Influencia y Uso de la Imaginación para el Mejoramiento del Gusto, Jakob Bodmer

[Von dem Einfluss und Gebrauch der Einbildungskraft zur Ausbesserung des Geschmacks]. Ensayo de estética y de crí­tica de Johann Jakob Bodmer (1698-1783) y Johann Jakob Breitinger (1701-1776), publicado en 1727; interesante para esclarecer el pensamiento de los dos suizos desde los Discursos de los pintores (v.) a la Poética Crítica (v.). Tiene la obra todavía tono moral; pero la propia dedicatoria al filósofo leibniziano Wolf presupone la necesidad de dar a la Crítica fundamento teórico. Y si el principio crítico dominante todavía es el «ut pictura poesis», el concepto de la imagi­nación supone ya el formalismo del más puro preceptismo clásico. La virtud de la imagina­ción depende de la capacidad de observación de la realidad concreta, y el problema de la poesía está analizado en la relación que ésta tiene con la naturaleza y con la vida. Especialmente esto se advierte en los nu­merosos análisis de «pinturas poéticas» que ofrece la literatura alemana después de Opitz, e inspiradas en frecuentes motivos comunes, tales como la mañana, la tempestad, la gue­rra, la peste, la muerte; estamos lejos toda­vía del concepto de la poesía como creación; el ejemplo de los clásicos — de Homero, de Virgilio, de Ovidio — está todavía relacio­nado con la exigencia genérica de que la imaginación debe ser educada; pero ya Bodmer «está bebiendo en las fuentes de la poesía de Milton»: nuevos horizontes se abren; a menudo se encuentran observacio­nes en las cuales se transparentan las nue­vas perspectivas. Se trata de los primeros pasos inciertos de la nueva crítica alemana, pero por esta vía los dos «Ayax literarios» de la escuela de Zurich llegarán a colocar junto a los antiguos también a Milton y a Dante, y a reivindicar los derechos de lo sobrenatural en la poesía.

G. Gabetti

Informe en el Expediente de la Ley Agraria, Gaspar Melchor de Jovellanos

La Sociedad Económica de Madrid dirigió al Real y Supremo Consejo de Castilla este informe redactado por el miembro de la misma don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). A pesar de la especialización del tema, encontró su autor en esta madurada obra ocasión propicia para desarrollar sus ideas como un cuerpo de doctrina. Parte de una concienzuda ex­posición histórica del problema de la tierra en España, afectado por el sistema de bal­díos y bienes comunales, perjudicado por los privilegios de la Mesta y agravado por el abuso de la propiedad amortizada. (Sus apreciaciones sobre los bienes eclesiásticos determinaron que el Informe fuera incluido en el índice en 1825.) Planteada la situación con sus antecedentes, Jovellanos se aplica a una tarea constructiva, de economista, inspirándose en los fisiócratas franceses y en el liberalismo británico; da la supremacía al trabajo y atribuye al Estado una función de vigilancia más que de dirección. La permanente preocupación cultural de Jovella­nos aparece al propugnar la mejor educación de los campesinos como medio principal para elevar la vida agraria. Y con visión política se ocupa de planes de riegos y de comuni­caciones. Todo ello en el estilo brillante, claro y ponderado de este autor. Trabajó éste en el Informe desde 1788 hasta 1794. La Sociedad Económica lo publicó en 1795 (imprenta de Sancha), y pronto alcanzó gran difusión con nuevas ediciones, incluso fran­cesas, inglesas y alemanas.

L. Monreal

Del Influjo del Clima Sobre los Seres Organizados, Francisco José de Caldas

Obra del sabio crio­llo colombiano Francisco José de Caldas (1771-1816), el cual publicó esta Memoria en los números 22 a 30 del «Semanario del Nuevo Reyno de Granada» (29 de mayo a 24 de julio de 1808), precedida de una es­quela dirigida a don Diego Martín Tanco y en la cual lo impone del sentido y del espíritu que informan su estudio, o sea: hasta qué punto influyen el clima y los ali­mentos sobre la constitución física del hom­bre, sobre su temperamento, sus vicios y sus cualidades. Caldas, en efecto, se sitúa, en la discusión de este tópico, en un término medio; sin suscribir las tesis extremistas de quienes atribuyen a tales factores (clima y alimentación) un decisivo influjo en la conformación psíquica del hombre, o las no menos exageradas de quienes niegan a los mismos factores naturales su influencia sobre el alma humana.

Para confutar tales tesis extremas, Caldas comienza por definir en su Memoria lo que él entiende por clima, influjo de los alimentos y constitución física del hombre, para concluir en que el cuerpo humano está sujeto a todas las leyes de la materia y en que cuando su parte mate­rial sufre alguna alteración, su espíritu par­ticipa de ella. Caldas examina luego todos los elementos que, en su concepto, consti­tuyen el clima físico, señalando la forzosa influencia que cada uno de ellos debe ejer­cer en el hombre y en los animales, y de­mostrando, en seguida, mediante múltiples ejemplos, que, en efecto, lo ejercen. No sólo la comparación de las razas con relación a los territorios en que predominan, sino también la del estado físico y psicològici) del individuo de una misma raza, según el grado de acción de los mismos elementos a que está sujeto en el lugar que habita, dejan en el espíritu su indeleble impronta, ratificada y revigorizada luego por la con­vicción del entendimiento. Con sorprenden­te clarividencia, Caldas intuye en su «Me­moria sobre los seres organizados» no pocos de los temas y problemas que la ciencia actual comprende, estudia y analiza bajo el nombre de Geopsicología.

D. Achury Valenzuela

El Infinito, Giacomo Leopardi

[L’infinito]. Es uno de los Cantos (v.) más elevados de Giacomo Leopardi (1798-1837), escrito en septiembre de 1819 y publicado, antes que en la edición de 1831, en el «Nuovo Ricoglitore» de Milán, en diciembre de 1825.

El poeta transcribe en quince endecasílabos sueltos, con una con­tenida dulzura, el puro ritmo de la inmensidad, acogido en un alma sana; sin una referencia a este o a aquel acontecimiento, sino solamente al pensamiento de un cons­tante fluir y cambiar, de un vivir y un morir, de un resonar, ya que el espacio imaginado e incluso abstracto tiene un viento propio que lo sacude y hace vibrar. El mundo del infinito es un gran estremeci­miento de movimientos indistintos. Para or­denar este mundo de espacios interminados y profunda quietud, o mejor dicho para or­denar un nuevo ritmo, interviene el viento que murmura entre las plantas. El viento da la idea del fluir de las cosas; aquí el viento engendra la idea del tiempo, en el es­pacio y en la quietud. La visión era el espacio; el sonido es el tiempo. Y sugiere la idea del infinito ya no espacial, sino tem­poral, lo eterno, que apenas se articula en las dos grandes y vagas imágenes de las muertas estaciones y de la presente y viva, con el único sonido real que pueda tener, el de la presente estación; el viento evoca las estaciones muertas, pero canta la presente, mejor dicho, es el sonido de la presen­te. Antes de sumergirse en el pensamiento de este infinito es conveniente sumergirse casi físicamente en su aire celeste, en la corpórea idea del espacio, y captar su sonido, casi la resonancia de la pura armonía de las cosas sin fin.

Más aún, para dar a este infinito un aspecto y un sonido extraídos de la misma alma del poeta, que no se ahoga en una vacía inmensidad, sino en la que él mismo ha fingido y de la que casi su mismo corazón imaginativo se asusta. Se advierte en aquel «casi» una sensación de dulzura, casi de alegría. Aquel perseguirse de los rit­mos — «y» viene a mí lo eterno, «y» las muertas estaciones, «y» la presente y viva, «y» el sonido de ella; donde los varios «y» son como los nudos de una cadena, y casi una reiteración rítmica para guiar la subida, después de un descanso que detenga la ola ya expresada — es de una rara y nativa riqueza. El espacio más que la idea del infinito, y, mejor dicho, aquel punto en que el espacio se traduce en el tiempo y éste en el espacio, son cantados y animados aquí como en un mito. Quizás más adelante Leopardi llegue a ser más profundo, pero raras veces logrará ser poéticamente más intenso. Un detalle fónico digno de ser notado es que aquí en quince versos se encuentran muy a menudo las palabras «esto» y «aque­llo»: «esta colina, esta zarza, más allá de aquélla, estas plantas, aquel Infinito silencio, esta voz, esta Inmensidad, este mar».

F. Flora

Del Infinito Universo y Mundos, Giordano Bruno

[De l’lnfinito Universo et mondi]. Obra filosófica en italiano, de Giordano Bruno (1548-1600), publicada en 1584 y pertene­ciente al grupo de los diálogos metafísicos. Tiene grandes afinidades con la Cena del miércoles de ceniza (v.) y con De la causa principio y uno (v.), con las que forma la trilogía de sus más importantes obras en ita­liano y trata más o menos la misma materia que en De lo inmenso (v.). Consta de una epístola a modo de proemio,-, tres sonetos y cinco diálogos.

En el proemio, Bruno se llama a sí mismo diseñador del campo de la natu­raleza, dédalo de los hábitos intelectuales, cuidadoso del alimento del alma, enamorado de la cultura del ingenio. El valor de la filosofía pasa y transmigra de la religión a la ciencia, de Aristóteles a Copérnico, y la renovación cosmológica no resuena como ciencia particular, sino como nueva filoso­fía: «ante todo sentido y razón, con la clase de sagacísima investigación, descubiertos los claustros de la verdad» se procede a la in­tuición monista del universo infinito. Este proceso pasa por tres momentos: superación de la metafísica, intuición de la realidad natural única e infinita y profundización de esta intuición con la ciencia cosmológica. Se demuestra aquí el significado del Universo infinito, efecto de la divina potencia que pudiendo producir además de éste, otro y otros mundos infinitos, no limitaba cierta­mente su obra a un solo mundo finito, sino producía infinitos particulares, semejantes a la tierra, sin número, que constituyen la universalidad, en un espacio infinito. Esto es, un universo infinito, en el cual hay mundos inconmensurables, y por lo tanto doble infinidad: de grandeza y de multitud. Regulado y dominado por una fuerza provi­dencial, en virtud de la cual todo palpita, vive y perdura en su perfección el universo con la multiplicidad y los opuestos, con la materia y la forma, con la luz y las som­bras, la providencia y los efectos, se resu­me en tres puntos: ley, justicia y juicio; esto es, necesidad intrínseca del ser, cono­cimiento del ser y su valorización moral, pero este triple aspecto confluye y se reduce a la unidad del Ente, sumo Ser, suma Verdad y sumo Bien.

Y como todos estamos someti­dos a un óptimo eficiente, se debe estimar que todo es bueno, viene de lo bueno, para lo bueno y como bueno. Esto es como decir Bien, por Bien, como Bien. La obra abunda en pasajes polémicos contra la inutilidad de los argumentos de Aristóteles, que combate a los que establecen el mundo infinito y supone el centro y la circunferencia, y sos­tiene que en lo finito o infinito la tierra ocupa el centro, y contra aquellos para quienes Aristóteles parece un milagro en la naturaleza, porque no lo han entendido o porque son escasos de ingenio. Exaltándose en su propio pensamiento, Bruno dice que ésta es la filosofía que abre los sentidos, contenta el espíritu, magnifica la inteligen­cia y conduce al hombre a la verdadera bienaventuranza.

M. Maggi