Libro de la Divina Doctrina, Santa Catalina de Siena

[Li­bro della divina dottrina]. Obra de Santa Catalina de Siena (Caterina Benincasa, 1347-1380), dictada por ella en un momento de mística exaltación en 1378, a algunos discípulos, entre los cuales estaban Cristo- fano di Gano Guidini, quien dio después forma más literaria al texto en italiano, y Stefano Maconi, que hizo su traducción en latín, y corrigió y aprobó la redacción del precedente. Tuvo diversos títulos: Diálogo, o Tratado, o Libro de la divina providen­cia, Libro de la divina revelación, Diálogo de la divina doctrina, etc. Primero se difun­dió manuscrito (de ahí la cantidad de códi­ces y el número de sus variantes) y fue impreso por primera vez en 1472 en Bolo­nia por Baldassarre Arzoguidi, y otras siete veces de 1472 a 1479. La edición más cono­cida es la que cuidó Girolamo Gigli, que publicó las obras de la Santa (1707-y ss.); la última, crítica, es de 1912.

La división actual en tratados y capítulos es de época posterior a los códices más antiguos. La reducción literaria de Cristofano, por es­crúpulo de fidelidad, conserva todavía la ingenuidad de expresión, los pleonasmos, los idiotismos del habla vulgar y hasta al­gunas veces la inconexión sintáctica, fácil en quien dictaba bajo el fuego de la divina inspiración, y la consiguiente oscuridad o ambigüedad de algunas expresiones. En su forma actual resulta de ciento sesenta y siete capítulos; los siete primeros constitu­yen una especie de introducción; del IX al LXIV llevan el título «Tratado de la dis­creción»; del LXV al LXXXIV, «Tratado de la oración»; siguen el «Tratado de la Providencia» (CXXXV-CLIII) y el «Trata­do de la obediencia» (CLIV-CLXVII). Pero, a menudo, la materia de los capítulos no corresponde al título del tratado y se ex­tiende a todas las ramas de la ascética y de la mística. Un concepto fundamental, como un hilo conductor, se puede encontrar en el propósito de conducir el alma del «temor servil», esto es, el miedo a los cas­tigos divinos, al perfecto amor de Dios, a ser «hijos y amigos». La «Discreción» (trat. I), no es más que un verdadero «conoci­miento» que el alma debe tener de sí y de Dios.

Quebrada por la desobediencia de Adán la vía del cielo, Dios ha hecho de su Hijo un puente que consta de tres «esca­lones»: los tres estados o tres facultades del alma; los que quieren seguir otro camino perecen espiritualmente, trastornados por la «carnalitade» (carnalidad), por la avari­cia, por la injusticia y por el falso juicio. El «Tratado de la oración» desarrolla el alto grado de perfección a que puede llegar el alma por medio de la oración mental, esto es, de la conversación directa con Dios; pone en guardia contra algunos aspec­tos engañosos de ella; enuncia «cinco maneras de lágrimas» y sus frutos, y explica cómo la luz de la razón debe ser reforzada por la luz de la fe para llegar a la contem­plación de la divina Verdad. Se detiene después en la misión de los sacerdotes, la­mentando que la indignidad y culpas de muchos de ellos impidan a las almas llegar a la perfección. El breve «Tratado de la Providencia» ilustra todos los modos que Dios usó y usa para conducir a la salvación las almas y el último trata de la «Obedien­cia» en sus varias formas según los diver­sos estados, de sus frutos, de su importan­cia. El libro tiene carácter místico por exce­lencia; Dios halla el alma deseosa de per­fección; y ésta se limita al desahogo de afectos, a peticiones de mayores luces y a devotos agradecimientos.

C. Vitali