Cayetano Alberto de la Barrera

Eru­dito y bibliófilo español. Nacido en Madrid en 1815, m. en 1872. Fue uno de los predece­sores de Marcelino Menéndez Pelayo.

Se le debe el importante Catálogo bibliográ­fico y biográfico del teatro antiguo espa­ñol, desde su origen hasta mediados del si­glo XVIII (1860, v.), obra todavía hoy de obligada consulta. También dejó una bio­grafía de Lope de Vega. B. fue uno de los más eruditos y autorizados cervantistas de su tiempo.

Maurice Barrés

Nació en Charmes (Vosgos) el 22 de septiembre de 1862 y m. en París el 4 de diciembre de 1923. Joven provinciano llegado a la capital con la ambición de un Rastignac algo frío, par­tió Barrés de la anarquía del «culto al yo», acti­tud de un refinado egotismo sostenida con los métodos del ascetismo y de la oración dirigidos hacia fines profanos.

Sin embargo, el joven Barrés no tardó en rechazar la satis­facción del mero orgullo literario y buscó los goces más intensos de la acción. A los veinticinco años, célebre ya como literato, fue elegido diputado «boulangerista» de Nancy.

Tras un fracaso electoral, volvió a serlo por la primera circunscripción pari­siense, y conservó el cargo hasta el fin de sus días. La actuación política en el Parla­mento, de la que dejó inolvidables descrip­ciones (v. Sus rostros), era para él una ma­nera de evitar la impotencia y el suicidio, fines inevitables de la anarquía consciente y el triste dandismo de Un hombre libre (v.). Incluso en el plano del pensamiento había de «adoptar sus precauciones», o sea buscar un terreno sólido en el cual su yo pudiera hundir las propias raíces, y una tradición que le protegiese y alentase: ha­llólo todo en su provincia natal.

Barrés exalta entonces cuanto le define y limita; pero, también, le asegura la expansión de su propia personalidad: la tierra y los muertos — actitud en la cual no resulta difícil per­cibir las ideas de Taine acerca de la raza y del ambiente —. Al Román de l’énergie nationale (v. Los desarraigados, La llamada al soldado y Sus rostros), que narra los éxitos y fracasos del joven provinciano trasladado a París, confía la ilustración de estas ideas.

En La colline inspirée, novela alegó­rica basada en hechos de la historia local, reúne Barrés las fuerzas de la imaginación, la razón, el misticismo y el orden en uno de los «haute-lieux» (lugares mágicos) de Lorena: la colina de Sion-Vaudémont. El na­cionalismo lorenés se extendía hasta las fronteras de Francia — e incluso más allá de sus confines políticos, hasta el Rin, que, de manera natural, la separa de Alema­nia—.

La actuación política de Barrés, presi­dente de la Liga de los Patriotas —movi­miento nacionalista—, y la crónica de la gran guerra de 1914-18 escrita por él todos los días para L’Écho de Paris, pertenecían al filón principal de su desarrollo ideoló­gico.

Por irrisorias que puedan parecer sus actividades de leader y orador político, es necesario reconocer que Barrés supo conferir un estilo a la pompa burguesa y parlamen­taria. Después de su muerte, entró en la fase de olvido por la cual pasan todos los escritores; de ella no ha salido todavía.

Su obra de novelista y ensayista resulta dema­siado vinculada a la actualidad: sus abun­dantes alusiones políticas la sitúan en el tiempo. Cantor de una verdad y unas vir­tudes nacionales, no es raro que sea esca­samente conocido en el extranjero; Gide, presentado cual el anti-Barrés de su generación y predicador del desarraigo, el cosmopoli­tismo y la aventura, ha tenido un público más numeroso.

Sea como fuere, la figura de Barrés se ha elevado en el horizonte de la vida francesa cual la de un autor compa­rable a los grandes escritores del siglo XIX — Chateaubriand, Lamartine, Victor Hugo — y no carente de prestigio. Los Cahiers de notas tomadas cotidianamente y que Barrés no tuvo tiempo de utilizar en la redacción de sus memorias constituyen el pedestal de la estatua: en definitiva son su obra más va­liosa y más significativa.

M. Mohrt

Eduardo de la Barra

Erudito chileno n. en Santiago en 1839, m. en 1900. Inge­niero civil, profesor y rector del Liceo de Valparaíso, representó a su país en Uru­guay como encargado de Negocios (1882) y estuvo algún tiempo en el destierro a la caída del presidente Balmaceda (en Argentina, 1891-1895).

Casado con una hija de José Victorino Lastarria. Sus trabajos más interesantes son los que realizó sobre la métrica castellana (Estudios sobre la versi­ficación castellana, v.). Correspondiente de la Academia Española de la Lengua, cola­boró eficazmente en los trabajos de esta institución, expuso una curiosa teoría so­bre el origen de las lenguas romances (Las lenguas celto-latinas, 1899) y dedicó gran­des esfuerzos a la reconstrucción del Poe­ma del Cid: en uno y otro caso, tuvo más voluntad que acierto.

Relativo interés tie­nen otras obras suyas acerca de muy diver­sos temas: poesía, polémica anticlerical, Estudios sobre el cólera, El problema de los Andes, Ensayos filológicos americanos, El embrujamiento alemán, etc. Tradujo a Ho­racio (Odas), Poe, Sully-Prudhomne y otros poetas. Pero el interés fundamental de la personalidad literaria de Barra estriba en su amistad con Rubén Darío, amistad protec­tora que lo llevó a acompañarlo en sus inquietudes, a ayudarlo en algunos traba­jos y a prologar su libro Azul (Valparaíso, 1888) con un estudio crítico y erudito de cierta extensión.

El nombre de este erudito y pedagogo chileno, hombre de preocupa­ciones críticas e iniciativas filológicas que rayan a veces en lo pintoresco, va ligado estrechamente a las primeras inquietudes del modernismo.

J. Sapiña

Cesare Baronio

Nacido en Sora el 30 de oc­tubre de 1538 y m. en Roma el 30 de ju­nio de 1607. Estudió derecho en esta úl­tima ciudad, donde cuidó enfermos y fue amigo de San Felipe Neri, miembro de su Oratorio y sucesor del Santo a la muerte de éste.

En 1597 se le nombró bibliotecario de la Vaticana, y el papa Clemente VIII elevóle, muy a disgusto del humilde Baronio, a la púrpura cardenalicia. A pesar de tan alta categoría vivió siempre en la pobreza, y su vida ejemplar constrastó con la de la corte pontificia contemporánea. Confesor y con­sejero del Papa, se atrajo la enemistad de los españoles por su influencia sobre el pon­tífice contra la política de éstos.

Favoreció, en cambio, la absolución de Enrique IV de Francia, que consideró de utilidad para la conclusión de las luchas religiosas y favo­rable a la marcha de la Iglesia. Llegó a poner en duda la legitimidad de la monar­quía siciliana, por lo que España impidió por todos los medios su ascensión al solio pontificio.

Siguiendo una inspiración de San Felipe Neri procuró divulgar la historia de la Iglesia; y así, compuso los Anales ecle­siásticos (v.), basados en fuentes diversas y vidas de santos, y publicados entre 1588 y 1607 en Roma en doce tomos, que abarcan desde el año 1 hasta el 1198. Esta importante obra constituyó una apología de la tradición católica dirigida contra las doc­trinas luteranas.

L. R. Lind

Michel Baron

Nacido en París el 8 de oc­tubre de 1653 y m. en la misma ciudad el 22 de diciembre de 1729. Su verdadero nombre era Boyron. Molière descubrióle en una compañía teatral de muchachos y le llevó a su propia casa, junto a su jo­ven esposa.

Baron conseguía el éxito con faci­lidad excepcional, y resultaba muy agra­dable por la prestancia de su figura y su porte noble. A la muerte de Molière susti­tuyó a Floridor en el Hôtel de Bourgogne, y, fundidas las tres compañías, convirtióse en su primer actor.

Súbitamente, a los 38 años, dejó el teatro, y de la misma forma repentina, en 1720, o sea tres decenios des­pués, volvió a la escena, hasta 1729, y a pesar del asma, representó otra vez obras de Rotrou, Corneille, Racine y Molière y ofreció un nuevo repertorio, integrado por las de Marivaux, Crébillon y Voltaire.

Com­puso diez comedias, entre las que destaca El afortunado en amor (v.); una vez muer­to, se le discutió la paternidad de algunas de las obras que se tenían por suyas.

S. Morando