Impresiones de Teatro, Jules Lemaitre

[Impressions de théâtre]. Es una colección en nueve vo­lúmenes de artículos de crítica teatral pu­blicados por Jules Lemaitre (1853-1914) en varios periódicos y recogidos y editados luego entre 1888-1898. La colección es im­portante como repertorio de la producción dramática francesa y extranjera de la se­gunda mitad del siglo XIX y como documentarlo general de la vida del teatro fran­cés. Encontramos en ella el eco de los gran­des éxitos y de las apasionadas discusiones sobre el teatro romántico, el realista, el tea­tro libre; son examinadas con brío pari­siense las obras de Dumas, de Sardou, de Bisen, de Lave dan, de De Carel, de Portoriche, de Courteline, y las sacadas de las novelas de Zola, de Dostoievski y de mu­chos otros, ilustres o menos conocidos; algu­nos artículos en cada serie están dedicados a los «vaudevilles», a las revistas, a los bai­les, y hasta a un célebre circo; se presentan también las figuras de conocidos artistas («El adiós de Coquelin mayor», etc.), El autor sobresale en el arte, completamente francés de decir cosas serias en tono ligero; críticas sobre métodos didácticos, observa­ciones morales inesperadas, puntos de vista sociales, están desparramados, rebosantes de gracia y a veces de una ironía señorial, en las crónicas de representaciones destina­das a la juventud escolar, de celebraciones oficiales de clásicos, de estrenos discutidos; la crítica contraria es siempre cortés, los resúmenes claros, la pureza y la eficacia de la lengua y del estilo, el seguro, amplio conocimiento literario, la altura intelectual del autor, quitan a estos artículos lo caduco de la improvisación periodística y les con­fieren la dignidad de estudios literarios.

B. Treves

Impresiones de Viaje, Alejandro Dumas padre

[Impressions de voyage]. En la obra fecunda de Alejandro Dumas padre (1803-1870) conservan al­gún que otro interés histórico y a menudo artístico las varias Impresiones de viaje que el escritor fue publicando desde 1835 a 1859. La curiosidad más insaciable ofrece el mo­tivo de hábiles descripciones de lugares y de gentes lejanas, como en Suiza [Suisse], publicado en 1835-37; en los Quince días en el Sinaí [Quinze jours au Sinai], en 1839, o en El Veloz, o Tánger, Argel y Túnez [Le Veloce, ou Tánger, Alger et Tunis], en 1848-1851. A menudo la descripción del viaje adquiere proporciones desiguales por sus continuas variaciones y digresiones: deta­lles anecdóticos, reflexiones históricas, na­rraciones geográficas, se mezclan con los acontecimientos que se refieren a Dumas turista y le empujan a hacer alarde de una ciencia que harto frecuentemente es fruto de la atenta consulta de las enciclopedias. Sin embargo, un viaje en su propia patria, El mediodía de Francia [Midi de la France], de 1841, le ofrece la ocasión para desplegar un arte guiado por una desenvoltura perio­dística, pero inspirado también en una fran­ca visión de las cosas. Más leves, por el tema mismo, son las Excursiones a las orillas del Rin [Excursions sur les bords du Rhin], de 1841, donde se observan también los con­trastes entre el carácter germánico y el francés, y De París a Cádiz [De Paris á Cadix], narración vivaz y movida por la misma aspiración romántica a una España, patria de exotismos y de sentimiento. No­table por su interés documental parece especialmente, entre estos últimos libros, El Cáucaso [Le Caucase], Estas Impresiones de viaje son para Dumas el desahogo de un periodista exuberante, pero, además de ten­der a un fin claramente editorial, revelan su potencia como observador de los hechos y de la sociedad del siglo XIX.

C. Cordié

El Imperio Liberal, Emile Ollivier

[L’Empire libéral]. Obra histórica del político francés Emile Ollivier (1825-1913), publicada en 1894-1901. El autor se propone justificar su actuación de ministro en la tentativa, harto ilusoria, de echar en 1869-1870 las bases de un imperio liberal. Con la idea de realizar un programa propio que mitigase las exi­gencias democráticas con el autoritarismo imperial, Ollivier declara haber querido sal­var el Imperio y Francia, la dinastía y los ideales: su activa participación en la polí­tica con un gobierno propio demuestra las incertidumbres de una conducta que había de ser ásperamente estigmatizada por sus adversarios, debido a su responsabilidad en la campaña francoprusiana que condujo a la derrota y a la caída del Imperio. Cre­yendo haber logrado un último acuerdo en­tre la nación y el soberano (pero sin acercarse a la exigencia que había impulsado a Constant a la adhesión a Napoleón I en su tentativa liberal de los Cien días), Ollivier no consigue ver claro en la vida política y en los medios de acción; pletórico de ingenuidad, más literato que observador de los hechos hasta en esta evocación del pasado, que tiene toda la apariencia de una reivin­dicación personal, se muestra incierto, y a veces mezquino.

Con todo, su tentativa de realizar un gobierno parlamentario y libe­ral en la última fase del imperio de Napo­león III, pone al descubierto actitudes del siglo que hallarán pronto aclaración más decisiva en la Tercera República. La obra, en lo que tiene de bueno y orgánico, se puede colocar, como complemento natural, junto a los ensayos teóricos y programáticos de Democracia y Libertad [Démocratie et Liberté], publicados por el autor en 1867; si ese libro reveló las actitudes conciliadoras del político y del pensador, la acción prác­tica había de demostrar la sustancial debi­lidad de aquel hombre, y, en relación con sus mismas presuposiciones, la inconciliabilidad entre la libertad y el despotismo cesáreo.

C. Cordié

La Importancia de Llamarse Ernesto, Oscar Wilde

[The Importance of Being Earnest]. Comedia en tres actos de Oscar Wilde (1854-1900), la cual, estrenada en Londres en 1895, colocó al autor en un puesto de primera línea en la historia del teatro humorístico inglés, al lado de Congrave y de Sheridan. Es la única comedia que satis­fizo por completo al autor; fue acogida con el unánime consentimiento del público y de los críticos, quienes declararon que nunca Inglaterra había reído tanto. Hay en el tí­tulo un equívoco debido a la identidad de pronunciación en inglés de las palabras «se­rio» y «Ernesto», de modo que se podría también entender: «La importancia de ser serio».

Ernesto, en efecto, es el nombre que John Worthing está obligado a tomar para lograr el amor de Gwendolen Fairfax. Por otra parte, su amigo Algernon Moncrieff, enamorado de Cecily Gardew, la bella pu­pila de John, se hace pasar por un hermano mala cabeza de éste, hermano que en rea­lidad no existe, sino que ha sido inventado por John en el curso de sus embrollos amo­rosos. Cuando John se ve obligado a decla­rar que jamás ha tenido hermanos y no puede ya continuar fingiendo que se llama Ernesto, los acontecimientos parecen precipitarse para los dos amigos; pero por un cambio imprevisto en el curso de los acon­tecimientos, se descubre que Algernon y John, son realmente hermanos y que el verdadero nombre de bautismo de John, es precisamente Ernesto. La comedia termina con el maravillado asombro de ambos, cuan­do se dan cuenta de no haber dicho la ver­dad en la única confesión de su vida que creían sincera, y con la alegría general por las triples bodas de Algernon con Cecily, Gwendolen con John, y Miss Prism (el ama de llaves de Cecily) con el reverendo Canon Chasuble.

El valor de la comedia, no reside tanto en la trama, cuanto en el intraducible humorismo del diálogo y en el juego de palabras y de hechos. Revela a un Wilde libre, no sólo de cualquier preocupación por el público, sino libre también de aquel preciosismo decadente que había caracte­rizado su producción anterior. Domina toda la acción, la alegría ligera y aguda que brota espontáneamente de las situaciones que se suceden rápidas y mudables. Consti­tuye el último capítulo feliz en la vida de Wilde, en el que su espíritu se mueve a sus anchas prodigando su humorismo en vísperas de la catástrofe. [Trad. española de Ricardo Baeza (Madrid, 1920)].

B. Schick

Imperialismo, Estadio Supremo del Capitalismo, Lenin

[Imperialism kak noveichij etap kapitalisma]. En esta obra es­crita en 1916 en Zurich, Lenin (Vladimir Oulianov, 1870-1924) intenta determinar las características económicas esenciales del nuevo capitalismo que apareció a principios del siglo XX. Basándose en una serie de datos estadísticos y en el análisis de diver­sos sociólogos, Lenin concluye que la libre competencia da lugar a la concentración, la cual produce, en un instante dado, el monopolio (trusts, cartels, etc.). Por doquier la concentración bancaria, y también la co­laboración de la banca con las grandes em­presas industriales y comerciales, conduce a la preponderancia del capital financiero y a la formación de una oligarquía, poco numerosa, pero extremadamente pujante, cuyo dominio se extiende a todas las face­tas de la vida social. Lenin analiza particu­larmente el creciente papel que juega la exportación de capitales, que conduce direc­tamente a la partición del conjunto del globo terrestre en «esferas de influencia». La formación de trusts y «cartels» interna­cionales, cuyos intereses están estrechamente ligados a los de los principales Estados capi­talistas, suscita una tendencia a la parali­zación y el parasitismo. La determinación de precios por parte de los dirigentes de coaliciones monopolizadoras, aun hecha tan sólo con carácter temporal, lleva consigo, en efecto, la posibilidad económica de frenar artificialmente el progreso técnico. Del mis­mo modo, la posesión de ricos territorios coloniales hace desaparecer, hasta cierto punto, los estímulos que llevan al progreso, y permite el desarrollo de clases sociales no productivas, cuyo peso en la vida de un país acentúa el carácter parasitario del mismo. El superávit obtenido permite, se­gún Lenin, corromper una minoría de la clase obrera, que se transforma entonces en el principal sostén de la burguesía. En efec­to, es en el seno de esta clase obrera abur­guesada — verdaderos «obreros comisionistas del capitalismo» — donde nacen y se des­envuelven las ideologías conciliatorias (u oportunismo) que intentan enmascarar o negar el hecho fundamental de la lucha de clases.

El objeto principal de la obra de Lenin es, en esta ocasión, combatir la teoría de diversos, autores socialdemócratas, espe­cialmente Kautsky que afirma que el des­arrollo del imperialismo conduce a un «superimperialismo», es decir, a la creación de un capital financiero internacionalmente unificado y dedicado a la explotación pací­fica de todos los recursos del planeta. Pues, afirma Lenin, el desarrollo es siempre des­igual: no existe un crecimiento igual ni en las empresas, ni en los trusts, ni en las di­versas ramas de la industria, ni en los paí­ses. En consecuencia la repartición del mun­do entre los principales países capitalistas — partición ya concluida en las vísperas de la primera guerra mundial — será necesa­riamente remitida sin cesar en la cuestión, a una nueva repartición, conforme con la nueva situación de fuerzas. Es así como las contradicciones del capitalismo revisten con­tinuamente formas nuevas y llegan a ser cada vez más agudas y violentas. Se apre­ciará la importancia y fecundidad de esta idea si se considera que es la base de la tesis expresada por Lenin y recogida por Stalin contra Trotsky, según la cual resulta posible realizar la estructura socialista en un sólo país. Esta obra, escrita en una prosa clara y accesible, a pesar del carácter téc­nico de su materia, aporta, situando la cues­tión en la línea de las obras de Marx y Engels, un positivo enriquecimiento y pro­fundo análisis de la teoría económica del marxismo, en relación con la evolución de la sociedad moderna en los años inmediatos a la terminación de la primera guerra mun­dial. Se trata de un complemento indispen­sable de El Capital (v.).