[Itinerarium mentís in Deum]. Tratado latino de San Buenaventura de Bagnoregio (Giovanni Fidanza, 1221-1274) y uno de los documentos más notables del misticismo medieval. La experiencia de la vida y la meditación de los deberes del cristiano incitan al autor a mostrar cómo la doctrina más alta no vale lo que la humildad del corazón; en vez de inútiles diatribas que enorgullecen al espíritu humano, es menester inclinarse ante el poder del Creador para comprender íntimamente las razones de su manera de obrar.
La fragilidad y el engaño, que anidan bajo las acciones de los hombres y en la presunta «ciencia», deben ser debelados por la fe de Dios. La criatura no puede arrogarse el uso del intelecto para descubrir mundos arcanos, si el espíritu no se ha inclinado antes en perfecta devoción ante quien conoce la razón de todas las cosas. La doctrina es, pues, uno de los elementos del itinerario de la mente hacia Dios, pero la humildad y la devoción son las máximas ayudas de que el hombre puede valerse para ascender hacia el Creador y mostrarse digno de su misericordia. La verdadera sabiduría, la que acerca a Dios, y hace por ello valorizar también dignamente la importancia de las cosas en la creación, está basada sobre el desprecio de sí mismo y de los bienes del mundo. En el itinerario hacia Dios el alma debe recorrer un camino que se divide en tres grados o etapas: el pensar que todas las cosas sensibles son una está basada en el desprecio de sí mismo del alma como «imagen de Dios»; y, finalmente, el abandono místico a la suprema realidad a «semejanza de Dios». En tal gradación se puede encerrar también el método que es necesario seguir en el conocimiento según los dictámenes de la filosofía aristotélica (la abstracción del intelecto) y la teoría agustiniana de la iluminación (por la cual el intelecto recibe de Dios una luz que le aclara su visión).
Podemos entender dignamente a Dios, en nuestra humildad, en cuanto Dios vive en nosotros y en nuestro espíritu, como ya había sido proclamado por el argumento ontológico de San Anselmo de Aosta. También San Buenaventura con los franciscanos afirma que es suficiente la idea de Dios en nosotros para estar seguros de la existencia de una suprema realidad como la suya. Remitiéndose a las sustanciales exigencias de la orden, San Buenaventura afirma que señal de humildad es, pues, la sabiduría que no se toma engreída por las vanidades aprendidas en las escuelas y proclamadas a veces por vanidad de roselitismo doctrinal, sino que se inclina ante la voz de Dios; y ella es tal que se manifiesta en la naturaleza, como en el dolor y en la fe de los hombres. Es famoso un ejemplo de San Buenaventura: dice a la vieja que está barriendo delante de la iglesia, que ella, más que él y su doctrina, es digna de la bondad de Dios, porque es más humilde y devota a los misterios de la fe. Poderoros auxilios para el itinerario de la mente hacia Dios son la humildad, el amor al misterio de la Encarnación, la devoción a la Pasión, a la Eucaristía, a la suprema bondad de Jesús, a la Virgen, y el respeto hacia la Iglesia. El medio de ascensión para el buen cristiano sea siempre el amor al prójimo, seguro y grandioso, que refulge en la vida y en la obra de San Francisco, fundador de la Orden, que halló en el autor de este tratado su más considerable seguidor e intérprete. Trads. de M. Barbano (Milán, 1924); de D. dal Monte (Bolonia, 1827); de A. Hermet. (Lanciano, 1923); de L. Stefani (Turín, 1928).
C. Cordié
El lírico del misticismo, el teólogo enamorado de María Virgen. (Carducci)

