Iván Pidkova, Taras Sevčenko

Poema de Taras Sevčenko, poeta ucraniano (1814-1861), escri­to en 1839, publicado por vez primera en 1840, en San Petersburgo, en la primera colección de sus poesías, titulada Kobzar’ (que significa algo como «romancero»). Iván Pidkova es el nombre histórico de un jefe de los cosacos ucranianos, pretendiente al trono de Moldavia, degollado en 1578 por orden de Esteban Bathory, rey de Polonia. En este poema, Sevčenko describe. una imaginaria expedición marítima de Ivan Pidkova contra los turcos. Llama la aten­ción especialmente el extraño dinamismo y la concisa plasticidad del lenguaje. El viaje está descrito en diez líneas; para narrarlo en prosa harían falta, como dice uno de sus críticos, algunas páginas. Al valor artístico de los medios poéticos co­rresponde la aguda penetración en el espí­ritu del comandante y de las tropas. En la primera parte del poema el autor subraya el hecho de que los cosacos ucranianos «sabían mandar, sabían conquistar la gloria y la libertad»; con ellos contrasta el estado actual de sus descendientes. La segunda parte del poema nos presenta este cuadro, que consiste en la imagen de una sociedad completamente disciplinada, donde entre jefes y subordinados reina la más absoluta confianza, que permite llevar a cabo gran­des obras. La idea fundamental del Iván Pidkova es que sólo puede dominar la natu­raleza y a los hombres quien ante todo sabe dominarse a sí mismo y conoce el arte de la disciplina social.

E. Onastskyi

Iwein, Hartmann von Aue

Poema alemán de Hartmann von Aue (muerto aproximadamente en 1220), re­elaboración del lvain de Chrétien de Troyes (siglo XII).

El héroe Iwein (v. Ivain), después de vencer y matar al Caballero de la Fuente, se casa con su viuda, Laudine, pasando a ser de este modo el defensor de la fuente encantada. El sabio Gawein le advierte, empero, que el amor no debe hacerle olvidar las aventuras como hizo Erec (v.), e Iwein parte en busca de gloria, prometiendo a Laudine que volverá dentro de un año. Arrastrado por sus aventuras, el caballero deja transcurrir este plazo y, cuando Laudine le acusa de infidelidad, enloquece de dolor. Al volver en sí lleva a cabo nuevas hazañas, ayudado por un león, al que había liberado de una ser­piente, y al volver cubierto de gloria, se reconcilia con su esposa. Aunque siga fiel­mente el texto francés, en el conjunto, Iwein es, estilísticamente, uno de los más perfectos poemas de la Edad Media ale­mana.

No es nunca una mera traducción, sino interpretación, que añade o quita de­talles al relato, a menudo profundiza o bien cambia las situaciones psicológicas, y «revive» el texto transportándolo al nuevo idioma. La impresión dada por la lectura del nuevo texto es, por lo tanto, armónica y unitaria, dominada por un acento perso­nal, siempre «sottovoce», aunque siempre presente. El tono sentencioso y moralizante de Hartmann von Aue se eleva así a ver­dadera poesía, y la gracia del estilo, carac­terística de este escritor, se conforma, a la gentileza de los sentimientos caballerescos que inspiran este poema y que aparecen en aspectos típicos del espíritu germánico.

B.D. Ugo

Ivain, Chrétien de Troyes

[Ivain ou le chevalier au lion]. Poema del escritor francés Chrétien de Troyes (siglo XII). Ivain (v.), caballero de la corte del rey Artús (v.), parte para el bos­que de Brocelianda (donde se encuentra la fuente maravillosa que, al ser tocada, des­encadena una espantosa tempestad) para vengar a un compañero desarmado y derri­bado por un misterioso caballero; Ivain, por el contrario, consigue vencerle y herirle mortalmente, persiguiéndole hasta su cas­tillo, donde, sin embargo, es hecho prisio­nero y en el que hubiera corrido grave peli­gro de no haber acudido en su ayuda la joven Lunette, dándole el anillo que hace invisible. Con este anillo ve sin ser visto a la bella viuda de su víctima, se enamora y consigue casarse con ella. Después de al­gún tiempo, inducido a reemprender la vida de torneos y aventuras, Ivain vuelve con sus compañeros y olvida el plazo concedido por su mujer, que, enojada, le manda a de­cir que no vuelva más a su lado y que le devuelva su anillo.

Loco de dolor, Ivain anda errante de aventura en aventura, se­guido por un león al que ha salvado la vida, hasta que obtiene el anhelado perdón de la amada. Chrétien de Troyes se ha ser­vido para este poema de varios elementos célticos en los cuales predominan lo fantás­tico y lo maravilloso, pero los ha tratado con nuevo espíritu; se ve aquí, como en el Erec y Enide (v.), una crisis del amor con­yugal, pero Ivain representa el símbolo del marido-amante perfecto. Ningún otro héroe de Chrétien de Troyes encarna mejor que Ivain la ennoblecedora virtud del amor, que es uno de los motivos dominantes en toda la poesía cortés: Ivain es el primer tipo perfecto del «caballero errante» mantenedor del derecho, reparador de injurias y liber­tador de los oprimidos. En cuanto a Laudina, la viuda pronto consolada y luego es­posa de Ivain, constituye un motivo que pertenece al folklore universal y que el autor utiliza para hacer una delicada pin­tura del amor y de la coquetería innata. En una narración galesa de principios del si­glo XIII, Owein (v., y v. Mabinogion), en­contramos la misma historia narrada del mismo modo. En alemania, Hartmann von Aue lo imitó en la novela Iwein (v.).

C. Cremonesi

Ivanhoe, Walter Scott

Novela de Walter Scott (1771- 1832), publicada en 1819. Es la primera no­vela en la que Scott trató un argumento meramente inglés; pero la enemistad entre sajones y normandos, que él supone todavía viva en tiempos de Ricardo I, no encuentra ninguna base en los documentos contempo­ráneos. El sitio de Torquilstone deriva de Goetz von Berlichingen (v.) de Goethe.

Wilfred de Ivanhoe (v.), ama a la pupila de su padre, lady Rowena, descendiente del rey Alfredo, y es correspondido por ella. Pero Cedric, valeroso defensor de la causa de la restauración en el trono inglés de la estirpe sajona, imagina poder alcanzar su objeto haciendo casar a Rowena con un sajón de sangre real, Athelstane; por esto destierra furioso a su hijo. Ivanhoe se hace cruzado con Ricardo Corazón de León, y gana la gracia del rey. Durante la ausencia de Ricardo, su hermano Juan intenta ha­cerse con su trono. Como suele ocurrir en las novelas de Scott, el argumento sirve tan sólo para dar lugar a brillantes episodios. Estos son: un gran torneo en Ashby- de-la-Zouche, en el que Ivanhoe, ayudado por Ricardo, que ha regresado de incógnito a Inglaterra, vence a todos los caballeros del partido de Juan, entre ellos al feroz templario Sir Brian de Bois-Guilbert y a Sir Regjnald Front-de-Boeuf; y el sitio del castillo de éste, Torquilstone, donde Cedric y Rowena, con el herido Ivanhoe, Athels­tane, el judío Isaac de York y su linda y valiente hija Rebeca, han sido transpor­tados como prisioneros de los nobles nor­mandos.

El castillo, después de una encar­nizada batalla, es conquistado por un grupo de bandidos y de sajones guiados por Locksley, es decir, el legendario bandido Robin de los bosques (v.), y por el mismo rey Ricardo. (El castillo es incendiado por la anciana Ulrica, una sajona que fue la amante del asesino de su padre, y que ha tomado su venganza sembrando la discordia entre los normandos). Los prisioneros son liberados, a excepción de Rebeca, que el templario, enamorándose de ella, lleva con­sigo a Templestowe. Aquí Rebeca evita la seducción, pero es acusada de brujería y liberada por Ivanhoe, su campeón, que se bate con Bois-Guilbert, quien muere víctima de su violenta pasión. Ivanhoe se casa con Rowena; y Rebeca, ahogando su amor por Ivanhoe, abandona Inglaterra con su padre. Algunos personajes secundarios, Robín Hood; el fraile Tuck, jovial y luchador; Wamba, el bufón devoto de Cedric y el judío Isaac, en cuya alma, como en la del shakespeariano Shylock (de donde deriva, v.), luchan la avaricia y el amor hacia su hija.

La novela tuvo un gran éxito en Europa, y junto con Quintín Durward (v.) provocó la moda de la novela histórica, en que la fantasía se sirve de todos los recursos de la investigación erudita. A pesar de que Ivanhoe sea fácilmente criticable desde el punto de vista histórico, su agilidad narra­tiva justifica su gran popularidad. Además, el mismo Scott, como declara en la carta dedicatoria, solamente quería conservar el matiz general de la época, sin introducir nada que contrastara con un determinado clima histórico, pero reservándose cierta libertad en los detalles. Es, como alguien dijo, un gran baile de máscaras. De la no­vela se sacaron las óperas de G. Pacini (1796-1867), Ivanhoe; de Bartolomeo Pisani (1811-1893), Rebeca, según libreto de F. M. Piave (1810-1876), y de O. Nicolai (1810- 1849), El Templario (1840). Su influencia se nota en los Novios (v.) (la situación de Lucía, v., vigilada en la torre por una vieja, semeja la de Rebeca prisionera), en Marco Visconti (v.) de Tommaso Grossi, en Nuestra Señora de París (v.) de V. Hugo, etc. Una serie de litografías para ilustrar el Ivanhoe fue dibujada por Francisco Hayez (1791-1882); y Federico Moia (1802-1885) dibujó con vivos colores La ermita de fray Tuck. Una burlesca continuación de Ivan­hoe es Rebeca y Rovoena, novela sobre una novela, de Miguel Angel Titmarsh (v.), de William Makepeace Thackeray (1811-1863). [Trad. española en la Nueva colección de novelas de W. S. Traducidas por una So­ciedad de Literatos con el título Ivanhoe o El regreso de Palestina (Barcelona, 1831) y de J. Tomás Salvany (Barcelona, 1883). Hay innumerables ediciones modernas.

M. Praz

Shakespeare forja sus caracteres desde el corazón hacia lo exterior; Scott los forja desde la piel hacia lo interior, y no se acerca nunca al corazón. (Carlyle)

Un juicio sobre Scott. puede llegar a ser una piedra de toque de la decadencia. Si perdemos el contacto con este escritor des­preocupado y defectuoso será prueba de que nos hemos formado a nuestro alrededor un falso cosmos, un mundo de perfección mendaz y horrible. (Chesterton)

Inventó una manera de hablar para los personajes del pasado que es al mismo tiempo romántica y natural. (J. Buchau)

Los músicos que buscan en los dramas de Shakespeare el libreto de una ópera harían bien en bajar unos cuantos estantes de su biblioteca y contentarse con las novelas de Walter Scott. (E. d’Ors)

Ivanov, Antón Pavlovic Chejov

Drama ruso de Antón Pavlovic Chejov (1860-1904), representado por vez primera en Moscú en 1887. Es la primera obra teatral de Chejov, y sufre las conse­cuencias del sombrío pesimismo del tiempo y del escritor en aquella época.

Ivanov es el tipo del intelectual ruso neurasténico, desequilibrado aunque no loco, afectado por una forma de desequilibrio que Chejov, médico, estudió y describió concienzuda­mente en varios cuentos (por ejemplo, en La habitación n.° 6 y en El Monje Negro v.). Se agita en él un amor propio morboso, ofendido por continuos fracasos, que le empuja a quejarse sin cesar de sufrimientos ciertos e imaginarios. La vida parece ofre­cerle posibilidades de salvación, pero él sigue hundiéndose cada vez más. Mientras sueña y trabaja para construirse una exis­tencia digna y útil, felizmente casado con una joven judía que tuvo que arrancar a una familia de fanáticos, de repente pierde toda su fuerza moral y tolera que todo se derrumbe a su alrededor. Sin embargo, el pasado sigue matizándose para él con colores tanto más brillantes cuanto más incapaz y acabado se siente; y es precisamente por oírle hablar de estos ideales que la buena y tierna Sasa, rebosante de poesía y de anhelos, se enamora de él. Este amor ten­dría que devolverle la fuerza y la fe; muerta su mujer, está libre de dar a su ’ vida un nuevo rumbo. Pero al igual que rechazó una vez el amor de la muchacha, ahora que éste está a punto de adueñarse de su ánimo, él rechaza por debilidad la vida y se suicida.

Ivanov es indudablemente el «naufrage de la vie» de finales del si­glo XIX, producto de la vida europea de aquel tiempo, como prueba además el teatro de Ibsen; pero es también especialmente un tipo característicamente ruso, ya cono­cido en las épocas anteriores y aún modelo para escritores de la época posterior. Como tal reflejó un aspecto de la depresión de la época; el otro aspecto, el de la rebelión, aunque sorda y oculta, se anunciaba en la aparición de los primeros héroes de Gorki. Trad. italiana de Cario Grabher en Teatro di cechov (Florencia, 1923).

E. Lo Gatto