Martín Rivas, Alberto Blest Gana

Novela del escritor chi­leno Alberto Blest Gana (1830-1920). Mar­tín Rivas es un mozo de origen provinciano, de humilde familia, que llega a estudiar en la capital, Santiago, confiando en la ayuda que le ha de prestar un ricacho de pocas luces, don Dámaso Encina. Martín se ena­mora de Leonor, hija de su protector, en cuya casa vive, pero no es capaz de reve­larle su amor. El mismo sentimiento se des­arrolla en ella, que por orgullo lo oculta. En este juego de recíproco escondite se da tiempo a Martín para que resuelva con in­genio no pocas situaciones difíciles en que se comprometen sus amigos, hasta que se resuelve a confesar su amor por escrito a Leonor en la inminencia del histórico mo­tín de 20 de abril de 1851. Uno de los mé­ritos que en esta novela han señalado sus críticos es el contrapunto entre el mundo encumbrado de los ricos protectores de Martín y el de la clase media, lo que da ocasión al novelista para exhibir una muy animada galería de cuadros de costumbres. La novela fue escrita después que su autor había estudiado en Francia, y revela influencia de Stendhal, acaso la más tempra­na en América, dada la fecha de su com­posición (1862). Es la más popular de las novelas chilenas y cuenta con no menos de diez ediciones y dos adaptaciones al teatro.

R. Silva Castro

Martín Krpan de Vrha, Fran Levstik

[Martin Krpan z Vrha]. Narración del escritor esloveno Fran Levstik (1831-1887), publicada en 1858. El autor se ha inspirado en anti­guos cuentos eslovenos y especialmente en la figura del hercúleo contrabandista Stempihar. También Martin Krpan es un con­trabandista de fuerza poderosa; su fortuna empieza el día en que, encontrando en la carretera de Carso al rey Juan, levanta su muía con todo su cargamento de sal in­glesa y la pone a un lado para dejar paso al rey. Éste se acuerda de él el día en que el terrible gigante Brdavs desafía al mejor de los héroes, le hace llamar y Martin, con su enorme hacha, corta la cabeza del gi­gante. El rey Juan quisiera dar su hija como esposa al hombre que ha salvado al imperio, aunque la reina se oponga; pero Krpan no sabe qué hacer de una princesa mimada y sólo piensa en su difunta Mar- jeta; acepta una bolsa de dinero y, pese a la oposición del ministro de finanzas, Gre­gorio, consigue permiso para transportar libremente su sal. En la caricatura del rey Juan, del ministro de finanzas y de la rei­na, Levstik se burla de los Habsburgos que, durante un milenio, sólo se acordaron de los eslovenos para buscar soldados; pero el personaje de Martin tiene la universalidad de los héroes populares y domina, con su elemental y grandiosa dignidad, el clásico cuento.

U. Urbani

Martin Eden, Jack London

Novela del escritor nor­teamericano Jack London (John Griffith London), 1876-1916, publicada en 1909. Un rudo marinero, Martin Edén, salva la vida a un joven rico, Arthur, y éste le presenta a su familia y a su hermana Ruth; el jo­ven, cuya vida hasta entonces ha consistido en «aventuras, peligros, trabajo derrengador y golpes de audacia desesperada», se ena­mora de la muchacha que a sus ojos en­carna un ideal de vida superior. Decide, pues, refinarse, desdeña las fáciles aventu­ras de antaño y quiere «hacer producir a su cerebro lo que otros han sabido hacer producir al suyo». También Ruth se siente atraída hacia Martin, en quien siente «una palpitación humana» de inagotable vigor, en quien ve «un alma grande condenada al silencio por culpa de sus labios inhábiles». Animado por ella, Martin decide hacerse escritor, estudia y trabaja como un deses­perado.

Pero la lucha no es fácil: durante meses y meses continúa inútilmente en­viando sus manuscritos a las revistas, que los rechazan y no se los pagan; pobre, ham­briento, escarnecido, persevera heroicamen­te, aunque todos le desanimen, incluso Ruth, para quien las convenciones son más fuer­tes que el amor y acaba por abandonarle, cediendo a las insistencias de los suyos. Luego, de repente e inexplicablemente, su suerte cambia: los editores, que advierten al fin su ingenio, imprimen sus libros, las revistas se disputan sus artículos. Martin se enriquece rápidamente, se hace célebre, to­dos le buscan, le halagan, incluso Ruth quisiera volver a él. Pero ya es demasiado tarde: ha comprendido que ella no es la criatura ideal que había soñado, y que la sociedad considerada superior está mezqui­namente encerrada en sus prejuicios; y como no puede volver a la vida pasada, de la que se siente ya definitivamente alejado, decide abandonar el mundo civilizado y se embarca hacia los mares del Sur.

Pero, du­rante el viaje, el «aburrimiento espantoso» que le domina le impulsa a lanzarse al mar, donde encuentra al fin la paz al apagarse su conciencia demasiado clarividente. Jack London es el escritor más representativo de aquella América mecanizada y superficial que nació del esfuerzo de los pioneros, y Martin Edén, autobiográfica como gran parte de sus obras, nos revela, en su misma tragedia desolada, la aridez de una genera­ción que, entregada por completo a la con­quista de los bienes mundanales, no supo intuir los más esenciales valores del espí­ritu. [Trad. de Joaquín Rodríguez Castro (Madrid, 1949)].

A. P. Marchesini

Martín Fierro, José Hernández

Poema del escritor ar­gentino José Hernández (1834-1886), publi­cado en Buenos Aires en 1872, con el título El gaucho Martín Fierro. En 1879 aparece impresa una segunda parte con el título de La vuelta de Martín Fierro. Desde 1894 el título de la obra completa se ha unificado en el nombre del protagonista, distinguién­dose abreviadamente ambas partes, la ida y la vuelta, que aluden, conforme se des­prende del argumento del poema, a la par­tida del héroe a tierra de indios cruzando «la frontera», y al retorno a la sociedad de los blancos y al seno de los suyos.

Después de la invocación inicial y el desahogo lí­rico del canto I, Martín Fierro evoca nostálgicamente la feliz época que gozó en la Pampa (c. II), y comienza entonces la na­rración propiamente dicha. La leva lo arranca de su hogar y lo encierra en uno de los fortines existentes en la trágica fran­ja llamada «la frontera» en tierra de indios (c. III), y cuenta entonces la miserable vida que allí se soporta, los peligros de la gue­rra a muerte con el salvaje que lleva sus «malones» a estos acantonamientos (cc. IV y V). Ante tanto sufrimiento Martín Fierro decide huir, después de tres años, «deser­tor, pobre y desnudo». A estos males se añade la trágica visión de su rancho abandonado y convertido en «tapera»: su larga ausencia y la necesidad han disgregado a su familia y dispersado a sus hijos (c. VI). Martín Fierro se rebela ante este estado de cosas y jura vengarse de la organización social que así lo martiriza, se hace «gaucho malo», frecuenta las pulperías, se da a la bebida y en una ocasión provoca con mala intención a un negro y lo mata (c. VIII). La policía lo persigue y llega a acorralarle; él no se arredra, se enfrenta valerosamente con los «milicos», provocando la admiración de otro gaucho que venía como «sargento» en la partida y que se pone de su lado ex­clamando: «Cruz no consiente / que se co­meta el delito / de matar así un valiente» (vv. 1624-1626), y entre los dos derrotan a los «milicos» (c. IX).

Cruz cuenta a Martín Fierro su historia (cc. X-XII) y juntos de­ciden guarecerse en tierra de indios acep­tando el riesgo que ello supone (c. XIII). De esta forma termina la primera parte, que por ello recibe el nombre de «la ida». En La vuelta de Martín Fierro, después de una introducción, cuenta éste su viaje con Cruz a través del desierto y la penosa vida de cautivos entre los indios (cc. I-II), las costumbres de éstos, sus bailes, fiestas y malones (cc. III-V); la muerte de Cruz a consecuencia de una epidemia de viruela (c. VI) y los lamentos de Martín Fierro junto a la tumba de su compañero (c. VII). Luego sostiene un terrible duelo con un salvaje que maltrataba a una cautiva blan­ca, huye con ella y retorna a tierra de cristianos (cc. VIII-X), donde por fin en­cuentra a dos de sus hijos (c. XI), cada uno de los cuales le cuenta su historia: la de la penitenciaría donde estuvo el mayor encerrado injustamente (c. XII) y la picara historia del viejo Vizcacha (cc. XIII-XIV), protector del Hijo Segundo, hasta que mue­re (c. XVI) y es enterrado (cc. XVII-XVIII). El Hijo Segundo sigue recordando el des­graciado amor que tanto le hizo padecer (c. XIX) hasta que llega Picardía — un nuevo personaje — y narra a su vez su vida de tahúr, sus desdichas parecidas a las de Martín Fierro (cc. XX-XXVIII). Descubre por fin que es hijo de Cruz.

Aparece tam­bién el Moreno cantor, quien provoca a Martín Fierro con la intención de vengar así la muerte de su hermano, el negro in­justamente muerto por Martín Fierro (c. XXX). El duelo es evitado y Martín Fierro se retira con sus hijos (c. XXXI), a quie­nes da paternales consejos (c. XXXII), hasta que por fin resuelven cambiar de nombre y separarse hacia distintos rumbos (c. XXXIII). Este poema está escrito en castellano pero con todos los matices pro­pios del habla típica de los gauchos de la provincia de Buenos Aires a mediados del XIX. Escrito en octosílabos, la estrofa que predomina en el poema es la sexteta ajus­tada por lo general a este esquema: ábbccb. Por lo general, la rima es consonante. Hay muchas licencias métricas y de estilo. Cam­pean en el poema la gracia, la sencillez y la naturalidad. No obstante, la forma es a menudo incorrecta. El poema es fiel reflejo de la vida gauchesca, tanto en su aspecto social como en el psicológico. Martín Fierro es la encarnación del individualismo, de la libertad sobre la pampa que se dilata hasta el horizonte frente a la ciudad civilizadora y progresista.            *

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que les es peculiar; dotándolo con todos los juegos de su ima­ginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido. (Hernández)

Ni Hidalgo, ni Ascasubi, ni mucho me­nos Del Campo, han llegado entre nuestros poetas populares y gauchescos a la altura filosófica en que toca el versificador más incorrecto de todos, don José Hernández. Martín Fierro es el tipo culminante del gaucho, es decir, el producto más completo de una sociabilidad injusta, operando sobre una naturaleza ingénitamente poderosa y activa. (J. M. Estrada)

El Martín Fierro es el espíritu de la tierra natal cortándose bajo el emblema de la leyenda primitiva, la génesis de una civi­lización en la pampa y las angustias del hombre en la bravía inmensidad del de­sierto. (R. Rojas)

Martín Fierro es, de todo lo hispanoame­ricano que conozco, lo más hondamente es­pañol… Cuando el payador pampero, a la sombra del ombú, en la infinita calma del desierto, o en la noche serena a la luz de las estrellas, entona, acompañado de la guitarra española, las monótonas décimas de Martín Fierro, y oigan los gauchos conmo­vidos la poesía de sus pampas, sentirán sin saberlo, ni poder de ello darse cuenta, que les brotan del lecho inconsciente del es­píritu ecos no extinguibles de la madre España, ecos que con la sangre y el alma les legaron sus padres. Martín Fierro es el canto del luchador español que, después de haber plantado la cruz en Granada, se fue a América a servir de avanzada a la civi­lización y a abrir el camino del desierto. Por eso su canto está impregnado de espa­ñolismo; es española su lengua, españoles sus modismos, españolas sus máximas y sus sabidurías, española su alma. (Unamuno)

Martín Gil o Los Monfíes de Las Alpujarras, Manuel Fernández y González

Novela histórica de Manuel Fernández y González (1821-1888), publicada en 1854. Isabel de Silva ama a su primo Gastón, joven disipado indigno de ella, pero su padre la obliga a casarse con Guillén de Meneseb, de quien tiene un hijo, que Gastón (el cual entretanto, para escapar a las consecuencias de un cielito, se ha hecho pasar por muerto y ha tomado el nombre de Antonio Gil) rapta por venganza. Y para restituirlo al padre pretende que la madre dé satisfacción al odio que finge haber con­cebido contra ella matándose con un vene­no que él mismo le procura. La desgraciada acepta impulsada por su amor maternal. Pero el veneno es un narcótico. Gastón rapta a Isabel del sepulcro y la joven, que nunca ha dejado de amarle, al despertar se resigna a seguirle con tal que le de­vuelva a su hijo, como consigue, pero sólo mucho más tarde. Gastón, después de haber buscado en vano el modo de ganarse la vida, llega a París con Isabel y el niño y se resigna a hacer de verdugo.

A los diez años el niño — Martín Gil — huye de su casa, se embarca con unos chiquillos ami­gos suyos y vive de timos y robos, se hace soldado, luego bandolero y jefe de bando­leros, hasta que le encontramos a sueldo de una sociedad secreta de moriscos capita­neada por una tal Fátima, riquísima nieta del último rey de Granada, que ha deci­dido recobrar con sus enormes riquezas el trono de sus antepasados. Forman parte de la banda, además de Alí Pachá, feroz y valeroso corsario, Juan Garcés (llamado por los árabes Ben-Yaschem), hijo de aquel Aben Humeya que fue proclamado rey por los moros en la famosa insurrección de las Alpujarras, y además de muchos otros per­sonajes de las condiciones más dispares, tres hermanas esclavas de origen descono­cido: Elvira, Violante e Inés, capturadas de niñas por Alí, que ha hecho de Elvira su esposa y ahora la tiene como prisionera, pues le ha traicionado con el capitán espa­ñol don Lope. Fátima se enamora de éste y se casa con él. Martín está enamorado de Violante y Garcés corteja a Inés. Para sus fines la banda se dispone a actuar en tomo a los principales personajes de la época, el rey Felipe II, su hermano don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, el famoso ministro Antonio Pérez y la no menos famosa favorita Princesa de Éboli.

Ahí es donde Martín Gil da sus mayores pruebas de intrigante, aventurero, espada­chín, ladrón de tesoros y afortunado cor­tejador de mujeres. Por último la acción se traslada a Flandes, donde Elvira, que entre tanto ha conseguido librarse de las garras de Alí y convertirse en la favorita del Rey, se dirige por encargo suyo a ase­sinar a don Juan, a quien el rey odia por celos. Y don Juan muere envenenado por un par de preciosas pantuflas regaladas por la aventurera, que a su vez cae bajo el celoso puñal de la primera mujer de Alí. En cuanto a Martín, acaba descubriéndose que no es hijo de Guillén de Meneses, sino de Abenhumeya, y que Garcés es el ver­dadero Meneses, quien se casa con Inés, mientras Violante desaparece dejando su­poner que se ha retirado a un convento. Martín, después de algunos crímenes, aca­bará en la horca a manos del mismo Gastón, que en tal ocasión asume una vez más su antiguo oficio de verdugo. Es ésta una de las más conocidas entre las tres­cientas y pico farragosas novelas históricas con que el autor consiguió hacerse célebre.

Su principal característica es la exclusiva preocupación por la intriga; sólo hay vida en la intriga, los caracteres no existen, los personajes son muñecos ilógicos que se ponen un alma nueva cada vez que la in­triga lo requiere; ninguno consigue atraer la simpatía moral del lector; todos absolutamente son criminales, locos, viciosos, dege­nerados. únicamente Fátima no tiene más defecto que el capricho de casarse con un descarado fanfarrón que, gracias a su cuan­tiosa fortuna, consigue al fin vivir en paz y sosiego una existencia decente y honrada.

F. Carlesi