Isabel, Princesa Montenegrina, Gjura Jakšić

[Jelisaveta, Kneginja crnogorska]. Es el drama más importante de Gjura Jakšić, poeta, pintor y escritor serbio (1832-1878), publicado en 1868. Primero se tituló Los últimos Crnojevič.

El contenido es histórico- legendario: a Isabel, de noble familia vene­ciana y esposa del príncipe Jorge Crnojevič, no le gusta la nueva patria, que le parece incivilizada. Entretanto, un mensajero de Venecia va a pedir mil guerreros montenegrinos para luchar contra los turcos; Ve- necia entregará, a cambio, armas, municio­nes y una imprenta. Dos personalidades de la familia Orlović, Boško y Bogdan, y el capitán Djuraško, son contrarios a la pro­posición, pero mientras los dos primeros se rebelan y traman un complot, el capitán Djuraško, que aún siendo casado, está desde hace tiempo enamorado de la veneciana, intriga solamente para denunciar a sus compañeros y adquirir de ese modo méritos a los ojos de Isabel. De hecho, apenas el malhumor de los Orlović se concreta en un plan contra el príncipe Jorge, Djuraško va ocultamente a denunciarlos y acusa también al hermano del príncipe, Staniša Nace así un odio mortal entre el marido de Isabel y su hermano. En la asamblea en que los notables deciden ayudar a Venecia, Rados, el más anciano de los Orlović, se levanta para expresar su desaprobación; Jorge le expulsa y así la situación se pre­cipita.

Las pasiones se encienden y los Orlović, con la ayuda de Staniša, ofendido por la actitud de su hermano y de su cu­ñada, inexplicable para él, preparan una conjura contra Jorge. Djuraško participa en el complot, porque aún nadie sabe que es un espía; pero antes de que su delación lleve los conjurados a la muerte, todos con­siguen huir. La mujer de Djuraško, sospe­chando la pasión de su marido por la prin­cesa e impulsada por los celos, les advierte del peligro. Para Staniša y los demás con­jurados no hay otro lugar donde huir que entre los turcos, haciéndose musulmanes. Y, junto con los turcos, vuelven para com­batir contra el ejército del príncipe Jorge, que es derrotado. A la noticia de la derrota, Isabel se vuelve loca y Jorge se aleja, de­jando el poder al obispo. Vuelve a la ciu­dad, como vencedor, el viejo Rados Orlović, que llora a los hijos caídos en combate y ve la decadencia de su patria. Isabel es uno de los dramas históricos más importantes del romanticismo serbio.

Escrito en mag­níficos yambos y troqueos, une a pasajes de solemne y trágica elocuencia fragmen­tos de lirismo delicado. Los personajes (Isabel, Djuraško, Staniša) parecen hoy más elocuentes que persuasivos, con sus carac­teres unilaterales, todos bondad o maldad. El argumento está sacado de los cantos populares del Ciclo de Iván Crnojevič (v.).

L. Salvini

Isabel y Essex, Giles Lytton Strachey

[Elisabeth and Essex]. El protagonista de esta obra histórica de Giles Lytton Strachey (1880-1932), publi­cada en 1928, es Roberto Devereux, conde de Essex. Éste, primo en segundo grado de Isabel de Inglaterra e hijastro de Leicester, presentado en la corte cuando apenas tenía veinte años, fascinó a la reina, que ya con­taba 53 años, y, afortunado rival de sir Walter Raleigh, fue el sucesor de su padrastro en los favores de la soberana. Y  mientras en la victoriosa expedición a Cádiz correspondieron a Raleigh los hono­res del combate naval, Essex fue el héroe del terrestre, por lo que fue muy querido por el pueblo. Pero en otras empresas diri­gidas contra España y las Azores fue des­afortunado, y su estrella comenzó a decli­nar. Isabel tan pronto le demostraba bene­volencia como frialdad desdeñosa, debido también a ciertas aventuras amorosas del Conde. Reconciliado con la reina, consiguió hacerse enviar a la Irlanda insurrecta como lord diputado. Valiente, pero sin genio militar, fracasó en su misión, aceptando por fin la tregua con Tyrone, jefe de los rebeldes. Después de una severa y humi­llante amonestación, fue privado de los beneficios del impuesto aduanero sobre los vinos dulces, monopolio que Isabel le había concedido unos años antes.

Entonces parece volverse loco, sostiene correspondencia con Jacobo, rey de Escocia, por fin reúne a sus secuaces y se dirige contra la City, espe­rando levantar a Londres a su favor. Pero no lo consigue; es detenido, conducido a la Torre, condenado a ser decapitado, y so­porta el suplicio con humildad compungida. Su vida es narrada por el autor sin pompa de aparato crítico, pero con profundidad de visión. En el trágico epílogo del drama, Essex advierte la agonía del viejo mundo caballeresco, de la antigua nobleza, a la que sustituye una nueva. Pero Strachey sobresale especialmente por la finura del análisis psicológico. Así, en la figura de Isabel, «criatura típicamente barroca en el siglo del barroco», su fuerza no estaba hecha de heroísmo, sino de disimulo, adap­tación, indecisión, parsimonia, contemporización. Se mezclaban en ella elementos viriles y femeninos. Aun teniendo un fuerte temperamento, sufrió muchas indisposicio­nes, quizás en gran parte de origen histé­rico. El autor busca la causa en impresio­nes infantiles. En ella el autor no ve la defensora de la Reforma, sino del Renacimiento: «la vieja clueca incubaba la Na­ción inglesa». El dramatismo de ciertas pá­ginas, el sutil humorismo de otras, la maes­tría del estilo, caracterizan esta historia, que es en sí misma una novela. [Trad. es­pañola de Rafael Calleja (Madrid, s. a.)].

E. di C. Seregni

 

Isagoge, Porfirio de Tiro

[Introducción]. Tra­tado de lógica del filósofo griego Porfirio de Tiro (232-principios del siglo IV), cono­cida también con el título de Las cinco vo­ces. Concebida como in­troducción a las Categorías (v. Organon) de Aristóteles, acogidas por el neoplatonis­mo, esta obra fue, con la citada, tradu­cida y comentada en latín por Severino Boecio, entrando así de lleno en la tradición cristiana medieval, para la cual constituyó hasta el siglo XII la única fuente de estu­dio de la lógica.

Como insinúa su título, Las cinco voces, se trata en ella de cinco conceptos fundamentales: género, especie, diferencia específica, propiedad y accidente. Porfirio explica: «género», por ejemplo, ani­mal; «especie», por ejemplo, hombre; «dife­rencia», por ejemplo, racional; «propiedad», por ejemplo, que ríe; «accidente», por ejem­plo, blanco, negro, etc. Ahora bien, «hom­bre», siendo una especie, se predica de Só­crates y de Platón, que no difieren en especie sino por el número; «animal», siendo género, se predica del hombre, del caballo, del buey, etc., que no difieren entre sí por el género, sino por la especie, etc. En otros tantos capítulos se trata luego de los distintos conceptos y de sus relaciones de semejanza o diferencia. Del «género» da la siguiente definición: «lo que se predica de varias es­pecies distintas, según lo que una cosa es»; de la «especie», «lo que se predica de va­rias cosas distintas entre ellas por número, según lo que una cosa es». La «diferencia» es «aquello por lo que las cosas difieren entre sí». «Propiedad» se define como «aque­llo que sólo pertenece a una especie, y a toda la especie indisolublemente, como, por ejemplo, para el hombre el ser apto para la risa». En cambio el «accidente» se de­fine como «lo que está presente o ausente, sin que se destruya el sujeto». En capí­tulos separados se trata de «aquello que las cinco voces tienen de común y de diverso».

La Isagoge de Porfirio, conside­rada durante la Edad Media como introduc­ción indispensable a la comprensión de las Categorías y, por tanto, de la filosofía y la teología, y a la posesión de la felicidad eterna, debe sobre todo su gran importancia histórica a haber provocado la celebérrima cuestión acerca del valor cognoscitivo de los «universales», campo de lucha y discordia en el seno de la Escolástica (v.) desde el siglo IX hasta la primera mitad del XII. Fue Porfirio quien prendió el fuego que debía causar esta secular conflagración, de­clarando en su Isagoge que quería dejar por resolver el problema de si los géneros y especies, que se predican de muchos indi­viduos, son realidades subsistentes o bien si tienen existencia sólo en la mente («an in solis nudis intellectibus posita sint»), y, en el primer caso, si son realidades corpó­reas o incorpóreas, y si están separadas o situadas en las realidades sensibles («utrum separata, an in sensibus posita sint»). Para estimular la curiosidad, no podía hacer sin embargo más que añadir: «Se trata de un problema profundísimo» («altissimum est huiusmodi negotium») que requiere una es­pecial y más profunda investigación. Con­tribuyó a echar leña al fuego el mismo Boecio, al enunciar nuevamente las dos so­luciones que habían dado al problema Aris­tóteles y Platón. El primero afirmaba que los géneros y las especies «se encuentran en los objetos singulares, pero son pensados como universales»: nada es, pues, la especie sino un concepto sacado de individuos di­versos en número, pero sustancialmente se­mejantes.

Para Platón, advertía Boecio, los universales son en cambio ideas totalmente independientes: sustancias incorpóreas dis­tintas de los individuos, que ocupan un tercer orden entre las sustancias abstractas, después de los dioses y de los ángeles. El problema, así planteado por el comentarista de Porfirio en sus términos extremos, venía a enlazarse con el planteado ya por Platón en el Parménides (v.) ya preparar el debate interminable entre realistas, nominalistas y conceptualistas.

G. Pioli

Isabel, André Gide

[Isabelle]. Narración de André Gide (1869-1951), publicada en 1912. Un jo­ven estudiante que está preparando una te­sis sobre Bossuet necesita trasladarse al cas­tillo de Quartfourche donde se guardan unos preciosos documentos. Sus anfitriones, el erudito señor Floche, su mujer y los dos viejos marqueses de Saint-Auréol, viven hace años retirados en el castillo en com­pañía de un nieto tardo en inteligencia y desgraciado de cuerpo, un sacerdote precep­tor del muchacho, y escasa servidumbre. Lleno de curiosidad por aquel pintoresco grupo y la misteriosa soledad de aquella familia, el romántico joven llega a tener conocimiento de la existencia de una hija del marqués, madre de aquel pobre niño, la bellísima Isabel que, desde el asesinato de su prometido, muchos años atrás, en el parque del castillo, huyó de casa y lleva una vida desordenada y aventurera. Sobre los pocos datos recogidos por su indiscre­ción, nuestro héroe se construye una figura extraordinariamente sugestiva de aquella joven (a la cual consigue entrever una no­che durante una de sus secretas visitas a la familia), se enamora de aquella mujer e intenta hablarla, pero no lo consigue. Las vicisitudes de su propia vida le mantienen después alejado de aquellos lugares; y cuando, por fin, muchos años después, vuel­ve al castillo abandonado después de la muerte de sus propietarios, y a punto de ser vendido, y puede conocer a la misteriosa Isabel, no puede menos de advertir que ella no es más que una vulgar aventurera que siempre había despellejado a sus padres y ahora se dispone a liquidar sin escrúpulos los últimos restos de la herencia.

Esta breve novela está escrita con la habitual elegan­cia y delicada perspicacia no indigna del autor de Puerta estrecha (v.); sin embar­go la obra resulta excesivamente desenvuel­ta, despachada con seca habilidad que la distingue entre toda la producción restante de Gide y recuerda de modo curioso la árida perfección de ciertos cuentos de Merimée.

M. Bonfantini

La Isabela, Lupercio Leonardo de Argensola

Tragedia de Lupercio Leonardo de Argensola (1562-1613). El rey moro de Zaragoza, Alboacen, el viejo Audalla y Muley, capitán de las tropas, están enamo­rados de Isabela, doncella cristiana, que co­rresponde al último; el Rey, para humillarla y someterla a su pasión, decreta el destierro’ de todos los cristianos, entre ellos los pa­dres de Isabela. Adulce, moro valenciano, es desatendido en sus pretensiones amoro­sas por Aja, hermana del rey Isabela, al saber que la muerte de Muley está decre­tada por haber dilatado la ejecución del des­tierro, se ofrece a morir por él, aumentando esto la cólera del rey. El viejo Audalla, confidente del Alboacen, despreciado por Isabela, apresura la muerte de ésta y la de Muley. Isabela le pide ver a sus padres y hermana, y concedida esta súplica, aparecen los cadáveres de aquéllos. Mueren también los amantes. Audalla es degollado por haber sabido el rey que estaba enamorado de Isabela, y Adulce se suicida al no cumplir Aja su promesa de libertar a Isabela y a Muley, por no ser ingrato a su soberano, se presentan las cabezas de Audalia y Adulce. La infanta Aja mata a puñaladas a su her­mano el rey y se precipita desde lo alto de una torre. Se aparece el espíritu de Isabela, que dice ha renacido como el fénix y pide aplauso. Esta disparatada tragedia carece de unidad, verosimilitud e interés.

C. Conde