Arnaut Daniel

Trovador provenzal que vivió entre la segunda mitad del si­glo XII y los comienzos del XIII; en efecto, de algunas alusiones históricas contenidas en sus canciones, puede deducirse que su actividad poética fue ejercida entre 1180 y 1210.

Pero no sabemos nada más de su vida, si se exceptúa lo que nos refiere la antigua biografía provenzal, que asegura que nació en Riberac (Perigord), de noble familia, y que era hombre culto dedicado a la jugla­ría quizá por necesidades materiales.

Siem­pre según su antiguo biógrafo, habría ama­do a una gran dama de Gascuña, sin obte­ner de ella favor alguno; y sus 18 Cancio­nes (v.) tratan de amor, excepto una. Se complacía en componer en rimas preciosis­tas, maestro como era en sutiles primores de lenguaje y de estilo: es, en efecto, el más insigne representante del «trobar clus», así como de la más refinada expresión del mismo, que consiste en el «trobar ric», es decir, aquella especial búsqueda de expre­sión conseguida a través de un estilo rico en artificios y en habilidad retórica y lin­güística, que lo hicieron singularmente apre­ciado del Dante («il miglior fabro del par­lar materno = el mejor artífice del len­guaje materno», Purgatorio, XXVI, 117) y del Petrarca, el cual, en el Trionfo d’Amore (IV, 40), dice de él: «De todos el primero Arnaldo Daniello, / gran maestro de amor, que aun a su tierra / honra con su len­guaje extraño y bello».

Pero la opinión de Dante y de Petrarca no ha sido compartida por la posteridad, que busca más la autén­tica expresión poética que la habilidad y la sutileza puramente formales. Es cierto que tuvo un perfecto dominio de la lengua y que fue un completo artífice de versos, de rimas altisonantes y que logran el efecto buscado; pero carece de profundidad de pensamiento. Característica prueba de su habilidad poética es la «sextina».

C. Cremonesi

Mariano Armellini

Nacido en 1852 en Roma, m. en la misma ciudad el 24 de fe­brero de 1896. Desde joven se dedicó a la investigación en las catacumbas bajo la di­rección de G. B. De Rossi, del que fue uno de los discípulos predilectos.

Esta pasión suya por la exploración de la Roma subte­rránea le llevó muy pronto a hacer algunos descubrimientos: uno de los primeros fue el relacionado con el recuerdo de los san­tos Felicísimo y Agapito, en el cementerio de Pretextato; siguieron a éste, unos años después, el de la cripta que él creyó de Emerenciana, en el Coemeterium Maius en la Vía Nomentana.

Corresponde también a Armellini el mérito de haber reconocido el cemen­terio de Santa Tecla en aquel hipogeo que ya había conocido Boldetti y al que éste llamó «cementerio en el puentecillo de San Pablo».

Pero una necrópolis atrajo espe­cialmente su atención y fue objeto de sus más diligentes excavaciones: el cementerio de Santa Inés en la Vía Nomentana, que fue descrito científicamente por él en 1880.

Del estudio de las catacumbas pasó al de las basílicas paleocristianas y al de las iglesias medievales, impulsado por aquella inmensa riqueza de documentos que el Archivo se­creto vaticano había puesto a su disposición a raíz de haber sido nombrado cronista del mismo en 1880.

Se dispuso a escribir, pues, la historia de los edificios sacros de la Urbe, y en 1887 publicó el volumen Las iglesias de Roma (v.), tomo que en 1891 mereció el honor de una segunda edición aumentada con noticias y documentos: Le chiese di Roma dal secolo IV al XIX. Sus Lecciones de arqueología cristiana (v.) se publicaron en 1898, es decir, dos años des­pués de su muerte, ocurrida inesperada­mente en el Colegio Urbano de Propaganda Fide.

G. Bovini

Manuel María de Arjona

Poeta español n. en Osuna el 12 de Junio de 1761 y m. en Madrid el 25 de julio de 1820. Se doctoró en Derecho en la Universidad de Sevilla y fundó en su ciudad natal la llamada Aca­demia del «Sile».

Perteneció a la escuela se­villana y fue uno de los fundadores de la «Academia de Letras Humanas» de Sevilla con Alberto de Lista, Blanco, Reinoso y otros. Canónigo penitenciario de Córdoba, durante la invasión francesa fluctuó entre la simpatía hacia los invasores y la adhesión a la causa nacional, lo cual le ocasionó persecuciones y el encarcelamiento.

Su obra poética (v. Poesías), formada por odas, epís­tolas y sonetos, presenta la unión de elementos neoclásicos con otros de tipo pre- romántico. Dejó inédita una Historia de la Iglesia.

Giovanni Battista Armenini

Nacido en Faenza en 1530, m. en 1609. La fuente más importante sobre su vida, su formación artística y sus ideas relativas al arte está cons­tituida por su obra De los verdaderos pre­ceptos de la pintura (v.), publicada en Rávena en 1587, reimpresa en Venecia en 1678 y más tarde en Milán en 1820 y 1823.

Armenini viajó mucho por Italia para conocer obras y artistas y dibujar incesantemente como había comenzado a hacer en Roma sobre las obras de Miguel Ángel; en Milán ad­miró especialmente los dibujos de Leonar­do, en Mantua a Julio Romano, en Palma al Correggio, en Cremona al Pordenone, en Génova a L. Cambiaso y Pierin del Vaga, en Venecia a Giambellino, Giorgione y Tiziano.

Tal es la razón de que Ticozzi lo sitúe justamente en aquel momento en que los manieristas van buscando «sueños metafísicos» y, por reacción a éstos, «otros acu­den al natural, privado de nobleza y be­lleza». Habiendo entrado en la carrera ecle­siástica en 1564, abandonó la práctica de la pintura (de sus obras nos queda una medio­cre «Asunción» en Faenza, de cuya iglesia de Santo Tomás fue rector] y se dedicó a recopilar los preceptos de la pintura.

A. Pallucchini

Aristóxeno de Tarento

Nacido en Tarento a mediados del siglo IV a. de C. Es el más notable escritor griego sobre teoría musi­cal.

Hijo de un discípulo de Sócrates, fue encaminado por éste a la música y a la filosofía. Se interesó por las doctrinas pita­góricas antes de convertirse en uno de los principales discípulos de Aristóteles. Aspiró a suceder al maestro, y el nombramiento de Teofrasto para dirigir la escuela peripa­tética después de la muerte de Aristóteles, constituyó la gran desilusión de su vida.

Eliano nos lo describe ceñudo, «enemigo de la risa», y elogia su severa concepción de la vida. De las muchísimas obras suyas cu­yos títulos poseemos, sólo dos nos han sido conservados parcialmente, y son Elementos de armonía (v.) y Elementos rítmicos (v.), en las que expone y sistematiza los elemen­tos de la teoría musical griega.

Más que por las noticias concretas sobre esta teoría (que conocemos también por otras fuentes), inte­resa resaltar en los escritos de Aristóxeno la pre­sencia más o menos explícita de un pensamiento estético: una idea de lo que ha de ser o de cómo ha de ser entendida una obra de arte musical.

Desgraciadamente se ha perdido una obra suya titulada Sobre la audición de la música, en la que parece sostenía el carácter necesariamente activo de esta operación, que requiere una vigi­lante y asidua confrontación de los sonidos pasados con los presentes y los futuros.

Es decir, que Aristóxeno reconoce la función capital de la memoria en la inteligencia de la mú­sica, como se deduce de un párrafo de los Elementos de armonía: «Estas dos cosas co­existen verdaderamente en la música: la sensación y la memoria. Hace falta, en efec­to, sentir lo que pasa y acordarse de lo que ha pasado».

A. Mila