Libro de los Hechos y Buenas Costumbres del Sabio Rey Carlos V, Christine de Pisan

[Livre des faits et bonnes moeurs du sage roí Charles-quint]. Obra de Christine de Pisan (1363-1431), hija del astrólogo Thomas de Pisan, médico y consejero de Carlos V; viuda a los veinticinco años, la joven, sin fortuna, se dedicó a escribir; in­tentaba así consolarse, gozar de la corte, y sobre todo vivir de su pluma.

Junto a sus obras poéticas, el Poema de la doncella (v. Juana de Arco) y los Dichos morales, y sus obras morales en prosa, de las que la más célebre es la Ciudad de las Damas, inte­resante retablo de las costumbres de la sociedad elegante del siglo XV, ella se revela como la primera historiadora francesa con el Libro de los hechos. Esta obra le fue encargada por el hermano más joven del difunto rey, Felipe el Atrevido, duque de Borgoña, en 1403. Christine de Pisan tuvo ciertamente acceso a los archivos reales; a mayor abundancia, además de sus recuerdos de infancia, y de los que le habían dejado su padre y su esposo, que fue secretario del rey, conoció personalmente a varios personajes que habían vivido en la intimi­dad de su héroe. Por esta razón el Libro de los hechos constituye un documento de pri­mer orden para el estudio de la persona­lidad del rey Carlos V, del que su histo­riadora nos da un retrato pleno de vida. No obstante, la obra, dividida en tres par­tes, tiene un carácter netamente apologé­tico; y sobre todo, a causa del abuso de las reminiscencias clásicas, de la retórica y de la lengua calcada del latín, resulta un tanto pedante.

Libro de los Estados, Príncipe Juan Manuel

Obra didác­tica en prosa, dividida en 150 capítulos, es­crita hacia 1330 por el príncipe Juan Manuel (1282-1349), autor del famoso Conde Lucanor (v.).

En él se narra cómo fue edu­cado el príncipe Johas, hijo del rey pagano Morován, que lo había confiado a los cui­dados de su maestro Turín, manteniéndolo alejado del mundo, con el propósito de que no pasase sobre él la sombra del dolor y la imagen de la muerte. Mas el príncipe Johas se cruza un día con un cortejo fúnebre, y por vez primera ve el cadáver de un hom­bre. Johas plantea entonces una pregunta tras otra a su maestro, a fin de distinguir la muerte, la vida y los dos principios complementarios del complejo humano: el alma y el cuerpo. Las preguntas se hacen cada vez más complicadas y apremiantes; tanto que el maestro Turín se cree obligado a llevar al joven a presencia de un santo varón, don Julio de Castilla, que se había consagrado a la predicación del Evangelio por aquellas . regiones. Iniciase una serie de consideraciones de orden moral, como fundamento del buen obrar, sobre la di­versidad de los ordenamientos sociales, sobre las condiciones humanas, la actividad se­gún la cual el hombre desarrolla su exis­tencia y acerca de las tendencias espiritua­les que se manifiestan naturalmente en contradicción, pero con el fin de llevarnos a considerar un orden superior y una su­perior armonía.

De este modo se pasa a un terreno más elevado, tratando de los prin­cipios de la fe cristiana y del orden natural como expresión tangible de una razón su­prema. Don Julio no hace sino reforzar en el ánimo de Johas las certezas naturales y espontáneas, logrando así su conversión al Cristianismo. A la vez que el príncipe, se convierte también su preceptor y, por último, el propio rey Morován. Se han hecho notar las relaciones que emparentan esta obra con la leyenda de Barlaam y Josafat (v.), el pío ermitaño y el joven prín­cipe, hijo de un rey pagano de la India, que se convierte al Cristianismo. Pero estos contactos nada dicen en contra de la origi­nalidad de pensamiento que informa la obra española, que guarda estrecha relación con el Conde Lucanor del mismo Juan Manuel. Aquí el autor se mantiene en el ámbito de la sabiduría práctica, como sabiduría pura­mente natural y por ello independiente de la fe; allí, en cambio, subordina la sabidu­ría práctica a la revelación cristiana y hace de ella una ciencia del hecho concreto en relación con la existencia.

El Libro de los estados ofrece diversidad de tonos para los distintos planos en que se trata la ma­teria, y se desenvuelve unas veces especu­lativamente y otras prácticamente; ello no obsta para que la prosa sea un modelo de sencillez elemental y de claridad exposi­tiva, con un pensamiento que se despliega lúcidamente, caminando derecho a su fin, pese a las lentas consideraciones y divaga­ciones minuciosas.

M. Casella

Libro de los Gatos o De los Cuentos, Anónimo

Colección anónima de sesenta y nueve apólogos, traducidos al castellano de las Narrationes del monje inglés Odo de Cheriton (muerto en 1247), entre 1400 y 1420. En el Libro de los gatos (probable­mente error de lectura de quentos) sin duda, se encuentra más interés que en el apólogo, en la sátira feroz, a la manera del Román de Renart (v.), y sin la suavidad del Arcipreste de Hita. Fustiga a los nobles que oprimen a, sus vasallos, a los alcaldes y me­rinos corrompidos y venales y, sobre todo, a los clérigos., seculares y regulares. Algu­nos cuentos son fábulas esópicas; otros de­rivan del Calila y Dimna (v.); uno, «el de un hombre que se llamaba Galter», de Gesta Romanorum. En esta colección figura el cuento del asno que se viste con la piel de león. Las colecciones de cuentos de ín­dole didáctica continuaron hasta principios del siglo XV, aunque no son más que su­pervivencias de la literatura del siglo XIV. Revelan a las claras un fin exclusivamente moral, ya empleándose para ejemplo en la predicación, ya envolviendo sátiras de los estados sociales. Algunas de las narraciones del Libro de los gatos coinciden con D. Juan Manuel, o el Arcipreste. El narrador no deja de tener habilidad, aunque en general los cuentos son escuetos, desnudos.

C. Conde

Libro de los Evangelios Escrito en Alemán, Otfried von Weisenburg

[Líber evangeliorum theotisce conscriptus]. Poema en antiguo alemán renano, escrito entre el 865 y el 868 por el poeta alsaciano Otfried von Weisenburg, en dísticos rimados en los que los dos hemistiquios de cada verso riman también entre sí. Es una vida de Jesús sacada de los cuatro Evangelios adoptados por la Igle­sia, y está dividida en cinco libros, que co­rresponden a los cinco sentidos humanos, y en relación con las exigencias de las lec­turas dominicales del Evangelio. No aspira a una vasta divulgación entre el pueblo, sino que refleja en sus explicaciones la cultura religiosa de su tiempo, desde Rá­bano Mauro al Venerable Beda, y se di­rige especialmente al público docto, refiriendo las fuentes en que bebe, discutiendo y haciendo brotar de todo ello conocimien­tos teológicos. Por esto es una obra más teórica que poética, pero tiene el gran mé­rito de estar escrita, a pesar de tratar de asuntos teológicos, en el alemán vulgar. Además es la primera obra en lengua alemana de la que se conoce el nombre de su autor. Trads. en alemán moderno por Rapp (1858), Kell (1870) y R. Frome (1927).

M. Pensa

Libro de los Emperadores, Paul Ernst

[Das Kaiserbuch]. Poema histórico del escritor alemán Paul Ernst (1866-1933), dividido en tres partes, la primera de las cuales, Los emperadores sajones, fue publicada en 1923; la segunda, Los emperadores francos, en 1927; la tercera, Los emperadores suevos, en 1927.

Es indudablemente la más «colosal» entre todas las «empresas poéticas» que fueron tratadas en la literatura alemana de este siglo. Son cien mil versos agrupados en octavas, en las cuales los primeros cuatro versos son de rima alterna y los dos últi­mos pares de rimas pareadas; y son cerca de cinco siglos de potencia alemana en Eu­ropa, desde la batalla entre Carlomagno y Vituquindo hasta la muerte de Federico I. El sumario de los distintos cantos, que cie­rra cada uno de los tres volúmenes, podría ser casi el sumario de un texto de historia, por lo analítico, cronológicamente ordenado, sin interrupciones ni saltos, pero natural­mente — aun prescindiendo de cierto nú­mero de fábulas y divagaciones novelísticas que contienen — las cosas, desde el punto de vista histórico, no son tan llanas como parece; ocurre a menudo al que lee pensar en las palabras de Margarita cuando Fausto (v.) le hace su confesión de fe panteísta: «Poco más o menos dice lo mismo el pá­rroco, sino que con palabras un poquito diferentes». También el lector tiene la im­presión de haber estudiado la historia «poco más o menos así» pero de manera un poqui­to diferente.

Probablemente Ernst, que se preparó para su obra seriamente con mu­chas lecturas creyó verdaderamente que las «cosas sucedieron así» como él las narra; pero en realidad esto no le importaba tanto como el reanimar con su obra y reeducar a su pueblo. El equívoco ha consistido en creer que bastase con eso para hacer de esa manera labor de poesía. Ajustándose al tono discursivo propio de la épica medieval ger­mánica, Ernst adoptó su «trotecillo rítmico, paciente, obstinado, igual» y sobre las on­das de aquella cadencia hizo avanzar las imágenes de su evocación. Pero la materia del Tristán (v.) y del Parsifal (v.) está poéticamente vivida; y el uniforme esque­ma rítmico se renueva, en realidad, conti­nuamente con el variar de la emoción; la materia del Kaiserbuch es, en cambio, considerada por el mismo Ernst como cosa que ha tenido una realidad objetiva fuera de él, y sus intentos eticopolíticos, aun abriendo dentro de ello perspectivas nuevas y personales, no consiguen renovarla en pro­fundidad unitariamente; para dominar y replasmar — reviviéndola en su interior — una materia tan vasta, pesante y compleja, se hubiera necesitado la personalidad hu­mana y la fantasía de un Dante o de un Shakespeare, que Ernst no tenía.

A pesar del dramatismo de algunos temas — basta pensar en la lucha entre Cristianismo y Paganismo, eh la azarosa aventura de la época de los Otones, en la lucha entre Papado e Imperio, en Canosa, en las luchas entre Federico Barbarroja y los Municipios italianos, entre Inocencio IV y Federico II —a pesar del tono nacionalista del siglo XVIII, de las perspectivas históricas, y a pesar de la pulcritud literaria de la elabo­ración formal, la obra hace pensar en aque­llas «crónicas imperiales en rima» que tanto agradaron a fines de la Edad Media y que, precisamente, oscilaban entre la historia y la poesía, sin ser enteramente ni una cosa ni otra.

G. Gabetti