Lena o el Celoso, Alfonso Velázquez de Velasco

Obra teatral de Alfonso Velázquez de Velasco (publicada en Milán en 1602), dedicada a Juan Fernández de Velasco, Condestable de Castilla y León. Los personajes, o «interlocutores», como el autor los llama, son Lena (tercera), Cervino (celoso), Marcia (segunda mujer de Cervino), Casandra (hija de Cervino), Morveco (hermano de la primera), Inocen­cio (criado — Bachiller — de Cervino), Bezerilla (paje de Marcia), Violante (viuda), Damasio y Macías (hijos de Violante), Cornelio (su criado), Aries (padre de Marcia), Vigamón (su criado), Ramiro (barbero), Policena (su hija). Damasio ama a Marcia, Macías ama a Casandra, Aries ama a Vio­lante y Cornelio ama a Policena. Lena, émula de la Celestina inmortal e invencible, entra en casa de Cervino para acercarse a su mujer, Marcia, y tercear. Toda la obra, un tanto monótona, se proyecta a demostrar lo inútil de los celos cuando una buena «Lena» anda por medio. Y con graciosas razones transcurren los diálogos de los «interlocutores» y comprobamos las artes de Lena y la inmejorable disposición de los amantes para que aquélla triunfe.

C. Conde

Lena, Lodovico Ariosto

Comedia en cinco actos, en ende­casílabos esdrújulos, de Lodvico Ariosto (1474-1533), representada en 1529. Es la mejor comedia de Ariosto, inspirada no sólo en el teatro clásico, sino en una rica y colorida observación del mundo ciuda­dano que rodea al poeta y a su público.

Flavio, enamorado de Licinia, persuade a Lena, junto a la cual la joven va todos los días a aprender a coser, de que le oculte en su casa para poder así acercarse a su amada. Pero, mientras él está aguardando, llega gente, y Flavio se esconde en un tonel; precisamente el tonel por el cual Bartol y Giuliano han de llegar a una dis­cusión. Llega el propio padre de Licinia, que decide hacer llevar el tonel a su casa, y Flavio, que está dentro, viene así a en­contrarse con la joven, la cual no se hace mucho de rogar. Descubierta la cosa, los padres de ésta no tienen más remedio que aceptar el hecho consumado.

Alrededor de esta trama se desarrollan varios episodios y se mueven distintos personajes, estos últimos estudiados con una minuciosidad nueva en el teatro italiano: Lena, ávida y corrompida; su marido Pacífico, resignado a su suerte pero todavía capaz de cierta honradez; Fazio, padre de Liciana y pro­tector de Lena, avaro y enamorado, proto­tipo del Viejo de la comedia. La vivacidad nace sobre todo de la descripción de un ambiente por el que el siglo XVI tuvo una marcada predilección: el de la corrupción íntima, encerrada entre las paredes domés­ticas. Estos personajes son los de un mundo que, con el Aretino, se hace vigoroso y con­denado; y Ariosto, en su esfuerzo de acer­carse cada vez más, como escritor de co­medias, a lo vivo de la realidad cotidiana tenía fatalmente que llegar a él.

U. Déttore

Las comedias, que entre las obras menores parecen ser las mayores y no obstante son las menos significativas, casi podrían ex­cluirse de la producción poética de Ariosto. (B. Croce)

Lelio o de la amistad, Marco Tulio Cicerón

[Laelius, de amicitia]. Diálogo compuesto por Marco Tulio Cicerón (106-43 a. de C.) en el año 44, con tres interlocutores: Lelio, Fannio y Escévola el augur, el cual, en su vejez, se supone refirió a Cicerón, entonces adoles­cente, cómo se desenvolvió el coloquio. Ha­cía poco que había muerto Escipión Emilia­no, y Lelio, todavía abatido por la pérdida de su entrañable amigo, inicia su discurso con algunas consideraciones acerca de la inmortalidad del alma, la carencia de valor de la muerte y el valor superior de la amis­tad, que más que ninguna otra cosa hu­mana es privilegio de los buenos.

No es verdad que la amistad nazca de la utilidad y tienda a ella; por el contrario, encuentra su fundamento en la naturaleza misma, y cuanta mayor virtud revela un individuo, tanto más nos sentimos arrastrados hacia él por sentimientos de amistad, que son nobles correspondencias espirituales y no vulgares apetitos de los sentidos. Hay amis­tades prudentes y doctas, y amistades vul­gares y superficiales: no es necesario decir que las primeras son preferibles a las se­gundas, porque se fundan verdaderamente en la virtud y tienden al bien común de los amigos. Las únicas dificultades que se presentan cuando hay diferencias de edad o de condición social son, por lo demás, fácilmente superables con discernimiento y sentido común. Puede acontecer que a veces las amistades deban interrumpirse, y en­tonces es necesario un gran tacto, como es necesario también tener mucha cautela desde el principio, cuando se contraen amistades nuevas, y gran prudencia cuando se hacen o reciben advertencias entre amigos. Desde el punto de vista filosófico, el tratado representa una toma de posición contra el epicureísmo, que consideraba que la amistad se fundaba únicamente en el provecho; las teorías profesadas son aristotelicoteofrásticas, revisadas a la luz del es­toicismo, en cuanto admiten una más rígida concepción ética de la vida, basada en los deberes imprescindibles del hombre moral.

Tratado científicamente no profundo, el Lelio es un ejemplo de la aptitud que Cice­rón poseía para cambiar, aunque siempre fuera en un plan escolar, las ociosas cues­tiones planteadas en los gimnasios griegos en problemas vivos y actuales de la socie­dad y el mundo romano. [La primera tra­ducción española de este diálogo ciceroniano es la de Francisco Thamara, en su versión de los Libros de los Oficios, de la Amicicia y de la Senectud (Amberes, 1546). Poste­riormente aparece la traducción del Libro llamado Arte de Amistad, por Ángel Cor­nejo (Medina del Campo, 1548). En el si­glo XVIII es preciso mencionar la excelente versión de don Manuel Blanco Valbuena (Madrid, 1777), y en el siglo XIX, la de don Fernando Casas (Cádiz, 1841). Moder­namente existe, además, la traducción de Pedro Font y Puig (Barcelona, 1936). La más divulgada es la de don Manuel de Val buena, ya citada, reimpresa en el tomo IV de las Obras completas publicadas por la Biblioteca Clásica Hernando (Madrid, 1883)]

F. Della Corte

Lélia, George Sand

Novela de la gran narradora francesa George Sand (Aurore Dupin, 1804- 1876), publicada en 1833 y, completamente modificada, en 1839.

Lélia d’Almovar es un alma inquieta que sufre bajo el doble pesó de la inacción, contraría a su naturaleza, y del análisis psicológico, que enerva su espíritu. Es amada por Stenio, joven poeta, y corresponde a su amor; pero, por haber sufrido mucho en su primera juventud por causa de un amor desgraciado, no quiere entregársele. Entre Lélia y Stenio se entabla, pues, una lucha sorda, complicada además por los celos que el poeta siente de un nuevo y misterioso personaje, Trenmor, hombre de pasado aventurero y tenebroso, que ha logrado encontrar en el sufrimiento y en la expiación de sus culpas la serenidad del alma, y es el amigo y confidente de Lélia, la cual ha hecho de él su guía espi­ritual. Complicadas peripecias y tenebrosos amores se tejen entorno a la figura de la protagonista.

Un profundo hechizo emana de Lélia, e incluso lo experimenta un monje, Magnus, a pesar de considerarla una tentación demoníaca. Lélia, para encontrar la paz, se retira a un convento, y después de poco tiempo es nombrada abadesa, logrando infundir en sus monjas un espí­ritu verdaderamente cristiano. Stenio, que había seguido amándola y buscándola, la encuentra y consigue tener con ella una entrevista, por la cual comprende cuál era en realidad el sentimiento que Lélia expe­rimentaba por él, y al darse cuenta que lo que él creyó frialdad y aridez era amor, comprendiendo lo que ha perdido, se suici­da. Magnus, que encuentra el cadáver de Stenio, sigue obsesionado con la idea de que Lélia es una criatura diabólica, y suscita contra ella el odio y el anatema del mundo. Lélia es condenada a ser recluida en una cartuja, donde pasará sus últimos días haciendo penitencia. Cuando muere, su viejo amigo Trenmor la entierra a la orilla de un lago, frente a la tumba de Stenio. Esta novela, que pertenece al. primer pe­ríodo romántico de la actividad literaria de George Sand y en la cual, según su pro­pia confesión, la autora infundió un poco de su alma, consagró la fama de la escrito­ra, a pesar de que dio origen a violentísimas disputas de la crítica.

En la primera edi­ción Lélia muere en brazos de Magnus, sin haber logrado hallar un equilibrio a su vida inquieta; en cambio, la segunda edi­ción acusa la influencia calmante de .ami­gos literatos y artistas. Lélia ejerció un in­flujo notable no sólo en Francia, sino en toda Europa; con esta obra la «novela gó­tica» encontraba en el análisis psicológico una nueva expresión. [Trad. española por J. Tió y J. de Luna (Barcelona, 1843)].

C. M. Castelnuovo

Leila, Antonio Fogazzaro

Última novela de Antonio Fogazzaro (1842-1911), publicada en Milán el 12 de noviembre de 1910. Es el cuarto volumen de la tetralogía de novelas que comienza con Pequeño mundo antiguo (v.) y continúa con Pequeño mundo moderno (v.) y El Santo (v.). Es el testamento espiritual y artístico de su autor.

Un discípulo del pro­tagonista del Santo, perdida la fe en medio de la lucha y la polémica, por orgullo he­rido, pero también por falta de caridad de parte de quien no hubiera debido castigarle, sino ayudarle a reconocer su error, recobra su fe en los brazos de Leña (v.), una rica heredera de temperamento rebelde, la cual, aun amándole secretamente, se le resiste largo tiempo, obstinándose en ver en él, más que otra cosa, un cazador de dotes. El argumento está complicado por los secre­tos manejos del padre de Leila y de un consejero suyo, interesados en conseguir que el matrimonio no se efectúe, para meter mano en los bienes del señor Marcello (v.) que ha adoptado a Leila, la cual fue novia de su hijo, que murió; y también por los manejos de dos sacerdotes de la aldea don­de Leila vive, en la quinta del señor Marcello, enemigos del pretendiente, contrario al poder oficial de la Iglesia. Como libro de ideas, es discutible; como novela de amor es una bella novela. El humor polémico transforma a menudo en sátira y en mor­daz sarcasmo la habitual argucia de Fogazzaro. El paisaje tiene papel preponderante en la narración, y, más que en otras obras, se hace sensible en ésta el elemento musi­cal, en que se informó toda la producción de Fogazzaro.

P. Nardi

Le falta todo equilibrio entre la crisis íntima de los dos personajes principales y la crisis de los hechos y del ambiente; y por lo tanto la impresión de conjunto del libro resulta fatigosa e incierta. (E. Cecchi)