Konzertstück, Carl Maria von Weber

[Pieza para concierto]. Obra para piano y orquesta de Carl Maria von Weber (1786-1826), cuya primera audición se dio en Dresde el 25 de junio de 1821. Weber encarna en toda su amplitud el romanticismo alemán en el que se mezclan siempre la ternura, la violencia y la magia. Los dramas más profundos del corazón humano son allí ju­guete en manos de las potencias superio­res, representadas por el Destino, ese Des­tino que decide la redención de Fausto (v.) o el hundimiento del Walhalla: que siem­pre es del amor de donde viene la salva­ción a los hombres. Weber acababa de con­cluir su Freischutz (v.), cuando emprendió la composición de su Konzertstück en 1821, sobre el plan que había abandonado en 1815.

Está dedicado a la princesa María Augusta de Sajonia. Está más cerca de un poema sinfónico que de un concierto. El piano está tratado como un instrumento de orquesta, incluso cuando por unos instantes Weber satisface el afán de virtuosismo de sus Intérpretes. Pero ha dejado una traba­zón literaria muy precisa de su partitura; sigue- nota a nota los episodios, de un ro­manticismo a veces descabellado. «Una dama se halla sentada ante la ventana de una alta torre. Contempla tristemente el pai­saje. Hace muchos años que su caballero partió para Tierra Santa; las batallas se han sucedido una tras otra, pero ella ja­más ha tenido nuevas de su amado. Todas sus plegarias han sido inútiles; un espejis­mo aparece ante sus ojos: ve al caballero sangrando, abandonado en el campo de ba­talla. ¡Oh si ella pudiera estar junto a él y morir a su lado! Cae desvanecida. Pero de pronto, ¿qué es lo que se ve brillar en el bosque? ¿qué son aquellas sombras que se aproximan? He aquí a los caballeros, los escudos marcados con el signo de la cruz, las banderas al viento. Se alzan los vítores del pueblo que les aclama. Está allí, es él; ella cae en sus brazos deshecha de amor. Los bosques y las nubes cantan la gloria del amor; mil voces proclaman su victoria».

Este Konzertstück sobresale sobre todo por su fuerza expresiva, su color, su exaltación, su arrebato. Es una de las más bellas páginas de la música romántica. No se puede conceder el mismo crédito a los dos Concertos que Weber escribió en 1810 y 1812, aun cuando el segundo contenga las fórmulas de orquestación de las que Schumann y Wagner habían de aprovecharse más tarde.