transparente, cuidada y elegante; otras novelas suyas son: El niño que enloqueció de amor (1915), Un perdido (1917), Páginas de un pobre dia­blo (novelas cortas, 1923), Y la vida sigue (novela, 1925), con prólogos de Gabriela Mistral, en la que presenta diversos aspec­tos de su pensamiento y de su vida; Tama- rugal (1944) y Los hombres del hombre (1950).

El salto de 1925 a 1944 significa un silencio literario explicable sólo en parte por sus actividades políticas. Después de Blest Gana, la novela chilena no había dado ningún autor de la calidad de Barrios.

J. Sapiña