La Joven Siberiana, Xavier de Maistre

[La jeune Sibérienne]. Novela del francés Xavier de Maistre (1765-1852), compuesta en Rusia y publicada en 1825. Su argumento es el azaroso viaje de una jovencita de Siberia a San Petersburgo para implorar gracia para su padre; el autor declara que quie­re dar a la historia toda su autenticidad, sin falsas amplificaciones novelescas, y en, realidad resplandece en ella el amor filial en la pureza de un sacrificio coronado por la muerte. Prascovia Lopulof, hija ejemplar de un desterrado político, de noble familia ucraniana, quiere obtener la revisión del proceso que ha truncado la brillante carrera de su padre. Obtenido un pasaporte, afron­tando animosamente peligros e incomodida­des de toda clase, llega por fin al lejano San Petersburgo. Recibida, tras un sinfín de peticiones y de negativas, por la em­peratriz madre y más tarde por el empera­dor, sabe defender con tan noble gracia y afecto la causa de su padre que obtiene la remisión de la pena para él y para otros dos desterrados que le habían ayudado en su valiente empresa. Pero Prascovia ya no volverá a su lejana aldea, ya que ha pro­metido dedicarse completamente a Dios.

Y en su nueva vida despliega todo el ar­diente fervor de su joven alma, apagándose lentamente, consumida por la tuberculosis, noble y patética víctima del amor y del deber. La narración sufre la influencia de las nuevas actitudes románticas, y el carác­ter mismo del argumento acentúa su pathos delicado y profundo. Vivas, precisas e inte­resantes son las páginas dedicadas a la estancia y a las peripecias de la protago­nista en San Petersburgo, y por su conjunto se reconstruye en esta interesante narra­ción un nítido cuadro de la sociedad rusa de aquel tiempo.

C. Cordié

El Joven Solitario, Milovan Vidakovic

[Usamljeni junosa]. Es la novela más conocida de Milovan Vidakovic (1789-1841), creador de la novela serbia y autor de una célebre Auto­biografía (v.). El joven solitario fue im­preso en 1810 en Budapest y reeditado tres veces durante el siglo XIX. El pasado de su país es el tema predilecto de Vidakovic, que vuelve sus ojos a la Edad Media serbia.

La acción sucede en los tiempos del déspota serbio Lazarevic (1370-1427). El joven Tichimil, hijo de Esteban Musió, vive solo en un monasterio. Un día le visita un guerrero, herido en la batalla de Chubugabad (1402), entre Tamerlán y Bayaceto. Se inicia así una conversación patriótica, que ocupa casi la mitad del libro. El guerrero le habla de Marco Kraljevic (v.), al que ha visto caer en Rovnin, y narra los detalles de la lucha entre Tamerlán y Bayaceto. A su vez, Tichomil le relata su vida. Su padre le había dado, antes de partir para la batalla de Cossovo, muchos sabios consejos sobre la educación, sobre el amor cristiano y sobre el modo de comportarse. Más tarde llega la noticia de que Esteban Musió había caído; y Tichomil, encontrándose solo, va a refu­giarse en aquel monasterio. Vive allí desde hace doce años; cuida los campos y se dedica a la lectura en las horas libres. Cuanto gana lo entrega a los pobres. A causa de su vida le llaman «el joven solitario».

El valor lite­rario de la obra de Vidakovic no es grande. Escribía para divertir y educar al lector, y sus novelas históricas son una imitación romántica de las novelas caballerescas de la literatura occidental. Bajo el disfraz his­tórico, más bien ingenuo, se adivina el mundo contemporáneo; este efecto está hoy acentuado por el tiempo, pero entonces su obra debía llevar a los lectores a un mundo desvanecido entre el polvo de las crónicas. La lengua, a menudo imprecisa, es una mezcla de serbio y de eslavo-eclesiástico. Pese a sus modestos medios, Vidakovic tiene todavía un vasto círculo de lectores, y de sus novelas históricas y en especial del Jo­ven solitario se nutre el espíritu patriótico.

L. Salvini

El Joven Medardo, Arturo Schnitzler

[Der junge Medardiis]. Drama histórico de Arturo Schnitzler (1862-1931), representado en el Burgtheater de Viena en 1910.

El drama se desarrolla en la Viena del 1809, durante la segunda toma de la ciudad por Napoleón; el estudiante Medardo, hijo de un librero vienés, desearía combatir contra el invasor de su patria. Pero a pesar de sus fieros pro­pósitos de matar al tirano, mata, simplemen­te, a una mujer, por celos. Una muerte heroica redime todas sus culpas; ante el ofi­cial ayudante de Napoleón reivindica alta­mente su intención de libertar a su pueblo de las manos del usurpador, rechaza su clemencia y es fusilado. La acción central, entresacada de un hecho histórico, se com­plica en tortuosa trama con las aventuras del Duque de Valois, emigrado francés esta­blecido en Viena y pretendiente a la corona de Francia. El Duque tiene dos hijos: Fran­cisco, que tendría que ser el heredero y que, en cambio, convertido en el amante de la hermana de Medardo, se mata con ella arrojándose al Danubio, y la joven y bellí­sima Elena de Valois. Ésta, sumamente am­biciosa y orgullosa, después de la muerte de su hermano aspira a ser madre de los futuros reyes de Francia: voluptuosa y sen­sual, tortura a Medardo ora entregándose a él, ora negándose e impulsándole a asesinar a Bonaparte. En primer plano está — como una reminiscencia del antiguo coro — la po­blación de Viena, dividida con respecto al invasor entre la admiración y el odio, entre llamaradas heroicas de libertad y el deseo de paz; después, curiosidad y admiración por la nueva Corte fastuosísima, intereses y ambiciones nuevas, nostálgicos recuerdos.

Todo esto hace de acompañamiento en sor­dina al dramón que en la primera redac­ción duraba siete horas, con 18 cuadros y 79 personajes; pero en el cual, aparte de la habilidad de los continuos golpes de teatro, no hay nada que tenga valor poético, ni asoma ninguna de las cualidades del Schnitzler de la buena época, el de Teresa (v.), del Ciego Jerónimo (v.), y de Amo­río (v.).

B. Allason

Jóvenes, Federico Tozzi

[Giovani]. Cuentos de Federico Tozzi (1883-1910), publicados el mismo año de la muerte del escritor. Forman una colección muy notable porque después de la publicación de Tres cruces (v.) atestigua nuevas posibilidades narrativas y acentúa ‘en el escritor aquel carácter transfigurado líricamente en la realidad cotidiana, que es una de sus características. Toda la vida está representada en los temas de estos cuentos, pero particularmente, como lo in­dica su mismo título, se analiza en ellos el malestar moral del paso de los sueños de adolescencia al triste contacto con la socie­dad humana.

Es significativa y ejemplar a este respecto «La sombra de la juventud» («L’ombra della giovinezza»): un aldeano que ama a una pobre muchacha de la ciudad, se ve obligado por el egoísmo de su her­mano a destruir su esperanza de felicidad, sucumbiendo en sus proyectos, ante un tris­te mundo de intereses y negocios. En «Una sbornia» («Una borrachera»), un individuo que está a punto de cumplir cuarenta años piensa casarse con una antigua pensionista suya; pero cuando va a visitarla se entera de que ha muerto, y después, con sus ami­gos, se emborracha para no pensar más en ello. El sufrimiento de los humildes ofrece al artista vasto campo de observaciones pe­netrantes, todas dirigidas en un agudo sen­tido del existir, casi en un atmósfera al modo de Dostoievski: de los pobres tísicos de «Pittori» («Los pintores»), a la maestrita que llora de la «Casa venduta» («La casa vendida») aparece verdaderamente vinculado a la experiencia universal de Humillados y ofendidos (v.). Asimismo la visión de unos desamparados que llevan adelante la vida «La matta» («La loca»), o continúa hasta la muerte en inútiles rencores, «Pigionali» («Inquilinos»), es como un vituperio ante la prueba de humanidad y gentileza de quien se entrega a la vida con verdadera ab­negación. Vigorosa por su representación de una realidad entretejida de pasiones y de amores se nos ofrece la visión de «Butteri di Maccarese» pintoresca revuelta de segadores entremezclada con una decla­ración de amor.

Estos cuentos son los más interesantes del volumen. En ellos y en otros también diáfanos en su línea de narración sobria y eficaz, Tozzi se muestra observador de la realidad y al mismo tiempo sagaz constructor de personajes y de escenas, aunque sea en el esbozo rápido y a veces caricaturesco de una aventura o de un per­sonaje.

C. Cordié

«Los Jóvenes-Francia», Théophile Gautier

[Les Jeunes-France]. Con esta etiqueta, aclarada por el subtítulo de Novelas burlonas [Romans goguenards], Théophile Gautier (1811-1872) lanzó, en 1833, una serie de narraciones ca­ricaturescas en que debe verse un cuadro burlón de la bohemia romántica de su tiempo (de la cual él mismo era uno de los tipos más originales) y al mismo tiempo una defensa del arte desinteresado, puro fin  por sí mismo. A diferencia de otras obras suyas, aquí su pluma es vivaz, ligera y ma­liciosa; sus páginas están animadas por una porción de figuritas observadas en la vida, y su narración está continuamente entre­mezclada (según una moda que los román­ticos habían desarrollado tomándola del siglo XVIII) de ingeniosas disertaciones, irónicos apostrofes al lector y sentencias más o menos graves.

En uno de estos cuen­tos («Celle-ci et celle-là, ou « La jeune Fran­ce passionnée»), nos presenta a un joven poeta romántico, Rodolfo, que «decide» tener una gran pasión; conquista según las mane­ras debidas a una bellísima dama, la cual resulta ser harto insulsa, y, después de muchas vanas tentativas para recubrir con disfraz novelesco la más trivial aventura, acaba por preferir el mucho más sabroso amor de una sencilla y apasionada joven- cita, es decir, de la graciosa criadita que cuida de su habitación de soltero. El sentido de esta narración reside en la divertida pin­tura de los esfuerzos del joven héroe para convencerse de que está viviendo una vida de personaje fatal y maldito a lo Byron; mientras que en realidad no es más que un buen muchacho, naturalmente simpático a todos, y no privado de ingenio cuando no pretende tener demasiado.

Por esta galería de tipos, esta obrita, en la cual Gautier se presenta casi como un precursor de Murger o de Musset (no faltan en sus novelitas par­tes finamente dialogadas), ha quedado como un documento muy característico y cierta­mente precioso de las costumbres literarias de la época.

M. Bonfantini