Nació el 1.°de noviembre de 1636 en París, donde murió el 13 de marzo de 1711. Hijo de un canciller del tribunal, fue, por su temperamento, sus gustos y sus costumbres, un verdadero burgués parisiense, agudo y sensato.
Estudió en los colegios de Harcourt y Beauvais; abandonó la teología por el derecho, y luego éste por la letras (siguiendo las huellas de su hermano Gilles). La muerte de su padre, acontecida en 1657, le dejó rico y en libertad para «errar por el Parnaso».
Frecuentó los círculos literarios — a menudo en las tabernas —, entabló amistad con Molière, La Fontaine, Racine y Chapelle, y alternó con señores de la corte, mundanos y libertinos. En 1600 empezó a componer las Sátiras (v.), que leía a los amigos, y que fueron apreciadas incluso antes de aparecer impresas (1666); bajo un estilo agudo e intensamente realista encierran ya la ideología literaria que habrá de manifestarse por completo en el Arte poético (v.), e inician la vigorosa batalla contra los malos autores: los preciosistas, los satíricos, e incluso el ilustre Chapelain.
Con el mismo ánimo defiende la obra en cuestión la nueva poesía: alienta los comienzos de La Fontaine, ensalza la producción de Molière y consuela a Hacine tras el fracaso de Fedra (v.). A pesar de la oposición que Boileau halló entre las víctimas de sus ataques, el rey Luis XIV acogióle en el número de sus «pensionados».
En 1674 las primeras Epístolas (v.), el Arte poético y los cuatro cantos iniciales de El atril (v.) marcan perfectamente las características de su ingenio, limitado y opuesto al vuelo de la imaginación, pero seguro y absolutamente dueño de los medios expresivos.
En 1677 Boileau fue elevado, juntamente con Racine, a la categoría de historiador de Francia, y en 1684, gracias al favor real, ingresó en la Academia. El año siguiente abandonó la capital y establecióse en una casita de Auteuil; al mismo tiempo que la gloria, le llegaba la vejez con sus achaques y el consuelo de escasas amistades, singularmente la de Racine.
De todas formas, siguió trabajando, lentamente y con ahínco; la polémica entablada con Perrault acerca de la querella entre «antiguos» y «modernos» (v. El siglo de Luis el Grande) y las Reflexions critiques sur Longin, le llevan a persistir aún en sus ideas; a ello cabe añadir las últimas sátiras y epístolas.
La fatiga y el afán de conciliación indujéronle, no obstante, a mitigar las discusiones con Perrault, a quien concedió más de cuanto hubiera podido esperarse. Vuelto a París en 1705, apareció casi cual un superviviente, puesto que habían muerto ya Racine y todos los restantes personajes de los años gloriosos, a excepción del rey.
Con la revisión de sus obras y la evocación del pasado contribuía a preparar su fama póstuma y su leyenda, y a establecer su retrato de hombre «dulce, sencillo y ecuánime».
Hoy ya no creemos en el legislador del Parnaso cuyos consejos ayudaron y orientaron a Racine, Molière y La Fontaine; percibimos, empero, en su franca y vigorosa honradez intelectual ciertos elementos fundamentales de aquella época ilustre, en la que los tres amigos de Boileau mostraron la luz del genio creador.
A. Pizzorusso

