Aristóteles

Nacido en Estagira (hoy Stavro), pequeña ciudad de la península caicídica, en 384 a. de C.; m. en Calcis en 322. Podría afirmarse que ha sido el mayor ge­nio especulativo de toda la historia de la filosofía: si esto parece excesivo, dígase que de tal modo se le ha de considerar en la historia del pensamiento griego.

Hay que añadir inmediatamente, sin embargo, que tal primacía podría ser puesta en discusión por un nombre igualmente universal: por el de su maestro Platón. En toda la his­toria de la filosofía resuenan, en efecto, estos dos grandes nombres, el de Platón y el de Aristóteles, y se ha dicho con jus­ticia que todo filósofo, incluso los modernos, es platónico o aristotélico (o mejor dicho, es más platónico o más aristotélico, porque siempre entrambos están presentes en cual­quier pensamiento auténticamente especu­lativo).

Pero, en resumen, si el «divino» Platón continúa siendo modelo insuperable de genialidad filosófica por haber abierto a la filosofía, por primera vez, su verdadero mundo, que es el del pensamiento (el mun­do de las «ideas») y por haberlo sentido con la morosa pasión que hace de él un poeta-literato de primera fila, también es cierto que Aristóteles será siempre el maestro del pensar crítico y sistemático, como ,ha de serlo todo saber fundado de un modo cien­tífico. Esto no quiere decir que en Aristóteles exista un pensamiento definitivamente sistemati­zado: todo lo contrario.

Fue la Escolástica quien lo presentó de tal modo, dogmatizán­dolo, para servirse de él en apoyo de un pensamiento que, como el cristiano, tiene una orientación y un significado totalmente diferentes. Como han puesto de relieve es­tudios recientes (pensamos sobre todo en el bellísimo volumen de W. Jaeger, Aristó­teles, primeras líneas de una historia de su evolución espiritual), la formación del pensamiento aristotélico ha sido el fruto de una reflexión lenta y fatigosa: reflexión que fue, y continúa siendo, presa de contrastes ideales, de motivos antitéticos de inspira­ción, por los cuales pudieron apelar a aquel pensamiento con igual derecho pensadores posteriores de las más opuestas tendencias.

No era muy viejo Aristóteles cuando murió; pero todo hace suponer que, aunque hubiera vi­vido más largo tiempo, como su maestro Platón, no hubiera salido probablemente de aquellas divergencias, porque se encontra­ban insertas en la posición misma, funda­mental, del pensamiento griego en general. Lo cual hace, por otra parte, más impor­tante la posición del pensamiento aristoté­lico en particular.

Como siempre, tener pre­sentes algunas circunstancias de la vida de un autor ayuda a la comprensión de su pensamiento. Nicómaco, el padre de Aristóteles, era médico: fue también médico y amigo de Amintas II, rey de Macedonia, lo cual explica, al menos en parte, la predilección de su hijo por las ciencias biológicas (Pla­tón sintió más bien el influjo de las cien­cias matemáticas). Sus padres murieron pronto y él pasó, por ello, a estar bajo la tutela de un pariente (Proxeno), del que quedó tan agradecido, que más tarde adoptó a su hijo Nicanor.

Pero el acontecimiento decisivo de su vida fue su traslado a Ate­nas para inscribirse en la Academia, en la escuela de Platón. Tenía entonces 17 ó 18 años, y allí permaneció hasta la muerte de su maestro (347), es decir, casi 20 años. Naturalmente, una estancia tan larga sólo puede explicarse admitiendo, ante todo, que Aristóteles se dio clara cuenta de encontrarse ante un maestro de valor excepcional; y des­pués en este hecho capital que Aristóteles — como todo el mundo en las escuelas de enton­ces— era totalmente libre para trabajar por su cuenta.

Trabajar por su cuenta quie­re decir que podía perfectamente no estar totalmente de acuerdo con el maestro. La escuela era ante todo una palestra de dis­cusiones. Y Aristóteles se hizo notar, al parecer muy pronto, por la vivacidad de su ingenio, si es verdad, como se dice, que Platón le puso el acertado apodo de «Ñus», es decir, Inteligencia. Parece oportuno aclarar, en este momento, un punto que se refiere no sólo a la vida, sino también al pensamiento de Aristóteles: queremos referirnos a la leyenda consagrada en el famoso fresco de Rafael La escuela de Atenas relativa a una disputa y casi una enemistad entre maestro y dis­cípulo, es decir, entre los dos maestros.

Ciertamente hay una neta divergencia en­tre ellos en la cuestión capital de las «ideas», las cuales tienen, para Platón, existencia propia, en tanto que no existen, según Aristóteles, en cuanto tales, sino en cuanto «formas» que hacen inteligibles las cosas, de las que constituyen la «esencia». Todo ente es, en efecto, un compuesto, o «synolon», de mate­ria y forma (es decir, es una existencia concreta, «usia», traducida después de un modo latino por «sustancia», para distinguirla de sus cualidades o propiedades, más o menos mudables o constantes, que son, como se dice, sus «accidentes»).

Añadamos a esto que la concepción platónica es, en consecuencia, «estática», lo cual constituye el mayor apuro del platonismo, que ha sido siempre dar vida y movimiento a aquel mundo de ideas (las cuales, como es obvio, sólo existen hoy para nosotros si se con­templan en la actividad del pensamiento que las concibe), mientras que en el pen­samiento aristotélico, aun conservando del platonismo un fundamental estatismo (las esencias de las cosas son lo que son por sí mismas), tiende a formar un general «dina­mismo» en cuanto el universo entero es concebido como un desarrollo de formas que se realizan en la materia, pasando de la potencia al acto, una cada vez mayor y más pura inteligibilidad, hasta aquel Inte­ligible absolutamente puro, ya sin materia, que es el objeto de la Inteligencia divina, la cual se encuentra así, por ello, «pen­sando en sí misma» como objeto suyo más digno.

La discusión existe, pues. Pero, ante todo, hay un acuerdo fundamental, en cuan­to Aristóteles defiende, con Platón, la superioridad de lo inteligible sobre lo sensible, de la for­ma sobre la materia; y, además, es del todo falso que la oposición entre ambos degene­rara en enemistad. Aristóteles consideró siempre a su maestro como la más alta expresión a que había llegado el pensamiento antes que él.

Incluso cuando polemiza contra la doctrina de las ideas, la considera casi siempre, más que en las obras de su maestro, en los es­critos de los discípulos, sus compañeros de escuela, los cuales, aprovechando la oscu­ridad y la ambigüedad en que se envol­vió Platón en su último período de ense­ñanza, cuando trató de crear como un puen­te entre lo inteligible y lo sensible me­diante las ideas-números (es decir, entida­des intermedias), se habían entregado a especulaciones que hacían perder el sentido concreto de la especulación filosófica y de los procedimientos propios de la ciencia matemática al mismo tiempo.

Pero también contra estos adversarios suyos mantiene siempre su polémica en las formas más correctas, como atestigua el pasaje de la Ética a Nicómaco (deformado por la le­yenda en «Amicus Plato, sed magis amica veritas»), donde dice: «por desagradable que sea la cuestión a causa de la amistad que tenemos con los que han introducido estas doctrinas, parecerá bien a todo el mundo que en beneficio de la verdad conviene si­lenciar los miramientos privados, especial­mente cuando se ha hecho profesión de filósofo» (ibídem, I, 6).

La leyenda, con ri­betes de envidia y de otros sentimientos afines, surgió (y se vigorizó sobre todo en las disputas renacentistas entre platónicos y aristotélicos) sobre la base de este equí­voco y por la falta de sentido crítico en la valoración de las relaciones entre las dos doctrinas. Aclarado este punto, volvamos al joven estagirita, que se ha conver­tido en alumno del gran ateniense.

A Jaeger debemos la documentación decisiva de un hecho muy importante: Aristóteles, antes de eri­girse en crítico de la doctrina de su maes­tro, fue un entusiasta seguidor de la mis­ma. Escribió muchos diálogos a la manera de Platón, con el mismo espíritu que él. Más bien parece, a juzgar por los frag­mentos de uno de ellos — el Eudemo —, que iba más lejos que Platón en el sentido religioso, casi hasta un auténtico mis­ticismo.

En este diálogo y en el Protréptico (v.), que lo continúa y lo completa, no faltan, junto a la exaltación de la vida filosófica, notas de sombrío pesimismo por la vida mortal, a la que el hombre está sometido en la tierra, como aquellas en que, atribuyendo las palabras a un prisio­nero del rey Midas, afirma que «lo mejor de todo es no nacer, y que la muerte es mejor que la vida» (Eud. fr. 6); o también, des­pués de haber deplorado «la vanidad de todos los bienes de aquí abajo» para «quien ha contemplado sólo algunas de las verda­des eternas», parangona la unión del alma con el cuerpo al suplicio que ciertos ban­doleros etruscos practicaban «atando frente a frente de un modo apretado a un vivo con un muerto» (Protr. 10 b).

A la muerte de Platón, habiéndole sucedido en la direc­ción de la escuela su sobrino Espeusipo, Aristóteles abandonó la Academia y fundó una es­cuela suya en Asso, en la costa de Tróada, donde Hermias, tirano de Atameo, había fundado un pequeño círculo de discípulos de la Academia. Una viva amistad los unió a entrambos, destinada a perdurar, incluso después de la trágica muerte de Hermias, como lo atestigua el bellísimo himno que le dedicó para su monumento sepulcral. Mientras tanto, se casó con la sobrina de su amigo Pitia, de la que tuvo una hija del mismo nombre.

Murió su mujer, al parecer al cabo de poco tiempo, y él contrajo des­pués una afectuosa unión, aunque no lega­lizada, con una mujer de Estagira, Herpiles, de la que tuvo un hijo, al que le puso de nombre Nicómaco en memoria de su padre: de él tomó título después la Ética a Nicó­maco (v.). Tres años más tarde pasó de Asso a Mitilene, en la isla de Lesbos, y allí abrió también una escuela hasta que en 343-342 recibió una invitación de Filipo, rey de Macedonia, para que fuera como pre­ceptor de su hijo Alejandro, que tenía en­tonces 13 años.

Parece que lo escrito sobre Problemas homéricos (v.) corresponde a este período, ya que la lectura y comentario de esos poemas eran obligados para la educa­ción de los jóvenes. Pero es más importante creer que la permanencia de Aristóteles en la corte macedónica y su intimidad con Filipo, en primer lugar, y con Alejandro después, haya ejercido una gran influencia en la ulterior cristalización de sus ideas políticas, de las cuales ha quedado como monumento su Política (v.), que representa, para el pensa­miento clásico, el polo opuesto — verdade­ramente «político» en sentido moderno — al idealismo ético de la República (v.) de Pla­tón.

Cuando Alejandro se convirtió, primero en regente, y luego en sucesor de su padre en el reino, Aristóteles abandonó la corte macedó­nica. En 335-334 volvió a Atenas, y allí abrió su famosa escuela en el Liceo. En este pe­ríodo intermedio de viajes, entre la ida y el regreso (casi doce años; otros doce duró su magisterio en Atenas), Aristóteles escribió muchas obras, según las conjeturas de los historia­dores críticos modernos.

Las fechas, sin em­bargo, continúan siendo algo inseguras, tam­bién por el hecho de que Aristótelesretocaba sus escritos, añadiendo o modificando, como es natural, mientras los editores posteriores, recopilándolos por materias, no se preo­cuparon poco ni mucho de la diversidad de fechas y de inspiración de las diferen­tes partes. Es preferible recordar un he­cho extraño relativo a este punto: la Anti­güedad conoció de Aristóteles sobre todo las obras juveniles, las más platonizantes, ahora perdidas, mientras sus obras más maduras, las correspondientes a su magisterio ate­niense, parecen haberse dispersado después de su muerte.

Él dejó en herencia sus ma­nuscritos a Teofrasto, designado por el mis­mo Aristóteles como su sucesor en el Liceo; Teo­frasto los dejó a Neleo (otro miembro de la escuela), y éste los entregó a sus parientes, que habitaban en Scepsis. Una anécdota divulgada por Estrabón afirma que estos pa­rientes los metieron en cajones y los guar­daron en el sótano, donde habrían sido pas­to de los ratones al cabo de unos siglos, si Sula, en tiempos de la ocupación romana, no hubiese tenido barruntos de su existen­cia y, habiéndoselos hecho entregar, hubiera ordenado su traslado a Roma.

Fuera lo que fuere, lo cierto es que hasta alcanzar los principios del siglo I a. de C. no se lleva a término la primera composición ordenada y edición del «corpus» de los escritos que han quedado de Aristóteles, realizada por Andrónico de Rodas. El Aristóteles que conocemos hoy es éste. Y vale la pena añadir también, que hay que llegar a principios del siglo XIII para poder contemplar el complejo de las obras aristotélicas y su penetración en la cultura medieval, a través de los árabes. Sabido es que la doctrina llegó, en primer lugar, a través de la interpretación orientalizante de Averroes y de otros musulmanes y hebreos.

Y que fue obra insigne de Santo Tomás restituir aquella doctrina al signifi­cado más preciso de los textos; de modo que el Aristóteles de la cultura moderna es, en fin, fundamentalmente éste, aclarado, elabora­do y puesto en armonía con el pensamiento cristiano por la filosofía escolástica. No bas­ta: hay que tener presente también el ca­rácter propio de estos escritos, los cuales fueron en su mayor parte tema de leccio­nes o cursos de lecciones, de donde se de­riva su carácter esquemático, como de resú­menes o dictados por el maestro o compi­lados por los discípulos (aunque fueran des­pués revisados por él).

Son pocas las obras o parte de obras escritas expresamente para la publicación. Y parece acertado pensar que Aristóteles realizaba dos clases de cursos: uno restringido a los de la escuela (esotérico); otro más fácil para un público más amplio (exotérico). Y se dice que prefería dar las lecciones paseando por los senderos que cir­cundaban el edificio de la escuela, de donde deriva el nombre que se le dio de «peripa­tética».

No podemos en absoluto intentar resolver el problema de las fechas de redac­ción de las principales obras de Aristóteles; ni lo querríamos hacer, aunque pudiéramos, ya que la cuestión es incierta y está muy em­brollada. Contentándonos con una relativa probabilidad, diremos que la Física (v.) y el Organon (v.) parecen pertenecer a un período anterior al del magisterio en Atenas. La primera es básica para la fundamentación dela mentalidad científica en la cultura occidental.

Está completada, como es natural, con otros numerosos escritos de distinta época (algunos seguramente de los últimos años): Del cielo (v.), Generación y corrupción (v.), Meteorología (v.), Generación de los animales (v.), Partes de los animales (v.), Problemas mecánicos, Parva naturalia (v.). La superioridad Aristóteles sobre su maestro en este punto está pronto dicha: frente a la mitológica representación del orden cósmico por obra del demiurgo de Platón (v.  Timeo), Aristóteles ha antepuesto la idea de la «naturaleza» como una realidad «que contiene en sí misma el principio del movimiento».

Todavía hoy, es decir, después de Galileo, la ciencia se dedica a estudiar simplemente este «movimiento», renunciando a las «hipótesis metafísicas». Sin embargo, el término «movimiento» tiene en Aristóteles un significado mucho más amplio, comprendiendo toda «mutación» que ocurra (diciéndolo de un modo kantiano) en el mundo de los fenómenos. Lo cual no quiere decir que no se encuentren ya explícitamente distinguidos en Aristóteles los aspectos fundamentales de la investigación científica representados, en un sentido, por la física y por las matemáticas, y por otro, por las ciencias biológicas.

Las matemáticas tuvieron gran desarrollo en Grecia, desde la escuela pitagórica en adelante, y eran las preferidas por Platón; Aristóteles puede decirse que es el fundador de la mentalidad biológica. También es el fundador de la ciencia lógica: su Organon ha continuado siendo durante dos milenios celebrado e insuperable texto de esta ciencia. Conocido es que, frente al abuso de los escolásticos que hicieron de ella un ejercicio meramente formal, o más bien verbal, surgió con Bacon (v. Novum Organum) la exigencia de una lógica como proceso del pensamiento más cercana a la realidad de la experiencia, y más tarde llegó con Kant la idea de una «lógica trascendental», que Hegel continuó y desenvolvió en un idealismo absoluto.

Pero, en resumen, todo esto no era más que el desarrollo de una idea que Aristóteles había sido el primero en plantear. Y recordemos también la Retórica (v.), campo que parece hoy abandonado, en tanto que la Poética (v.) ha tenido modernamente un desarrollo extraordinario (v. también De los poetas). Un crítico moderno ha escrito que bastarían hoy unas pocas páginas que nos han llegado de esta obra de Aristóteles para hacer la celebridad de un escritor.

Como se ve, no es exagerada la afirmación de que la cultura occidental se ha desenvuelto a lo largo de las líneas trazadas por primera vez por Aristóteles en su orgánica sistematización. Añádanse a las obras citadas las de ética y psicología: la Ética a Eudemo (v.) parece acertado pensar que sea una redacción anterior a la Ética a Nicómaco, la cual es una verdadera obra maestra de exposición (figura seguramente entre las obras escritas para la publicación). El fin del hombre es, ciertamente, la felicidad pero ésta consiste, para Aristóteles, en el perfeccionamiento de la propia persona buscando un ideal equilibrio entre virtud y placer, entre razón y apetito (pero más allá de la felicidad que proporciona la actividad práctica queda para él – todavía una idea platónica – la de la actividad teorética, filosófica).

Los libros Del alma (v.), por lo menos los dos primeros, corresponden al último periodo (lo mismo que el Parva naturalia ya citado): en ellos figura la famosa definición del alma como principio formal y actual de la vida orgánica; principio, se diría hoy, psicofisiológico, que se eleva, sin embargo, en el hombre, desde la sensibilidad hasta la inteligencia, participando así de la misma Inteligencia divina. Más difícil y complicada es la cuestión sobre las ideas religiosas, porque aquí nosotros levamos inevitablemente ideas heredadas del cristianismo, de las cuales es vano encontrar precedentes en el pensamiento griego.

Existe en el cristianismo un dogma inicial, el de la Creación, que repugna por completo a la mentalidad griega, para la cual es axiomático que el ser precede del ser, no de la nada, y que el mundo ha existido siempre. Puede decirse que para los griegos, Dios forma parte del mundo: es su parte divina. Ha sido una verdadera desgracia que se haya perdido la amplia obra de Aristóteles De la filosofía (v.), que Jaeger sitúa al principio del período intermedio, es decir, poco después del 347.

De los fragmentos que nos quedan (bastante numerosos) parece deducirse que Aristóteles había trazado las líneas de una «filosofía de la religión», la primera en su género, y que en ella figuraban ya anticipadamente las ideas de su celebérrima teología, contenida en algunos capítulos del libro XII de la Metafísica (v.). Es la primera teología, propiamente dicha, aparecida en la historia de la filosofía, y fue ampliamente desarrollada (mucho más allá seguramente de la intención original de Aristóteles) por pensadores cristianos, especialmente los escolásticos.

El punto más próximo (o menos alejado) es el de Dios como Motor inmóvil, que Aristóteles entendió, sin embargo, solamente en el sentido de una finalidad cósmica universal. Como se ha dicho, él había ciertamente hecho inmanente – contra la opinión de su maestro – el principio del movimiento en la naturaleza; pero como considera, de acuerdo con la opinión entonces general, que los astros eran de naturaleza divina (por lo que les dotó de una materia etérea no sujeta a corrupción, y les atribuyó, por ello, la única especie de mutación pura, es decir, la espacial), debía deducir que más allá había un Motor totalmente inmaterial y que gobernaba la armonía cósmica como fina­lidad suprema, o sea como el ideal de la perfección (no como «causa eficiente», sino «final»).

En resumen, como para él —y tam­bién en el fondo para Platón— la natura­leza, es decir, el cosmos en su totalidad armónica, era pensada como «una obra de arte divina» (no por su origen, sino por su ordenación), era natural y razonable que «personificara» (digámoslo así) el principio final en un Motor que estuviese más allá del movimiento físico (sustituyéndolo así al demiurgo de Platón). Como se ve, se trata de una trascendencia, digamos física, astronómica, no espiritual, como la del Dios cristiano.

No era muy difícil pasar de esto a una interpretación panteísta d£ tipo neo- platónico (cuando se derrumbó el sistema de Tolomeo y la divinidad de los astros había quedado totalmente olvidada, le fue fácil a Bruno deducir su sistema panteísta). Ello no obstante, nadie podrá poner en duda que Aristóteles acompañaba su teoría de un sincero y elevado sentimiento religioso, aunque ya muy alejado de su misticismo juvenil. La Metafísica es la obra más celebrada de Aristóteles, y basta el título (no puesto por él, sino por Andrónico) para comprender todo el cúmulo de cuestiones que ha suscitado en la historia de la filosofía: todavía hoy cons­tituye el campo de la lucha más encarni­zada entre los filósofos.

Que se nos dispense de adentrarnos en este espinoso campo. Li­mitémonos a señalar, de esta obra, el admi­rable grupo de los libros VII, VIII y IX (especialmente este último), en los que la cuestión metafísica adquiere el aspecto pre­ponderante de problema gnoseológico, que es todavía hoy el más vital, en nuestra opi­nión. En los últimos años, Aristóteles se había con­sagrado, además de los estudios de historia natural, a investigaciones histórico-políticas sobre la constitución de diferentes Estados (158). El único fragmento que se ha con­servado, encontrado hace poco, es el refe­rente a la Constitución de los atenienses (v.).

Pero el mundo político en torno suyo se hallaba trastornado por la más furiosa tempestad que hasta entonces había ame­nazado a la capital de la Hélade clásica. Se desvanecía también el sueño de Aristóteles de una unificación de Grecia — aunque fuera por iniciativa de la potencia macedónica — para que se pusiera al frente de la cultura mundial, mientras que, por la otra parte — por el partido llamémosle nacionalista, capitaneado por Demóstenes —, se tronaba contra el filósofo acusándolo de traidor a causa de su amistad con Alejandro.

Fue lan­zada contra él la acostumbrada imputación de «impiedad», como contra Sócrates. Era el año 323. Aristóteles abandonó Atenas para evitar, dijo, que los atenienses «pecaran dos veces contra la filosofía». En Calcis, baluarte de la influencia macedónica, adonde se había retirado, murió al año siguiente de una enfermedad de estómago, de la que sufría hacía tiempo. Su testamento terminaba así: «Que se transporten tés restos de mi mujer Pitia, conforme ella dispuso, al lugar donde yo sea sepultado.

Y cuando vuelva feliz­mente Nicanor, que dedique, para cumplir el voto que yo hice por él, dos estatuas de piedra, de cuatro codos de altura, a Zeus Salvador y a Atenea Salvadora en Estagira». Éste fue Aristóteles como hombre, además de ser como filósofo «maestro de los que lo son».

A. Carlini

Akiwara-No-Nakihira

Nacido hacia 825, m. alrededor del 880. Su padre era el prín­cipe Abo (792-842), hijo del emperador Heijo (806-809).

Akiwara desempeñó varios cargos importantes en la corte. Cuando en 872 llegó una embajada del reino de P’o-hai (en Manchuria) al Japón, Akiwara fue el encargado de recibirla. Ha pasado a la historia como una especie de Petronio de la corte del antiguo Japón, refinado y señorial en sus maneras y en sus vestidos; poseía también un tempe­ramento exuberante y su vida fue un te­jido de interminables aventuras galantes, de las cuales sería una documentación el Ise Monogatari (v.), que la tradición le atri­buye.

Aparte de esta obra, cuya atribución parece discutible por muchos motivos, es indudable que fue verdaderamente un gran poeta. Sus versos, conceptuosos y llenos de ardor, son también ricos de imaginación y fluyen de una vena inagotable e impetuosa. En su prólogo al Kokin – Waka – Shu (v.), Ki – no – Tsurayuki los juzga del siguiente modo: «Ariwara-no-Narihira posee dema­siado sentimiento y muy pocas palabras, semejante a una flor marchita y sin color, que conserva, sin embargo, su propio per­fume».

Sus poesías se encuentran dispersas en gran número en las antologías oficiales; pero, además, se conoce una antología de Akiwara que el mismo intituló Nirihira Ason-shū.

Y. Kawamura

Arístides de Mileto

No tenemos nin­guna noticia directa sobre este escritor grie­go de la época helenística. Floreció proba­blemente entre los siglos III y II a. de C., y sólo nos queda de él un fragmento de su colección de cuentos titulada Milesias (v.), fábulas traducidas y retocadas en la­tín por L. Cornelio Sisenna, y llegadas también hasta nosotros en fragmentos en esta versión.

De tales fragmentos, y por los testimonios de Ovidio, de Luciano, de Apuleyo, se deduce que Arístides era un «fabulista» que narra historietas y anécdotas de todo género, que poseía un espíritu licencioso, deliberadamente obsceno, pero eficaz y di­vertido. Las «milesias» dieron origen a un género que llegó hasta Luciano y Apuleyo (v. Metamorfosis).

Aristófanes

El último gran poeta de la Grecia antigua, n. entre el año 450 y el 444 a. de C. Era hijo de Filipo Ateniense, pertenecía al demos de Cidatene y a la tribu de los Pandiónidas.

Los antiguos no se mostraban de acuerdo sobre su patria: se le hacía también natural de Lindo o de Camiro de Rodas, de Naucratis en Egipto y de Egina. Las dos primeras atribuciones pueden encontrar justificación en la falsa noticia de que Cleón hubiera promovido un proceso contra el poeta por usurpación del título de ciudadano; la última se originó con seguridad por una alusión jocosa de Los acarnienses (v. 654), de la que se de­duce que Aristófanes se consideraba en cierto modo natural de Egina y de que allí poseía bie­nes.

Era todavía muy joven cuando escribió sus primeras comedias, que se representa­ron con nombre de otros: él mismo lo ates­tigua en Las nubes (v. 530), cuando dice: «y yo (todavía era virgen y no podía dar a luz) abandoné a mi hijo y otra joven lo cogió y lo adoptó».

Así se representaron con el nombre de Calístrato Los banquetea- dores (427), en la que se burlaba de la educación práctico-legal de los jóvenes; Los babilonios (426), en la que se denuncia él mal gobierno de Atenas con los confedera­dos de la liga delioática, dirigida por Cleón con escasos miramientos, quien reaccionó contra el poeta acusándolo de injusticia con los ciudadanos, y Los acarnienses (425), la primera cronológicamente de las once comedias que han llegado hasta nosotros de las 44 que los antiguos le atribuían (v. Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Las tesmoforiazusas, Lisístrata, Las ranas, La asam­blea de las mujeres y Pluto).

Pero aunque, por razones desconocidas para nosotros, Aristófanes se sirvió de nombres de otros, en el 424 ponía en escena con su propio nombre Los caballeros, violento ataque contra Cleón, tanto más atrevido cuanto que el demagogo se encontraba en la cumbre de su fortuna y de su poderío. Del 423 son Las nubes: Sócrates, un Sócrates naturalmente fantás­tico, pero que quedaba escarnecido y ultra­jado en un divertido contraste entre la antigua y la nueva educación.

La pieza no agradó al público ateniense y obtuvo sólo el tercer premio: el autor, que la consi­deraba su obra maestra, la retocó más tarde, y ha llegado hasta nosotros en esta se­gunda redacción (que debe situarse entre el 422 y el 421), que nunca se representó. Al 422 pertenecen Las avispas, inmortal ca­ricatura de la manía de pleitear que domi­naba en la Atenas del siglo V: una farsa llena de brío que agradó tanto a Racine, que el refinado autor francés no vaciló en basarse en ella para sus Litigantes (v.).

Vivacidad y buen humor son las caracte­rísticas de La paz (421): volviendo al tema de Los acarnienses (el mismo tema en que se basaban las comedias perdidas, Los agri­cultores, Los olcades), Aristófanes se erige en me­lancólico cantor de la paz; la suspensión de hostilidades era el sentir general des­pués de la muerte en Anfípolis del ate­niense Cleón y del espartano Brásidas, los dos «martillos de la guerra», después de los tanteos del tratado de Nicias.

Triunfo de la fantasía, del estro, del capricho son Las aves (414). Verdaderamente, en esta comedia de temas múltiples y variados, exalta­ción de la felicidad, fabulosa representación de un país imaginario fundado por dos atenienses entre cielo y tierra con ayuda de las aves, irónica burla de las estupide­ces y ridiculeces humanas, abandono del alma a la naturaleza serena como si fuera un refugio, Aristófanes funde «las más altas cuali­dades de Rabelais con las supremas dotes de Shelley».

Y el poeta de la alegría abier­ta y sensual, el poeta rudo y áspero en su amor por la naturaleza y los animales, en esta radiante comedia dedica versos de la más alta espiritualidad a las aves: antes que Keats, exalta a las más alegres criatu­ras del mundo con aérea ligereza; el deseo de una vida distinta de la humana, despreo­cupada y feliz, le inspira los más hermo­sos cantos. No hubiera podido llegar el poeta a la levedad soñadora de Las aves inmediatamente de no haberse producido una atropellada serie de acontecimientos (en 413, la catástrofe de Sicilia; en el mismo año la ocupación de Deceleia por los esparta­nos; en 411 el golpe de Estado oligárquico en Atenas).

No en balde son del mismo año (411) Lisístrata, despreocupada protesta contra la guerra, en la que se encarga a Lisístrata que concluya la paz, y ésta, al frente de las mujeres, se sirve de originalísimos medios de persuasión, y Las tesmoforiazusas, brillantísima burla, con el pre­texto de la misoginia, de Eurípides y de sus tragedias. Un año antes del desastre ate­niense, puso Aristófanes en escena (405) Las ranas, comedia en la que trata el tema, para él tan caro, del sentido de la poesía: Dionisos desciende a los Infiernos para traer a la Tierra, carente ahora de trágicos, a Eurí­pides, pero vuelve con Esquilo, el verda­dero, el único maestro.

Pocos años antes, el poeta había reanudado su polémica lite­raria en Geritada, comedia de la que sólo nos quedan fragmentos: ahora proclamaba con claridad y nobleza su teoría pedagógica del arte. Quizá fue también la única oca­sión en que Aristófanes, hablando de política, diri­giera palabras serias a sus conciudadanos, recomendando en la parábasis la igualdad de derechos, la reconciliación, la amnistía; fue también una de las pocas veces en que el público ateniense decretara el honor de repetición para una comedia.

Las dos últi­mas obras de Aristófanes que han llegado hasta nosotros, La asamblea de las mujeres (392) y Pluto (388), reelaboración de un Pluto ya representado en 408, han sido calificadas de comedias sociales. Injustamente: tienen de social, en efecto, la polémica contra la injusta distribución de las riquezas; pero el comunismo de La asamblea de las mu­jeres es sólo un pretexto para hacer reír, y en el Pluto — no hay que olvidarlo cuan­do se ponen de relieve sus aspectos moralizadores — la Pobreza, maestra de todas las artes y amiga del género humano, acaba siendo ignominiosamente expulsada.

No hay testimonios del año de la muerte de Aristófanes: se puede situar con toda probabilidad alrede­dor del 385. Y cosa curiosa: del comedió­grafo que elevó a la categoría de protago­nista de sus obras al pueblo de Atenas en su quehacer cotidiano, del único de los an­tiguos poetas cómicos que desempeñó car­gos públicos (una inscripción lo hace apa­recer en la lista de los pritaneos a principios del siglo IV), sabemos muy poca cosa; escasas y poco seguras alusiones en las bio­grafías antiguas, las fechas de las come­dias que han llegado hasta nosotros, nom­bres y fechas de las comedias perdidas.

La figura de Aristófanes es compleja y varia, deslum­bradora en su polifacetismo. El moralista, que parece a veces poner su arte al servi­cio de una elevada idealidad, habla des­pués del vicio y de los viciosos con alegre indiferencia; el político que aparenta que­rer dirigir verdaderamente desde la escena la opinión pública, sólo se propone a me­nudo reírse de todo y de todos; el campeón, contra Sócrates y contra Eurípides, de la educación tradicional, no es menos sofista que los sofistas ni menos lírico que Eurípi­des.

El defensor, contra Sócrates y Eurí­pides, de la religión, se burla más de una vez de los dioses, representándolos en es­cena como seres brutales, avarientos, terribles. En sus comedias, a las chocarrerías triviales, a las bromas pesadas y de mal gusto, suceden los más suaves y alados cantos; a escenas grotescas, a burdas desver­güenzas, discusiones sutiles y elevadas, a los ataques más violentos y a las burlas más atroces, sinceros y orgullosos elogios de Atenas y de sus ciudadanos.

Un mundo variado, lleno de contrastes, que se nutre de una fuerza elemental y rarísima: la alegría; «la alegría de vivir», como ha escrito recien­temente un crítico, «que brota de lo más profundo de su corazón y que no tiene causa alguna, sino que por sí misma nace y por sí misma se extingue, y que no puede ser objeto de reflexión, porque la reflexión la destruiría». Burlón y fantástico, extraño y sublime, Aristófanes fue verdaderamente el último gran poeta de la juventud de Grecia.

Pla­tón se daba cuenta de ello cuando escribía: «buscando las Musas un templo permanente, encontraron el alma de Aristófanes»; lo comprendió muchos siglos más tarde Heine, cuando comparaba la poesía del griego a un árbol maravilloso al cual trepan los monos y en el que cantan los ruiseñores. Para las fuentes sobre la vida de Aristófanes (ade­más de las noticias que el poeta nos da de sí en las comedias, especialmente en las parábasis, nos informan sobre él dos bio­grafías en el Cod. Veneto Marciano 474; el Schol. en Plat. Ap. 19 c, una breve nota de la Suda, una de Thomas Magister en el Cod. Laurenz, XXXI, 4) cfr. J. van Leeuwen, Prolegomena ad Aristophanem, Leyden, 1908, páginas 168 y sig.

U. Albini

Enrico Aristeppo

Nacido probablemente en S. Severina (Calabria) hacia el 1105-1110, m. en Palermo en 1162. Formado en las es­cuelas de la abadía griega de Santa María del Patire, cerca de Rossano, vivió proba­blemente sin destacarse apenas hasta 1155 ó 1156, cuando, reuniendo el título y el cargo de archidiácono de Catania, entró oficialmente en la vida eclesiástica y polí­tica siciliana.

En aquellos últimos siete años de su vida supo, sin embargo, no sólo lo­grar sólida fama en el mundo de la cultura, sino alcanzar la cúspide de las ambiciones políticas, llegando a convertirse en primer ministro de Guillermo I a consecuencia de la conjura contra Majón de Bari. Tanta fortuna le fue fatal, sin embargo, ya que sos­pechando de él su soberano, lo arrojó en la cárcel, donde murió.

Buen conocedor del griego, fue el primero que tradujo al latín el Menón (1154) y el Fedón (1156) de Pla­tón (v. Versiones de Platón), la Apodíctica y el libro cuarto de la Meteorología de Aristóteles —introduciendo así el conocimiento de la física aristotélica en Occi­dente— y otras obras de Gregorio Nacianceno y de Diógenes Laercio.

En ocasión de una embajada, realizada al parecer en 1158, a Constantinopla, recibió como regalo del emperador un códice griego del Almagesto (v.) de Claudio Tolomeo e hizo de él la primera traducción latina. Es seguro que, sin él, la irradiación cultural que emanó de Sicilia en el siglo XII hubiera sido me­nos vigorosa y resonante.

C. Falconi