Historia de las Cruzadas, Joseph-François Michaud

[Histoire des Croisades]. Obra francesa de Joseph-François Michaud (1767-1839), publicada en cuatro volúmenes entre 1808-1822, y en edición definitiva de seis volúmenes en 1840.

Como apéndice de la obra está la «Biblio­teca de las Cruzadas», en cuatro volúmenes, que contiene los documentos y los extractos de crónicas e historias. Comienza estudian­do las relaciones anteriores del Occidente con Tierra Santa y las peregrinaciones; el primer volumen está dedicado enteramente a la desgraciada expedición de Pedro el Er­mitaño y a la primera Cruzada. Ésta fue una manifestación del espíritu guerrero y religioso de Occidente, que lanzándose a la conquista de Oriente creó una epopeya comparable, por su trascendencia, a la an­tigua empresa oriental de los griegos con­tra Troya. El autor no calla, sin embargo, los excesos espantosos que se produjeron por efecto de la exaltación, tanto en el bien como en el mal. Pero la debilitación de la energía cristiana en contacto con la moli­cie oriental y la reacción musulmana hi­cieron efímera la conquista; en las expe­diciones sucesivas prevalecen cada vez más los fines de avidez y ambición, y la cuarta Cruzada se da por satisfecha con la con­quista de Constantinopla, provocándose en­tonces cruzadas contra los propios cristia­nos. El rey Luis IX parece revivir el ardor heroico de los compañeros de Godofredo de Bouillon, en las dos últimas Cruzadas, si bien terminaron con una catástrofe. La na­rración se extiende más allá de las Cru­zadas medievales, ocupándose también de todas las guerras que la Cristiandad sos­tuvo con el Islam.

El último volumen re­emprende el tema en sus líneas generales, analizando los sentimientos suscitados por las Cruzadas: la ferocidad con el enemigo, la humildad cristiana en los jefes, la fra­ternidad entre los compañeros de armas, el sentido de lo sobrenatural que se refleja en las crónicas, llenas de magia y apari­ciones. Los cronistas hacen resaltar los di­versos caracteres nacionales de los partici­pantes; así, Jacques de Vitry dice que los «italianos eran graves, circunspectos, sobrios en el comer, firmes y obstinados en sus de­signios, apegados a sus libertades y a sus instituciones», mientras los franceses y los alemanes eran menos serios y más ardien­tes. Un pueblo entero acompañaba a los guerreros, siendo numerosas las mujeres, valerosas compañeras o corruptoras. El au­tor nos informa, además, sobre la organiza­ción logística y militar de los cruzados, su legislación, diplomacia, costumbres y méto­dos de guerra. Finalmente, en una visión de la Europa contemporánea, Michaud in­vestiga cuál fue la influencia de las Cru­zadas, que si bien no lograron restaurar la unidad mediterránea, impidieron la expan­sión de los turcos y prepararon el desper­tar y los progresos de la civilización. De todo ello derivaron ricos motivos literarios y el historiador cita repetidamente a Tasso, poniendo de relieve las relaciones entre la realidad histórica y la Jerusalén libertada (v.) y el uso hecho por el poeta de las crónicas, en las que abunda el elemento maravilloso.

A Michaud le corresponde el mérito de haber sido el primero que, en una obra orgánica, trató el tema de las Cruzadas, despreciado o desvirtuado en el siglo XVIII, acudiendo a las fuentes con un escrupuloso sentido crítico. Aspira a compenetrarse con el espíritu de la época y de los acontecimientos, bien mediante do­cumentos, bien realizando viajes a los lu­gares donde se desarrollaron los hechos. Acierta a narrar sin prejuicios de interpre­tación, contentándose con aceptar, entre los juicios anteriores, los más moderados y ra­zonables, sin darnos, en realidad, una vi­sión nueva. Por otra parte, con su prosa limpia, aunque desvaída, no alcanza la po­tencia evocativa que, más tarde, hizo fa­moso a Thierry, ni logró que su estilo apa­reciese penetrado del sabor de las antiguas crónicas. Sin embargo, su obra es una de las fuentes de aquel interés por el medievo caballeresco y cristiano que, falseado por el Romanticismo, encontró sus mejores in­térpretes en Bédier, Mâle y Paris.

P. Onnis

Historia del Arte Italiano, Adolfo Venturi

[Storia dell’arte italiana]. Es la obra máxima de Adolfo Venturi (1856-1941). Comprende vein­ticinco volúmenes, el primero de los cuales fue publicado en Milán en 1901 y el úl­timo en 1940.

La narración parte de los comienzos del arte cristiano, estudiado en un primer volumen que llega hasta los tiem­pos de Justiniano, mientras que otros dos tratan del arte de la alta Edad Media y del arte románico. A partir del siglo XIV, las proporciones de esta obra comienzan a ampliarse notablemente, a pesar de omitirse las artes decorativas: la pintura y la es­cultura del siglo XIV ocupan cada una un volumen (la parte dedicada a la arquitec­tura no se ha publicado), otro la escultura del siglo XV, cuatro la pintura y dos la arquitectura del mismo siglo. Todavía es más amplia la exposición del arte del si­glo XVI, que comprende nada menos que siete volúmenes para la pintura, tres para la escultura y otros tantos para la arqui­tectura, los últimos publicados. En su conjunto, esta Historia no es solamente un am­plísimo repertorio de noticias, juicios, datos documentarios y bibliográficos acerca de cada artista, aunque tengan escasa impor­tancia, avalorado por una riquísima docu­mentación fotográfica de obras a menudo inéditas: es también la primera gran ela­boración, según un plan personal y después del inmenso trabajo de investigación filo­lógica llevada a cabo por el siglo XIX, de la trama histórica del arte italiano hasta todo el siglo XVI. En efecto, hasta en las últimas partes de esta Historia, en que la misma sobreabundancia de nombres y de obras pa­recería inducir más fácilmente a la dis­persión analítica, no desmaya nunca la capacidad de coordinar en grandes libros sintéticos los innumerables hilos de la na­rración.

Como ejemplo, se puede citar la distribución de la materia en los volúmenes de la escultura del siglo XVI. En el prime­ro de ellos, capítulos sucesivos tratan de la corriente pictórica de la escultura florentina inaugurada por Leonardo, y de sus ramificaciones; del equilibrio entre efecto plástico y pictórico perseguido por Andrea Sansovino y sus seguidores; del movimiento neoclásico de principios del siglo; de los herederos de los Della Robbia; de los mo­deladores provincianos; de los continuadores lombardos de Omodeo; de las tradiciones lombarda y toscana en Nápoles y en Sicilia en la primera mitad del siglo XVI. El se­gundo volumen, en el cual domina la figura de Miguel Ángel, tiene por temas el pre­dominio de la forma escultórica del si­glo XVI: los reflejos del arte de Buonarroti; la difusión de la plástica veneciana en las Marcas. El último tomo, en fin, examina la escultura veneciana, la lombarda y la toscana hacia el final del siglo.

Análogos criterios hallan aplicación en los preceden­tes volúmenes acerca de la pintura del si­glo XVI; primero, en vastos capítulos que valen por verdaderas monografías, es estu­diada la obra de los mayores artistas de aquel tiempo; después, el desarrollo del período del «manierismo» está expuesto si­guiendo en su diverso entretejerse y ramificarse las corrientes del gusto que arrancan de Rafael, Miguel Ángel, Leonardo, Correggio, y los grandes venecianos, hasta que con el transcurso del siglo la tendencia a superar el «manierismo» se abre paso en una serie de tentativas eclécticas, entre las cuales la conclusiva de Carracci. En lugar, pues, de valerse de particiones geográficas extrínsecas, Venturi pone en su máximo relieve, según una línea interior, las gran­des personalidades creadoras de que depen­den las orientaciones generales del arte de aquel tiempo, y en torno a ellas hace gravitar las figuras menores. Aunque sean ad- vertibles en el organismo de esa Historia notables desequilibrios en sus proporciones y alguna oscilación en el tono de sus jui­cios (defectos casi inevitables en una obra de tan vasto aliento y de tan larga dura­ción) con todo, el autor se mantiene subs­tancialmente fiel a un criterio metodológico propio, apoyado en la práctica, más que rigurosamente definido en un plano teórico.

Él quiere ser, ante todo, un conocedor que aún no rechazando completamente la ayuda ofrecida por los documentos y las Investi­gaciones de archivo, reconoce como docu­mentos mayores y más verdaderos las obras de arte, y por eso no se cansa de «ver» y «volver a ver». Según este punto de vista, Venturi enlaza con G. B. Cavalcaselle (v. Historia de la pintura en Italia), el prime­ro que se sirvió sistemáticamente del aná­lisis comparativo de las pinturas, y con G. Morelli (v. Estudios de Crítica de Arte sobre la pintura italiana), investigador de las aptitudes gráficas de los artistas. Pero Venturi se aparta de Cavalcaselle por una sensibilidad más vivaz y libre de prejuicios académicos, que le permite casi siempre ad­vertir la efectiva calidad artística de las obras estudiadas, aunque pertenezcan a pe­ríodos antes tenidos por decadentes, como la alta Edad Media o el «manierismo» del siglo XVI. Por otra parte, diverge de Mo­relli por sustituir el criterio de las puras correlaciones gráficas con el más integral de las relaciones estilísticas, que presupone el conocimiento de la personalidad del ar­tista en toda su compleja realidad histórica, y ofrece un fundamento harto más sólido a sus atribuciones. Crítica e historia del arte se consolidan así en la narración valoradora de Venturi, la cual, hasta en la distribución exterior de su materia (a lo menos en las partes más recientes de la obra) refleja sus criterios de métodos. Para cada artista de alguna importancia nos da, en efecto, ante todo la explicación de los documentos que a él se refieren, junto con su bibliografía; después son extensamente delineados los caracteres, las conexiones his­tóricas y el desenvolvimiento de su arte mediante el análisis de las obras más sig­nificativas; sigue, en fin, el catálogo de to­das las obras seguras y atribuidas. Atento a las experiencias, hasta las más recientes, de la crítica artística, Venturi no ha dejado de sacar partido de ella para afinar cada vez más sus análisis valiéndose además de sus dúctiles y copiosas dotes de escritor. En conclusión, esta Historia es, por su imponente mole de contribuciones originales, una obra de consulta fundamental y pre­ciosa, que ha suscitado innumerables in­vestigaciones y ha influido profunda y de­cisivamente en las nuevas generaciones de estudiosos.

G. A. Dell’Acqua

Historia del Arte en la Antigüedad, Georges Perrot y Charles Chipiez

[Histoire de l’art dans l’antiquité]. Obra monumental publicada en París, en primera edición, en 1881-1893; en segunda, el 1914, y que quedó incompleta por falle­cimiento de sus autores, el arqueólogo Georges Perrot (1832-1914) y el arquitecto Charles Chipiez (1835-1901). El plan inicial com­prendía el estudio arqueológico de las civilizaciones egipcia, asirio-babilónica, per­sa, del Asia Menor, griega, etrusca y ro­mana. Los diez volúmenes publicados al­canzan solamente al período arcaico del arte griego. A pesar de estar incompleta y pese, por otra parte, al actual progreso de los estudios arqueológicos, la Historia del arte en la antigüedad continúa siendo hoy fundamental para el estudio de la arqueo­logía preclásica, tanto por el rigor del mé­todo científico y por el cúmulo de infor­maciones de primera mano como por la abundancia del material ilustrativo (en con­junto, 4.714 grabados). La obra fue. elabo­rada en colaboración: el arquitecto Chipiez se ocupó especialmente de todo lo concer­niente a la arquitectura y el material ilus­trativo, salvo para los tres últimos volúme­nes, aparecidos después de su muerte; estos últimos volúmenes corresponden por entero a Perrot. Para cada período se ofrece pri­meramente una visión general sobre los caracteres de la cultura cuyas manifesta­ciones artísticas son objeto de estudio; los capítulos siguientes están dedicados a la arquitectura, a la que se reserva una am­plia parte, a la escultura, pintura y artes industriales; termina con un examen crítico de la cultura artística estudiada, precisan­do el significado de ésta y sus límites, en relación con las culturas precedentes, con­temporáneas y sucesivas: de este modo, siguiendo la orientación metodológica típica del siglo XIX, los elementos formales, téc­nicos e ilustrativos de la obra se ponen en relación con la historia de la cultura. En cuanto a la multitud de reconstrucciones ideales de monumentos, obsesión particular de Chipiez, se observa que, en general, se trata de hipótesis fundadas en la selección cuidada y sagaz de un vastísimo material; ello no impide que, con frecuencia, se adop­ten soluciones arbitrarias, como en la re­construcción del templo de Salomón. La materia está distribuida, en los diez volúme­nes, del modo siguiente: 1. ° Egipto; 2. ° Cal­dea y Asiría; 3. ° Fenicia y Chipre; 4. ° Judea, Cerdeña, Siria y Capadocia; 5. ° Persia; 6. ° Micenas; 7. ° La Grecia de la epopeya. La Grecia arcaica; 8.° La Grecia arcaica: Escultura; 9.° La Grecia arcaica: Glíptica, Numismática, Pintura y Cerámica; 10.° La Grecia arcaica: La cerámica ateniense.

A. Pica

Historia del Arte Durante el Renacimiento, Eugène Müntz

[Histoire de l’Art pendant la Renaissance]. Obra del historiador del arte francés Eugène Müntz (1845-1902), pu­blicada en París en tres volúmenes desde 1888 a 1895, y dirigida principalmente a considerar el arte italiano del Renacimien­to en relación con la cultura y la vida so­cial.

La primera parte de la obra está de­dicada a los primitivos, o sea a los artistas del siglo XV y a sus precursores, y consta de seis libros. El primero tiene por objeto el mecenazgo en las diversas Cortes prin­cipescas italianas y el surgir de las es­cuelas regionales. El segundo estudia los elementos constitutivos del primer Renaci­miento, esto es, la tradición, que se identi­fica en el influjo del arte antiguo; el rea­lismo (categoría en la cual entran el es­tudio directo de la naturaleza, los nuevos conocimientos en perspectiva y anatomía, y los asuntos y motivos ofrecidos por la vida contemporánea); los métodos de educación y de organización práctica de la actividad de los artistas. Los libros restantes tratan respectivamente de arquitectura, desde Brunelleschi a Bramante; de la escultura, de Donatello a Verrocchio; de la pintura, de Masaccio a Mantegna; de las artes deco­rativas y contienen, además de considera­ciones generales acerca de los asuntos, la técnica y el estilo, noticias biográficas y descripciones de las obras de los mayores artistas. Sobre un análogo esquema y den­tro del cuadro histórico del Renacimiento, tradicional desde Vasari en adelante, están construidas la segunda y la tercera partes, dedicadas una a la Edad de Oro o segundo Renacimiento — desde el advenimiento de Lorenzo el Magnífico, de Leonardo y de Bramante hasta la muerte de Rafael y de León X (1520) — y la otra hasta el final del Renacimiento.

Éste cae en la segunda mitad del siglo, cuando desmaya aquel recuerdo de tradición clásica y de nueva inspiración realista en que consiste, según el autor, la esencia del Renacimiento como fenómeno específicamente italiano. Por la misma es­tructura de la obra, resulta clara la pre­ocupación del autor por mostrar la estrecha dependencia, en sentido positivista, de las manifestaciones artísticas de su ambiente (v. Filosofía del arte en Italia de Taine). Este defecto inicial es agravado por la es­casa sensibilidad de Müntz para los valores estilísticos individuales; por consiguiente, la valoración historicocrítica de cada una de las personalidades individuales llega a fal­tar, abrumada por una copiosa mole de noticias extrínsecas a la valoración por sí misma. El mérito mayor de la obra consiste, pues, sólo en su abundante documentación erudita obtenida a menudo mediante direc­tas investigaciones de archivo.

G. A. Dell’Acqua

Historia del Arte Cristiano en los Ocho Primeros Siglos de la Iglesia, Raffaele Garrucci

[Storia dell’arte cristiana nei primi otto secoli della Chiesa]. Vasto reperto­rio debido al jesuita Raffaele Garrucci (1812-1885), publicado entre el 1878 y 1881. El primer volumen en seis libros contiene la parte teoricoiconográfica y estudia varios aspectos del arte cristiano (sus orígenes, tradiciones paganas, prácticas de la Iglesia primitiva, edificios religiosos, etc.), del hom­bre (el desnudo en las pinturas cristianas, los trabajos de mosaico, esmalte en negro labrado, etc.), del símbolo (detallada y especialmente en lo que se refiere al reino vegetal y animal, real y fantástico); de la personificación (de elementos naturales, de ideas abstractas, de seres incorpóreos); de los tipos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento (en que se investiga la ausencia de representación del crucifijo y de sus substitutos en el arte cristiano primitivo, y la iconografía y el martirio de Pedro y Pablo, etc.). En la segunda parte del primer volumen, «Anales», se hace la historia o crónica del arte cristiano, desde el nacimiento de Cristo hasta el siglo IX, en seis libros, con rica erudición.

El volumen, nutrido de material original en par­te, de descubrimientos hechos en la vasta mina de la Patrística, de apreciaciones fun­dadas en un conocimiento profundizado de la Antigüedad clásica y cristiana, contiene el pensamiento y los resultados de la ex­periencia de Garrucci. Siguen cinco volúmenes en que se describen y explican las pinturas, los mosaicos, los sarcófagos y las esculturas, funerarias o no, ilustrados con más de quinientas planchas que ofrecen más de dos mil asuntos. No son raras las obras de arte descubiertas, por el autor, también en viajes al extranjero, y frecuen­tes sus ideas originales contrapuestas a las corrientes, hasta a opiniones de G. B. de Rossi. Hoy, después de más de ochenta años, esta obra monumental conserva su valor debido a su rica ilustración, la cual, sin embargo, como todos los dibujos de línea, tiene el defecto de no ofrecer al arqueólogo ni al historiador elementos bastante preci­sos para un estudio a fondo. Limpia de mixtificaciones y falsificaciones se resiente qui­zá del ardor febril y de la ambición des­mesurada de quien osó componerla sin ayuda de nadie.

G. Pioli