Farkas Bólyai

Nació en Bólya (Transilvania) el 9 de febrero de 1775 y murió en Ma- rosvásárhely el 20 de noviembre de 1856. Su fama se halla vinculada a la obra Ten- tamen (v.).

Realizados sus estudios en el colegio calvinista de Nagyenyed, en 1798 marchó al extranjero y perfeccionó sus co­nocimientos de matemáticas en la Univer­sidad de Gotinga, donde entabló amistad íntima con el futuro gran matemático Gauss (v.), con quien, después, mantuvo una ani­mada correspondencia.

Entre 1804 y 1851 enseñó en el colegio de Marovásárhely, e, incomprendido por los discípulos y escasa­mente apreciado por sus colegas, vivió ima existencia que acabaron de amargar matri­monios infelices, continuas preocupaciones económicas y la ingratitud de su único hijo, el genial matemático János B. (v.).

Un pre­mio de mil florines anunciado en 1814 para galardonar la composición de un drama, indújole a probar fortuna en la literatura. Sus obras teatrales — Pausanias, Mahorna, $imón Kemény, El triunfo de la virtud so­bre el amor y El triunfo del amor sobre la virtud (publicadas juntamente en 1817 en Szeben), así como también El proceso de París (Marosvásárhely, 1818) — son, más que dramas, elevadas enseñanzas filosóficas y morales desarrolladas en diálogos llenos de metáforas y alusiones científicas.

Ma­yor soltura de lenguaje revelan sus traduc­ciones de Pope, Milton, Thomson, Gray y Schiller, aparecidas en 1818. Otro texto fa­moso de Bólyai es Kurzer Grundriss eines Ver- suches die Arithmetik darzustellen (1851).

E. Várady

Johan Bojer

Nació en Orkedalsøren (Trondheim, Noruega) el 6 de marzo de 1872. Huérfano, recogido y criado en duras condiciones por gentes pescadoras, éstas for­jaron su carácter ya antes de haber cono­cido la disciplina escolar, la miseria y una tenaz voluntad de independencia.

Alumno de la escuela comercial y de la de suboficia­les de Trondheim, y luego actor, fue el ar­tífice único de su propia cultura. El tedio que le causaba la monotonía de su vida le indujo a salir de Noruega y a viajar por Inglaterra, Francia e Italia. Permaneció lar­go tiempo en París: de 1902 a 1907, «los años más ricos de mi existencia», según afirmó posteriormente.

Inició sus actividades con el drama Una madre (1894), y pronto al­canzó notoriedad en Cristianía y Copenha­gue, donde, en verdad, resulta mucho más difícil que en París o Londres pasar inad­vertido. Los cuentos y las novelas que si­guieron a esta primera obra dramática fue­ron muy elogiados, y, así, antes de llegar a los treinta años convirtióse en un escri­tor famoso en los países nórdicos.

Traspa­sadas las fronteras de éstos por su repu­tación, Bojer fue traducido en alemania y Francia, donde se impuso como autor de moda. Toda su obra está caracterizada por su condición de autodidacto y su vida aven­turera, caso frecuente en los escritores no­ruegos.

El hábito del vagabundeo desarrolló en él indudablemente un naturalismo in­tenso, el gusto por la acción, el sentimiento de lo novelesco y una vasta curiosidad que le impidió el aislamiento y confiere a sus descripciones de costumbres locales un in­terés y unas proporciones de carácter ge­neral.

Su amplia producción comprende co­medias — Theodora (1902), Brutus (1904) — y novelas que han alcanzado gran fama. En El poder de la fe [Troens magt, 1903], una de las obras narrativas más célebres de Bojer y premiada por la Academia Francesa, el autor aplica al estudio de un ambiente campesino los procedimientos esenciales del gé­nero psicológico; esta novela de costumbres rurales; austera y emotiva, carece por com­pleto de las descripciones pintorescas pro­pias de los textos franceses de este mismo carácter.

Citemos, además, Una migración [Et folketag, 1896], El preso que cantaba [Fangen som sang, 1913], Vida [Liv, 1911], La gran hambre [Den Store hunger, 1916], El último vikingo [Den siste Viking, 1921] y Los emigrantes [Vor gen stamme, 1924].

Los personajes de Bojer resultan honrados in­cluso en el delito; ignoran la perversidad, poseen una conciencia que no descuidan por completo, y su orgullo supera la depra­vación. Esta forma espiritual típicamente nórdica da a toda la obra del autor un sabor de ingenuidad. En las novelas mani­fiesta asimismo sus cualidades dramáticas; y así, algunas escenas parecen pensadas y escritas para el teatro.

M. Mourre

Marie-Louis-Antoine-Gaston Boissier

Nació en Nîmes el 15 de agosto de 1823 y murió en Viroflay el 10 de junio de 1908. Hijo de una antigua familia burguesa, frecuentó la École Normale Supérieure, y luego fue nom­brad profesor en Angulema, en 1846; más tarde enseñó en Nimes (1847).

En 1857 ob­tuvo el doctorado en la Sorbona con dos tesis acerca de Plauto y Accio; este mismo año empezó su actuación docente en el Lycée Charlemagne de París. En 1859, una memoria sobre Varrón merecióle el premio Berlin, y en 1861 reemplazó a Havet en la cátedra de elocuencia latina del Collège de France, luego fue «maître de conférences» si la École Normale Supérieure (1865), y, también aquel año, sustituyó en el citado Collège a Sainte-Beuve en la cátedra de literatura latina; a la muerte de éste (1869) sucedióle como titular.

Fue también director de la École des Hautes Études y miem­bro del Consejo Superior de Instrucción Pública. El 8 de junio de 1876 ingresó en la Academia Francesa, y diez años después en las de Inscripciones y Bellas Letras.

Ejer­ció la función docente hasta 1906. Buen conocedor de las investigaciones alemanas y francesas acerca de la historia y la civi­lización romanas y de los recientes descu­brimientos de carácter arqueológico y epi­gráfico, estudió el mundo de Roma con gusto y sensibilidad; sus reconstituciones de personajes, lugares y acontecimientos resul­tan agradables y provechosas.

En su obra se manifiesta la influencia de Renan y Fustel de Coulanges, aun cuando sin determi­nar pasividad en el planteamiento o el des­arrollo de los temas tratados. Entre sus nu­merosos textos cabe citar Le poète Attius (1857), Études sur la vie et les ouvrages de M. T. Varron (1861), Cicerón y sus amigos (1865, v.), La religion romana desde Augus­to hasta los Antoninos (1874, v.), L’oppo­sition sous les Césars (1875), Promenades archéologiques ; Rome et Pompéi (1880), Nouvelles promenades archéologiques; Ho­race et Virgili (1886), El fin del paganismo (1891, v.), L’Afrique romaine (1895), Ta­cite (1903) y La conjuration de Catïlina (1905).

P. Raimondi

Simón Bolívar

Caudillo central de la independencia de Hispanoamérica, n. en Caracas (Venezuela) en 1773, murió en la ha­cienda de San Pedro Alejandrino, cerca de Santa Marta (Colombia), en 1830.

De fami­lia acomodada de origen español, perdió a su padre a los tres años de edad y a su ma­dre a los nueve; fue discípulo de Simón Carreño Rodríguez y amigo y discípulo de Andrés Bello; marchó a España en 1799, donde se casó con María Teresa Rodríguez del Toro en mayo de 1802, y regresó a Caracas con su esposa en julio del mismo año.

Su maestro lo familiarizó con las doctrinas de Rousseau, y pronto el joven adinerado y un tanto ligero, que perdió a su esposa en enero de 1803, se convierte en él adalid de la lucha de su patria y de Hispanoamé­rica por la independencia.

Tuvo una visión continental del porvenir de América; y si el Libertador no pudo hacer triunfar sus ideas a este respecto, logró con su talento militar y con su esfuerzo derrotar a los españoles y estructurar la Gran Colombia, de vida efí­mera.

Convencido de la grandeza de su misión histórica y amargado por ingratitu­des y desengaños, llega a considerar su fra­caso paralelo a las gestas de Jesucristo y Don Quijote: con todo, ahí está la independencia de las naciones hispanoamericanas.

Su espíritu y las exigencias de la lucha lo impulsan a escribir manifiestos y procla­mas, a pronunciar discursos, a redactar car­tas de amor, a hacer crítica literaria del poema en su honor que escribió José Joa­quín de Olmedo, a escribir artículos en El Correo del Orinoco.

Más de tres mil car­tas (v. Cartas) y cerca de doscientos dis­cursos, proclamas y manifiestos conocemos de él: y si no son siempre un modelo de corrección, de buen estilo o pureza idiomática, tienen, en cambio, el vigor que exigía la finalidad perseguida.

¿Interés literario? No se le puede regatear al autor de Mirada a América (v.), de la Carta de Jamaica, de la Constitución de Bolivia, del Manifiesto de Cartagena y de otras muchas páginas literariamente estimables.

Pero Bolívar, más que un escritor, es un espléndido tema litera­rio, y naturalmente, político. Olmedo, Heredia, Montalvo, Martí, Unamuno, Rodó y otras muchas figuras literarias ilustres se han ocupado de él y de su obra.

J. Sapiña

Despreaux, Nicolas Boileau

Nació el 1.°de noviembre de 1636 en París, donde murió el 13 de marzo de 1711. Hijo de un canciller del tribunal, fue, por su temperamento, sus gustos y sus costumbres, un verdadero bur­gués parisiense, agudo y sensato.

Estudió en los colegios de Harcourt y Beauvais; abandonó la teología por el derecho, y lue­go éste por la letras (siguiendo las huellas de su hermano Gilles). La muerte de su padre, acontecida en 1657, le dejó rico y en libertad para «errar por el Parnaso».

Frecuentó los círculos literarios — a menu­do en las tabernas —, entabló amistad con Molière, La Fontaine, Racine y Chapelle, y alternó con señores de la corte, munda­nos y libertinos. En 1600 empezó a compo­ner las Sátiras (v.), que leía a los amigos, y que fueron apreciadas incluso antes de aparecer impresas (1666); bajo un estilo agudo e intensamente realista encierran ya la ideología literaria que habrá de mani­festarse por completo en el Arte poético (v.), e inician la vigorosa batalla contra los malos autores: los preciosistas, los satí­ricos, e incluso el ilustre Chapelain.

Con el mismo ánimo defiende la obra en cuestión la nueva poesía: alienta los comienzos de La Fontaine, ensalza la producción de Molière y consuela a Hacine tras el fracaso de Fedra (v.). A pesar de la oposición que Boileau halló entre las víctimas de sus ataques, el rey Luis XIV acogióle en el número de sus «pensionados».

En 1674 las primeras Epístolas (v.), el Arte poético y los cuatro cantos iniciales de El atril (v.) marcan perfectamente las características de su inge­nio, limitado y opuesto al vuelo de la ima­ginación, pero seguro y absolutamente due­ño de los medios expresivos.

En 1677 Boileau fue elevado, juntamente con Racine, a la cate­goría de historiador de Francia, y en 1684, gracias al favor real, ingresó en la Aca­demia. El año siguiente abandonó la capi­tal y establecióse en una casita de Auteuil; al mismo tiempo que la gloria, le llegaba la vejez con sus achaques y el consuelo de escasas amistades, singularmente la de Ra­cine.

De todas formas, siguió trabajando, lentamente y con ahínco; la polémica en­tablada con Perrault acerca de la querella entre «antiguos» y «modernos» (v. El si­glo de Luis el Grande) y las Reflexions critiques sur Longin, le llevan a persistir aún en sus ideas; a ello cabe añadir las últimas sátiras y epístolas.

La fatiga y el afán de conciliación indujéronle, no obs­tante, a mitigar las discusiones con Perrault, a quien concedió más de cuanto hubiera podido esperarse. Vuelto a París en 1705, apareció casi cual un superviviente, puesto que habían muerto ya Racine y todos los restantes personajes de los años gloriosos, a excepción del rey.

Con la revisión de sus obras y la evocación del pasado contribuía a preparar su fama póstuma y su leyenda, y a establecer su retrato de hombre «dulce, sencillo y ecuánime».

Hoy ya no creemos en el legislador del Parnaso cuyos consejos ayudaron y orientaron a Racine, Molière y La Fontaine; percibimos, empero, en su franca y vigorosa honradez intelectual cier­tos elementos fundamentales de aquella época ilustre, en la que los tres amigos de Boileau mostraron la luz del genio creador.

A. Pizzorusso