La Isla de la Calma, Santiago Rusiñol

[L’illa de la calma]. Ensayo del comediógrafo, pintor y novelista catalán Santiago Rusiñol (1861- 1931). Fruto de una personalidad proteica y paradójica, este libro encierra una hete­rogeneidad de formas, estilos y puntos de vista que sobrepasa el calificativo de ensayo que le hemos dado. Porque desde el cuadro de costumbres al reportaje periodístico, pa­sando por el poema en prosa, el estudio psicológico y la escena teatral y bufa, todos esos géneros y subgéneros caben en él. Por esta obra puede considerarse a Rusiñol como uno de los descubridores de la isla de Ma­llorca, en cuyo paisaje se inspiró para mu­chas de sus composiciones pictóricas. El va­lor apologético de L’illa de la calma no obsta, sin embargo, para que el autor fije con justicia el carácter de la isla y de los isleños, hasta en aquellos puntos en que el juicio no puede ser favorable. Rusiñol, a pesar de su entusiasmo, no practica una adhesión total a los hombres y a las cosas de la Isla Dorada, y por medio del humo­rismo, la sátira benévola y el gracejo, ras­gos inseparables de su prosa, realza las cua­lidades positivas de Mallorca sin dejar de poner también al descubierto cualquier defi­ciencia o mediocridad.

Rusiñol nos descubre una isla «donde siempre reina la calma, donde los hombres nunca tienen prisa, don­de las mujeres nunca envejecen, donde no se malgastan ni las palabras, donde el sol está más tiempo alumbrando y donde hasta la señora Luna anda más despacio, conta­giada de pereza». Sucesivamente describe, con trazos breves, finos y, a menudo, humo­rísticos, los cafés, las calles estrechas, los gatos, «La Seu», «Es Born», las mujeres, el «elemento oficial», las tiendas, las ensai­madas, etc. Recoge con fidelidad varios diá­logos del pueblo que le sirven para volver a su chanza irreprimible, pero de buen gusto. El tono lírico lo dan las descripcio­nes del paisaje con almendros, olivos, mo­nasterios, calas, cuevas, etc. Evoca Valldemosa y a sus antiguos moradores: George Sand y Chopin. Da noticia del Archiduque Luis Salvador, escritor en catalán al que Rusiñol conoció personalmente. Reflexiona también sobre el carácter de los hijos de Palma, sobre cuyo exceso de reflexión y de inactividad ironiza. L’illa de la calma es una de las obras más logradas de Rusiñol. Tradu­cida a varios idiomas, da la medida de este oasis de contemplación, sin prisas, ni tris­tezas, ni histerias, donde la espera se hace sin angustia. Señalemos en esta obra un estilo desenfadado y agudo, y un sentido del humor y la paradoja de raíz popular.

El Isidro, Lope Félix de Vega Carpió

Poema en redondillas de Lope Félix de Vega Carpió (1562-1635), cuyo título completo es: Isidro. Poema castellano de Lope de Vega… en que se escribe la vida del bienaventurado Isidro, Labrador de Ma­drid y su Patrón divino. En el prólogo, el poeta hace una defensa del metro corto, y empieza el poema con estos versos: «Canto el varón celebrado, / sin armas, letras ni amor.» El tema del poema, por tanto, no es ni heroico ni amoroso, sino que es tema tradicional, cuyo valor sólo podrán com­prender — afirma el poeta — los que como él hayan nacido en Madrid y sientan el patronaje del santo. Por esto el poeta ha esco­gido seguramente el metro tradicional. En versos no muy afortunados va glosando la leyenda del santo: su nacimiento, su cría milagrosa, la intervención de los ángeles, las pruebas y tentaciones (como la de la castidad de su mujer) y su muerte y glo­rificación final. A pesar de su intento de componer una obra sencilla, el poema abun­da en alegorías, en alusiones literarias y bíblicas.

Isaotta Guttadauro y otras poesías, Gabriele D’Annunzio

[Isaotta Guttadauro ed altre poesie]. Poe­sías de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicadas en 1886, que celebran fundamen­talmente una mítica Isaotta. La tentativa de una poesía que es romántica autoconfesión, ya anunciada en el Intermezzo de ri­mas (v.), es aquí abandonada completamente por un tipo de poesía que es puro juego parnasiano de imágenes ya estilizadas y poé­ticas, que tienen la preciosa perfección de las cosas vacías, pero que alcanzan en su virtuosismo un rigor de estilo y un esplen­da propios de un arte refinadísimo. El poema de Isaotta narra, primero, la histo­ria de un beso sobre el fondo de un campo otoñal, y después, otro beso junto a una fuente en primavera, en una imitación per­fecta de formas típicas del siglo XV, cuya gracia consiste precisamente en el sentido de las formas como tales, más allá (o más acá) del sentimiento que en ellas se finge.

A propósito de algunas piezas de la segunda parte del libro y en especial del poema irre­ligioso de Eleabani, el mismo autor aclara con una nota el carácter de «puro y simple, e incluso si se quiere, ocioso ejercicio de estilo y de métrica»; desde este punto de vista el volumen puede considerarse el can­cionero de aquel Andrea Sperelli (v) prota­gonista de El placer (v.), quien, incluso es­cribiendo poesías, «más que el pensamiento amaba la expresión». Este será, en un so­neto añadido a la edición de 1890, el credo estético de D’Annunzio: «Oh poeta, divina es la Palabra;/en la pura Belleza el cielo depositó/toda nuestra alegría; y el Verso lo es todo». [«O poeta, divina é la Parola;/ ne la pura Belleza il ciel ripose/ogni nos- tra letizia; e il Verso é tutto»]. Este juego no se limita siempre a ser un frío juego métri­co; una emoción más sensible lo anima cuan­do se afina en ritmos musicalmente ligeros, como en las breves estrofas de los «Rondó» y de las «Romanze», en las cuales ninguna imagen, ningún sentimiento, va más allá de un madrigal o de una viñeta; ésta es la má­xima profundidad que puede admitir la lige­reza del juego. De esta manera nacen «Dolcemente muor Febbraio», «Quante volte in su’ mattini», y las demás piezas del libro, que más o menos se acercan a la elegancia de estas dos composiciones.

A partir de la edición de 1890, posiblemente para eludir el recuerdo de la burla hecha a la obra por Edoardo Scarfoglio en una crónica titulada Risaotta al Pomidauro (la cosa acabó con un duelo), el libro cambió de título, divi­diéndose en dos partes distintas, L Isottéo (v.) y La Quimera (v.), cada una de ellas aumentada con nuevos poemas.

E. de Michelis

Isaías, Isaías

[Jahvé salva]. Libro canónico del Antiguo Testamento (v. Biblia), atribuido, en el título, al profeta Isaías, hijo de Amos (s. VIII-VII a. de C.). Comprende sesenta y seis capítulos, y su admirable contenido versa principalmente acerca del cautiverio de Babilonia, el retor­no del destierro y el Mesías.

El primer capítulo es como el anuncio del tema, o, mejor dicho, el compendio de toda la obra; el profeta clama contra los desórdenes de Judá censurando ásperamente a sus conciu­dadanos la ignorancia y la negligencia por las cosas del Señor, la vanidad, el egoísmo, la insensibilidad hacia los hermanos des­venturados, el fraude, la sensualidad, y, particularmente, la inclinación al culto ido­látrico. A menudo contrapone a los judíos rechazados y olvidados, los paganos llama­dos, a su vez, a la nueva fe, y esto con rápida escritura, como si con una sola mi­rada aferrase los perfiles de las figuras y de las contrafiguras. Las Profecías están divididas en dos partes. La primera (I, 1- XXXIX, 8) nos presenta las amenazas de Dios, y contiene dos secciones, la primera de las cuales (I, 1-XXXV, 10) refiere los vaticinios de Isaías acerca de Judá y Jerusalén y sobre el Mesías (I, 1-XII, 6), los oráculos contra las naciones (XIII, 1 -XXIII, 18), y, en último lugar, las profecías referentes a la consumación de las cosas (XXIV, 1-XXXV, 10). La segunda sección de la primera parte (XXXVI, 1-XXXIX, 8) narra la historia de Ezequías, liberado de los asirios, sanado de una enfermedad, y amo­nestado por el profeta.

La segunda parte (XL, 1-LXVI, 34) desarrolla un tema muy tratado; la tribulación está a punto de ter­minar, la iniquidad ha sido borrada, la sal­vación ha venido; se tiene la certidumbre de la redención del destierro y de la victo­ria del reino teocrático (XL-XLVIII): el siervo de Yahvé, el Mesías, será víctima de expiación sometiéndose a los padecimientos de la pasión (XLIX-LVII). Aquí es donde Isaías, especialmente cuando se detiene a contemplar el hecho de la vocación de los gentiles a la fe, a la gracia, a la salvación del Nuevo Adán, revela más alta su mística inspiración. Isaías es orador vigoroso, elo­cuente, que sabe hallar las comparaciones más audaces y dar a las figuras más comu­nes una elegancia y una expresión poética admirables. Sus períodos quedan siempre bien acabados y casi alegremente redondeados, sin asperezas ni contorsiones, con fluido ritmo. Nobleza, esplendor y sublimi­dad de pensamiento y de formas parecen refrendarlo. «Y alzará una señal a las na­ciones lejanas; y silbará al que está en el confín de la Tierra, y he aquí que llegará pronto y veloz…» (V. 25). Para dar más vigor a sus ideas y a sus sentimientos busca asonancias de efecto: «Kebodo yegod yecod Kyqod»: «y debajo de su gloria se encen­derá un incendio como un incendio de fuego» (X, 16). Su estilo no es nunca pro­lijo y monótono, ni siquiera cuando se sigue discurso tras discurso; debemos ver en él el respeto hacia el más clásico concepto de la limitación. Llega directamente a sus oyen­tes, incisivo y sarcástico cuando habla de los ídolos, sabe presentar en ciertas senten­cias la imagen de lo vano, disipando con un relámpago las más fuertes ilusiones entre el pueblo. Con alegres visiones nos pinta la era mesiánica; cincelados admirablemente, desfilan ante nuestros ojos cuadros serenos, en una atmósfera apacible de luz y sombra motivos idílicos de viva frescura, imágenes de perpetua primavera.

Así en el magnífico poema del «vástago de Jesé» (XI, 1-8): «y la justicia será cíngulo de sus lomos, y la fidelidad el ceñidor de sus costados; y el lobo habitará con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabritillo; y el ternero y el león y la oveja comerán juntos; un niñito los conducirá» (XI, 5-8). «El ternero pacerá con el oso, y sus crías pacerán jun­tas, y el león comerá hierba con el buey; y el niño de pecho jugará sobre el escon­drijo de la serpiente; y en la madriguera del basilisco meterá la mano el niño recién destetado…». La notable diferencia de estilo y de tema entre la primera y la segunda parte del libro ha hecho suponer a muchos críticos que no ha sido uno sólo el autor de la obra. La tesis racionalista, a propó­sito de esto, se basa esencialmente en la negación de la profecía; para la segunda parte, donde explícitamente aparece el nom­bre de Ciro, que vivió mucho más tarde y se profetiza sobre el destierro de Babilonia, el autor debe haber sido un cierto deutero- Isaías de época posterior. Con todo, se hallan pruebas de la autenticidad del se­gundo libro en el Nuevo Testamento (Isaías, XL, 3 es citado en San Marcos I, 3; Isaías XLII, 1-4 en San Mateo XII, 18-21; Isaías LUI. I en San Juan XII, 38, etc.). Por otra parte no es probable que un presunto deutero-Isaías, que vivió después del cautiverio de Babilonia, haya podido usar un lenguaje tan puro y mostrarse tan familiarizado con lugares y cosas de Palestina.

G. Boson

Ise Monogatari, Anónimo

[Historia de Ise]. Es esta una de las numerosas «monogatari» (historia, narración) que nos ha legado la tradición literaria japonesa. No se conoce la fecha exacta en que salió a la luz, pero muchos investigadores la colocan en la épo­ca de Heian (siglo X), inmediatamente des­pués de las célebres obras Kokin-waka-shū (v.) y Gosen shū (v. Choku-sen shū). Varias son las hipótesis sobre el autor de esta popular obra, que muchos llaman también Monogatari de Zaigo o bien Diario del ge­neral Zaigo, según el nombre del presunto autor. Es probable que este general no fuera otro que el escritor Arinwara-no-Narihira, gentilhombre de corte que vivió entre 825 y 885 aproximadamente. Los sostenedores de esta tesis atribuyen a la poetisa Ise (m. en 939) la sucesiva reelaboración del texto, que por esto fue transmitido con el título de Ise Monogatari. Otros, en cambio, opinan que la palabra Ise no viene del nombre de esta poetisa, sino del primer capítulo del libro que narra una escena que se des­arrolla precisamente en la ciudad de Ise.

Se­gún una tercera hipótesis, que es la que parece más digna de crédito, la palabra Ise, que en japonés antiguo quiere decir «extra­vagancia», alude aquí al contenido extrava­gante del libro. Sea como fuere, el Ise Mo­nogatari es uno de los clásicos más conoci­dos del Japón, en ciento veinticinco capí­tulos, que contienen muchos episodios de amor y románticas aventuras sucedidas a un noble señor de Kyoto. El libro está lleno de aventuras sobrenaturales, con apariciones de demonios, espectros y otros seres fantásticos, que se agitan en torno del protago­nista, que es para los japoneses un poco lo que para los europeos es Casanova: un aventurero simpático y libertino. En el texto según el género de los «monogatari», se incluyen muchas poesías. Como contenido fantástico, el Ise Monogatari es sin duda alguna inferior al Taketori Monogatari (v.), que es, tal vez, la obra más representativa de este género, pero está perfectamente construido y escrito en un estilo elegantí­simo. Reviste particular importancia el in­flujo que esta obra ejerció en los autores de la literatura Genyi.

S. Nogami