Libro de la Erudición Poética, Luis Carrillo y Sotomayor

Tratado poético del autor español don Luis Carrillo y Sotomayor (1583-1610), publicado en 1611 en Obras de Don Luys Carrillo y Sotomayor… Existe además una edición de 1913 y una reimpresión moderna en la «Bi­blioteca de Antiguos Libros Hispánicos», serie A, vol. VI (Madrid, 1946) a cargo de Manuel Cardenal Iracheta. Se trata de la primera poética del barroco español inspi­rada en los principios que aparecerían des­pués manifiestos al conocerse y divulgarse las Soledades y el Polifemo de Góngora. El poeta hace la defensa de la poesía her­mética, de elaboración difícil, de cultivo de la forma perfecta, que serán las caracte­rísticas de lo que se ha llamado culteranis­mo. Pero a la vez propugna también el cul­tivo de la dificultad y de la ingeniosi­dad, en lo que se acerca al conceptismo, especialmente al Agudeza y arte de ingenio de Gracián, quien llamó a Carrillo «el primer culto de España».

Esta acti­tud de Carrillo nos ilustra extraordinaria­mente sobre la relatividad de esta división de escuelas y sobre la identidad de prin­cipios en los que fundamentaban am­bos sus doctrinas. Por esto dice acertada­mente un crítico: «En realidad, el Libro de la Erudición Poética no es sólo la justificación teórica y el doctrinal estético del culteranismo naciente, sino también el manifiesto barroco de la poesía difícil». El autor fundamenta su doctrina en Aris­tóteles y Platón e insiste concretamente en algunos aspectos que cumple destacar: la esencia minoritaria de la poesía, que fundamenta en dos razones: en la grandeza de las cosas sobre las que la poesía versa y en las cosas escondidas que los poetas descubren y que no están al nivel del vul­go. Ello le conduce lógicamente a la selec­ción de los términos. Otro aspecto es el de la imitación de los clásicos, con cuya auto­ridad fundamenta la dificultad de la poe­sía. Finalmente, otro: la distinción que esta­blece entre dificultad y. oscuridad (no es culpa del poeta si la poesía no es compren­dida, sino del lector), distinción que por otra parte no resulta operante porque bajo el nombre de «docta dificultad» lo que realmente defiende es la oscuridad.

El Libro de la Duquesa, Geoffrey Chaucer

[Tre Boké of the Duchesse]. Poema elegiaco de Geoffrey Chaucer (1340/45-1400), compuesto a la muerte de Blanca, Duquesa de Lancaster, hacia fines de 1369. El poeta, a quien el amor ha quitado el sueño pasa la noche leyendo viejas historias de amor; una tarde cae en sus manos la historia de Ceice y Alción (escrita antes por él mismo y que inserta hábilmente), en la que Alción, deses­perada por la muerte de Ceice, por inter­cesión de Juno y de Morfeo, tiene en sue­ños un tierno y último adiós con el marido. Animado el poeta, pide a Morfeo que sea también propicio con él; y he aquí que, en efecto, sueña con una maravillosa partida de caza. En ella se encuentra con un joven, vestido de luto, que llora la muerte de su amada. Invitado por el poeta, el joven da libre curso a su inmenso dolor, y canta a su dulce señora, su primer encuentro, sus virtudes, sus hechos maravillosos y las sua­ves alegrías gozadas con ella. Pero ya está muerta, y la pérdida es demasiado cruel. Con este profundo dolor el poeta se des­pierta. Escrito antes de los treinta años, es una obra artísticamente poco madura, ver­dadero centón de trozos tomados de la poe­sía francesa, de los epígonos del Román de a. Rosa (v.), como Guillaume de Machaut, Jean Froissart y Deschamps, con defectos de crudeza y convencionalismo; es desor­denado de estructura y a menudo inade­cuado de expresión. No carece sin embargo de ingenio y de ciertas bellezas, que anun­cian al poeta de los Cuentos de Canterbury (v.).

G. Pioli

El Libro de la Gruta de los Tesoros, Anónimo

Este libro, bien conocido por los autores sirios, fue escrito probablemente en el siglo VI por un escritor sirio, todavía desconocido en Mesopotamia. Lleva su tí­tulo por la gruta en que Adán escondió el oro, el incienso y la mirra que los tres Reyes Magos debían ofrecer más tarde al Niño Jesús, y en la que él mismo y los demás patriarcas fueron sepultados. Este tesoro estuvo sepultado junto a los huesos de Adán, bajo el Gólgota. Las fuentes de esta leyenda son muchas y de carácter va­riado. Está sobre todo en relación con el Pequeño Génesis. El texto ha sido editado y traducido al alemán por Bezold, Die Schatzhóhle (Leipzig, 1883 y 1888).

G. Furlani

Libro de la Divina Doctrina, Santa Catalina de Siena

[Li­bro della divina dottrina]. Obra de Santa Catalina de Siena (Caterina Benincasa, 1347-1380), dictada por ella en un momento de mística exaltación en 1378, a algunos discípulos, entre los cuales estaban Cristo- fano di Gano Guidini, quien dio después forma más literaria al texto en italiano, y Stefano Maconi, que hizo su traducción en latín, y corrigió y aprobó la redacción del precedente. Tuvo diversos títulos: Diálogo, o Tratado, o Libro de la divina providen­cia, Libro de la divina revelación, Diálogo de la divina doctrina, etc. Primero se difun­dió manuscrito (de ahí la cantidad de códi­ces y el número de sus variantes) y fue impreso por primera vez en 1472 en Bolo­nia por Baldassarre Arzoguidi, y otras siete veces de 1472 a 1479. La edición más cono­cida es la que cuidó Girolamo Gigli, que publicó las obras de la Santa (1707-y ss.); la última, crítica, es de 1912.

La división actual en tratados y capítulos es de época posterior a los códices más antiguos. La reducción literaria de Cristofano, por es­crúpulo de fidelidad, conserva todavía la ingenuidad de expresión, los pleonasmos, los idiotismos del habla vulgar y hasta al­gunas veces la inconexión sintáctica, fácil en quien dictaba bajo el fuego de la divina inspiración, y la consiguiente oscuridad o ambigüedad de algunas expresiones. En su forma actual resulta de ciento sesenta y siete capítulos; los siete primeros constitu­yen una especie de introducción; del IX al LXIV llevan el título «Tratado de la dis­creción»; del LXV al LXXXIV, «Tratado de la oración»; siguen el «Tratado de la Providencia» (CXXXV-CLIII) y el «Trata­do de la obediencia» (CLIV-CLXVII). Pero, a menudo, la materia de los capítulos no corresponde al título del tratado y se ex­tiende a todas las ramas de la ascética y de la mística. Un concepto fundamental, como un hilo conductor, se puede encontrar en el propósito de conducir el alma del «temor servil», esto es, el miedo a los cas­tigos divinos, al perfecto amor de Dios, a ser «hijos y amigos». La «Discreción» (trat. I), no es más que un verdadero «conoci­miento» que el alma debe tener de sí y de Dios.

Quebrada por la desobediencia de Adán la vía del cielo, Dios ha hecho de su Hijo un puente que consta de tres «esca­lones»: los tres estados o tres facultades del alma; los que quieren seguir otro camino perecen espiritualmente, trastornados por la «carnalitade» (carnalidad), por la avari­cia, por la injusticia y por el falso juicio. El «Tratado de la oración» desarrolla el alto grado de perfección a que puede llegar el alma por medio de la oración mental, esto es, de la conversación directa con Dios; pone en guardia contra algunos aspec­tos engañosos de ella; enuncia «cinco maneras de lágrimas» y sus frutos, y explica cómo la luz de la razón debe ser reforzada por la luz de la fe para llegar a la contem­plación de la divina Verdad. Se detiene después en la misión de los sacerdotes, la­mentando que la indignidad y culpas de muchos de ellos impidan a las almas llegar a la perfección. El breve «Tratado de la Providencia» ilustra todos los modos que Dios usó y usa para conducir a la salvación las almas y el último trata de la «Obedien­cia» en sus varias formas según los diver­sos estados, de sus frutos, de su importan­cia. El libro tiene carácter místico por exce­lencia; Dios halla el alma deseosa de per­fección; y ésta se limita al desahogo de afectos, a peticiones de mayores luces y a devotos agradecimientos.

C. Vitali

El Libro de la Consolación, Johannes Eckhart

[Lí­ber Benedictus]. Pequeño tratado de mís­tica consoladora, del gran místico especu­lativo alemán Johannes Eckhart, conocido por Meister Eckhart (mediados del siglo XIII-1327). El título le viene del texto de San Pablo con que se abre: «Benedictus Deus… pater misericordiarum et Deus totius consolationis». (Epístolas a los corintios, v., segunda, I, 3). Se propone sacar de prin­cipios y consideraciones generales, treinta sugerencias y enseñanzas consolatorias para todo género de adversidades, daños exte­riores, dolores de nuestros más queridos amigos, dolores personales del cuerpo o del corazón.

El místico, para quien el alma hu­mana es mediación de Dios consigo mismo, y que siente el fondo del alma tocar a Dios mismo e identificarse con Él («el alma tiene dos rostros: el uno dirigido hacia el mundo y hacia el cuerpo, el otro hacia Dios») al­canza la fuente primera y perenne de toda consolación en la constitución divina del hombre. «Las más elevadas facultades del alma… están en el puro fondo del alma, ri­gurosamente separadas del tiempo y del espacio, y de todo cuanto tiene con ellos relación o guarda rastro de ellos… Nosotros somos los unigénitos de Dios… Yo soy hijo de lo que me forma y me genera según Él, en la misma condición suya… Aquí se en­cuentra la verdadera consolación de todo dolor… digo yo: en Dios no hay tristeza, ni dolor, ni adversidad… Todo sufrimiento tuyo proviene sólo de no volverte hacia Dios. Si estuvieses generado y formado en rectitud, nada podría ponerte afligido, por­que nada puede hacer que la rectitud sea dolorosa para Dios. Dolor y adversidad no pueden caer sobre el justo más que sobre Dios… Lo no recto no puede producirle dolor, porque todo lo finito está puesto bajo sus pies. El hombre debe desnudarse de sí mismo y de todas las criaturas y no conocer otro padre sino Dios; entonces ni Dios ni criatura alguna podrían traerle dolor, por­que todo su ser, su vida… sus acciones vie­nen de Dios, son en Dios, son el mismo Dios».

Así, el místico alemán se muestra penetrado todo él del sentimiento profundo de la comunidad y del connubio inefable entre lo divino y lo humano celebrado en lo profundo del alma. Otro motivo funda­mental : «Toda pena procede del amor a aquello de que fui privado; así, pues, si la pérdida de cosas exteriores me aflige, es se­ñal que las amo…, que mi amor se va a las criaturas, mientras pertenece a Dios. El que en las criaturas amase sólo a Dios, hallaría que por todas partes hay justa e igual consolación». Siguen los treinta argu­mentos especiales, a decir verdad no todos del mismo valor confortador, y muchos de ellos abundantemente usados por estoicos, cínicos y epicúreos; pero sobre todos domina el motivo: «Renuncia a ti mismo, de cora­zón a corazón, uno en el uno; así lo quiere Dios, enemigo de todo alejamiento y extra­ñamiento…, trasciéndete a ti mismo; con­templa en ti mismo el uno único». [Trad. castellana de Alfonso Castaño Piñón con el título de El Libro del Consuelo Divino (Buenos Aires, 1955)].

G. Puccini