Kōshiden, Takai Ranzan

[El amor filial]. Novela del escritor japonés Takai Ranzan (1762-1838), publicada por primera vez con el título Kōshi Futaba Monogatari, a principios del siglo pasado, con ilustraciones del pintor Hokuga Hotei. Kōshíden es una historia de venganzas y de sangre, en la cual, sin embargo, se ensalzan los afectos domésticos.

Kumashiro Kitoda, vasallo de Akamatsu Masa nori, gobernador de la provincia de Harima, prendado de la hija de su colega. Tanabe Yernon, la pide por esposa, pero es rechazado. Cegado por los celos y el des­pecho, porque mientras tanto la joven se ha casado con otro pretendiente, para ven­garse, acusa falsamente de irregularidad en sus funciones a Tanabe, el cual se ve obli­gado a hacerse el harakiri. A consecuencia de esta desgracia, el joven esposo tiene que dimitir su cargo y refugiarse con su esposa y sus dos hijos en Kyushu. Mientras tanto, Kumashiro es despedido a su vez del cargo que ocupaba, por haber realizado otra fe­choría, y se refugia también en Kyushu, donde se asocia con un grupo de bando­leros. Aún no satisfecho de su venganza, con la ayuda de la banda mata al marido de la mujer amada, la cual muere lenta­mente, consumida por la desesperación, a pesar de los cuidados de sus dos hijos, Sugane y Kotaro. Después de la muerte de sus padres, los dos huérfanos, desesperados, deciden morir también, y se arrojan al mar, pero son salvados por un bonzo bu­dista que años antes había sido guerrero y amigo de su padre. Por mediación de este caritativo bonzo, el gobernador de Ha- rima se entera de la triste historia de su familia y de los delitos de que han sido víctimas. Entonces da orden de arrestar a Kumashiro y, en su presencia, deja que Sugane y Kataro cumplan la natural ven­ganza contra el asesino de sus padres. Kotaro es puesto en el lugar que ocupaba antes Kumashiro, mientras que el buen gobernador casa a la joven Sugane con un caballero de su séquito.

La trama de la novela es mediocre y gastada, pero el libro gozó de gran favor entre la clase popular. Es un ejemplo de la fuerza de los vínculos familiares en la vida civil del Japón.

S. Nocami

Kōshoku Ichidai Onna, Ihara Saikaku

[Vida de una cortesana]. Obra en 24 capítulos, del escritor japonés Ihara Saikaku (1642-1693), publicada en 1686 con ilustraciones del pintor Yoshida Hambei. El libro pertenece a los llamados «ukiyo-zōshi», es decir «narraciones eróticas», iniciadas por este autor y que, por su contenido, rozan en muchos puntos la pornografía; el autor, a pesar de no ser hombre de gran cultura, se hizo muy popular en el Japón, gracias a su exuberante imaginación. El libro em­pieza con estas palabras: «Había una vez una casa en Saga (Kyōto) llamada «kōshoku-an» (casa de la mujer perdida)», cuya dueña era una vieja.

Dos gentilhombres van de visita a aquella casa y la vieja les cuenta su historia. Ella era la hija de un noble de Kyōto, y llegó a ser, a pesar de su juventud, dama de corte en el palacio de un príncipe. Allí, apenas cumplidos los trece años, se enamoró de un joven cortesano, y como en aquel tiempo estaba prohibido el amor entre una dama de corte y un cortesano, los dos enamorados fueron desterrados. Abandonada muy pron­to la jovencita por su amante, se unió a una compañía de artistas ambulantes, con los cuales hizo largos viajes por el país. Un día llegó a una ciudad en la que logró despertar las simpatías de un daimyo y se convirtió en su amante. Pero el hombre estaba casado y pronto, cansado de aquel amor culpable abandonó a su amiga. A los dieciséis años se hizo «gheisa» y entró en una célebre casa de té de Shimawara. Era aún elegante y bella, y durante mucho tiempo consiguió tener gran éxito y des­pertar admiración en todos los clientes. Pero lentamente perdió su esplendor, cayó enferma y empezó así la decadencia. En el curso de sus andanzas de una a otra casa, llegó a Osaka en la más absoluta miseria.

Cierto día, en Kyōto. mientras estaba ab­sorta en sus rezos en un templo budista, al levantar los ojos le pareció que los quinien­tos rakan (santos budistas) tenían el sem­blante de los quinientos amantes que había tenido en su juventud. Ante esta visión la mujer se sintió invadida de una gran amar­gura por su vida pasada y. a los sesenta y cinco años se retiró del mundo para ha­cerse monja. La Vida de una cortesana está considerada como la obra maestra de Saikaku, que revela en ella un sentido de ob­servación nuevo en la narración japonesa, un realismo a menudo brutal pero siempre vivificado por una fuerza insuperable, una fuerza representativa, rica de color. Ad­quiere particular importancia el estilo, con el cual Saikaku, fundiendo el lenguaje an­tiguo con el habla popular de su tiempo, renovó por completo la manera de narrar. Trad. de G. Bonmarchand, Vie d’une amie de volupté, en «Jubiläumbsband der deutschen Gesellschaft für Natur und Völker­kunde Ostasiens» (Tokio, 1933).

S. Nogami

Kotik Letaev, Andrei Beiyi

Novela autobiográfica de Andrei Beiyi, pseudónimo del escritor ruso Boris Nicolaevič Bugaev (1880-1934), publicada en Moscú en 1914. Constituye la tercera parte de la trilogía Oriente y Occidente (v. El palomo de plata y retro­grado). El protagonista, Kotik Letaev, hijo de un célebre matemático, es un niño pro­digio que desde su más tierna edad tiene acceso a los tesoros de la cultura, hasta que, empujado por una creciente nostalgia do «azules inmensidades», un día parte ha­cia lo desconocido. Beiyi ha querido descri­bir la mentalidad de un niño que despierta a la vida, pero dejando de lado cualquier elemento anecdótico y procurando captar y poner al descubierto el mecanismo de la inteligencia y de la sensibilidad en el mo­mento de su despertar, poniendo el yo en el centro de la creación, como punto de partida para la vida sensible. Este proce­dimiento presenta ciertas analogías con el de Joyce y de Proust, pero la novela no pasa de ser la menos lograda de la trilogía.

O. S. Resnevich

Konzertstück, Carl Maria von Weber

[Pieza para concierto]. Obra para piano y orquesta de Carl Maria von Weber (1786-1826), cuya primera audición se dio en Dresde el 25 de junio de 1821. Weber encarna en toda su amplitud el romanticismo alemán en el que se mezclan siempre la ternura, la violencia y la magia. Los dramas más profundos del corazón humano son allí ju­guete en manos de las potencias superio­res, representadas por el Destino, ese Des­tino que decide la redención de Fausto (v.) o el hundimiento del Walhalla: que siem­pre es del amor de donde viene la salva­ción a los hombres. Weber acababa de con­cluir su Freischutz (v.), cuando emprendió la composición de su Konzertstück en 1821, sobre el plan que había abandonado en 1815.

Está dedicado a la princesa María Augusta de Sajonia. Está más cerca de un poema sinfónico que de un concierto. El piano está tratado como un instrumento de orquesta, incluso cuando por unos instantes Weber satisface el afán de virtuosismo de sus Intérpretes. Pero ha dejado una traba­zón literaria muy precisa de su partitura; sigue- nota a nota los episodios, de un ro­manticismo a veces descabellado. «Una dama se halla sentada ante la ventana de una alta torre. Contempla tristemente el pai­saje. Hace muchos años que su caballero partió para Tierra Santa; las batallas se han sucedido una tras otra, pero ella ja­más ha tenido nuevas de su amado. Todas sus plegarias han sido inútiles; un espejis­mo aparece ante sus ojos: ve al caballero sangrando, abandonado en el campo de ba­talla. ¡Oh si ella pudiera estar junto a él y morir a su lado! Cae desvanecida. Pero de pronto, ¿qué es lo que se ve brillar en el bosque? ¿qué son aquellas sombras que se aproximan? He aquí a los caballeros, los escudos marcados con el signo de la cruz, las banderas al viento. Se alzan los vítores del pueblo que les aclama. Está allí, es él; ella cae en sus brazos deshecha de amor. Los bosques y las nubes cantan la gloria del amor; mil voces proclaman su victoria».

Este Konzertstück sobresale sobre todo por su fuerza expresiva, su color, su exaltación, su arrebato. Es una de las más bellas páginas de la música romántica. No se puede conceder el mismo crédito a los dos Concertos que Weber escribió en 1810 y 1812, aun cuando el segundo contenga las fórmulas de orquestación de las que Schumann y Wagner habían de aprovecharse más tarde.

Kordjan, Juljusz Stowacki

Poema dramático del poeta polaco Juljusz Stowacki (1809-1849), publi­cado en París en 1834, que, sobre la trama de un imaginario atentado al Zar ruso re­fleja con profunda penetración el estado de ánimo de un exaltado generoso, angustiado por las desventuras de su patria oprimida, y decidido a sacrificar su propia vida para matar al Zar, pero retenido en el último momento por una íntima indecisión ante el delito.

El protagonista, Kordjan, quiere ven­gar a su pueblo oprimido suprimiendo al que considera máximo responsable o, por lo menos, máximo exponente de la tiranía extranjera a la cual está sometido. Consi­gue llegar armado y sin ser visto hasta la puerta de la habitación donde duerme el Zar, ignorante del peligro que corre. No le falta más que abrir la puerta y herir a la víctima. Pero precisamente en aquel mo­mento decisivo le faltan sus fuerzas, y asaltado por los fantasmas de la imagina­ción y del miedo, duda, se desconcierta, cae sin sentido y es, por lo tanto, descu­bierto, arrestado y conducido, como loco, al manicomio. El poema tiene su origen en el antagonismo entre Stowacki y Mickiewicz, en su envidia por la gloria y la popu­laridad de éste y en su rencor por el ofen­sivo retrato que en los Antepasados (v.) hizo del segundo marido de su madre. Esta animosidad del poeta contra Mickiewicz en­cuentra su más completa expresión en el prólogo de Kordjan.

Por otra parte, el poe­ma entra de lleno en el cuadro de las obras patrióticas de Stowacki. y está enla­zado espiritualmente con Lambro (v.) y con Horsztynski, poemas todos ellos que expre­san en formas y grados distintos los sen­timientos del poeta hacia su desgraciada patria. Ello no obsta para que en él se reflejen también las principales caracterís­ticas del espíritu slowackiano: su senti­miento de desolado abatimiento ante la vida, su pesimismo, su indecisión práctica, que no le permiten dar una forma concreta ni siquiera al ideal patriótico que es la base de la acción. El poema, aunque com­puesto casi como un reto lanzado a su rival. Mickiewicz, está, en el fondo, cons­truido sobre el modelo de los Antepasados de aquél (compárese sobre todo el monólogo de Kordjan en la cumbre del Monte Blanco con el monólogo de Conrado en los Ante- Visados). Este poema debía formar la pri­mera parte de una trilogía que no fue jamás acabada. Desde el punto de vista artístico es una grande y hermosa afirma­ción de las elevadas cualidades dramáticas del poeta, de la potencia de su estilo y de la belleza de su lenguaje.

E. Damiani