Leviatán o sea La Materia, la Forma y el Poder de un Estado Eclesiástico y Civil, Thomas Hobbes

[Leviathan or the Matter, Forrn and Power of a Commonwealth, ecclesiastic and civil]. Obra filosófica del escritor inglés Thomas Hobbes (1588-1679), publicada en Londres en 1651 en inglés y traducida o mejor dicho adaptada al latín, en Amsterdam en 1668.

Comprende cuatro partes: el «Hombre», el «Estado», el «Estado cristiano» y el «Reino de las tinieblas», antítesis de éste. En la primera se hallan compediadas las premisas filosóficas que se desarrrollan más amplia­mente en las otras dos obras de Hobbes, Del cuerpo (v.) y Del hombre (v.) Según estas premisas ontológicas no existen más que los cuerpos, los cuales pueden ser ma­teriales propiamente dichos o naturales, y políticos o artificiales. El hombre por un lado consta de materia, por donde forma parte de la materia, y por otro, en cuanto ser capaz de concebir mentalmente cuerpos artificiales, es el artífice y el sujeto de la doctrina política. Los conocimientos no son más que sumas de sensaciones, que a su vez son modificaciones, movimientos que se producen en los cuerpos sensibles y se trans­miten al cerebro a través de los nervios sensitivos. Nuestras percepciones del mundo son el sentimiento de las correspondientes modificaciones producidas en la sustancia cerebral y por lo mismo subjetivas. Todas nuestras acciones están rigurosamente de­terminadas por instintos irresistibles: no hay lugar, en nuestro obrar, para la libertad, y el bien y el mal son ideas relativas: el pri­mero se identifica con lo agradable y el segundo con lo desagradable. Consecuencia lógica de este materialismo es la doctrina absolutista del Estado. La libertad en política es tan inadmisible para Hobbes como en moral y en metafísica: en el Estado como en la naturaleza la fuerza crea el de­recho.

El estado natural de los hombres es «la guerra de todos contra todos» y el Estado es el medio indispensable para po­nerle término. El Estado protege la vida y la propiedad de los individuos a cambio de una obediencia pasiva y absoluta por parte de éstos; lo que el Estado ordena está bien, y lo que prohíbe está mal: su voluntad es la ley suprema. A esta espe­cie de hombre artificial, el Estado o Repú­blica, que el genio del hombre ha sabido construir a guisa de autómata de vida com­pletamente mecánica, Hobbes le da el nom­bre de Leviatán, con el que en la Biblia (v.) y particularmente en el Génesis (v.) se designa un monstruo legendario y quizás simbólico; y lo representa, en una famosa ilustración que acompaña a la primera edi­ción de su obra, como un gigante coronado, con la espada en una mano y el anillo pastoral en la otra, en cuanto con la fuerza militar y la espiritual domina cuerpos y conciencias. Su alma artificial está consti­tuida por la soberanía; las articulaciones, por los magistrados y otros funcionarios de la judicatura y el poder ejecutivo; los ner­vios, por la recompensa y el castigo, que tienen las mismas funciones que aquellos desempeñan en el cuerpo natural; la fuer­za, por el bienestar y la riqueza de todos los miembros en particular; la ocupación, por la salud del pueblo; la memoria por los consejeros; la razón y la voluntad por la equidad y las leyes; la salud, por la con­cordia; la enfermedad, por la sedición; la muerte, por la guerra civil.

El «fiat» y el «hagamos al hombre» de Dios en la obra de la creación, están finalmente constitui­dos por los pactos y contratos por los que por primera vez se juntaron y unieron las partes del cuerpo político. La doctrina polí­tica, que ocupa las otras tres partes del libro, reproduce en sustancia las ideas del De cive (v. Del ciudadano), aparte algunas enseñanzas que Hobbes debió sacar de la agitadísima vida política que se desenvol­vía ante sus ojos. El instante en que uno pasa a ser súbdito de un conquistador es aquel en que, siendo libre de someterse consiente, con palabras expresas o con otros signos suficientes, en ser súbdito suyo. Esto sucede a todo aquel que no tiene para Gon su propio soberano otras obligaciones que las de un súbdito ordinario, cuando sus medios de subsistencia se hallan en poder de las guardias y las guarniciones del ene­migo. El código civil de las obligaciones del ciudadano no puede estar en oposición a la ley natural y a la equidad; la gratitud y las otras virtudes que de ella se siguen y que disponen a la paz y a la obediencia, una vez constituido el Estado, pasan a ser leyes actuales, y por lo tanto son también leyes civiles, ya que el poder soberano obliga a obedecerlas. La parte no escrita de la ley es llamada natural; la parte escrita, civil. Esta última restringe la libertad natural de los particulares, pero a fin de que no puedan dañarse entre sí, se prestan asistencia mutua y se unen contra el ene­migo común. La ley civil no puede estar más que bajo el control del rey; si depende del parlamento, entonces está claro que la realeza reside en el parlamento, y que no es, pues, éste en cuanto tal quien decide.

La realeza no está tampoco limitada por un poder religioso, ya que son idénticos los dos reinos, temporal y espiritual; y el sobe­rano no puede ser excomulgado, porque un príncipe no puede excomulgarse a sí mis­mo y es nula y sin efecto la excomunión lanzada contra un súbdito fiel a su sobe­rano. Todos los pastores ejercen sus cargos en nombre y por la autoridad del soberano civil, o sea «jure civile». Pero el rey, o cualquier otro soberano, ejerce su oficio de pastor supremo por una autoridad emanada de Dios, es decir, en nombre de Dios, «jure divino». Por lo tanto, todo aquel que se somete a su soberano y cree en la divinidad de Jesús es buen cristiano. En el Leviatán se encuentra pues la máxima expresión del sentido del Estado absoluto fundada en una

Levana, Jean Paul

Libro sobre educación y por esto dedicado a Levana, la diosa protectora de los recién nacidos, compuesto en alemán por Jean Paul (Jean Paul Friedrich Bichter 1763-1825) en 1807. El propio autor admite que ha experimentado la influencia del Emilio (v.) de Rousseau. Como ginebrino, Richter afirma que «el hombre interior nace blanco y que sólo la vida lo tiñe de negro»; por lo tanto el cometido del educador se debe desarrollar durante los primeros años de la vida cuando para el niño todo es decisivo: «uno que haya dado la vuelta al mundo no habrá recibido jamás tanto para su educación de todos los pueblos, como recibe de su nodriza».

La que prepara al niño a acoger nuestra palabra es obra de dos fuerzas actuantes en él: la fe infantil y la excitabilidad, que disminuirán después en la vida. La máxima obligación del edu­cador será el saber mantener viva la indi­vidualidad de cada niño, oponiéndose a la tendencia innata, en el hombre, de querer que cada cual se convierta en hermanastro de su propio yo. «Pero es menester que de aquella individualidad que él debe dejar crecer, el educador distinga otra que debe doblegar o guiar. La primera es la de la cabeza, la segunda la del corazón. Es arduo interpretar el carácter de un niño; el elementó en que debe crecer el niño es la alegría, como en el calor crecen las plantas. En él vive el amor ya como instinto, y sus padres sólo deben abrir el camino al amor, amando. Un cuidado especial debe ser dado también a la salud de su cuerpo, porque el debilitamiento del cuerpo produce el del espíritu».

El autor, como él mismo afirma, experimentó sus teorías en niños suyos y ajenos. No todo lo que dice Richter es nue­vo; lo que, en cambio, es completamente nuevo, y atrae mayormente en su libro, es el fino humorismo que lo penetra y el vivo afecto por el mundo de los niños que le da calor.

M. Mazzoleni

Jean Paul no ha tenido nunca otro senti­miento del mundo que la intuición de su paraíso. (E. Jaloux)

Leyes de Amor, Bernard de Panassac

[Leys d’amors]. En 1323 se constituyó en Tolosa de Languedoc la «Sobregaya Companhia deis VII Trobadors de Tolosa».

Estos siete fueron: Bernard de Panassac, noble; Guilhem de Lobra, burgués; Berenguier de Sant Planat y Peyre de Mejanasserra, banqueros; Guilhem de Gontaut y Pey Camo, mercaderes, y maese Bernard Oth, notario del tribunal del Vica­rio de Tolosa. Los siete cultivaban la poe­sía, aunque sólo de uno de ellos, Bernard de Panassac, nos han llegado dos compo­siciones. Los mencionados siete trovadores constituyeron el «Consistori de la Gaya Sciensa» o «Gay Saber», o sea una «Aca­demia de Poesía», ya que la expresión «gaya sciensa» designa precisamente la poe­sía la cual es, según la noción trovadoresca a que estos enamorados poetas del siglo XIV se mantienen estrictamente fieles, un arte difícil que requiere un largo aprendizaje. En el mismo acto de su constitución, la Academia tolosana convocó un «concurso de poesía» al que fueron invitados todos los «subtils trobadors», los cuales debían pre­sentarse el 1.° de mayo de 1324 a leer sus composiciones. Los siete fundadores del «Consistori» recitarían a su vez las suyas, y los concursantes tendrían el derecho de criticar libremente las obras de sus hués­pedes, mientras éstos, a su vez, se reserva­ban el derecho de defenderse discutiendo.

El día convenido acudieron de todas partes los trovadores con sus poemas y fueron honorablemente recibidos por los siete, a quienes se unió una multitud de señores y burgueses, doctores y licenciados. El primer día fueron presentadas las poesías; el se­gundo, los siete se reunieron a juzgarlas; el tercero, se concedió el premio — «una violeta de fin aur» — al trovador Arnaut Vidal, a quien se confirió también el título de «Doctor en Gaya Sciensa» por aquel año. De este modo quedaron constituidos los «Juegos Florales», que prosiguieron sin in­terrupción y todavía actualmente, después de seis siglos, siguen celebrándose en To­losa. Al canciller del «Consistori», Guilhem Molinier, se le confió el encargo de redac­tar el código según el cual se juzgarían los concursos anuales, el cual, por otra parte, había de constituir el manual para que los jóvenes pudieran perfeccionarse en la «gaya sciensa». De este modo se compusieron las Leys d’amors^ como un tratado completo de lengua y poética trovadoresca, el más im­portante que se escribió en la Edad Media. Antes de las Leys se habían compuesto dos tratados de gramática y poética: las Razos de trobar (escritas en Italia hacia 1240, para uso de dos nobles italianos cultiva­dores de la poesía trovadoresca) y el Donats provensals; las Razos habían sido refundi­das en la Doctrina de cort de Terramagnino de Pisa. Pero las Leys son sin disputa más amplias y más ricas.

Después de una introducción en que se narra la historia de la fundación de la Academia tolosana y del primer concurso poético, las Leys se desen­vuelven en cinco partes: ortología y foné­tica, métrica y prosodia (rimas, estrofas, definición de los distintos géneros líricos), morfología, retórica (enumeración de todas las figuras), preceptos y enseñanzas varias de orden técnico y moral. De las Leys, que son una obra muy voluminosa, el mismo compilador hizo un resumen en 7000 versos, que tituló Flors del Gay Saber (Flores del alegre saber), y uno de los primeros poetas de la escuela tolosana, Joan de Castelnou, hizo un Compendi.

A. Viscardi

Leucipo, Ermesianato de Colofón

Novela breve griega que bajo versiones dife­rentes aparece narrada en tres poemas de Ermesianato de Colofón (siglo III a. de C.), con su Leonzio (v.), de Nicandro (siglo III y II a. de C.) en las Metamorfosis (v.) y de un poeta incógnito que funde las aven­turas de Leucipo (hijo de Enomao) con la¿ de Dafne (v.). Cuenta Ermesianato que Leucipo, hijo de Xantías, se enamoró de su hermana hasta el punto de consumirse y de amenazar con matarse: por ello su madre amorosa y apiadada le ayudó en el nefando propósito. Pero el novio de la joven, cuan­do se entera, revela al padre de la mucha­cha que ésta tenía otra relación, si bien le oculta la vergüenza del incesto. Y así sobre­viene la solución trágica: sorprende el pa­dre a los incestuosos amantes y confun­diendo en la oscuridad a la hija con el joven, la mata.

Corre en su ayuda Leucipo, que, no reconocido ni reconociendo a su padre, mata a éste. El desgraciado joven debía castigarse necesariamente con el des­tierro y se retira cerca de Éfeso, donde funda Cretineo. La novela poética está in­fluida por la de Biblide, de la que adopta el tono sombrío recargado y agravado por la imitación. En un ambiente más sereno se mueve en cambio el arte de Nicandro, se­gún el cual, Leucipo, hijo de Lamprio Cre­tense, había nacido mujer, pero como el padre había dado orden de matar a los naci­dos de sexo femenino, la madre, movida por la compasión la salva presentándola como varón y educándola bajo atuendo vi­ril; pero no pudiendo ocultar por más tiem­po la extraordinaria belleza de sus formas, la diosa Latona, que ha sido invocada, rea­liza el milagro. Y todavía se celebra la fiesta Ecdysia en memoria del hecho extraordinario.

La novela tiene un fondo evo­cador y justifica una determinada ceremo­nia religiosa: como acostumbra Nicandro, la narración está coloreada según las tintas de novelas poéticas afines, como por ejemplo, las de Ceneo, Tiresia e Ifis, en las cuales el esfumado y las situaciones presentan valores más destacados.

I. Cazzaniga

Levadura, Charles Kingsley

[Yeasí]. Novela del escritor inglés Charles Kingsley (1819-1875), publi­cada en 1848. El título alude a la fermen­tación de ideas religiosas y sociales que agitaban por aquel entonces Inglaterra, de­bidas, las primeras, sobre todo al llamado «movimiento de Oxford» y las segundas al programa de Carlyle : el libro — impropia­mente llamado «novela» — es una violenta exposición de tales ideas. Las figuras domi­nantes son las de Lancelot Smith, joven de la alta burguesía, inteligente y apasionado buscador de la verdad; Tregarva, un guar­dabosques galés muy religioso y animado por un espíritu profético y revolucionario, que persuade a Smith para que se ocupe de la cuestión social, y Argemone Lavington, linda e inteligente muchacha, que pasa el tiempo escribiendo elegías a Safo y ro­deándose, material y espiritualmente, de cosas bellas. Ella enciende en Smith un amor puro y noble, dirigiendo su mente hacia un idealismo cada vez más alto.

A su alrededor se mueven: Luca, el primo de Smith, pastor protestante que se convierte al catolicismo; el coronel Bracebridge que, con su suicidio final, da un horrible ejem­plo de la triste suerte que aguarda al vivi­dor, de la misma manera que el pintor Claudio Mellot y su joven esposa son el ejemplo de la pagana vanidad de la vida mundana. Lancelot es víctima de una serie de desgracias, entre ellas la súbita muerte de Argemone, y estos golpes, «pruebas evi­dentes de que el Señor espera mucho de él», le convencen de la necesidad del tra­bajo activo, en nombre de Jesús, en favor de los pobres oprimidos, y encuentra, en Tregarva un amigo que no le abandonará nunca y le ayudará en el cumplimiento de su misión.

Para apresurar la conclusión el autor introduce inesperadamente un miste­rioso personaje: Barnakil, especie de «deus ex machina» que penetra de una manera estrambótica en la vida de casi todos los personajes para amonestarlos o socorrerlos, y con su elocuencia lleva a cabo en el cora­zón de Lancelot la obra iniciada por Tre­garva y por la difunta Argemone. El libro tiene todos los defectos y todos los méritos de la obra de Kingsley: es pesado y mal construido, psicológicamente superficial y demasiado parcial para convencer a los ad­versarios, pero rebosa de vigoroso entu­siasmo hacia un programa de reformas por el estilo de las que algunos años después fueron sostenidas por el «socialismo cris­tiano».

L. Krasnik