Isaotta Guttadauro y otras poesías, Gabriele D’Annunzio

[Isaotta Guttadauro ed altre poesie]. Poe­sías de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicadas en 1886, que celebran fundamen­talmente una mítica Isaotta. La tentativa de una poesía que es romántica autoconfesión, ya anunciada en el Intermezzo de ri­mas (v.), es aquí abandonada completamente por un tipo de poesía que es puro juego parnasiano de imágenes ya estilizadas y poé­ticas, que tienen la preciosa perfección de las cosas vacías, pero que alcanzan en su virtuosismo un rigor de estilo y un esplen­da propios de un arte refinadísimo. El poema de Isaotta narra, primero, la histo­ria de un beso sobre el fondo de un campo otoñal, y después, otro beso junto a una fuente en primavera, en una imitación per­fecta de formas típicas del siglo XV, cuya gracia consiste precisamente en el sentido de las formas como tales, más allá (o más acá) del sentimiento que en ellas se finge.

A propósito de algunas piezas de la segunda parte del libro y en especial del poema irre­ligioso de Eleabani, el mismo autor aclara con una nota el carácter de «puro y simple, e incluso si se quiere, ocioso ejercicio de estilo y de métrica»; desde este punto de vista el volumen puede considerarse el can­cionero de aquel Andrea Sperelli (v) prota­gonista de El placer (v.), quien, incluso es­cribiendo poesías, «más que el pensamiento amaba la expresión». Este será, en un so­neto añadido a la edición de 1890, el credo estético de D’Annunzio: «Oh poeta, divina es la Palabra;/en la pura Belleza el cielo depositó/toda nuestra alegría; y el Verso lo es todo». [«O poeta, divina é la Parola;/ ne la pura Belleza il ciel ripose/ogni nos- tra letizia; e il Verso é tutto»]. Este juego no se limita siempre a ser un frío juego métri­co; una emoción más sensible lo anima cuan­do se afina en ritmos musicalmente ligeros, como en las breves estrofas de los «Rondó» y de las «Romanze», en las cuales ninguna imagen, ningún sentimiento, va más allá de un madrigal o de una viñeta; ésta es la má­xima profundidad que puede admitir la lige­reza del juego. De esta manera nacen «Dolcemente muor Febbraio», «Quante volte in su’ mattini», y las demás piezas del libro, que más o menos se acercan a la elegancia de estas dos composiciones.

A partir de la edición de 1890, posiblemente para eludir el recuerdo de la burla hecha a la obra por Edoardo Scarfoglio en una crónica titulada Risaotta al Pomidauro (la cosa acabó con un duelo), el libro cambió de título, divi­diéndose en dos partes distintas, L Isottéo (v.) y La Quimera (v.), cada una de ellas aumentada con nuevos poemas.

E. de Michelis