Isaías, Isaías

[Jahvé salva]. Libro canónico del Antiguo Testamento (v. Biblia), atribuido, en el título, al profeta Isaías, hijo de Amos (s. VIII-VII a. de C.). Comprende sesenta y seis capítulos, y su admirable contenido versa principalmente acerca del cautiverio de Babilonia, el retor­no del destierro y el Mesías.

El primer capítulo es como el anuncio del tema, o, mejor dicho, el compendio de toda la obra; el profeta clama contra los desórdenes de Judá censurando ásperamente a sus conciu­dadanos la ignorancia y la negligencia por las cosas del Señor, la vanidad, el egoísmo, la insensibilidad hacia los hermanos des­venturados, el fraude, la sensualidad, y, particularmente, la inclinación al culto ido­látrico. A menudo contrapone a los judíos rechazados y olvidados, los paganos llama­dos, a su vez, a la nueva fe, y esto con rápida escritura, como si con una sola mi­rada aferrase los perfiles de las figuras y de las contrafiguras. Las Profecías están divididas en dos partes. La primera (I, 1- XXXIX, 8) nos presenta las amenazas de Dios, y contiene dos secciones, la primera de las cuales (I, 1-XXXV, 10) refiere los vaticinios de Isaías acerca de Judá y Jerusalén y sobre el Mesías (I, 1-XII, 6), los oráculos contra las naciones (XIII, 1 -XXIII, 18), y, en último lugar, las profecías referentes a la consumación de las cosas (XXIV, 1-XXXV, 10). La segunda sección de la primera parte (XXXVI, 1-XXXIX, 8) narra la historia de Ezequías, liberado de los asirios, sanado de una enfermedad, y amo­nestado por el profeta.

La segunda parte (XL, 1-LXVI, 34) desarrolla un tema muy tratado; la tribulación está a punto de ter­minar, la iniquidad ha sido borrada, la sal­vación ha venido; se tiene la certidumbre de la redención del destierro y de la victo­ria del reino teocrático (XL-XLVIII): el siervo de Yahvé, el Mesías, será víctima de expiación sometiéndose a los padecimientos de la pasión (XLIX-LVII). Aquí es donde Isaías, especialmente cuando se detiene a contemplar el hecho de la vocación de los gentiles a la fe, a la gracia, a la salvación del Nuevo Adán, revela más alta su mística inspiración. Isaías es orador vigoroso, elo­cuente, que sabe hallar las comparaciones más audaces y dar a las figuras más comu­nes una elegancia y una expresión poética admirables. Sus períodos quedan siempre bien acabados y casi alegremente redondeados, sin asperezas ni contorsiones, con fluido ritmo. Nobleza, esplendor y sublimi­dad de pensamiento y de formas parecen refrendarlo. «Y alzará una señal a las na­ciones lejanas; y silbará al que está en el confín de la Tierra, y he aquí que llegará pronto y veloz…» (V. 25). Para dar más vigor a sus ideas y a sus sentimientos busca asonancias de efecto: «Kebodo yegod yecod Kyqod»: «y debajo de su gloria se encen­derá un incendio como un incendio de fuego» (X, 16). Su estilo no es nunca pro­lijo y monótono, ni siquiera cuando se sigue discurso tras discurso; debemos ver en él el respeto hacia el más clásico concepto de la limitación. Llega directamente a sus oyen­tes, incisivo y sarcástico cuando habla de los ídolos, sabe presentar en ciertas senten­cias la imagen de lo vano, disipando con un relámpago las más fuertes ilusiones entre el pueblo. Con alegres visiones nos pinta la era mesiánica; cincelados admirablemente, desfilan ante nuestros ojos cuadros serenos, en una atmósfera apacible de luz y sombra motivos idílicos de viva frescura, imágenes de perpetua primavera.

Así en el magnífico poema del «vástago de Jesé» (XI, 1-8): «y la justicia será cíngulo de sus lomos, y la fidelidad el ceñidor de sus costados; y el lobo habitará con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabritillo; y el ternero y el león y la oveja comerán juntos; un niñito los conducirá» (XI, 5-8). «El ternero pacerá con el oso, y sus crías pacerán jun­tas, y el león comerá hierba con el buey; y el niño de pecho jugará sobre el escon­drijo de la serpiente; y en la madriguera del basilisco meterá la mano el niño recién destetado…». La notable diferencia de estilo y de tema entre la primera y la segunda parte del libro ha hecho suponer a muchos críticos que no ha sido uno sólo el autor de la obra. La tesis racionalista, a propó­sito de esto, se basa esencialmente en la negación de la profecía; para la segunda parte, donde explícitamente aparece el nom­bre de Ciro, que vivió mucho más tarde y se profetiza sobre el destierro de Babilonia, el autor debe haber sido un cierto deutero- Isaías de época posterior. Con todo, se hallan pruebas de la autenticidad del se­gundo libro en el Nuevo Testamento (Isaías, XL, 3 es citado en San Marcos I, 3; Isaías XLII, 1-4 en San Mateo XII, 18-21; Isaías LUI. I en San Juan XII, 38, etc.). Por otra parte no es probable que un presunto deutero-Isaías, que vivió después del cautiverio de Babilonia, haya podido usar un lenguaje tan puro y mostrarse tan familiarizado con lugares y cosas de Palestina.

G. Boson